ANNABEL VÁZQUEZ

En familia

—María, ¿qué hora es? Deben estar a punto de llegar.

—Todavía es pronto.

—Pero… ¡Jo! estoy nerviosa.

Miré por la ventana, esperando a que el coche de Philip regresara. Edgar había insistido para que los esperara en casa, alegando que así el reencuentro sería más agradable y podríamos tomárnoslo con calma, enseñar sus habitaciones, hablar de todo lo que había hecho desde que llegué, mostrarles mis fotografías…

—¿Crees que estoy bien? –extendí las manos y di una vuelta para que María pudiera verme bien– ¿He elegido el vestido apropiado?

Sonrió y se acercó para acariciar mi mejilla.

—Estás muy bien, cielo.

—Quiero causar una buena impresión, que vean que las cosas han resultado ser mejor de lo que esperábamos y que ahora todo es casi perfecto. Me muero de ganas de verlos.

—Es natural, hace casi un año que no os veis.

—Nueve meses –corroboré–. Toda una eternidad.

Caminé hacia la otra ventana, a ver si desde ahí se veía mejor la entrada de la casa.

—¿Y crees que ellos estarán bien?

—Seguro que sí, de lo contrario sus cuidadores te habrían informado.

—Eso es cierto. Además cada vez que hablaba con Marcos me daba la sensación de que estaba mejor.

—Pues entonces relájate, ¿quieres? Me estás poniendo nerviosa a mí también.

Suspiré y cerré los ojos, intentando hallar la paz.

En cuanto volví a abrirlos, distinguí un coche en la lejanía.

—¡Ya han llegado! –anuncié entusiasmada.

Corrí hacia la puerta y la abrí de par en par. No dejé de correr por sendero asfaltado hasta colocarme al lado del coche y hacer señas con la mano.

Philip apagó el motor unos metros antes de llegar a casa, vio que no podía dejarles avanzar porque quería abrazar a mi familia cuanto antes. Cuando las puertas se abrieron me fijé una centésima de segundo en el rostro de Edgar, su expresión era inescrutable y eso me confundió. Las puertas traseras se abrieron poco después, distrayéndome, y la enfermera se apresuró a abrir el maletero para extraer la silla de ruedas.

—¿Marcos? –me asomé sonriente para verle, pero al igual que Edgar, percibí cierta tensión en su rostro.

No quise hundirme por eso y corrí hacia el otro lado, aprovechando que Edgar y la enfermera se disponían a acomodar a mi hermano en la silla de ruedas. Philip se colocó junto a mí y ayudó a mi padre a bajar del coche. Contuve la respiración al constatar que estaba mucho más viejo de lo que me esperaba. No únicamente tenía el pelo cubierto de canas, había adelgazado muchísimo y su cuerpo había adoptado posición de interrogante. Ahora necesitaba un bastón para apoyarse.

—¿Qué está pasando? ¡Quiero ir a casa! ¿Quién se creen que soy para…?

—¡Papá! –le interrumpí colocándome frente a él y sosteniendo sus brazos para hacerle reaccionar. Estaba desorientado y tan cambiado que me entraron ganas de llorar.

—¡Dios mío! Esther, ¿qué estás haciendo aquí, a ti también te han secuestrado?

Abracé a mi padre con fuerza.

—No soy Esther, soy Diana, ¿te acuerdas de mí?

—Diana… –mi padre me acarició el rostro con la yema de los dedos– ¡Qué preciosa estás!

Volví a abrazarle y enterré la cara en su cuello; su olor invadió mi mente trayéndome recuerdos de la niñez.

—¿Qué hacemos aquí, cariño?

—Son unas vacaciones, ya veréis, os encantará este castillo. Es agradable teneros aquí, os he echado tanto de menos…

Se acercó la cuidadora que Edgar había contratado y cogió el brazo de mi padre para enhebrarlo al suyo.

—Me alegro mucho de conocerle señor Sanz, ahora le acompañaré a su habitación y le ayudaré a instalarse.

Mi padre se giró en mi dirección.

—¿Tú también vienes, hija?

—Sí, papá, enseguida voy.

—¡Dejadme de una jodida vez! –corrí hacia el otro lado del coche para ver a Marcos.

—¿Qué pasa? –quise saber.

—No quiero que ninguno de ellos me ponga una mano encima –señaló en la dirección de Edgar y Philip–, esto es una locura, no deberíamos estar aquí, ni siquiera tú, Diana.

—Cálmate Marcos.

—¡No me pidas que me calme, joder!

—Está bien –me acerqué a él y me puse tras la silla–, vamos a dar una vuelta tú y yo solos antes de entrar en casa, ¿te apetece?

—No me apetece hacer ni una mierda en este lugar del demonio.

Cargué de aire mis pulmones y caminé alejándome todo lo posible de Edgar para que no se sintiera violento por las duras palabras de mi hermano, aunque intuía que el trayecto desde el aeropuerto hasta casa no había sido fácil.

—Bueno, ahora estamos solos –detuve la silla y me coloqué frente a él para darle un beso– ¿Qué te pasa Marcos? ¿No te alegras de verme?

—¡Claro que me alegro! El problema es que no puedo relajarme en presencia de ese hombre que nos ha separado, que te está utilizando vete a saber para qué. Lo siento Diana, pero no estoy cómodo.

—Ese hombre, como dices tú, es gentil y bueno. Puede que no lo parezca, incluso que asuste un poco, pero confío plenamente en él y tú deberías hacer lo mismo. Nos está ayudando, Marcos.

—¡Joder Diana! ¿Te estás oyendo? ¡Eres una marioneta en sus manos, te ha lavado el cerebro por completo! Te ha arrebatado la vida que tenías apartándote de todo, ¿no lo ves?

