JORDI MARCOS

Estaba en la esquina de la barra, pidiendo su ‘’shot’’ de mezcla de licores caramelizados que según en la pizarra del mostrador, se etiquetaban por un repertorio de nombres propios. Gracioso le pareció escoger el suyo, así como los de sus más cercanos. Por la fragancia de su boca exhalaba un tono fresado con una leve brisa de ginebra.

Cuando guiñaba el ojo, correspondía el gesto a otra ronda. Era por su atrevido carisma que daba pie a tantos alborotos cotidianos. Más allá de su belleza física -que de la magnitud provocaba sin querer altercados- era por sus cualidades íntimas que no se acaban de aceptar concordantes a lo externo.

Una inteligencia que se confundía con ingenuidad. Simpatía que se interpretaba como accesibilidad. Miradas que involuntarias iluminaban falsos deseos. Se acostumbró como por mecánica a rechazar cualquier ofrecimiento del tipo que fuera. Por hábito, solo en soledad se permitía el lujo de descansar de pensamientos mezquinos.

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