Navidad

            Esa mañana me levanté de un salto. Estaba eufórica por empezar el nuevo día. Me vestí con prisa y bajé ilusionada al comedor.

—¿Dónde están todos, María?

Miró detrás de mí y me giré enérgica.

—¡Papá! ¡Marcos!

Dos trabajadores acabaron de bajar la silla de mi hermano al comedor y la enfermera sonreía mientras descendía los últimos peldaños con mi padre de la mano.

—Hoy tiene un buen día –me comunicó mirándome con complicidad.

Corrí literalmente a sus brazos y le besé hasta no poder más.

—¿Cómo te encuentras papá?

—Bien, cielo –miró a su alrededor–. La casa está distinta, has cambiado los muebles.

Sonreí y volví a besarle.

—Algo así.

Seguidamente me giré hacia Marcos, que pese a su seriedad, dejó que le abrazara y besara con mi habitual exceso de cariño.

—Ya veréis, el desayuno es la mejor comida del día, hay de todo.

Les acompañé hacia la mesa y justo en el momento en el que María depositaba el café, reparé en que no estaba Edgar.

—¿Dónde está Edgar?

—No va a venir.

Se me cambió el humor.

—¿Por qué?

—Tenía asuntos pendientes, ya le conoces.

Mi hermano captó la decepción en mi rostro.

—¿Tanto te preocupa que no esté? ¡Tenemos mucho de lo que hablar! No necesitamos espectadores.

Sonreí sin ganas. Pero decidí armarme de valor y centrarme exclusivamente en ellos.

La mañana pasó volando. Hablamos de muchas cosas y fue como regresar al pasado; no recordaba la última vez que pudimos estar compartiendo un desayuno tan despreocupados.

Mi padre estaba tranquilo, habló poco y a menudo me confundía con mi madre, pero esos eran detalles sin importancia. Él estaba bien, tranquilo y relajado, así que no importaba nada más.

Marcos y yo decidimos salir e ir a hacer turismo por Edimburgo. Le enseñé los lugares más emblemáticos, compramos algunos recuerdos e hicimos mil fotografías. fue inevitable mirar con nostalgia en dirección al vivero donde había compartido tantas mañanas junto a Cristian. Eso formaba parte de mi pasado, pero no podía negar que habían cosas que echaba de menos.

Cuando regresamos a casa, vimos la chimenea encendida y la mesa dispuesta con ornamentos navideños, preparada para la cena. Me abstraje unos minutos pensando en que serían las primeras navidades del resto de mi vida, ese era, sin lugar a dudas, el acontecimiento que marcaría para siempre un antes y un después en mi vida.

 

La barandilla de la escalera estaba decorada con ramilletes de muérdago. Unas diminutas luces cálidas se enroscaban en los barrotes proyectando una tenue luz amarilla sobre los escalones de mármol. Me pareció precioso y descendí lentamente, saboreando el momento, pensando en la increíble circunstancia que había propiciado reunir a mi familia y lo afortunada que me sentía por haberlo logrado. Era consciente de que sin Edgar ese milagro no se hubiera producido y ese pensamiento, me produjo un pellizco en el estómago. Cuando llegué al último escalón alcé la mirada. Mi padre estaba sentado, se había vestido con traje y corbata para la ocasión, mi hermano también cambió su habitual chándal por unos vaqueros y una simple camisa blanca, pero en él quedaba perfecto. Aunque no fueron ellos los que llamaron mi atención, fue Edgar.

Me esperó de pie tras la mesa. Se había puesto la camisa burdeos que le regalé y unos pantalones de pinza negros. Su rostro cubierto con la máscara y el pelo ligeramente engominado hacia un lado. Me pareció tan guapo que tuve que recordar volver a respirar.

Nunca le había contemplado de ese modo, con fascinación. No solo por cómo iba vestido, sino por todo lo que había hecho por mí. Sus palabras acostumbraban a ser escasas, duras y frías, pero sus actos sí hablaban por sí mismos.

Me sonrió en cuanto llegué a su lado, y en un acto de caballerosidad medieval, retiró la silla que había a su lado para que pudiera sentarme junto a él. Acomodé el vestido y tomé asiento mirando a los míos. Mi hermano me contempló con semblante serio.

—Supongo que sabes que no soy imparcial al color de ese vestido –susurró Edgar en mi oído en un momento de distracción de mi familia.

Sonreí con fugacidad, avergonzada. Había escogido el vestido más elegante que había en mi armario. Era amarillo suave, con falda de tul y cintas de raso que se ceñían a mi cintura en zigzag. No era demasiado navideño, pero era el color favorito de Edgar y eso fue lo que me animó a ponérmelo.

