GAMBITO DANÉS

5

No me tomé muy en serio las tareas del buen doctor, pero mi madre sí. Me levanté para ir al instituto y la pude ver en el baño preparando unas toallas de manera estratégica.

—Vamos Dani, antes de desayunar, dúchate, rápido.

—¿Qué?

—Dúchate y luego yo, hoy tengo prisa, me tengo que pasar por la oficina de empleo para rellenar unos papeles. Ya está todo preparado.

—¡¿Mamá?!

—¿Qué pasa?

—No me ves en pelotas desde que tengo cinco años.

—Vamos hijo, no seas tonto, y date prisa —sentenció saliendo del baño.

Accedí. Me puse debajo de aquel chorro de agua helada como los anteriores días. No me veía capaz a acostumbrarme a eso, por muy bien que me sentara. Me enjaboné cuerpo y pelo y me aclaré en tiempo récord. Salí de la ducha y enrollándome la toalla a la cintura grité:

—¡Ya estoy!

Mi madre entró con el albornoz puesto y se lo quitó mientras saltaba la bañera arrojándolo al suelo para rápidamente correr la cortina. Yo estaba tan congelado que aproveché para poner una pequeña estufa que guardábamos debajo de la pila.

—¡Vamos mamá, que voy a pillar una pulmonía!

—¡Dos minutos! —avisó ella.

Di pasitos para entrar en calor, levantando las rodillas del suelo para hacer algo de ejercicio y no obsesionarme con el frío.

—¡Mamá!

—¡Ya voy hijo, me estoy aclarando el pelo!

«Menuda gilipollez». Estaba a punto de desistir y secarme yo mismo cuando corrió la cortina y salió a la vez que se enrollaba el pelo en una especie de coleta.

—Ya estoy, ¡corre antes de que pillemos más frío!

Frío. Frío y abrazos, en eso se había convertido mi vida. Comencé a secarle las piernas patosamente, a toda prisa e intentando no fijarme en su desnudez. Ella hizo lo mismo, arrancándome la toalla de la cintura y secándome como podría.

—Buhh, estoy congelada —dijo mientras seguíamos con la maniobra.

Seguí por la espalda, el vientre y los hombros mientras ella hacía lo mismo por mi pecho.

—Rápido, rápido.

No pude evitar pensar que tenía unos buenos pechos mientras los secaba tímidamente y aquello enseguida me horrorizó. Mi madre, indiscutiblemente, era guapa y proporcionada. Morena, de pelo largo y ojos marrones, con una nariz destacablemente fina y labios carnosos. Repasando sus muslos no me quedó más remedio que atacar ahora sus nalgas y su sexo. Glúteos firmes y bien puestos que le hacían tener un culo más bien respingón, y el pubis depilado en forma triangular según capté por el rabillo del ojo. Lo peor fue cuando ella me secó a mí mis partes, secándome los testículos y frotándome el miembro como si fuera un simple tronco.

«Joder». Ya había dejado sus partes erógenas y repasaba su más que seca espalda mientras que ella parecía recrearse entre mis piernas.

«Joder, joder, que pare».

Incliné mi cuerpo hacia detrás, pero ni así logre que se diera por aludida y siguió repasándome los muslos y el pene. Finalmente, por el roce, mi falo comenzó a reaccionar y en segundos se puso en estado de medio-erección, duro y más grande pero sin llegar a “subir”. Noté su mano a través de la toalla acariciándomelo desenfadadamente y supe que estaba a punto de tener un problema gigante así que terminé por apartarme bruscamente y colocarme detrás de ella con la excusa de comenzar a secarle el pelo. Ella hizo ademán de continuar pero hábilmente le quité la toalla y me la enrollé de nuevo en la cintura cubriendo mi desnudez.

—Solo falta el pelo —informé.

