ANNABEL VÁZQUEZ

Regalo inesperado

Esa mañana salí temprano para hacer las últimas compras. No quería que faltara nada, así que pensé en todas las personas que me importaban y me aseguré que a nadie le faltara un regalo.

No lo pude evitar y me detuve frente a un escaparate del centro comercial, ya tenía todos los regalos hechos, pero sentí que Edgar merecía más; me había ayudado como nunca imaginé que haría, me permitió vivir mi sueño y se contagió de mi felicidad. Siempre me había tratado bien sin importar lo que hiciera o lo que dijese, su paciencia era infinita y tenía que agradecérselo. Era un mísero detalle, nada especial, un simple objeto para demostrar mis sentimientos.

 

—¿Seguro que no miras? –quise asegurarme haciendo aspavientos con la mano frente a sus ojos cerrados– No puedes hacerlo todavía –le recordé.

Se echó a reír.

—No estoy mirando. ¿Falta mucho para saber qué tramas?

Sonreí y abrí la bolsa de cartón para extraer la camisa burdeos que le había comprado.

—Está bien. Ya puedes abrir los ojos.

Abrió lentamente los párpados y me contempló extrañado, no había captado que la camisa era para él.

—¡Tachán! –exclamé extendiéndola de las mangas para que la viera bien.

—¿Una camisa? –preguntó sin entender.

—Es un regalo, para ti –maticé.

—¡Oh! –se acercó y acarició la tela con los dedos, cohibido.

Le seguí con la mirada.

—¿Qué? –demandé, mirándolo –¿No te gusta?

Pestañeó aturdido.

—Sí, claro, es… es muy bonita –tartamudeó.

Me eché a reír.

—No te ha gustado nada –constaté–, puedes decirlo, no pasa nada.

—No es eso, es solo que no se me da bien recibir regalos, no… –movió la mano y desvió la mirada, avergonzado.

—Pues ya va siendo hora de que los recibas, ¿no?

—Pero –frunció el ceño–, yo no te he comprado nada.

Negué con la cabeza, verle tan desubicado me inspiraba ternura, algo impensable meses atrás.

—Hacer regalos no es una obligación o un deber, ¿Sabes? Debería ser algo espontáneo y que se hace porque sí –doblé la camisa mirándole atentamente a los ojos–. He elegido este color porque he observado que todo lo que tienes es blanco o negro, pensé que poner algo de luz estaría bien, pero si no te gusta…

—¡No! –se apresuró en negar– Sí me gusta, es… –apretó los labios intentando buscar un adjetivo– original.

La risa que me produjo su comentario resonó en toda la habitación.

—¡Por Dios, Edgar! Yo no diría que el color burdeos es original. Anda, ¡pruébatela! Aunque solo sea por complacerme.

—¡Claro! ¡sí! –asintió nervioso– Voy a mi habitación y…

Volví a reír, jamás le había visto tan nervioso. Mi regalo le había descuadrado por completo; de haberlo sabido se lo habría hecho mucho antes.

—Edgar, solo es una camisa –me acerqué a él hasta quedar a escasos centímetros de su cuerpo.

Reprimiendo la risa por su cara de incomprensión, llevé mis manos hacia el primer botón de su camisa blanca y lo desabroché. Después de ese seguí con el resto, fui desabrochando uno a uno sin prisa, descubriendo su torso desnudo, carente de vello.

Ya había constatado que Edgar tenía la musculatura bien marcada, su cuerpo era absolutamente perfecto. Puede que su rostro estuviera desfigurado, pero todo lo demás superaba con creces ese insignificante defecto; se notaba que se cuidaba, que estaba atento a los detalles.

Cuando terminé de desabrochar su camisa, llevé las manos hacia sus cálidos hombros y le ayudé a deshacerse de las mangas. Edgar permanecía en silencio, mirándome y sin mover un solo músculo.

Cogí la camisa nueva y le ayudé a ponérsela. Mientras pasaba los botones por los ojales, alcé el rostro para encontrarme con él.

—¿Te han dicho alguna vez que tienes un cuerpo que quita el hipo? –reconocí sin dejar de mirarlo.

Se echó a reír tocándose las sienes con una mano.

—¿Es por el susto que provoca? –preguntó señalándose la mitad dañada de su rostro.

Puse los ojos en blanco.

—¡No seas bobo! –le regañé– Nada en ti asusta.

Ahora sí se oyeron sus carcajadas.

—Eso no lo pensabas la primera vez que me viste –me recordó.

—La primera vez que te vi no estaba en mis cabales –argumenté–. Ni la segunda, ni la tercera, puede que la cuarta tampoco… –musité por lo bajo.

Edgar negó divertido con la cabeza y se recolocó la camisa por dentro del pantalón, seguidamente extendió los brazos y dio media vuelta.

