ANNABEL VÁZQUEZ

Preparativos

Miré las coloridas frases con las que decoramos las paredes de la casa, pequeñas citas con una intencionalidad clara: hacer que las personas que las leyeran se sintieran mejor. Decidí aportar mi pequeño granito de amor, positivismo y vitalidad, teniendo en cuenta que cada uno de nosotros necesitaba un poco de eso en el día a día.

“Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año” Charles Dickens.

La Navidad no es una fecha, es un estado en la mente” Mary Elle Chase.

Encontré citas parecidas en algunas felicitaciones navideñas que circulaban por internet y me pareció divertido ambientar el hogar con ellas. También aproveché y ofrecí calidez a la casa poniendo portarretratos con fotografías. Barcelona y Escocia estaban representadas prácticamente en cualquier rincón.

Pasé los días siguientes ilusionada, dibujando proyectos de iluminación y decoración para la casa, quería prever hasta el mínimo detalle y que todo adquiriese un aire hogareño.

Por su parte Edgar gestionó los por mayores del traslado de mi familia. Mi padre y mi hermano viajarían en primera clase, con una enfermera a bordo. También se encargó de contratar personal cualificado que estuviera en casa para recibir su llegada y atender cada una de sus necesidades. De igual manera, María distribuyó sus habitaciones adaptándolas para los nuevos invitados.

 

Miré a Edgar y la sonrisa se expandió. Estaba relajado en el sofá, rodeado de papeles. Que estuviera en el comedor en lugar de en su lúgubre despecho, era un progreso importante.

—¿Me ayudas a desembalarlo? –le pregunté, desviando su atención.

Edgar dejó lo que estaba haciendo sobre la mesa y se acercó a mí, acuclillándose a mi lado.

Hizo una mueca.

—No entiendo por qué no quieres un árbol de verdad, esto no es más que un montón de plástico.

—No me gusta la idea de talar un árbol solo para disfrutar de él unos días, así que nosotros tendremos uno de plástico.

Asintió sin especial entusiasmo y juntos terminamos de abril la caja y fuimos montándolo poco a poco. Edgar estaba muy concentrado, me entregaba las ramas del número correcto mientras clasificaba las siguientes asegurándose de que estaban todas.

Sonreí al ver que estaba poniendo de su parte, sabía que no le gustaban especialmente estas fechas, pero estaba haciendo todo eso por mí sin poner ningún impedimento; no podía estarle más agradecida.

Una vez acabamos de montarlo, lo contemplamos en silencio durante un rato. Era perfecto, el tamaño ideal para esa casa tan grande.

Le cogí de la mano sin mirarle e inspiré profundamente, sintiéndome orgullosa de tener, después de tanto tiempo, unas navidades que celebrar.

—Vas a ayudarme a hacer los adornos navideños –confirmé sonriendo–. He comprado poca cosa, me apetece que sean especiales.

—¿Por qué? –preguntó frunciendo el ceño– No es necesario, hay tiendas exclusivas que venden…

—Porque tienes que entender lo gratificante que resulta hacer todo el trabajo uno mismo –recalqué interrumpiendo su discurso.

Me dirigí hacia la cesta que había depositado el día anterior sobre una silla.

—He cogido estas ramas secas del jardín, la idea es trenzarlas y crear una corona.

Me miró como si acabara de proponerle un enorme acertijo.

—Así –sostuve sus manos con firmeza y las guié sobre las ramas secas– ¿ves? –le miré a los ojos dejándole acabar la trenza– No está mal, teniendo en cuenta que tienes la motricidad fina atrofiada.

Se echó a reír.

— En mi defensa diré que esto es más complicado de lo que parece.

Se mordió el labio inferior mientras anudaba la punta con hilo para que no se deshiciera. Seguidamente unió ambos extremos creando un círculo.

—Un poco de purpurina y unas rodajas de limón seco y ya tienes una corona para la puerta –comenté de pasada.

Edgar pareció de repente más interesado.

—Podemos poner también unas ramas de canela.

Asentí complacida por su participación.

—¡Ya están hechas las palomitas!

María entró en el comedor con una enorme caja repleta de palomitas todavía calientes.

—Perfecto –sonreí como una niña pequeña cuando el olor a palomitas empezó a invadir la habitación.

Cogí hilo y aguja y empecé a unir una palomita tras otra creando una guirnalda.

Edgar seguía obstinado con la corona, decorándola como si su vida dependiera de ello y eso me hizo sonreír. No nos miraba mientras colocaba con una precisión exquisita las rodajas de limón, de tanto en tanto estiraba la mano para coger alguna palomita de la caja y llevársela a la boca sin perder la concentración en su tarea.

Reí.

Perdí la cuenta del tiempo que pasamos haciendo los adornos, María también estaba muy ilusionada y canturreaba sin cesar, incluso Edgar había conseguido relajarse y participar activamente en cada una de las actividades, aunque no sabría decir hasta qué punto lo hacía por complacerme o por querer realmente colaborar.

Parecíamos una auténtica familia mientras poníamos las luces y las guirnaldas en el árbol y por primera vez sentí una punzada de nostalgia; tal vez ésta fuese mi única familia a partir de ahora. Lo cierto es que no sabía lo que supondría tener a mi padre y a mi hermano viviendo bajo el mismo techo que Edgar, podía ser una oportunidad para acercarnos o todo lo contrario, y hacerlo en unas fechas tan señaladas, con todo lo que había pasado y las personas que ya no estaban entre nosotros… sería todo un reto.

Me giré para coger una de las guirnaldas que había terminado Edgar.

—Esta es más corta –observé levantándola de un extremo.

—Pues no sé qué ha pasado –dijo con la boca llena de palomitas.

María estalló en una sonora carcajada y abrazó cariñosamente a Edgar, algo que hasta la fecha no había presenciado. Ese gesto bastó para borrar los malos pensamientos y disfrutar del presente, pensando que mi locura por querer celebrar una navidad tradicional había sido un acierto después de todo, pues valía la pena ver a Edgar tan contento.

 

En pocos días acabamos la transformación y todo adquirió un nuevo matiz de luz y color. Puede que fuera casualidad o no, pero tras ese día, Edgar permaneció más horas en la casa y menos en su despacho.

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