Fueron apenas unos segundos pero mi mente seguía contaminada con la escena, preguntándose si ella se habría dado cuenta a la vez que no podía dejar de mirarle las tetas y el culo. Mi sable siguió creciendo incluso sin las caricias y decidí acelerar aún más el ritmo antes de que me arrancara la toalla de cuajo, dando por finalizada la sesión. El recuerdo de aquella mañana me persiguió durante días.

6

Las siguientes sesiones fueron parecidas, quizás algo más profundas. Con más abrazos, más roces y más frío. Aquello era casi como una práctica tántrica, puro erotismo encubierto. A los deberes añadió también que una vez a la semana teníamos que dormir en el suelo, vete tú a saber la razón. Nos habíamos reunido siempre al aire libre hasta que nuevamente nos citó en su chalé. Una vez arremolinados a su alrededor en la conocida sala del tatami, comenzó:

—Por favor, desnudaros.

Obedecimos sin remilgos ni resistencia, quedándonos todos en ropa interior. Su tono seguía siendo cordial pero quizás algo más autoritario.

—Hoy hay que dar un paso más, especialmente los nuevos. Quiero que todos digáis vuestro mayor secreto, lo más inconfesable que se os pase por la cabeza. Empezad los antiguos y terminemos con Victoria y Daniel.

Aquello fue entre demencial y catártico. Anécdotas increíbles, casi todas de índole sexual. Estuve especialmente atento cuando llegó el turno de Mariajo:

—En la universidad, en una fiesta, me acabé acostando con cuatro chicos. Estaba muy borracha pero consciente.

Solo teníamos que decir el enunciado, nunca profundizar. Le siguieron un par de estupideces inocentes hasta que llegó el momento de Juan:

—Con diecisiete años le metí mano a mi madre y ella me echó de casa.

«¡La leche!». No sabía que estas cosas pasaran de verdad. La mayor del grupo, confirmado que también vegana, confesó su afición por la masturbación, llegando a practicarla hasta tres y cuatro veces al día y teniendo, según ella, serias dudas de que no fuera una adicción. Llegó el turno de mi madre:

—Durante años me seguí acostando con el padre de mi hijo, aun estando divorciados y sabiendo que él tiene otra mujer.

La primera reacción fue de sorpresa, luego me siguió un extraño temblor e incluso rabia. Palabras como “puta” se pasaron fugazmente por mi mente. Con la decepción y medio en shock, llegó mi turno y me quedé paralizado. Iba a comentar alguna estupidez sobre fumar algún que otro porro con los amigos de manera esporádica, pero lo cierto es que no me sentía en absoluto arrepentido ni me parecía grave. Con el disgusto a flor de piel me sorprendí a mí mismo diciendo:

—Cuando el otro día me secó mi madre me excité un poquito.

Después de diecisiete confesiones, algunas sonadas, fue con la única que hubo cierto rumor de fondo. ¿Era peor lo mío que el psicópata que casi viola a su madre o qué? Quizás lo extraordinario del tema es que los demás acudían a terapia solos. Mariajo era la única que tenía cierto vínculo con integrantes del grupo y al final, simplemente, se trataba de su amiga y su hijo. Nosotros dos éramos un caso mucho más extremo, o por lo menos atípico. Estuve a punto de vociferar pero me interrumpió el doctor:

—Es absolutamente normal. Natural. Somos animales, eso es todo. La biología no entiende de parentescos, pero sí de caricias, de piel. Todo lo demás son invenciones de las religiones, mitos sobre malformaciones o castrantes doctrinas de fe. El ser humano es libre. Victoria, por favor, adelántate un poco.

Mi madre, vestida solo con un conjunto de ropa interior negro, dio un par de pasos al frente ante la expectación del resto. Luis Calleja, el único que iba completamente vestido, se acercó a ella y, repasándola de arriba abajo con la mirada, continuó:

—Quizás tus dolencias no te han dejado darte cuenta de lo sensual que eres. Siempre cansada y con dolores.

El médico le acarició suavemente los hombros, los brazos y el vientre. Luego se animó a subir un poco y le rozó los pechos por encima del sujetador.