María preparó canapés, bandejas de marisco y la tradicional sopa navideña. Comimos con tranquilidad, degustando los distintos platos, pero la buena comida no ayudó a disminuir la tensión que reinaba en la mesa. El silencio se instauró como un comensal más y éramos incapaces de romperlo. Puse de mi parte, pero no hubo nada qué hacer. Cuando mi padre se retiró para ir a dormir, mi hermano desató los sentimientos que estaba guardando hasta ese momento, y todo cuanto me había esmerado en construir esa noche, quedó reducido a cenizas.

 

—A mí no podéis engañarme… Todo esto es una farsa, ¿qué está pasando realmente aquí?

—No es ninguna farsa, solo estamos celebrando la navidad –argumenté con tranquilidad.

—¡No Diana, no intentes liarme! Jamás imaginé que fueras tan frívola, sabes que no podemos celebrar ese día, no desde que murió mamá, ¿es que ya no te acuerdas de ella?

Apreté los labios.

—Me acuerdo todos los días.

—¿En serio? Pues no lo parece, estás viviendo una mentira, te has vendado los ojos para no ver que esto no tiene ningún sentido porque ya no somos una familia. Papá es un extraño y mamá murió hace cuatro años, con ellos perdimos la navidad, así que no entiendo por qué te empeñas en celebrar esta fecha si solo nos trae malos recuerdos.

—¡Intento seguir adelante con lo que ha quedado! –espeté herida– ¡Recobrar la ilusión! ¿Crees que no me afecta lo que nos ha pasado?

—Eso creo, sí –confirmó con rabia–. Vives aquí una vida de cuento y te has olvidado de quiénes somos. No te reconozco.

—¡No es una vida de cuento, Marcos! –chillé desesperada mientras las lágrimas empezaban a traicionar mi voluntad, brotando de mis ojos con desesperación– ¿Crees que para mí es fácil todo esto? ¡Pues no lo es! No hago más que luchar, siempre me preocupo por todos, intento arreglar los estropicios que hay a mi alrededor pese a que yo no los he causado y ¿sabes una cosa? Nadie se ha molestado en preguntar qué es lo que quiero yo. Es fácil criticarme por querer ofrecer algo de normalidad a nuestras vidas, pese a que no tengan nada de normal, pero no eres capaz de tomar las riendas y ofrecer una alternativa mejor.

Me puse en pie arrastrando mi silla hacia atrás.

—¡Haced lo que os dé la gana! Iros si queréis, echarme la culpa, ya no me importa nada.

Ascendí las escaleras controlando el llanto, no quería evidenciar todavía más mi malestar. Me apoyé en la puerta de mi dormitorio y antes de abrirla escuché unas voces que provenían de la planta baja.

—Al jardín. ¡Ahora!

Era la voz de Edgar y parecía cabreado.

Entré rápidamente en mi habitación y abrí la ventana que daba al porche, donde intuía que estaban Edgar y Marcos, para escuchar su conversación.

—¿Vas a pegarme a caso? ¿Vas a cruzarme la cara por haber dicho la verdad a tu mujer? –preguntó Marcos con sarcasmo.

—No voy a pegarte, solo quiero decirte una cosa.

—No hace falta, no quiero escuchar nada que venga de ti.

Se produjo un leve forcejeo que acabó con un quejido de Marcos.

—Antes de irte me vas a escuchar, ya lo creo que lo harás.

—¿Es una amenaza? –preguntó con chulería.

Edgar decidió ignorar su último comentario.

—Que sea la última vez en toda tu jodida vida de mierda que hablas a Diana de ese modo. Te he pasado muchas cosas, he consentido que vengas a mi casa, que me faltes al respeto, que te aproveches de mi benevolencia y no he dicho nada, lo he aguantado sin más y lo he hecho por ella. ¿Crees que a mí me importa algo todo esto? Odio estas fechas tanto como tú, pero estoy aquí solo porque a ella le hace ilusión y no pienso chafársela, así que si no puedes hacer algo tan simple por tu hermana, si no eres capaz de hacerlo en pago a todo lo que ella ha hecho por ti, hazlo porque es la única familia que te queda y se merece algo mejor que cargar con las culpas de tus errores.

Se hizo el silencio durante un rato, en el que dejé de respirar.

—¿Y tú? ¿Por qué lo haces si para ti todo esto es tan odioso como para mí?

Edgar suspiró.

—Todavía no lo sé –reconoció.

—¿No es porque en el fondo te sientes mal contigo mismo por haberla forzado a casarse contigo?

