MARYCRUZ HERNÁNDEZ

El anuncio

El anuncio ocupaba dos columnas, estaba enmarcado en borde negro, y mal clasificado en la sección de “Personas que ofrecen sus servicios”, junto a enfermeras, cuidadoras y empleadas domésticas. La frase “por carretera”, además, se encontraba subrayada y en negritas, como para recalcar que no se trataba de un error tipográfico o similar.
Al momento de leerlo, Pablo sintió una mezcla de miedo y curiosidad. Curiosidad, por haber encontrado el aviso justamente en esa sección, y porque no pudo evitar pensar en la infinidad de veces que Alma le había rogado realizar juntos un viaje así. “No puedo ser la única loca que quiera hacerlo”, le había dicho ella; pero después de todos esos años, Pablo por primera vez tenía pruebas de que, en efecto, su mujer no era “la única loca”.
También sintió miedo porque, cuando se conocieron, él y su esposa solían encontrar, en los hechos más simples de la vida, “señales” que, de alguna manera, les indicaban el camino a seguir. Así, la primera vez que salieron y descubrieron en la pared del bar la frase de un libro que ambos adoraban, lo interpretaron como señal de que debían volver a salir juntos. La vez que salieron de vacaciones, decidieron quedarse en un pueblito por el que pasaron, porque una bocina gigante tocaba la canción favorita de ambos. Su historia, su vida juntos, estaba conformada por pequeñas “señales” de ese estilo, y en ese preciso momento, aparentemente, la vida le estaba diciendo que debía empezar a considerar seriamente hacer dicho viaje. Eso lo aterraba.
Por primera vez, Pablo realizó un rápido cálculo mental de la cantidad de horas necesarias para un viaje de esa magnitud. Trató de imaginar la cantidad de gasolina requerida, el dinero necesario para autopistas, comidas, hospedajes y, sobre todo, los motivos que llevaban a esa mujer de 26 años a desear realizar semejante travesía. Porque, claro, Alma era un caso aparte, y sus razones le resultaban ya tan familiares que podía recitarlas de memoria; sin embargo, estaba completamente seguro de que aquella chica de 26 años, no se encontraba en la misma situación.
Impulsivamente tomó el teléfono y marcó el número del anuncio. Al primer timbrazo, lo asaltó la duda eterna de si aquello era lo correcto, pues sabía perfectamente lo que implicaba acceder a realizar ese viaje. Además, ¿no estaba buscando una persona que lo ayudara a cuidar a Alma?
Colgó el teléfono y dobló el periódico por la mitad. Apuró el café, ya frío, y subió a la habitación. Su esposa se encontraba sentada frente a la ventana, mirando hacia afuera con nostalgia, con un libro abierto sobre las piernas.
Era uno de “esos” días. Ella no desayunaría, no tomaría el almuerzo, y comería hasta que
empezara a anochecer. Permanecería largas horas sentada, mirando por la ventana, con el mismo libro sobre sus piernas, el cual hojearía distraidamente de vez en vez. Se levantaría de su sitio únicamente a beber una copa de vino tinto, el único vicio que se permitía, y a cortar una rosa del jardín, que colocaría en el florero del comedor, para que él pudiera verla al llegar del trabajo. Al paso de los cinco años que llevaban juntos, Pablo había aprendido a identificar qué clase de día tendría Alma, tan sólo con mirarla por la mañana.
Se acercó a su mujer, besó su cabeza y se sentó frente a ella. Alma le dedicó una pequeña
sonrisa. Pablo notó el cansancio acumulado en el frágil cuerpo de ella, y sintió un nudo en la garganta.
“¿Encontraste a alguien?” Preguntó ella en voz baja, colocando su libro en la mesita de
noche.
“No, aún no.” Respondió él, con la voz ligeramente quebrada. Dudó un momento, sin
decidirse a contarle sobre el anuncio en el periódico. Jamás había podido ocultarle nada a su esposa, sin embargo, sabía muy bien que, si le hablaba de eso, ella no podría quitarse la idea de la cabeza al menos por un mes, y él no estaba seguro de que fuera el momento propicio de comenzar a hablar sobre el tema. No quería que fuera el momento, pese a que todo le indicaba lo contrario.
“Algo te asusta, y me lo quieres esconder… Pero puedo leer tu mente, ¿recuerdas?” dijo
ella, sonriendo. Cuando aún eran novios, ella solía adivinar algunos de sus pensamientos
antes de que él los expresara verbalmente. Ambos amaban esa extraña conexión.
Pablo le devolvió una sonrisa nostálgica.
“Llegará un día, en que tengas que tomar una decisión que no vas a querer tomar.” Le había dicho ella, un par de años atrás. “Pero confío en ti, y confío en que sabrás qué hacer.” Igual que siempre, Alma tenía razón. Era el día, y Pablo no quería tomar esa decisión. No ahora.
No tan pronto. No estaba listo.
Su esposa se levantó y se sentó en sus piernas. Pablo la rodeó con los brazos, cerró los ojos y suspiró profundamente, como si el aire que ingresaba a sus pulmones pudiera conferirle el valor necesario para lo que debía decir.
“¿Te acuerdas del viaje que no había querido hacer?” dijo él, por fin, tras una pausa. “Tal
vez ya podamos hablar de él…”
https://cronicasdemad.wordpress.com/

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