—Es absolutamente lógico y natural que la gente se excite entrando en contacto con tu cuerpo, yo mismo en este preciso instante me siento excitado y no pasa absolutamente nada.

Ella siguió inmóvil ante los tocamientos del doctor que iban en aumento. También yo, que estaba estupefacto. Lentamente le desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo, liberando dos notables pechos, firmes y turgentes. Pasó entonces sus dedos por la piel descubierta, magreándolos con suavidad e incluso levantándolos como si pretendiera calcular su peso a pulso.

—Y no importa si soy yo, un compañero, o tu hijo —continuó—. ¿Alguien más se siente excitado ahora mismo?

Varios respondieron, Desde luego Juan y Enrique y también la mayor del grupo.

—Los que lo deseéis acercaos sin pudor, uníos a nosotros.

A los dos varones les faltó tiempo, en una fracción de segundo pude verlos toqueteando el cuerpo de mi madre ante su absoluta pasividad. Juan le tocaba el trasero mientras que con la otra mano se frotaba por encima del calzoncillo el bulto y Enrique se disputaba sus pechos con el buen doctor.

—Dad rienda suelta a vuestros sentimientos e impulsos, somos todos de la gran familia.

Estaba tan impactado por la imagen que no fui capaz de intervenir, pero me sentí asqueado viendo las seis zarpas disfrutando del inmóvil cuerpo de mi madre. A la repulsa le vino la excitación, sentimiento que a mí, lejos de parecerme natural, me hizo sentir sucio y enfermo. Le sobaban las tetas, el culo e incluso la entrepierna por encima de las bragas, una de las revoltosas manos de enrique incluso se había colado por dentro de la prenda para toquetearle el glúteo a placer. La veterana vegana se tumbó sobre el tatami, introdujo sus dedos dentro de sus bragas y comenzó a masturbarse haciendo gala de su anterior confesión.

—¡Somos libres! —exclamó el gurú.

Mientras el doctor se deshacía de la última prenda de mi madre, desnudándola por completo, a mi lado apareció Mariajo y comenzó a acariciarme la erección por encima del bóxer mientras me sonreía. Los tres hombres seguían manoseando a mi madre mientras se sacaban el pene y se masturbaban, frotándole incluso el sexo desnudo en una especie de improvisado bukkake. Mariajo hizo lo mismo conmigo, liberando mi tieso miembro y masturbándolo lentamente sin decir ni una palabra. A mi derecha podía ver a dos compañeras más metiéndose mano y revolcándose por el suelo.

—Mmm, ¡Mmm!

Miraba a mi madre y a sus pulpos mientras notaba las sacudidas de su amiga y aprovechaba para meterle mano yo también, agarrándole el escultural culo y magreándole los pequeños pechos por encima de la ropa interior.

—¡Mmm! ¡Mmm!

Enrique fue el primero en llegar al clímax, salpicando las lumbares de mi madre con su semen mientras no dejaba de toquetearle un pecho. Le siguió Juan, haciendo lo mismo con su vientre, rociándolo con su simiente. Yo estaba tan cachondo que tumbé bruscamente a Mariajo en el suelo y le quité las bragas poseído por el deseo, sin dejar de ver la escena que acontecía a escasos metros de mí. Con dos participantes menos, el doctor colocó hábilmente a mi madre a cuatro sobre el tatami y, por primera vez, de cara a mí y no de espaldas. Se arrodilló detrás, le agarró por las caderas y la penetró sin previo aviso. Yo buscaba desesperadamente el agujero de mi amante sin perder detalle, penetrándola también con una fuerte acometida y gimiendo los dos de placer.

—¡Ahh! ¡Ahh! ¡Ahh!

Ahora Calleja embestía con dureza a mi claramente excitada madre, que se mordisqueaba el labio por el placer. Sacudía yo a su amiga, prestándole la mínima atención y viendo los pechos de mi progenitora danzar con el vaivén.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡¡Ohhh!!