—Sinceramente, Marcos, creo que casarse conmigo ha sido lo mejor que le ha podido pasar. Pero ya que lo mencionas, puede que el único motivo que tengo para seguirle el rollo en todo este sinsentido es que quiero que sea feliz. Ella no es feliz con joyas o dinero, lo es con estas pequeñas cosas que requieren un mínimo de sacrificio.

—¿Qué te importa a ti su felicidad?

—Si la persona que vive contigo es feliz, inevitablemente te contagia un poco.

Se produjo otro angustioso silencio que ninguno de los dos se animó a romper.

No fui consciente del momento en el que volvieron a entrar en casa, tenía la mente demasiado embotada después de todo lo que había escuchado.

Pero por encima de todo, me sentía estúpida. Era estúpida por creer que podría convertir esa cárcel en un hogar, por pensar que lograría devolver la ilusión a las personas que la habían perdido y soñar que si ponía de mi parte, podría unir dos mitades de mí misma.

 

 

Permanecí recluida en mi habitación gran parte de mañana. No quise bajar a celebrar algo que sabía que nadie compartía.

Mi encierro no duró demasiado, unos nudillos en la puerta desviaron el rumbo que estaban tomando mis pensamientos.

—¿Puedo entrar?

—No María, me apetece estar sola.

—Pero es Navidad. Estamos todos esperándote abajo, no podemos abrir los regalos sin ti.

Fruncí el ceño. ¿Regalos? Hasta donde sabía, la única que se había encargado de comprar los regalos era yo, y no los había sacado de mi armario.

—Gracias, María, pero no me apetece, desde ayer los ánimos están caldeados y…

—¡No digas tonterías!

María decidió abrir la puerta, pese a que no le había concedido el paso.

—Vamos a bajar –sentenció abriendo mi armario y eligiendo el atuendo que quería que me pusiera.

Era un vestido gris con detalles en rojo, algo ajustado para mi gusto, pero me sentaba bien.

Inspirando profundamente aparté los malos pensamientos de mi cabeza y descendí las escaleras con cautela.

Mi familia estaba sentada alrededor del árbol. Edgar sonrió en cuanto puse un pie en el comedor.

—¿Qué has hecho? –susurré cuando llegué hasta él.

—Nada que no quisiera hacer –concluyó señalándome los regalos con la cabeza.

Mi hermano seguía estando serio, como un niño pequeño que permanece enfurruñado para recalcar así su desagrado. Ignoré su gesto y me acerqué a mi padre. Me sonrió no bien me senté a su lado.

 

La mañana de navidad transcurrió sin incidentes. Edgar regaló a Marcos una silla de ruedas deportiva para practicar baloncesto. Era espectacular y tan moderna y ligera que intuí que debía haberle costado una fortuna.

Mi padre recibió un estuche alargado y negro. Le ayudé a abrirlo y parpadeé varias veces al ver lo que había en su interior. Era la colección entera de monedas antiguas que había en su vitrina, la misma colección a la que le faltaba la moneda que intentó comprar a mi hermano tiempo atrás, antes de conocernos, antes de llegar al punto donde nos encontrábamos. Miré a Edgar impresionada, ¿cómo podía desprenderse de algo así?

Mi padre nos sorprendió a todos cuando las cogió y las examinó con detenimiento.

—¡Mira esto, son las monedas que tenía el abuelo! Creí que las había perdido. Cuando eras pequeña tendías a jugar con ellas a escondidas, ¿te acuerdas?

Asentí ilusionada de que hubiese recuperado un recuerdo que permaneció enterrado durante años.

—Nunca lo dije, pero estas monedas son bastante valiosas, ¿cómo has logrado reunirlas?

Me encogí de hombros, parecía tan ilusionado con haberlas recuperado que ni siquiera reparó en que no eran suyas, pues él nunca había tenido la colección completa.

Mi hermano miró a Edgar y cuando sus ojos se encontraron casi pude escuchar el chasquido como de interruptor que hizo su mente al recordar el momento en que intentó vender parte de esa misma colección por internet.

Seguidamente les hice entrega de mis regalos, no eran tan elaborados como los de Edgar pero los recibieron con agrado. Un sofisticado i-phone para Marcos y ropa de abrigo para mi padre. María también se llevó una alegría cuando le entregué el colgante y los pendientes que había elegido para ella. También pensé en Philip y el resto de empleados de la casa y, como no podía ser de otra manera, dejé para el final el regalo de Edgar.

Abrió el estuche y no encontró más que una simple pulsera de cuerda de color negro con una diminuta medalla de plata que colgaba cerca del cierre.

Sonreí al estudiar su confusa expresión.

