DESMOND EUTAND

Mi nombre es Ulises. A pesar de mi juventud servía como lazarillo para una buena mujer llamada Penélope hasta que un día estalló eso que los humanos conocen como “la guerra”.

Apenas sin darnos cuenta, nuestra vida se vio envuelta en un caos de explosiones, edificios en llamas, gente corriendo de acá para allá y cristales rotos por todas partes.

Aquellos días oscuros Penélope y yo apenas salíamos de la casa. A menudo se sentaba cerca de la ventana y escuchaba las voces de la gente, los disparos al fondo, los coches a toda velocidad que iban y venían por nuestra calle… Yo disimulaba como podía mi preocupación y me tumbaba a su lado, cerciorándome de que ella notara mi presencia. Resoplando de vez en cuando para que supiera que seguía allí. A su lado. Cuidando de ella.

Una noche, mientras dormía a los pies de su cama un fogonazo nos despertó. Al segundo, los cristales de las ventanas estallaron. Penélope se levantó de un salto y salió corriendo de la habitación. Traté de seguirla, pero un calambre, como una dentellada, recorrió mi pata y entonces noté la sangre fluir. Estaba herido. Intenté ponerme en pie, pero el dolor era tan intenso que me impedía moverme. Penélope trataba de salir de la casa caminando a tientas cuando de pronto escuché cómo entraban unos extraños, le decían algo a voz en grito y se la llevaban a la fuerza. En mis orejas de pastor alemán retumbaba su voz gritando mi nombre mientras yo perdía el conocimiento.

Debió de pasar un buen rato, ya que era de día cuando me despertaron unos pasos. Un soldado había entrado en la habitación en la que yacía mi pequeño cuerpo y salía al minuto. Luego le escuché hablar con alguien al otro lado del cuarto. Me daban por muerto.

Estuve durante un rato relamiéndome la herida de la pata, que ya había dejado de sangrar y me puse en pie. Me dolía mucho al apoyarla, así que empecé a caminar sirviéndome sólo de las otras tres. Cuando salí de la casa, nuestra calle no parecía la misma. Había agujeros en el asfalto, los pocos árboles que seguían en pie habían perdido gran parte de sus hojas, los coches calcinados humeaban y por el aire revoloteaban miles de papeles. Me llamó la atención el silencio de los pájaros. Los gorriones que piaban sin cesar cada mañana se habían esfumado. No se veía un alma y lo único que se oía era alguna explosión a lo lejos. Si me concentraba me llegaba el sonido de algunas voces humanas. Lo que escuchaba me erizaba el pelo.

Alcé mi hocico buscando el rastro de Penélope, pero un olor acre impregnaba todo lo que podía absorber mi trufa. No distinguía ni uno solo de los miles de olores que podía reconocer normalmente. Como no sabía en qué dirección buscar, no se me ocurrió otra cosa que echar a andar hacia los sitios que conocía. El parque donde salíamos por las mañanas a pasear, la cafetería donde Penélope desayunaba y el camarero me saludaba dándome una golosina a escondidas (aunque Penélope siempre se daba cuenta y al terminar el café me susurraba al oído: “¿estaba rica la chuchería de hoy, Uli?”). Llegué hasta la escuela donde solía trabajar Penélope mientras yo la esperaba en el patio, pero no había rastro de seres humanos en ninguno de aquellos sitios.

Así estuve vagando días y días. Me las apañaba para encontrar algo de comida en las tiendas y casas por las que iba pasando, que ahora estaban vacías, y bebía agua de los charcos que dejaba la lluvia, que apenas había parado de caer desde que se llevaron a Penélope. Los días se tornaban cada vez más grises y yo me encontraba cada vez más débil, pero no dejaba de recorrer la ciudad buscando a Penélope. No lo haría mientras quedase una pizca de fuerza en mi interior.

Todas las tardes acababa regresando a casa con la esperanza de que ella volviese en algún momento a por mí. Me ocultaba debajo de la cama, me relamía la pata herida y al cabo de un rato empezaba a temblar. Me invadía la tristeza, aunque me resistía a llorar por no hacer ruido. También porque me habían enseñado a ser valiente, aunque me sentía solo y un poco desesperanzado; pero algo en mi interior, mi instinto de perro, acababa prevaleciendo y enseguida me sobreponía. Me sacudía y empezaba a planear en mi cabeza la ruta del día siguiente, tratando de recordar algún sitio en el que poder fisgar, hasta que finalmente caía rendido. Durante la noche cualquier ruido me despertaba y asomaba la cabeza a toda velocidad esperando que fuera Penélope. Pero Penélope no volvía.

Una de esas mañanas, como hacía siempre al salir de la casa, me puse a olfatear con mi trufa apuntando al cielo. ¡Algo había cambiado! El olor acre seguía presente, pero no era tan intenso y ya me dejaba percibir otros olores. Cerré los ojos y aspiré con todas mis fuerzas. Cítricos, florales, resinosos… Mi cabeza empezó a desgranar aquella sinfonía olfativa. Poco a poco empezaron a aparecer algunos olores conocidos. Mi corazón se aceleraba mientras mi olfato trabajaba a toda máquina, hasta que di con él. Un fragmento de olor minúsculo que sin embargo podría distinguir entre un millón. Venía del oeste. Era el dulce rastro de Penélope.

Sin pensármelo dos veces eché a correr siguiendo aquella partícula de esperanza.

Continuará.

https://generadoresdeamor.wordpress.com

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