Su cabello le cubría la cara y me quitaba perspectiva mientras los cuatro follábamos como animales. Pude notar los espasmos y gemidos entrecortados de Mariajo, indicándome que era la primera en llegar al orgasmo, y seguí metiéndosela sin piedad. El siguiente fue el doctor, estrujándole los pechos desde su posición perruna mientras eyaculaba en el interior de su paciente, para después separarse y dejarse caer exhausto. Pude ver a mi madre tumbada, contorsionándose por el placer y claramente aún caliente, maldiciendo la interrupción, frustrada. Se retorcía como un gusano sin saber cómo aliviarse. Me excité tanto contemplándolo que me corrí con la fuerza de un torrente dentro de su excompañera de trabajo.

Cuando recuperé la vista, vi que la estancia se había convertido en poco menos que una orgía lésbica por el resto de compañeros.

7

Siete días después de no haber hecho ni la más mínima mención en casa de lo sucedido nos encontrábamos en la sesión grupal semanal. Esta vez nuevamente en el Retiro, descalzos y comenzando con nuestro habitual ritual de arrumacos. Me abracé con todos, con Mariajo con cierta complicidad pero sin demasiado interés. Dejé a mi madre la última. Los abrigos estaban todos apilados debajo de un árbol y ella iba vestida con un jersey de lana azul de cuello alto y unos vaqueros ceñidos que le hacían la forma del culo especialmente deseable. La abracé como una boya en medio del mar después de un naufragio. Con fuerza. Restregando mi bulto previamente estimulado con los otros cuerpos contra el suyo, sin pudor. Casi como una pequeña venganza.

Por primera vez me pareció verla sorprendida, incómoda, pero no me importó. Seguí apretujándola entre mis brazos mientras mi erección repasaba sus piernas, su vientre y su trasero. Todos habían terminado ya con el ejercicio pero yo seguía aferrado a ella, envolviéndola como un depredador. Caímos sobre el césped frío y húmedo, pero ni eso fue suficiente para que se librara de mí. Intentó zafarse tímidamente, pero no me di por aludido. Ahora el abrazo se había convertido en algo mucho más erótico, restregándole el bulto descaradamente contra su entrepierna.

Los demás integrantes del grupo empezaron a rodearnos extrañados mientras yo seguía frotándome contra ella. Enrique me puso suavemente la mano en el hombro pero enseguida le reprendió el doctor:

—No, déjalos, no pasa nada. Es parte de todo esto.

Había conseguido incluso abrirle las piernas y colarme entre ellas, simulando ahora el acto sexual separados solo por la ropa de invierno. Ni yo mismo sabía dónde quería llegar con esto mientras todos nos observaban como si fuéramos animales enjaulados en un zoológico. Mi madre cada vez estaba más incómoda, con la mirada perdida en el cielo y esforzándose por no luchar.

—El contacto físico es lo mejor que existe, cura todas las enfermedades. Debemos ser siempre generosos con los demás —dijo Calleja legitimándome.

Estaba a punto de desabrocharle el cinturón cuando, ahora sí, él mismo me sujetó por el hombro ordenándome de esta manera que parase y levantándome. Una vez de pie, frustrado y aturdido, me dio un par de golpes afectuosos en la cara y volvió a su imaginario púlpito debajo del árbol.

—Recordadlo siempre, hay que estar dispuestos y ser generosos. La privación de impulsos y de contacto es lo que nos ha llevado a tener decenas de enfermedades —sentenció mientras de reojo podía ver a mi madre poniéndose también en pie y adecentándose la ropa.

8

Las siguientes dos sesiones fueron muy suaves. Creo que el médico tuvo miedo a que todo se descontrolara, o, simplemente, sabía perfectamente cómo medir los acontecimientos. Incluso los ejercicios de abrazos se habían reducido a la mínima expresión y desde luego no se repitieron episodios de desnudez. Aquella semana los deberes me llamaron la atención por lo convencional. Consistían en ver una película en casa y disfrutar de un gran bol de palomitas. Tan fácil como eso.

Esperaba yo ya en el sofá cuando apareció mi madre con el bol sentándose a mi lado.

