TANATOS12

Me quedé allí parado, bloqueado. Edu me miró e inmediatamente llevó una mano a la cintura de María para invitarla a alejarse un poco. Mi novia se lo permitió, sin girarse hacia mí.

Me fui por donde había venido con una presión en el pecho. Comencé a subir las escaleras e irremediablemente volteé mi cabeza y los vi, en medio del pasillo, hablando, cuchicheando; él mantenía su mano en la cintura de ella.

Sentado de nuevo en la mesa no sabía si cabrearme o morirme del morbo. Tan pronto me enfurecía la actitud de María como me los imaginaba entrando en los servicios… y… follándosela… empotrándola a lo bestia contra los lavabos o María subida a él, siendo ella la que sacara todas las ganas de ser follada después de tantos meses.

¿De verdad yo no podía hacer nada? ¿Hacer qué? ¿Para qué? ¿Qué quería?

Me sentía mal conmigo mismo cuando deseaba que lo hicieran. Y mal con ella… aunque no sabía hasta qué punto aquello era justo después de todo. Pero todos esos sentimientos negativos siempre acababan solapados por el morbo.

Unos pocos minutos más tarde volvieron al gran salón. Hablando. Sin demasiada complicidad, tampoco de forma distante. María se sentó a mi lado y no dijo nada. Ni me miró.

La paciencia nunca ha sido una de mis virtudes. Creo que no había pasado más de un minuto cuando le espeté en voz baja:

-¿Os habéis liado?

No obtuve respuesta. María siguió comiendo, como si tal cosa.

-¿No me vas a responder? -insistí.
-No respondo a chorradas -dijo sin siquiera mirarme.
-No me parece ninguna chorrada. ¿Qué pasa? ¿No ha querido él?

Esta vez sí que me miró. Se la veía sonrojada, ¿el calor? ¿el alcohol? ¿Edu? ¿Mis preguntas? Joder, estaba radiante. Aquella mirada fija, sus labios gruesos, su piel tostada, su camisa de seda que parecía que iluminaba toda la mesa… el relieve de sus tetazas bajo la tela… su melena densa y larga… estaba tremenda.

-Lo hablamos mañana. -dijo seca, pero levemente conciliadora.

Pero yo no podía más.

-No puedo María, solo necesito saber si os habéis liado o algo.

Le hablaba al oído con cuidado.

Ella no respondía. Yo insistí.

-¡Por supuesto que no, Pablo! Deja de decir chorradas. -exclamó en un susurro, intentando ser discreta.
-Pero quieres, ¿no?
-No, no quiero.
-Te lo has imaginado, eso no lo puedes negar. Has imaginado o fantaseado que… que os liáis. -aquel “os liáis” me sonó tremendamente infantil, sobre todo porque en mi imaginación yo empleaba palabras mucho más fuertes.

No contestó. Dio un trago a la copa de vino. Estaba cada vez más incómoda. En el salón había un buen jaleo, un zumbido constante que opacaba nuestra conversación.

-¿Qué habéis hablado ahí abajo? ¿Por qué tiene que hablar en privado contigo? -tan pronto lo dije me di cuenta que esa era la pregunta por la que tenía que haber empezado.

-Por nada. Una chorrada. Ya está, Pablo.
-Eso me lo tienes que decir, María. Aunque solo sea por educación, joder.

Me miró, y me susurró al oído:

-Es una chorrada, Pablo, por favor… -sonó hasta suplicante, casi mimoso.
-Venga, dímelo…
-Joder… Pablo, nada, una chorrada. Es que no quiero enfrentaros.
-¿Cómo que enfrentarnos?
-Una chorrada, de verdad, me dijo que… que me fuera para su mesa.
-¿Ahora? ¿En mitad de la cena?
-Ya, que es una chorrada.
-Pero a cuento de qué, no entiendo nada.

Aquella conversación había pegado un volantazo que no entendía.

Me acabó contando que él le había dicho que fuera a su mesa, que allí lo pasaría mejor. Y ella le había dicho que no. Finalmente y tras preguntarle ella, al parecer Edu le había dicho que yo no le caía nada bien, que era un muermo o algo similar.

-Menudo cabrón… ¿y qué le dijiste?
-Que ya estaría con ellos en el baile. Contigo y con ellos.
-Joder María…
-Qué…
-¿Y en el baile que vas a hacer?
-Qué voy a hacer de qué. Nada.
-¿Cómo que de qué? No me tomes el pelo… sabes a lo que me refiero…

Nos quedamos callados. Era obvio que me refería a que le provocara durante el baile… Ella sabía tan bien como yo que aquella era una fecha marcada en el calendario para aquel juego.

-Y además hay muchas preguntas que quiero que me respondas. -le dije.
-¿Ah si? Pues elige. O me preguntas o… lo otro.
-Las dos cosas.
-No tienes remedio, de verdad. ¿Y yo qué gano?
-Que todo se acaba hoy. Pase lo que pase. -dije serio.
-Eso no es la primera vez que lo dices.
-Esta vez te juro que es de verdad. Todo esto se acaba esta noche.

-¿Qué cuchicheáis ? ¿Tanto os aburrimos? -nos sorprendió el chico rapado, de pie, detrás de María, posando sus manos en los hombros de ella, sonriente, haciéndose el gracioso. No sabía si venía del baño o de hablar con gente de otras mesas. María parecía tan desconcertada como yo.

Miré al frente, hacia su mujer, que visiblemente ebria, no le ponía buena cara, mientras María se excusaba como podía por nuestra conversación privada. Y después miré a aquel chico, que antes de retirar sus manos miró descaradamente al escote de mi novia. A buen seguro, desde su posición, le había visto fácilmente la mitad de las tetas; llegué a pensar que se había levantado únicamente y exclusivamente para vérselas.

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