MANGER

Estaba sentado muy cerca del césped, al lado del camino enlosado que conducía en largos meandros hasta la casona central. Él jugaba extasiado con su perindola acompasando el movimiento de sus ojos con el rotar del pequeño juguete, tal como si fueran parejas que danzaran con él aquel baile formando un eufórico trío. El blanco de las mangas de su bata rechazaba con sus quejas el exceso de luz. El reflejo le hería en los ojos impidiéndole fijarse en cada compás, cada vuelta, cada balanceo de aquella volandera cintura hecha para el contoneo y el equilibrio sostenido mostrando orgullosa los diez guarismos en cada uno de los lados del decágono.

Tras unos segundos de vaivenes parece dudar, se queda sin fuerza de giro, gesticula el ánimo de pararse y, al final, se agota apoyándose sobre el lado del… del… del…  ¡TRES!

Se sonríe, toma el lapicero y lo apunta en el papel higiénico. Más vale apuntarlo, negro sobre blanco ─se dice. Sabe de sobra que el cerebro juega muy malas pasadas.

Suspira. Se toma su tiempo y de nuevo la hace girar. Segundo baile. El siguiente de este sorteo que completa la tercera suerte…

Se concentra y observa. Disfruta otra vez de esos compases imaginándose un suave y sucesivo trote en foxtrot donde él es el zorro que lleva la voz cantante. Doce, trece, veinte giros y de nuevo la perindola va perdiendo su aliento vital, se aligera de vueltas, pone fin al cortejo y cae sobre el… el… el… ¡SIETE!

Lo apunta también, en el mismo papel, siguiendo a aquél tres de la primera vuelta.

¡La suerte está echada!

Toma el documento de aquella sentencia, lo expone a la luz, lo lee y dice en voz alta…

─¡TREINTA Y SIEEEETEEE…!

─¡NO HAAAY! ─le contestan desde el fondo del patio tras unos segundos, cuatro, cinco o seis, todos a la vez.

Se han amotinado y los están ajusticiando. Durante la revuelta contaron dieciséis y los numeraron prendiendo en sus pechos desnudos cartones marcados en rojo. Después los alzaron con la soga al cuello en las ramas de los árboles más bajos y fuertes. Apenas llegan a apoyar sus pies sobre las banquetas traídas desde el comedor…

Catorce quedan que esperan su número en la lotería de San Simeón.

Ya llevan seis horas…

Esta vez no hubo mucha suerte en estos dos últimos bailes. No importa, es cuestión de tiempo. La mañana es joven y esperan la tarde y la noche. No hay prisas… Es entretenido, muy entretenido; la perindola está lista de nuevo y los frenopáticos están muy acostumbrados a tener paciencia con sus cuidadores.

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