—¿Qué tal? –preguntó estudiando mi reacción.

Asentí.

—A mí me gusta.

—Pues entonces a mí también.

Se dirigió hacia el cristal de la ventana más próximo para mirarse.

Yo le contemplé desde la distancia, en ese instante descubrí que me encantaba observarle. Ya lo había hecho en otras ocasiones, pero hasta entonces no fui consciente de la atracción que sus movimientos producían en mí.

—Antes has dicho que no estabas acostumbrado a recibir regalos –dije mirándole en el cristal.

—Así es –confirmó.

—¿Ni siquiera de niño?

Se giró para mirarme.

—Digamos que no crecí en una familia convencional, no acostumbrábamos a hacernos regalos, ni a celebrar las fechas importantes. Todos los días estaban regidos por la misma monotonía.

Su argumento me pareció terrible. No podía creer que un niño no celebrara las fechas señaladas.

—¿Por qué? –quise saber.

Edgar se encogió de hombros, no parecía dispuesto a revelar mucho más

—Ahora que lo recuerdo sí me hicieron un regalo una vez –eludió drásticamente mi última pregunta–. Mi madre me regaló un caballete con un lienzo en blanco y una paleta de pinturas cuando tenía nueve años.

Le miré sin decir nada. El motivo por el cual su familia no celebraba las fiestas seguía siendo un misterio.

—¿Qué ocurre? –preguntó siguiéndome con la mirada.

—Nada –negué con la cabeza–. ¿Por qué debe ocurrirme algo?

Cogí la camisa blanca que acababa de quitarle y empecé a doblarla.

—Te conozco, o al menos empiezo a hacerlo –matizó–. Puedo apreciar que algo de lo que he dicho te ha molestado.

—Es igual, Edgar, no tiene importancia.

Se acercó a mí e inmovilizó mis movimientos obligándome a mirarle de nuevo.

Sus ojos se afanaban en buscar en mi rostro las respuestas que me había negado a verbalizar.

—Por favor, dime qué pasa –rogó.

Suspiré y me senté en la silla que había frente a la mesa, él me acompañó y se sentó delante de mí. Tenerle tan cerca, vestido de burdeos y después de haber visto su impresionante cuerpo, no era fácil, aunque sentía que mi libido había descendido notablemente debido a su adherido hermetismo.

—Te lo he dicho, no me pasa nada.

—Diana… –contestó a modo de advertencia.

Bufé.

—Está bien, si quieres saberlo ahí va –me armé de valor–: estoy cansada de que cada vez que estás a punto de relajarte y abrirme tu corazón, suceda algo que haga que te bloquees y vuelvas a cerrarte sin más –le miré con intensidad– ¿Cuánto tiempo hace que estamos casados? ¡Ya han pasado seis meses! Y en todo este tiempo no te has relajado ni una sola vez, ¡y mira que han pasado cosas! Me he enfadado, me han atacado, me he ido, he vuelto y nada, tú sigues igual que siempre, no cambias. Dime, Edgar, ¿no te he demostrado con creces mi lealtad, que pese a todo no he dejado de estar ahí? Merezco algo más y lo sabes, merezco que seas sincero conmigo de una maldita vez, que me cuentes por qué eres así, por qué eres incapaz de confiar en la gente, en la gente que te quiere.

Sus ojos se abrieron al máximo.

—Es que no hay mucho qué contar, verás, no soy tan misterioso como todo el mundo cree y saber la verdad no mejorará las cosas entre nosotros, es más, sospecho que te decepcionará.

—Mira –le interrumpí molesta–, si vas a venirme con esas, más vale que lo dejes. Hay algo que me irrita más que tus silencios y es que me tomes por tonta.

Me levanté de la silla, enojada.

—Diana, siéntate, por favor –me imploró con ojos tristes.

Pero a esas alturas ya estaba enfada, no quería seguir hablando.

Edgar se levantó y me cogió de la mano llevándome de nuevo hacia la silla.

—Siéntate –ordenó con tiento.

—¿Y para qué?

Cogió aire y lo exhaló con brusquedad.

—Hazlo, por favor.

Pese a mi creciente cabreo decidí hacerle caso. Dejé caer mi trasero bruscamente contra la silla y le miré desafiante, esperando a que volviera a salirme con evasivas, como hacía siempre.

—No me gusta hablar de mi vida, de mi familia… –se encogió de hombros– siempre intento evitarlo y no es porque no confíe en ti, es porque me resulta muy doloroso –cogió aire–. Sé que crees que te mantengo al margen de ciertas cosas, tal vez dé esa impresión, pero no es así, lo que ocurre es que me gusta dejar el pasado atrás, intento pasar página..

—Pero el pasado es importante –anuncié, mirándole–. El pasado es el que nos ha conducido hacia el presente, es el que te ha hecho tal y como eres.