—Recién sacadas del microondas —dijo catando las primeras.

Una cosa era evidente, cuanto más frío pasaba en la ducha y en las sesiones más calor hacía en casa, la habíamos convertido casi en una sauna. Yo vestía solo con camiseta y bóxer y ella con camiseta blanca de tirantes y pantalón rosa pesquero de pijama que le llegaba a la mitad de la pantorrilla, ambos descalzos como era habitual desde hacía tiempo.

Pusimos la película y enseguida pude observar lo atenta que estaba ya desde los créditos. Era una de acción, de esas que a ella tanto le divertían y a yo aborrecía. No habíamos hablado nunca de lo sucedido sobre el césped del mítico parque, ni se había repetido nada remotamente parecido, pero aquella tarde me pareció que estaba imponente. Con el pelo recogido en una curiosa coleta en la parte de arriba de la cabeza para luego desparramarse como una palmera y la escasa ropa que no disimulaba su cuerpazo.

Con un gesto me ofreció palomitas pero yo estaba demasiado concentrado en repasar toda su anatomía, con los pezones marcados en la camiseta mostrándome su falta de ropa interior. Me pregunté si tampoco llevaba bragas debajo de aquel pantaloncito.

—¿No quieres? —insistió.

—Estoy bastante lleno.

—Tómatelo como parte del ejercicio —dijo sacudiendo el bol sin despegar los ojos del televisor.

Agarré un par de palomitas y me las llevé a la boca, pero mi mente seguía intoxicada con la sensual imagen de mi progenitora a escasos centímetros de mí. Mi corazón se aceleró al tiempo que mi miembro comenzó a reaccionar, intentando acomodarse en tan poco espacio debido a su nuevo tamaño.

—Adoro a este tío —informó mi madre cuando salió el héroe de acción conduciendo una moto a toda velocidad.

Volvió a menear el bol en señal de ofrecimiento pero mi mano lejos de introducirse en él aterrizó sobre su muslo, pude notar un pequeño respingo suyo al notarla. Le acaricié la pierna con suma delicadeza y ella se limitó a tragar saliva pero claramente estaba tensa. Seguí con aquella maniobra que poco tenía de inocente y lentamente avancé hasta la cara interna del muslo, pasando ahora la yema de mis dedos cada vez más cerca de sus partes íntimas. Así estuve durante un par de minutos con la intención de que la situación se normalizara hasta que me animé a ir un poco más allá y le rocé el sexo por encima de la tela, casi de manera imperceptible y volviendo rápidamente a colocarme a un par de centímetros.

Ella se revolvió incómoda en el sofá pero no dijo nada. Seguí tocándole la pierna, cada vez de manera menos sutil y advirtiendo que mi falo había llegado a un tamaño récord e imploraba que lo liberase. Ordené mi segunda incursión a su entrepierna y esta vez la froté con suavidad pero sin disimulo. Ahora fue su respiración la que se aceleró. Seguí con aquellas eróticas fricciones hasta que oí como el cuenco de palomitas caía sobre el suelo, desparramándolas sobre la alfombra. Se me quedó mirando seria, enfadada, pero no dijo nada. Se incorporó, recogió un poco como pudo y volvió a acomodarse en el sofá colocando el tazón estratégicamente sobre su sexo.

Mi corazón latía tan rápido por el susto y la excitación que lo podía escuchar martilleándome el oído izquierdo. Me acaricié por encima de la ropa interior para intentar contener el calentón, pero fue del todo imposible. Minutos más tarde deslicé mi mano por el respaldo del sofá hasta que descendí y la posé sobre su hombro cubierto solo por el tirante de la camiseta. Ella seguía atenta a la pantalla, pero claramente había perdido interés en la película.

