LOIS SANS

Después de efectuarle infinidad de pruebas, le diagnosticaron SIDA. Olga estaba desolada, sobre todo cuando les obligaron a ella y a la niña a efectuarse las pruebas, que, gracias a Dios, salieron negativas, sin embargo, eso dañó su relación con Víctor,
que con el paso del tiempo se volvió taciturno, malhumorado, incluso depresivo, hasta que una tarde, al salir del bufete donde trabajaba decidió quitarse la vida colgándose de una viga en el garaje, dejando una nota para Olga que decía:
“Querida Olga, siento mucho hacerte pasar por este mal momento, pero no quiero ser una carga para ti, quiero que me recuerdes como un buen marido y un buen padre, así que te ruego que rehagas tu vida, porque nuestra hija necesita un padre a su lado. Gracias por formar parte de mi vida. Te quiero. Víctor”
Fue un duro golpe para Olga, convencida de que Víctor era el amor de su vida. Y aunque “las inseparables” estuvimos a su lado en todo momento, ella se sentía abandonada, decepcionada y deprimida. Una vez solucionados los aspectos legales de la herencia, en que la dejaba muy bien situada económicamente y para agradecernos la colaboración que le habíamos brindado, nos invitó a pasar un fin de semana en un balneario que acababan de inaugurar.
Dejó a la niña con su madre y nos fuimos las cinco a un moderno SPA y, aunque parezca increíble, conoció a Enrique, un joven y guapo chef propietario de tres restaurantes en diferentes ciudades. Enrique era más joven que ella, alto, moreno, con una barba de tres días que le daba un aire bohemio e interesante y con una intensa mirada negra. Por lo visto, acababa de romper con su novia, una modelo muy guapa y engreída, a quien había pillado besándose con un actor.
Cuando Enrique y Leonor se conocieron, Olga supo que sería el padre ideal para su hija huérfana, por eso, después de vivir más de medio año juntos y comprobar que se acoplaban perfectamente, decidieron casarse.
De nuevo “las inseparables” ayudamos a Olga a preparar una boda por todo lo alto en una pequeña iglesia cercana a uno de los restaurantes de Enrique, donde luego se celebraría el banquete. Esta vez, Olga llegó en una limusina blanca y llevaba un vestido blanco de seda, con una larga cola que destacaba en la mullida alfombra roja, donde la pequeña Leonor dejaba ir pétalos de flores, con una gran sonrisa a la que le faltaban algunos dientes.
A la vuelta de su luna de miel en Venecia, nos anunció que estaba embarazada. Nueve meses más tarde nació Patricia, una preciosa niña con el pelo negro y rizado, igual que su padre.
Compraron una casa con jardín y piscina, en una famosa urbanización de lujo. Enrique trabajaba muchas horas organizando los restaurantes y Olga cuidaba de las niñas, las llevaba a la escuela y al salir las acompañaba a jugar baloncesto, estudiar inglés o a tocar el piano. Su vida parecía perfecta, hasta que una noche de verano, cuando acababa de acostar a las niñas, se asomó por la ventana y vio un cuerpo flotando en la piscina. Bajó las escaleras de dos en dos, sin atreverse a respirar, temiendo lo peor y, cuando se acercó, comprobó que era el cuerpo de Enrique. Sin pensarlo, se tiró a la piscina, lo arrastró hasta la orilla y luego, intentó reanimarlo. Al ver que no respondía, llamó a una ambulancia, aunque, cuando llegaron ya estaba muerto. La autopsia reveló que había sido un ataque al corazón, seguramente debido al estrés.
Como siempre, “las inseparables”, estuvimos apoyándola tanto emocionalmente como a la hora de solucionar los temas legales. Le aconsejamos que se trasladara a vivir a un pequeño ático que Enrique tenía en el centro de la ciudad, para que lo pudiera superar más fácilmente, aunque es una mujer muy valiente y enseguida se volcó con sus dos hijas.
Meses más tarde, en una fiesta de cumpleaños, conoció a Roberto, el tío de una amiga de su hija. Roberto era un cirujano maduro e interesante que acababa de divorciarse de su tercera mujer. Alto, fuerte, con el pelo cano y exageradamente descarado, sabía como tratar a una mujer para que se sintiera única, haciendo que Olga se enamorara irremediablemente de él, de su descaro, su simpatía y sus ganas de vivir. Empezaron a quedar para ir al cine, a bailar o, simplemente, a pasear. Y aunque no tenía hijos, supo conquistar a las niñas que quedaron tan prendadas de él como su madre. Por Semana Santa las invitó a un apartamento en Andorra y allí le pidió que se casaran, mientras las niñas aplaudían felices porque Roberto sería ahora su papá.