—La he hecho yo –confesé–, ¿qué se le regala a un hombre que lo tiene todo? Pues algo único, y esa pulsera lo es. No hay dos iguales.

Sonrió y reparó en que la inscripción de la medalla llevaba escritos nuestros nombres.

—Gracias, no necesito nada más –extendió su mano en mi dirección– ¿Me la pones?

Reí en cuanto terminé de abrocharla. No era su estilo para nada, se notaba a leguas que un hombre como él jamás llevaría una pulsera como aquella, quizás fue eso lo que me impulsó a regalársela.

—Yo también te he regalado algo.

Me hizo entrega de una caja mediana y la abrí sonriente bajo su atenta mirada.

—¡Es una cámara de fotos! –exclamé sorprendida, pero a la vez un poco decepcionada. No entendía nada de mi afición a la fotografía, por qué prefería mi antigua cámara a las nuevas que habían en el mercado. Disimulé delante de él y le di las gracias por su regalo.

La cámara era francamente espectacular, una Nikon D5 (XQD) último modelo, la misma que utilizan los profesionales de la comunicación. Volví a guardarla en su funda preguntándome si alguna vez llegaría a usarla.

 

Tras los regalos pasamos el tiempo viendo películas antiguas y hablando de nuestras cosas. Todo estaba en aparente armonía, pero había algo en el ambiente que me hacía estar intranquila.

Una vez reinó la calma en casa y mi padre subió a su habitación a descansar, busqué en cada estancia hasta dar con Edgar. Tenía la sensación de que hacía una eternidad que no disponíamos de un tiempo para nosotros, ya que tendía a ausentarse en presencia de mi hermano. Lo encontré saliendo de la cocina y corrí a su encuentro.

—Mañana es el último día –comuniqué, esperando que ese detalle consiguiera aliviarle– Sé que ha sido muy duro para ti y tal vez no tenía que haber forzado las cosas, es pronto y obviamente, Marcos aún no está preparado para esto.

—Yo creo que has hecho lo correcto, solo hace falta tiempo e insistencia para que pueda aceptar que ahora las cosas son así. Estoy convencido de que el año que viene irá mejor.

Sonreí mientras acompasaba sus pasos hacia las escaleras, pero antes de ascender, un ruido nos obligó a girarnos al mismo tiempo.

—¿Qué ha sido eso?

Volvimos a escuchar el estrépito de unos cristales rotos y nuestras miradas se encontraron.

—Viene de mi despacho –confirmó Edgar.

Corrimos por el pasillo y el aliento se me congeló en el pecho al ver que la silla de Marcos estaba aparcada fuera. Bajamos las escaleras lo más rápido que pudimos y lo encontramos sentado en el suelo, rompiendo todas las vitrinas que habían a su alcance con un palo de madera.

—¡Marcos no! –grité y corrí para detenerle, pero llegué tarde y volvió a golpear otra vitrina, haciendo que el cristal se rompiera en mil pedazos.

—¡Esto es que lo que pasa! ¡Este tío ha tramado esto desde el principio! Se aprovecha de las personas buenas y las contamina.

—¡¿Pero qué estás haciendo…?!

Me agaché con rapidez para recoger los objetos que estaban en el suelo, sobre un lecho de cristales. Edgar me detuvo antes de que pudiera hacerlo.

—Te vas a cortar, sube arriba y espérame con María. Llama a la enfermera.

—¡Pero Edgar, está destrozando tus cosas! –los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Vete, no toques nada. Yo lo arreglo.

—¡No puedo dejarte!

—¿Vas a consentir que siga dándote órdenes? –Marcos dio un manotazo a un trozo de cristal enorme que aterrizó contra mis pies.

Edgar me cogió de la mano y me arrastró hacia las escaleras.

—Hazme caso por una vez en tu vida. Vete.

No tuve alternativa. Hice lo que me ordenó y esperé impaciente junto a María.

 

Una hora después, Edgar entró en mi habitación masajeándose las sienes con una mano. Me quedé paralizada, ansiosa porque empezara a habar.

—María, ¿puedes dejarnos un momento, por favor?

Se levantó y antes de irse, acarició el rostro de Edgar sin decir nada.

—¿Qué ha pasado? –pregunté, impaciente.

—Tu hermano ya está mejor, así que no temas, ahora duerme tranquilo en su cama.

—Pero ¿por qué…?

—Necesitaba desfogarse. Sigue enfadado por todo lo que le ha pasado, todavía tiene episodios de ansiedad a causa de la abstinencia y verse privado de su autonomía le hace estar irascible.

Contemplé a Edgar con lágrimas en los ojos, entendía lo que me decía pero no podía comprender su serenidad después de lo que había sucedido en el sótano.