Me dedicó una sonrisa, pero esa sonrisa tan forzadamente urdida no llegó a sus ojos claros.

—¿Te acuerdas de lo que viste aquella tarde en mi despacho? –preguntó de improvisto–, aquellos videos… –puntualizó y asentí con la cabeza–. ¿Puedes decirme qué fue lo que viste exactamente?

—Solo vi tus videos familiares, fragmentos inocentes de tu madre y tú cuando eras niño, nada fuera de lo común. Parecías feliz y despreocupado.

Sonrió con amargura.

—Nada más lejos de la realidad –intervino dejándome paralizada.

Al hablar su voz se llenó abruptamente de antigua tristeza.

Tragó saliva, volvió a alzar el rostro y continuó:

—Yo vivía en una modesta casita en las afueras de Londres, con mi madre. Mi madre vino de España a estudiar el idioma, trabajaba en una cafetería para ganar dinero y ahí fue donde conoció a mi padre –sus cejas se juntaron por la pena que le producía ese recuerdo–. Mi padre era militar, iba de aquí para allá en misiones, supongo que en uno de sus permisos se enamoró de mi madre y… bueno, luego vine yo. Fui un embarazo precipitado, pese a eso decidieron formalizar la situación, se casaron y formaron una familia.

Hizo una pausa para coger aire.

—Al principio no me daba cuenta. Un día mi madre aparecía con el ojo morado o la cara señalada y decía que se había caído en la ducha, me lo creía sin más. No era más que un niño.

Mis pupilas se dilataron por la sorpresa. No imaginaba para nada esa revelación.

—Pero un día escuché y vi como mi padre le daba una paliza. Era pequeño, no recuerdo la edad exacta, solo sé que le hice frente, intenté defenderla con todas mis fuerzas y desde entonces, pasé a ser su nuevo objetivo.

Permanecí lívida, sin apenas respirar. Mis labios se sellaron para escuchar cada una de sus palabras sin perder detalle.

—Mi madre hacía todo lo posible porque mi padre no descargara su rabia contra mí, a veces incluso las palizas eran más fuertes con ella por intentar defenderme.

»Así pasaron varios años. Mi padre solía ausentarse por motivos de trabajo, incluso pasaba una pensión a mi madre el tiempo que estaba fuera, pero cuando regresaba… –cerró los ojos con pesar–, nos resultaba imposible huir de él.

»Debajo de casa teníamos un viejo taller, y en mi adolescencia solía hacer horas extras reparando motos y limpiando carburadores. Pequeñas cosas que había aprendido a hacer para ayudar económicamente en casa. El trabajo me gustaba, me mantenía la mente ocupada, de hecho pasaba mucho tiempo ahí.

»Un día escuché mucho revuelo en el piso superior y no pude ignorarlo como en otras ocasiones. Tenía veinte años recién cumplidos, me sentía en cierto modo responsable de mi madre y no iba a permitir que ese bastardo le hiciera daño en mi presencia. Fui a defenderla y mi padre y yo nos enzarzamos en una pelea. En esa ocasión le gané, de hecho no me resultó difícil tumbarle porque estaba ebrio. Cuando volvió en sí me miró a los ojos y me dijo que me arrepentiría el resto de mis días por lo que había hecho, pero yo no le dejé terminar, le saqué de casa por la fuerza, creyendo que con eso bastaría.

»Así que no pude prever que una de las tardes en las que estaba trabajando en el taller, mi padre me sorprendería dándome en la cabeza con una barra de hierro.

Me llevé una mano a la boca por la sorpresa.

—¿Intentó matarte?

Edgar desvió la mirada y asintió. Pude ver el dolor aún reflejado en su rostro.

—Perdí el conocimiento. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme rodeado por las llamas. Había decidido quemar el taller conmigo dentro –suspiró–. Había un bidón de gasolina muy cerca de mí y explotó en mi cara, el dolor fue tan insoportable que volví a perder la consciencia.

Cerró los ojos, apenado.

»Era mi padre y dejé de importarle, tanto fue así que no tuvo reparos en intentar acabar con mi vida y lo hubiera conseguido de no ser por mi madre.

»Días después desperté en el hospital y un médico me comunicó la noticia que cambiaría para siempre el rumbo de mi vida. Acababa de descubrir que mi madre había muerto intentando salvarme. Cargó con mi cuerpo hasta sacarme del taller, al menos pudo retirarme lo suficiente del fuego para que los bomberos hicieran su trabajo, pero ella no corrió con la misma suerte. Murió asfixiada a escasos metros de la salida.

—Madre mía, Edgar… –gemí horrorizada.

—Detuvieron a mi padre y lo apresaron. Le calló una buena condena por premeditación, intento de homicidio y homicidio involuntario. Después de eso no he querido saber nada más de él. Las malas lenguas dicen que enloqueció en la cárcel, claro que puede que lo hiciera mucho antes, cuando convivía con mi madre en casa.