Bajé un poco más y comencé a toquetearle el pecho por encima de la ropa, sin apenas disimulo y percibiendo su pezón entre mis dedos, erecto como una bala. Ella parecía estar a punto de estallar, pero permaneció inmóvil. Conseguí colar mi mano por el escote y alcanzarle el seno por dentro, sin ropa de por medio. Tres o cuatro maravillosos segundos hasta que con un movimiento brusco se libró de mí, lanzó el bol contra la mesa del comedor y me gritó:

—¡¿Tú estás tonto?!

Hacía mucho tiempo que no veía su cara tan disgustada. Durante años estuvo tan cansada y enferma que no tenía ni la energía, pero siempre había sido una persona muy pasiva y tranquila. No pude mirarle a los ojos e incliné mi cabeza hacia abajo en señal de disculpa y pesadumbre. Ella no insistió, agarró el mando de la tele y subió el volumen, estampándolo después contra el brazo del sofá en una mezcla de autoridad y hartazgo. Recogió sus piernas sobre el asiento y las abrazó adquiriendo una posición como de protección y volvió a llevar la mirada a la película mientras murmuraba algo entre dientes.

Con su nueva postura apenas podía verle nada interesante. Con los pechos escondidos entre sus rodillas y el trasero embutido entre el asiento y la riñonera del sofá. El miedo por el atisbo de bronca pronto se convirtió en una inmensa frustración, tanto que acabé yéndome y me encerré en mi cuarto. Dos horas después, al ver que no daba señales de vida, apareció por la puerta, encendió la luz y me preguntó:

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Nada —mentí yo con una voz ridículamente infantil

—¿Estás así por qué me he enfadado? ¿Qué pretendías que hiciera?

—Nada.

Viendo mi actitud defensiva se acercó y se sentó en el borde de la cama, sin duda, había hecho una regresión a los ocho años.

—No es justo que te pongas así, y lo sabes —me dijo con voz más comprensiva.

—Pues vale —dije como única respuesta.

—Dani…

—Déjame mamá, joder.

Me puso su mano en el brazo pero me di la vuelta dándole la espalda cual niño malcriado.

—Tienes que venir, tenemos que acabar con el ejercicio.

—¿Ahora te importa el ejercicio? —le espeté.

—¿Pero qué dices hijo? Sabes que me lo estoy tomando muy en serio, por primera vez en años estoy mejor y sin necesidad de medicamentos.

—Sí…ya…que estás mejor ya lo vi el otro día —le recriminé en alusión a su pequeña orgía de semanas antes—. Pero eres una puta tramposa, solo te quedas con lo que te interesa.

—¡¿Qué?! ¡Eso no es verdad! Sigo lo que dice el Dr. Calleja al pie de la…

—¡Al pie de la letra mis cojones! —repliqué con furia.

—¡¿De qué estás hablando?!

Me volví a incorporar y sentándome a su lado, colocando mi cara frente a la suya, le dije:

—Dijo que deberíamos ser generosos, ¿no? Pero tú eres capaz de ser generosa con cualquiera menos conmigo, da igual que sean dos putos babosos, un médico o papá, cualquiera es mejor que yo. ¡Eres una falsa, joder!

Ella se quedó mirándome, le temblaba la barbilla como si estuviera a punto de llorar y yo aproveché su momento de debilidad para seguir atacando.

—Te quedas solo con lo que te gusta y lo demás lo omites. A mí que me cuentas, fuiste tú quien quisiste que nos apuntáramos a esta puta secta. ¡Me habéis puesto el cerebro del revés! ¡¡Joder!!

Se puso las manos en la cara para reprimir el llanto y yo callé, esperé a que mis palabras hicieran mella en ella. Cuando más vulnerable me pareció que estaba la tumbé lentamente en la cama y me abalancé sobre ella, abrazándola. Casi podía oír cómo se sorbía los mocos después de un ingenuo gimoteo. Me devolvió el abrazo, arrepentida. Me abrazó con extremo amor, pero yo enseguida noté como el bulto de mi entrepierna crecía de nuevo para clavarse sobre su sexo, con tanta fuerza que parecía capaz de atravesar la ropa.