Descendí la mirada.

—Sé que es lo que parece desde fuera, incluso yo también pensaba eso al principio. Pero ahora las cosas han cambiado y estoy contenta de estar aquí. ¿No puedes simplemente alegrarte por mí?

Retrocedió en su silla.

—¿Qué te ha hecho? Esta no eres tú, ¡mírate! –señaló mi ropa.

De repente me empezaron a escocer los ojos, había puesto muchas esperanzas en este encuentro y creía tener todo bajo control, era obvio que algo se me había escapado.

—Sigo siendo la misma de siempre –cogí una de sus manos y la llevé junto a mi corazón–, te quiero muchísimo y estoy  intentando lidiar entre las dos mitades de mi vida. Ahora Edgar también forma parte de mi vida y deberías aceptarlo.

—Sé que crees estar en deuda con él, pero no es necesario que sigas adelante. Encontraremos la forma de hacer frente a nuestros problemas, de volver a resituarnos en el camino. Puedo con esto, de verdad, puedo…

—¡Marcos, para! Todo ha cambiado, no podemos volver atrás sin más.

—¿Por qué? ¿Qué chantaje ha empleado ese desgraciado para obligarte a permanecer aquí.

—Mira, te aprecio un montón, te quiero más que a mi vida y nada me gustaría más que darte la razón en este tema, pero no se trata de un chantaje, se trata de que he decidido quedarme aquí y deberías estar conmigo en esto. Dale una oportunidad, aparta tus prejuicios y aprovecha estas breves vacaciones para desconectar. ¿Crees que podrás hacerlo? ¿Podrás hacerlo por mí?

Marcos emitió un fuerte suspiro.

—¡Ven aquí, anda! –extendió los brazos animándome a abrazarle, así lo hice– Te he echado de menos y pese a que no me hace ni puñetera gracia tener que vivir bajo el mismo techo que ese tío, intentaré mirar las cosas con objetividad y serenarme.

—Gracias, es lo único que te pido.

Le miré mordiéndome el labio inferior.

—Y ahora es el momento de flipar, ya verás que alucinante es esta casa –anuncié empujando su silla con fuerza por el jardín circundante a la casa.

Reímos como cuando éramos críos. Por un momento olvidamos dónde estábamos y todo lo que había pasado los años anteriores y nos concedimos un respiro para ser dos hermanos que, después de un largo periodo de tiempo, al fin se habían reencontrado.

 

Llegamos a casa poco después y no perdí tiempo en enseñar a Marcos todas y cada una de las habitaciones.

—¿Qué hay ahí? –dijo señalando la única puerta que me abstuve de abrir.

—Es un sótano, nada interesante.

Debió captar algo en mi voz porque detuvo las ruedas de su silla con la mano, frenándola a mitad de pasillo.

—Enséñamelo –me incitó.

—No puedo, hay muchas escaleras y… chatarra.

—¿Chatarra? –se extrañó.

—Cosas sin importancia. Lo que sí es una pasada es la sala de música, ya lo verás, es alucinante.

 

La noche no fue tan especial como había imaginado. Tras dejar a Marcos en su habitación junto a su cuidadora fui a ver a mi padre. Me sorprendió mucho cuando la enfermera me anunció que le habían administrado un sedante porque estaba muy desorientado y se había puesto violento. Las cosas habían cambiado mucho para todos, hasta ese día no imaginé hasta qué punto.

La cena fue tensa y silenciosa. Edgar no parecía muy colaborador, tan solo permaneció con nosotros los primeros diez minutos, luego se ausentó alegando dolor de cabeza. Intenté crear un buen clima y hablar de todo lo que había estado haciendo, hasta que comprendí que nada de lo que decía parecía tener interés para alguno los presentes.

Después de ayudar a María a recoger, busqué a Philip en las habitaciones del servicio para hablar con él.

—¡Diana! ¿Ocurre algo?

Negué con la cabeza, aunque por dentro seguía estando algo nerviosa.

—He venido para que me cuentes qué ha pasado esta mañana. He percibido algo –comenté sin entrar en detalles.

Philip descendió la mirada.

—No sé si puedo hablar de eso…

Descolgué la mandíbula.

—¿Qué me he perdido?

Philip cerró los ojos y divagó.

—Bueno…., verás… Marcos se ha encarado con Edgar –le miré perpleja–, le ha dicho que no estaba de acuerdo con todo lo que estaba haciendo y que encontraría la forma de hacérselo pagar, pero ese pequeño enfrentamiento ha quedado en segundo lugar. Tu padre no estaba preparado para venir aquí, ya notificaron a Edgar que se pondría muy nervioso en un entorno desconocido, pero él no quiso decírtelo porque te hacía ilusión pasar junto a él estas fechas. Ha necesitado medicación para volar, para subir al coche y ahora para dormir… me temo que el Alzhéimer está en estado avanzado y eso le hace tener días muy malos, al menos eso es lo que nos ha dicho la enfermera.

—Vaya…  –tragué saliva– Es peor de lo que imaginaba.

—Ojalá pudiera hacer algo.

—No, gracias, Philip, ya has hecho bastante. Que seas sincero es importante para mí.

Me despedí y subí las escaleras con una sensación de vacío indescriptible, toda mi ilusión se había venido abajo y saber que las cosas podrían ponerse todavía peor, me desmoralizaba.

Me cuadré frente a la habitación de Edgar. Quería verle, mostrarle mi gratitud por lo que estaba haciendo ya que sabía que para él también era difícil afrontar todo esto, pero no fui lo bastante valiente para llamar a su puerta. Me dirigí a la mía e intenté autoconvencerme de que el día siguiente sería mejor, celebraríamos la noche buena y, como todo el mundo sabe, nada malo puede pasar en noche buena.

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