Una cálida tarde de otoño, alumbrados por una romántica puesta de sol, en una playa de Ibiza, se casaron delante de centenares de invitados elegantemente vestidos de blanco. Luego compartimos una deliciosa cena a la luz de aromáticas velas blancas y después cantamos y bailamos hasta la madrugada.
Pasaron los años, las niñas se fueron a estudiar a la universidad, Roberto estaba a punto de jubilarse, Olga tenía la vida que había soñado, pero cuando todo parecía perfecto, Roberto salió de casa con el coche y una ráfaga de viento le hizo perder el control, chocando con una pared. Los médicos de la ambulancia intentaron reanimarlo, aunque estaba inconsciente. Lo ingresaron en el Hospital donde trabajaba, sin embargo no llegó a despertarse del coma, estuvo conectado a las máquinas casi un año, hasta que murió.
Olga estuvo a su lado, cuidándolo hasta el último momento y cuando se quedó viuda por tercera vez, temimos por su salud, porque se la veía deprimida, sin ganas de vivir, por eso decidimos turnarnos para hacerle compañía e intentar animarla. Sus hijas después del entierro tuvieron que volver a sus obligaciones, Leonor participaba en un proyecto de biología en Málaga y Leonor estaba estudiando Historia del Arte en Italia. Y aunque Olga comprendía que sus hijas debían seguir con su vida, se sentía terriblemente sola.
Seguimos varios meses alternándonos para vigilar a Olga hasta que un día, al llegar a su casa, la encontré llenando algunas cajas con la ropa de Roberto. Al ver mi cara de sorpresa, se acercó y mientras me abrazaba explicó:
– Marisa, siento que ya ha llegado el momento de rehacer mi vida, por eso daré todas las cosas de Roberto a la Cruz Roja, quiero que lo repartan entre las personas necesitadas.
– Me parece perfecto, Olga, déjame que te ayude – le contesté abrazándola.
Luego me asombró explicándome que se había inscrito en una página de citas, donde conoció a Nicolás un fotógrafo free lance, algunos años más joven que ella, acostumbrado a viajar por todo el mundo y al que le gustan los deportes de riesgo.
La miré impresionada mientras se justificaba diciendo:
– Me he quedado viuda tres veces, y cada vez pensé que no lo podría superar. Sé que he tenido suerte y he conocido a personas maravillosas que me han querido mucho y a las que yo también he amado con locura. Sin embargo, ahora, el destino me ha permitido conocer a un hombre, joven y guapo, al que le gusta vivir al límite y me siento como si estuviese en la estación y pasase el último tren destino a la aventura, un tren al que debo subir para aprovechar mi última oportunidad: la de sentirme más viva que nunca.
Nunca me imaginé que Olga se atrevería a saltar en paracaídas, practicar submarinismo y mucho menos hacer puenting, entre otros pasatiempos, sin embargo, nos ha ido enviando fotografías de sus nuevas aficiones, algunas de las cuales nos ponen los pelos de punta. En su última aventura, mientras descubrían unas grutas de hielo en Alaska, decidieron casarse en el castillo Tamarit, un lugar mágico de la Costa Dorada.
Después de explicarnos sus planes para la próxima boda, nos ha pedido que seamos sus Damas de Honor y que le organicemos una despedida de soltera en algún local de variedades, así que después de cenar en un restaurante japonés, hemos acabado en este local que acaban de inaugurar, que tiene fama de ser un poco picante y muy espectacular.
Mientras esperamos que empiece la fiesta, degustando un mojito, he repasado la vida sentimental de Olga, sentada a mi lado, la contemplo de reojo, con su bonita sonrisa que expresa su felicidad al compartir esta noche con nosotras. Observo al resto de mis amigas mientras me pregunto si alguna de nosotras ha conseguido realizar sus sueños, esos sueños que tantas veces hemos compartido.
