DESMOND EUTAND

Abandoné aquella ciudad en llamas totalmente aterrado, pero pletórico por llevar la esencia de Penélope dentro de mi trufa. Por primera vez caminaba por sitios que nunca había frecuentado. Recorrí calles larguísimas, atravesé parques y crucé vías de tren hasta que llegué al límite de la ciudad. Allí mismo, a un lado de la carretera, apenas podía leerse aquel cartel acribillado: “Ilión”. Nunca había llegado tan lejos. Sin embargo lo que dejaba atrás no era mi hogar. Mi hogar era Penélope.

Anduve bajo una fina lluvia por aquella carretera sin cruzarme con un alma, salvo coches y camiones que iban a toda velocidad en mi misma dirección. Temí ser atropellado en más de una ocasión por aquellos monstruos de metal abarrotados de soldados.

Llegué al siguiente pueblo, que pude divisar desde muy lejos por la columna de humo que se alzaba desde allí. Mis ojos aún no se habían acostumbrado a ver tanto horror. Caminaba pegado a las paredes de los edificios observando atemorizado aquel caos de gente yendo y viniendo, gritos, disparos y explosiones. Viendo aquello mi cabeza era incapaz de entender lo que estaba ocurriendo. Por qué los hombres se mataban entre ellos. Los había visto felices en el pasado y ahora todo eso parecía un mal sueño. Empecé a temblar y decidí esconderme debajo de un camión antes de que mi cuerpo se paralizase del todo ante aquel horror. Estaba relamiéndome la pata cuando note cómo una mano me agarraba por el cuello y de repente me vi metido en un saco. Traté de forcejear, pero cada vez que me movía recibía un golpe, por lo que pensé que lo mejor sería esperar, antes de que acabaran moliéndome a palos.

Desperté en una jaula de metal, completamente a oscuras. El olor era muy intenso en aquel sitio. Muchos perros, algunos gatos y otros animales que no podía identificar se hacinaban allí. Ninguno emitía el más mínimo ruido. Además de su piel podía olfatear su miedo. Pasado un tiempo que no sabría determinar se abrió una puerta de metal iluminando aquel tétrico recinto. Un hombre enorme, con un parche en un ojo entró con una manguera y empezó a mojarnos a todos. Algunos de aquellos animales aullaban o gemían, pero yo me mantuve en silencio, guardando el llanto para cuando nadie pudiese verme. Como dije alguna vez, me habían enseñado enseñado a ser valiente… Luego la puerta volvió a ‎cerrarse y nos quedamos de nuevo sumidos en la más profunda oscuridad.

Pasé varios días allí enjaulado, comiendo unos pedazos de hueso que traía el hombre del parche de cuando en cuando y ensuciándome sin poder evitarlo. Los pocos momentos en los que conseguía dormir soñaba con Penélope. Sus caricias, su dulce voz llamándome “Uli”, el cariño que me daba sin pedir nada a cambio… Para mí guiarla nunca había sido un trabajo, simplemente estaba en mi naturaleza cuidar de ella. Supongo que mi instinto comprende todas esas cosas. Me despertaba siempre alterado y al verme allí enjaulado no temía morir. Mi único temor era no volver a verla.

El hombre del parche venía cada día, creo que por las noches. Oliendo siempre a vino y con síntomas de estar borracho. Nos rociaba con el agua fría de la manguera y luego escogía un animal, lo metía en un saco y se lo llevaba. Nunca volvían. Temíamos que se los comiese.

Pasaba el tiempo y yo me resistía a acabar mis días allí, así que mi cabeza pergeñó un plan para escapar. La jaula en la que estaba atrapado estaba sobre un mesa de metal y el mecanismo de cierre no parecía muy robusto, pero mis pezuñas no están hechas para abrir cerraduras, así que imaginé que que si conseguía hacerla caer al suelo, conmigo dentro, el cierre se rompería y yo quedaría liberado. El problema era la puerta metálica de aquel recinto, que el hombre del parche cerraba siempre que salía de allí, así que tuve una idea.

En medio del silencio, comencé a ladrar. Poco a poco los otros animales se fueron uniendo y al instante el ruido se volvió ensordecedor. Entonces vi cómo la puerta de metal comenzaba a abrirse. Empecé a saltar y golpear las paredes de la jaula con todas mis fuerzas. Conseguí moverla un poco en dirección al borde de la mesa, pero no era suficiente. El hombre del parche ya estaba dentro y se dirigía hacia mí, así que hice un esfuerzo y embestí con la cabeza en la pared de la jaula haciendo que cayese al suelo. El golpe fue brutal, pero conseguí romperla. Me vi patas arriba en el suelo entre un amasijo de hierros. El hombre del parche al verme corrió hacia mí. Llevaba un palo en la mano y sin mediar palabra me golpeó en las costillas. Yo me revolví, mordiéndole en la mano y le hice caer sobre un montón de jaulas que había apiladas tras él. Entonces aproveché para salir corriendo a toda velocidad por la puerta. Me chocaba con todo lo que se cruzaba en mi camino. De fondo oía los gruñidos del hombre del parche, que luchaba por evitar que otros escaparan utilizando mi mismo método. Cuando salí por fin a la calle, sin dejar de correr, eché un vistazo atrás. Decenas de perros, gatos y otros animales cuya especie desconocía salían por puertas y ventanas abandonando aquel odioso lugar entre los quejidos de aquel odioso hombre.

Cuando llevaba corriendo ya un rato largo tuve que parar a descansar. Se acumulaban ya muchos días prácticamente sin comer, tenía golpes por todas partes y las fuerzas empezaban a flaquear. Me oculté en unos arbustos y me relamí nuevamente la pata. La herida parecía bien curada, pero yo empezaba a estar famélico. Levanté mi trufa tratando de reencontrarme con el olor de Penélope, pero el olor acre que ya empezaba a conocer bien volvía a ser muy intenso y no me permitía distinguir nada más, así que decidí seguir avanzando hacia el oeste.

Caminando apresurado por una avenida, esquivando otra vez disparos y deslizándome entre una marabunta de soldados que corrían de un lado a otro, llegué hasta un puente preguntándome cómo seguía aún con vida. La estrella de los perros, tal vez. Había soldados a ambos lados, lo cual me complicaba el paso, pero ya empezaba a caer la noche y supuse que en la oscuridad podría pasar sin ser descubierto, así que permanecí escondido entre las ruinas de lo que debió de ser un edificio tiempo atrás.

Cuando la oscuridad no dejaba ver a más de un metro de distancia salí a hurtadillas de mi escondrijo. Me acerqué hasta un lado del puente y traté de escudriñar con mi olfato. A esa distancia no me costó distinguir el olor de varios soldados. Me armé de valor y empecé a caminar. Llevaba recorridos sólo unos metros cuando me topé con una presencia. Un perro viejo. Un mastín, creo, que más bien parecía un fantasma.

Continuará.

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