—Ha destrozado tus cosas, él ha…

—Shhh… –me acalló acercándose a mí para acariciar mis brazos, intentando disminuir la tensión– no tiene importancia.

—¡¿Que no la tiene?! ¡Llevas años coleccionando! ¡Hay cosas que tienen un valor incalculable, así que no me digas que no importa!

—Tranquilízate, Diana, solo son cosas, se pueden reponer.

Le miré sin entender. ¿A qué se debía tanta comprensión?

—No te reconozco –constaté negando con la cabeza– ¿Por qué estás tan sereno?

Él sonrió y emitió un profundo suspiro.

—Estoy sereno porque no ha habido nada que lamentar. Tú estás bien, Marcos ha conseguido calmarse y tras mantener una conversación con él, ha admitido su error y se ha disculpado. Así que, como ves, todo está bien.

Le contemplé extrañada. Lo curioso de la situación es que en ese momento no pensaba en mi hermano, era Edgar quien acaparaba mi atención. Sufría por él, por haber tenido que presenciar la peor cara de Marcos y haber perdido tanto en esos dos días. Jamás imaginé que podría pasar algo parecido.

—Lo siento mucho, de verdad… –las lágrimas corrieron por mis mejillas como un fresco torrente– No tenía que haberles obligado a venir, era obvio que ninguno de los dos quería hacerlo. Todo ha sido por mi culpa, me empeciné en hacer algo distinto, creyendo que estos días bastarían para volver a unirnos, pero fue un error. No se puede volver a unir lo que ya se ha roto.

El mundo entero se me cayó encima en cuanto acepté esa aplastante realidad. Estaba sola. Marcos no era el mismo, tardaría mucho tiempo en recuperarle. Mi padre era prácticamente como un extraño, a veces ni siquiera me recordaba y mi mejor amiga, Emma, hacía siglos que no lograba contactar con ella. Se podía decir que todo mi mundo se había venido abajo, atrayéndome todavía más a Edgar, pues éramos dos personas solitarias en medio de un caos incontrolable.

—¡No digas eso! –intervino alzándome el rostro–, dale tiempo, las cosas no serán siempre así. Si la próxima vez te reúnes con ellos en España, en un entorno que dominan, todo será diferente, estoy seguro.

Cerré los ojos un instante e inspiré profundamente antes de abrazarle. Le rodeé con suavidad concentrándome en el calor que me transmitía su cuerpo. Me sentía mal conmigo misma por haber forzado las cosas, ahora era Edgar quien pagaba las consecuencias de mi estupidez.

Me separé de él y alcé la mirada. Sus ojos, tranquilos, me contemplaban como queriendo retener todos los detalles de mi rostro. Entonces caí en la cuenta de que nunca hasta ese momento había estado tan cerca de él. Nuestras caras estaban a escasos milímetros, podía sentir incluso su respiración acariciándome el rostro.

No era la primera vez que me encontraba tan cerca de un hombre. Había besado a otros antes, pero con Edgar era diferente. Me intimidaba y fruto de ese sentimiento me estremecí y empezó a bullir la sangre que circulaba por mis venas. Mi corazón también se agitó, produciendo audibles latidos en vistas de lo que estaba a punto de hacer. Tenía muchas ganas de besarle, de demostrar mi infinita gratitud y todo el cariño que, con el tiempo, había logrado cultivar.

Me mordí el labio inferior sin separarme lo más mínimo, por dentro imploraba que fuese él quien recorriera la distancia que nos separaba y me demostrara que ese sentimiento era recíproco, sin embargo no fue capaz. Permaneció congelado el tiempo que yo me debatía conmigo misma, observando la sensualidad de sus perfectos labios, que parecían llamarme sin necesidad de producir palabra.

Sin pensármelo dos veces decidí sobrepasar la fina línea que nos separaba y rozar muy sutilmente sus labios con los míos. Al instante percibí su suavidad y otro escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo.

Esperé lo que me parecieron largos segundos a que él me correspondiera desatando todo el deseo que había en mí, pero no hubo más reacciones por su parte. Sonrió de medio lado y se separó, aunque sus brazos seguían rodeándome.

—Será mejor que vayamos a dormir, es tarde y ha sido un día muy largo.

Su comentario me confundió tanto como la sonrisa de autosuficiencia que se había tatuado en su rostro.

—Sí –confirmé obligándome a recuperar los papeles. No podía creer que hubiese estado a punto de besarle, ¿qué demonios me había pasado?

Hicieron falta horas para que dejara de dar vueltas a ese inesperado incidente y me abandonara a un plácido y profundo sueño reparador.

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