TANATOS12

Aquella frase me dejó tan bloqueado que no conseguí reaccionar. Como si demasiadas preguntas juntas me asaltasen. Mientras, el fotógrafo hacía gestos a las parejas de los del despacho para que nos uniéramos. Al acercarme al grupo llevé mi mirada hacia Víctor, pero no saqué nada de su cara. El fotógrafo nos pedía que nos pegáramos más, pero yo casi ni le oía, solo escuchaba mi cabeza decir “qué sabe”, “por qué lo sabe”, “quién más lo sabe”. Era inequívoco, no había duda de que su pregunta iba dirigida a María y Edu. Le buscaba con la mirada mientras Edu y yo flanqueábamos a mi novia. Víctor se llevaba un poco de jamón a la boca mientras miraba claramente no a mí, si no a María.

A medida que escuchaba el sonido de aquella dichosa cámara sentía que me derrumbaba por dentro; un derrumbe por indefensión, por sentir de golpe que yo no controlaba aquella situación. Durante meses me había sentido con el control, presuponiendo que manejaba yo toda la información, con el único cabo suelto de que Edu se fuera de la lengua, o de ciertos momentos que María había pasado con Edu y que yo no había querido forzarla a que me contara. De golpe sentía que quizás fuera todo lo contrario, y fuera precisamente yo el que había estado totalmente fuera de juego.

El grupo se deshizo y perdí de vista a Víctor. Tampoco me veía persiguiéndole por las mesas… La situación había sido extraña, pues su frase había sido hasta demasiado natural, como suponiendo él que yo sabía que más gente lo sabía, o que a mi me parecía normal ofrecerle mi novia a un compañero de trabajo.

La cosa no mejoró cuando nos sentaron en las mesas para cenar. Apenas me fijé en nuestros compañeros de cena, lo justo para darme cuenta de que no conocía a nadie y de que María no estaba nada contenta con como había sido el reparto de invitados. Yo seguía un poco ido; miraba las caras de los compañeros de despacho de María, la mayoría colocados en otra mesa a unos quince metros, y me daba la sensación de que todos sabían todo, paranoia esta que dio paso a otra diferente, casi inmediatamente, y es que comencé a recapitular todos aquellos momentos, sobre todo de los últimos dos meses, en los que yo no le había preguntado a María qué había pasado entre ella y Edu.

No tardó mi novia en interrumpir el barrunte de mi cabeza preguntándome si me pasaba algo. Tras negarle que me pasara nada raro me susurraba que nos habían puesto en la mesa de los casados, entre comillas, y que lo divertido iba a estar en “la otra mesa”; alcé la mirada y aquella mesa era la de Paula, Amparo, Edu y demás. Víctor estaba en otra, y yo sentía que si yo le tenía controlado más me tenía él a mi. Me insistió en si de verdad no me pasaba nada cuando mi mente estaba en el mes de agosto, en la segunda semana, un viernes. María había pasado el día en la casa de la playa de Edu, recordaba que aquel día María me había contado que Nati había estado un rato con ellos y después se había ido a estudiar, aquel día mi novia se había puesto el bikini rojo, supuestamente porque había mojado todos… Después de ducharnos habíamos quedado en que saldríamos de noche… pero alguien la llamó por teléfono y tras colgar me había dicho que estaba cansada y que se iba a dormir. Recordaba que aquel día María había llegado contando que quizás Edu y Nati habían follado en el mar. Fue la noche que yo había notado que alguien había removido mi cajón de la mesilla… y había cogido nuestra polla de plástico… y olía a coño…

Por eso, de repente, la mayor de mis inquietudes no versaba ya en quién sabía qué, si no en qué había pasado aquella tarde de viernes de agosto, en si de verdad la llamada había sido Edu… en qué conversación habían tenido… y, sobre todo, por qué yo había sido tan idiota de no preguntarle qué había pasado.

En ningún momento sentí celos. Si no, sobre todo, descontrol.