—Así que por eso… –me señalé el rostro.

—Sí. Quemaduras de tercer grado en frente, sien y pómulo y ceguera permanente en el ojo derecho.

Cogí aire y seguí mirándole a la cara, esa cara cubierta por la máscara que me impedía ver las profundas secuelas de su macabra experiencia. Realmente su vida había sido muy dura, no alcanzo a imaginar lo que debió sufrir, y más sabiendo que su madre había muerto por salvarle. Las culpas, los remordimientos, el dolor… puede que todos esos sentimientos hayan sido los que le han estado corroyendo durante toda la vida.

—¿Qué fue de ti después de aquello? –me atreví a preguntar.

—Fui a un hogar de acogida. Ahí pude estudiar, además, trabajaba en una lavandería ahorrando todo lo que podía. Las becas me ayudaron a pagar mis estudios y el resto fue cuestión de perseverancia, visión para los negocios e inversiones fructíferas. No hay mucho más qué contar.

Le miré con admiración.

—Es asombroso, Edgar, mira todo lo que has conseguido –dije mirando a mi alrededor–. Has invertido hasta la última molécula de esfuerzo en mejorar tu vida, en superar las adversidades y aun así no pareces contento, siempre se te ve tan apagado…

—¿Qué es la felicidad, Diana? ¿Tener cosas? ¿Dinero? ¿Reconocimiento? Me temo que mi felicidad se marchitó siendo yo un niño y no he conocido otra cosa. ¿Crees que me importa algo todo lo que he conseguido? –negó con la cabeza– Esto me da absolutamente igual, mi casa solo sirve para generar trabajo a mis empleados y mantener a salvo a la gente que me importa, es un mero refugio. Si solo se tratara de mí, sería igual de feliz en una caravana mugrienta. Nada, ninguna cosa que poseo puede devolverme lo que perdí aquella tarde. No únicamente perdí a mi madre, el incendio se llevó también una parte de mí mismo.

—¡No! –le interrumpí, convencida– Eso no es cierto, todavía queda algo del antiguo Edgar bajo los rescoldos. ¿Qué me dices de tu afán por el coleccionismo? Es evidente que adquirir cosas únicas te aporta felicidad y es obvio que llevas haciéndolo mucho tiempo.

Sonrió con amargura, sus ojos se llenaron de lágrimas y algo muy extraño se alojó en el fondo de mi pecho. Me dolía verle así y carecía de argumentos para levantarle el ánimo, casi hacía que me arrepintiera de  haberle obligado a desvelar sus secretos mejor guardados y remover heridas mal curadas del pasado. Quizás por eso estaba ahí, esa era mi misión en la vida: sacarle todo lo malo para luego poder curarle, hacer que volviera a creer en las personas, a valorar lo sencillo, a sentirse satisfecho consigo mismo. Mi trabajo acababa de empezar pero no pensaba rendirme, sentía que estaba cerca de alcanzar mi meta.

—No entiendes nada, Diana –tragó saliva, intentando controlar sus emociones–. Coleccionar no me hace especialmente feliz.

—¿Entonces? –quise saber– ¿Qué sentido tiene?

Suspiró y agachó la cabeza con gesto meditabundo. Esperé paciente a que se produjera un cambio, pero nada. Hasta que por fin alzó el rostro y me miró con ojos enigmáticos. Un segundo después me sonrió, repentinamente divertido.

—Acabo de recordar una cosa que sí me gusta hacer.

—¿Ah, si?

—¡La música! –exclamó poniéndose en pie de un salto– lo que me recuerda que he sacado tu dichosa canción con la guitarra.

Sonreí y me alcé dando nerviosas palmadas de entusiasmo.

—¿Call me maybe, de Carly Rae? –quise asegurarme.

—¡Esa! –confirmó animado y con expresión de entusiasmo.

Le seguí alegre hacia la sala de música, no podía dejar de canturrear la canción por el camino, Edgar se limitó a sonreír.

Antes de poner un pie en la habitación le interrumpí colocándome delante de él.

—Que te quede claro; me he dado cuenta de que has corrido un tupido velo en mitad de la conversación eludiendo mi última pregunta.

—¿¿¿Yo??? –Preguntó con fingida inocencia sin dejar de sonreír.

—Pero he decidido pasarlo por alto porque ya hemos tenido suficientes recuerdos tristes por hoy y solo nos podemos animar con Carly Rae.

Edgar asintió con la cabeza.

—Veo que eres suspicaz, tendré que mejorar mis evasivas de ahora en adelante.

Nos echamos a reír, y de pronto, nada importaba. Su vida anterior, la mía, las palabras a medias… en ese momento solo éramos un chico y una chica cualquiera, dispuestos a evadirnos con buena música.

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