JORDI MARCOS

Después de un recorrido largo de varios kilómetros, logré divisar no muy lejos, una cabaña que me parecía agua en el desierto. Tenía una arboleda que destacaba por encima de los otros arbustos que siendo también de buen ver, eran de menor envergadura. El florido estaba decorado de las más delicadas flores de la zona asiática, regalando me una fragancia que me encandilaba a mí y a los peregrinos que por allí circulaban.
La zona era tan natural, desprendía aire de pureza y deleitaba con el concierto sonoro que organizaron las diferentes aves que caminaban por los jardines frondosos del paseo, procedentes seguramente, de hacer sus tareas respectivas en el magnífico lago que, poco antes, la naturaleza me brindó –generosamente- el regalo de observar tal goce y obsequio.
El jardín era fresco y verde, caminaba con una sensación de contagiarme de lozanía limpia y purificada. No había obstáculo, en aquel instante, que pudiera corromperme esa calma y serenidad tan apacible. Barcelona, mi ciudad natal y tan estimada, en comparación en donde me hallaba, se me reflejaba mental como contaminada, impura y detestable.
Pensaba yo, si estaba apartado de la realidad o esta, era la que se presentaba enfrente de mí. Con devaneo, pensaba en dejarlo todo y adentrarme a una aventura nueva por conocer en mi vida. Aspiraba toda aquella atmósfera que me emborrachaba de quimera ¿Y si…rehusara? Me interrogaba yo meditativo, mientras pisaba delicadamente los rosales del jardín.

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