Olga consiguió acabar sus estudios de Derecho, pero jamás ha ejercido como abogada, sin embargo, nos lleva mucha ventaja a todas en el plano sentimental. Maite quería ser médico, no obstante, perdió la beca, pero parece feliz de poder ejercer como enfermera y, aunque ha tenido varias parejas, sigue soltera y se conforma con la amante de un famoso cirujano. Juani anhelaba ser maestra, pero cuando murió su padre a los dieciséis años empezó a trabajar en la fábrica y actualmente es encargada de sección. No ha estado nunca con ningún hombre, pero por fin ha salido del armario y vive con Aurora, con quién parece haber encontrado la felicidad. Rosa quería estudiar filosofía y siempre decía que quería ser escritora, pero se enamoró de César, propietario de una librería, con quién comparte la vida laboral, personal y sus tres hijas. A mí me hubiese gustado estudiar Química, pero mis padres estaban convencidos de que no tendría futuro laboral, así que me convencieron para que estudiara Administrativo, me presentase a unas oposiciones en los Juzgados, donde trabajo como funcionaria, igual que Carlos, mi marido. Entonces pienso que, tal vez no es tan importante conseguir que los sueños se hagan realidad, puede que lo importante sea que la realidad se convierta en nuestro sueño.
Examino mi vida amorosa y comparada con la de Olga, me parece aburrida. Conocí a Carlos en el Centro de Estudios Cervantes, donde estudiábamos Administrativo, enseguida conectamos y nos hicimos muy amigos. Su carita aniñada, los rizos dorados y unos preciosos ojos color miel, hicieron que me enamorara perdidamente de él. Nos acostumbramos a estudiar juntos, preparar los trabajos y, más adelante, empezamos a salir juntos, para ir al cine o a pasear. Cuando acabamos nuestros estudios, mi tío
Ernesto, que trabajaba en el Juzgado, nos convenció para que preparáramos unas oposiciones y cuando las aprobamos me pidió que nos casáramos.
Ilusionada y con la ayuda de “las inseparables” preparamos nuestra boda en la Iglesia del barrio, pequeña pero acogedora. Con el Altar adornado con un precioso centro con rosas de diferentes colores, lazos de satén en los bancos donde se sentaban los invitados, un arco con lazos y flores adornaba la entrada y una mullida alfombra roja llegaba hasta el altar. Papá, con un elegante traje azul marino y una bonita corbata gris me acompaño orgulloso hasta el altar, donde me esperaba Carlos, guapísimo con un traje negro, camisa blanca y pajarita. Yo también estaba radiante con mi vestido de novia, blanco, adornado con pequeñas perlas y brillantes. Seguimos la tradición y la madre de Carlos me regaló unos pendientes azules, papá me compró los zapatos, que serían algo nuevo, mamá me dejó el liguero con el que se casó ella y que era de su madre para que llevase algo viejo y Olga me dejó una pulsera de oro que le había regalado Víctor, para llevar algo prestado. Fue una ceremonia muy emotiva y cuando salimos a la calle nos tiraron pétalos de flores y granos de arroz.
Lo celebramos en el restaurante de la tía de Carlos, donde comimos, bebimos, bailamos y cantamos hasta la madrugada. La primera noche dormimos en nuestra nueva casa, un piso pequeño pero acogedor en el mismo barrio donde habíamos crecido. Nos despertamos con resaca, así que aprovechamos para pasar y, aunque pensaba que, por fin, me iba a desvirgar, se excusó diciendo que no se encontraba
Por la tarde, preparamos las maletas y fuimos a la estación a esperar el Talgo que nos llevaría a Ginebra donde pasaríamos nuestra luna de miel. El tren salió por la noche, dormimos abrazados hasta que llegamos a Ginebra sobre las seis de la mañana.
Siempre había pensado que la primera vez tenía que ser especial, sobre todo cuando vas a hacer el amor con la persona que más quieres y que has elegido para pasar juntos el resto de la vida. Me lo imaginaba como en una película romántica, donde el chico acaricia lentamente las curvas de la chica hasta que llega el momento esperado y los dos se desahogan juntos. Carlos no era paciente ni delicado, aunque parecía que se esforzaba. Creí que era por falta de práctica, aunque confieso que con el tiempo no ha mejorado, siempre tengo la impresión de que lo hace por obligación, como si no tuviese demasiadas ganas.
Eso sí, cuando tres meses después de la boda, le confesé que estaba embarazada, demostró ser la persona más feliz de este mundo. Desde que nació Ana, nuestra pequeña, que actualmente está a punto de cumplir veinte años, ha sido el mejor padre y compañero que podía desea, por eso, con el paso de los años sé que le amo con locura, sin embargo, sigue siendo pésimo en la cama. No es que quiera justificarme, pero cuando conocí a Alberto, un abogado joven y divertido empezó a tirarme los tejos, me dejé conquistar y quedé con él esperando un poco de aventura en mi monótona vida sexual.