Me vi obligado a participar de la conversación de la mesa, aparcando momentáneamente el análisis de aquellos vacíos que después de semanas necesitaba cubrir. Frente a nosotros estaba una compañera de trabajo de María, una tal Irene, y su marido, Marcos, un tipo que ya de primeras parecía extraño, con la cabeza rapada, ambos de nuestra edad, y él no le quitaba el ojo de encima a mi novia. No me extrañaba lo más mínimo pues su mujer no era nada agraciada. La miraba de reojo mientras se llevaba el tenedor a la boca, aunque la conversación estuviera en otro punto de la mesa. Me parecía hasta que le miraba las tetas que irremediablemente se le marcaban a María bajo la camisa… y volví a sentir ese morbo al presentir el deseo que suscitaba ella. “Tú también te la quieres follar… y Edu… y seguramente Víctor…” Me sentía mal cuando en mi cabeza resonaba aquello, pero no lo podía remediar, igual que no podía remediar que, junto al hormigueo de aquel morbo, mi polla comenzase a lagrimear sobre mi calzoncillo al ver el sucio deseo en los ojos de aquel chico.

María, ajena a su turbio acosador, miraba constantemente hacia la otra mesa. Cruzaba miradas con Edu, o quizás fuera paranoia mía, quizás solo sentía envidia de no estar allí con sus amigas, o quizás un poco de todo. Mi mente seguía la mitad allí y la otra mitad barruntando, barruntando el porqué de María tan cachonda en Cantabria. Antes de aquel viaje ella había pasado otro día con Edu en la playa, día en el que, según ella, Edu le había dicho que se le marcaba el coño a través del bikini blanco. ¿solo eso? ¿Solo había pasado eso en no se cuántas horas con él? De golpe me asaltaban preguntas desordenadas… lo de obedecer a llevar los bikinis que Edu decía, lo de acceder a escribirle para que subiera a nuestra casa, aunque después hubiera dicho que no le abriría la puerta…. Todas aquellas preguntas bombardeaban mi cabeza mientras mis ojos veían a aquel hombre mirando con lascivia a María y a ésta sin dejar de mirar para la mesa de Edu.

Recordé otro día más, ya a la vuelta de Cantabria cuando María había llevado a casa de Edu los bikinis que él había adivinado. ¿Adivinado? ¿Pedido? ¿Ordenado? Y yo, en el sofá, sabiendo que María estaba en la cama escribiéndose con él… y de nuevo su consolador había apestado a coño de manera tremenda….

María me sacó de mi obnubilación levantándose un poco para alcanzar una de las botellas de vino que había en la mesa. El chico rapado se la quiso acercar y sus manos se juntaron… yo no entendía como María o incluso la mujer de él no se daban cuenta de cómo la miraba… ¿O María sí se daba cuenta? Ella volvió a sentarse con una media sonrisa. ¿Se estaba gustando? ¿Le estaba gustando gustar? Él llegó a disimular tremendamente mal intentar colar su mirada por su escote. Comencé a imaginar que yo se la ofrecía a él también. ¿Sabría él algo? Me imaginaba que ante el silencio de todos yo besaba a María, ella me respondía con lujuria y yo le susurraba que tenía a toda la mesa totalmente cachonda… me imaginaba que le desabrochaba los botones de la camisa… ella me susurraba que parase, pero yo le acababa bajando las copas del sujetador… y ella, así, dejaba de besarme… y el chico podía ver como sus tetazas dejaban sin aire a todo el salón… Me empalmaba al imaginarlo… me empalmaba al ver como la devoraba con los ojos.

Una mirada más de María a la mesa de Edu me volvió a la realidad. Llegaba incluso a molestarme a la vez que me tenía inquieto por el morbo… ¿De verdad había un juego de miradas allí? La incertidumbre me mataba. Mi mente iba al acosador, a Víctor, a los vacíos de aquellos meses y a Edu, de nuevo a Edu, al que yo había elegido desde el primer momento y dudaba si María no lo había elegido también. ¿Así? ¿Sin más? Sin duda yo tenía aquella boda en mente como el sitio y momento idóneos para empujarla hacia él, y ahora me planteaba seriamente si no estaba todo vendido sin necesidad alguna de que yo hiciera nada. Me lo planteaba e inmediatamente me lo negaba. No podía ser.

Trajeron el segundo plato, el vino bajaba y yo intentaba meterme de nuevo en la conversación hasta que vi como Edu pasaba cerca de nuestra mesa. El corazón comenzó a palpitarme con fuerza mientras miraba de reojo si María le dedicaba una mirada. No se detuvo, fue directo al fondo del salón para desaparecer escaleras abajo en dirección a los servicios.

María no tardó ni diez segundos en levantarse e ir en la misma dirección.

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