Ella se volvió a quedar quieta, pero esta vez no hizo ni el más mínimo ademán de resistirse. Restregué mi manubrio contra sus partes mientras le besaba el cuello y le susurraba:

—Te quiero mamá, no estés triste.

Seguí metiéndole mano sin ataduras morales de ningún tipo ni impedimentos, frotándome, magreándole sus impresionantes tetas y sobándole el culo, imaginándome el inmenso placer que aquel cuerpo había dado a toda clase de hombres, probablemente más de los que podía imaginar.

—Mmm, te amo, eres lo que más quiero del mundo.

Mi madre estaba completamente quieta, pero esta vez no en tensión, ni en shock, simplemente sumisa como el día que pude ver al buen doctor follándosela a lo perrito pero, eso sí, sin rastro alguno de excitación.

—¡Oh sí mami! Eres preciosa.

Le bajé con cierta dificultad el pantalón del pijama constatando que, efectivamente, no llevaba bragas, y después de forcejear un poco por la postura no por que hubiera resistencia, conseguí sacárselo y lanzarlo sobre el suelo. Hice lo mismo con mi bóxer, deshaciéndome de él patosamente. Pensé repetir la acción con su camiseta pero estaba tan excitado que no pude, buscando directamente la entrada de su cueva mientras le sobaba los pechos por encima del top.

—Somos familia, todos somos familia —dije mientras colocaba mi glande y la penetraba lentamente.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhhh!!

Pude percibir como mi polla la atravesaba, se adentraba en aquel placentero conducto que tenía el diámetro justo para dar el máximo gusto.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mmm!! ¡¡Mmmmm!!

Empecé a subir el ritmo de las embestidas, agarrándole las nalgas para ayudarme a que las acometidas fueran aún más profundas.

—¡¡Ohhh joder síii!! ¡¡Síiii!! ¡¡Aaahhrrggg!!

Ella se movía al igual que la cama por la intensidad, gimiendo ligeramente probablemente más por la incomodidad que de placer.

—¡¡Ohh síii mamáa!! Muévete un poquito. ¡Solo un poquito!

Seguí follándomela mientras mi madre me agarraba con fuerza del pelo de la nuca, haciéndome casi daño.

—¡¡¡¡Síii!!!! ¡¡¡¡Síiiii!!!!

La cama parecía a punto de ceder mientras que yo la penetraba con dureza, viendo ahora sus tetazas asomarse por debajo de la maltrecha camiseta y suplicándole un poco de colaboración.

—¡¡Ohh!! ¡¡Mmm!! ¡¡Mmm!! ¡¡Mmmmm!! ¡¡¡Solo un poco!!!

Finalmente pude notar de manera casi imperceptible como activaba sus caderas, moviéndose, acompañando mi movimiento y proporcionándome tal placer que fue suficiente para que me corriera al instante entre violentísimos espasmos, llenándola de mi leche caliente y alcanzando un salvaje orgasmo. Los dos nos quedamos tumbados uno al lado del otro, yo intentando superar el cansancio extremo por el esfuerzo y ella recuperando su pantalón del pijama para vestirse lo antes posible. Estuvimos mirando el techo sin hablar un buen rato, tiempo en el que, de reojo, me pareció sentir ligeros movimientos del cuerpo de mi madre, recordándome a su pequeña danza de frustración después de no llegar al orgasmo con el doctor.

«No te preocupes mamá, la próxima conseguiremos que te corras».

No sé si el doctor Calleja era el gurú de una secta o realmente un terapeuta superdotado. Pero sí sé que en algunas semanas cambió nuestra vida para siempre, y que a mi madre consiguió dominarla en tan solo unas horas. Quizás aquello no era más que su pequeño harén de acólitos, o por el contrario éramos nosotros los que no estábamos preparados. Pero tres semanas después dejamos de acudir a las sesiones, tanto individuales como colectivas. El mismo tiempo que tardó en regresar el cansancio y los dolores de mi madre.

*Inspirado en un programa de investigación de Salvados, el programa de Jordi Évole.

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