Alberto es algo más joven que yo, bajo en estatura, rubio y con una mirada verde penetrante. Desprende un agradable aroma a bosque que le hace rematadamente sexy y su humor irónico siempre me hace reír.
Por suerte, Carlos y yo trabajamos en departamentos diferentes, yo estoy en Penal en la cuarta planta y él está en un departamento civil de la segunda planta. No nos vemos en toda nuestra jornada laboral y no me cuesta nada mentirle para poder quedar con mi amante, así pues, después de comer con Alberto un par de veces, me llevó a su casa, un enorme chalé en una de las mejores urbanizaciones. Su mujer es azafata de vuelo y casi siempre está de viaje, no tienen hijos, por lo que tiene vía libre para hacer lo que quiera.
Todavía me tiemblan las piernas cuando recuerdo la primera vez que estuvimos juntos. Nada más entrar en casa, me vendó los ojos con un pañuelo de seda, luego me desnudó lentamente, me cogió de la mano y me guio hasta una habitación que olía a jazmín y suavemente, me depositó encima de una enorme cama de agua, luego me besó los dedos de los pies y fue subiendo por las piernas, muslos, besó mi sexo y siguió recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mi boca. A continuación, lamió suavemente mis pezones, haciéndome enloquecer. Su lengua recorrió mi cuerpo lentamente, recreándose en cada rincón y cuando llegó a mi sexo, exploté en un fabuloso orgasmo. A continuación, se coló dentro de mí, moviéndose lentamente primero, para ir subiendo el ritmo hasta que los dos compartimos ese momento tan íntimo. Estirados encima de la cama, me quité el pañuelo de seda y le besé apasionadamente en la boca, deseando que ese día no finalizara nunca. Desde entonces, vivo con Carlos, a quien quiero como el primer día, pero tengo mis aventuras con Alberto, a quien no dejaría por nada del mundo.
No sé de quien fue la idea de celebrar la despedida de soltera de Olga en este local de variedades, a mí nunca se me habría ocurrido. Claro que hemos cenado en un restaurante cercano y llevamos algunas copas de más. Cuando hemos entrado en el local, más bien oscuro y decorado con un toque vintage, me ha parecido retroceder en el tiempo, sin embargo, veo a Olga muy cómoda y contenta, por lo que he decidido relajarme y disfrutar con el espectáculo que parece que ya va a comenzar.
Suena la música de “Nueve semanas y media “y en medio de una humareda colorada, aparece un bombero, moviendo rítmicamente las caderas mientras va desvistiéndose lentamente, bailando y cantando sensualmente hasta que se queda en tanga, mientras todas las chicas chillan emocionadas, sobre todo Olga, que está bastante borrachina. Ella es la primera de meterle un billete de diez euros en la parte delantera de su tanga.
Siguen con un espectáculo de magia, algo rimbombante, original y divertido. Nos reímos a carcajadas igual que el resto del público. El siguiente espectáculo empieza con una lluvia de confeti brillante, mientras suena la música de “Like a virgin”
Aparecen dos mujeres muy guapas, vestidas con unos ajustados vestidos de color plateado, encima de unos zapatos de tacón a los que yo nunca me atrevería a usar. Las examino detenidamente, llevan peluca, una rubia y otra morena. Me detengo en el cuello y observo que tienen la nuez muy prominente, por eso deduzco que no son mujeres, son transformistas. Sin embargo, tienen un cuerpo muy sexy y se mueven endiabladamente bien. Observo detenidamente a la morena, que también me mira a mí. Nuestras miradas se detienen, sé que conozco esos ojos, pero no acabo de identificar a quién pertenecen, cuando me percato que me está guiñando un ojo. Entretanto, Olga me susurra al oído:
– ¿No le encuentras un cierto parecido a Carlos?
Quiero contestarle, pero no me salen las palabras y sé de sobras, que me he quedado con la boca abierta, examinando detenidamente esa persona con la que he convivido más de veinte años y a la que creía conocer demasiado bien. Mientras mueve sus caderas sensualmente advierto que nunca le había visto tan feliz y me siento engañada por un lado y liberada por otro. Supongo que nos tendremos que poner al corriente de nuestra doble vida y tomar algunas decisiones importantes, porque, al fin y al cabo, eso es la vida tomar decisiones que favorezcan a todas las partes implicadas.

Un comentario sobre “Despedida de soltera (2)

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