LOIS SANS

Cuando Olga quedó viuda por tercera vez, pensamos que no lo superaría, nos parecía demasiado duro pasar de nuevo por esa situación. Olga y yo somos amigas desde que éramos niñas, desde que a mi padre le ofrecieron un trabajo como encargado en una fábrica y nos trasladamos a vivir enfrente de su casa.
Mis padres, mi hermano Andrés y yo vivíamos en una pequeña casa compuesta por dos habitaciones, una tenía un armario empotrado y una cama grande, donde dormían mis padres; la otra con una litera y una cajonera, donde dormíamos nosotros. En la cocina había una chimenea donde cocinábamos solíamos cocinar, una mesa cuadrada con cuatro sillas y un sillón, donde se sentaba papá cuando estaba en casa. Para ir al cuarto de baño, teníamos que salir al patio y en una estancia adosada había un retrete, un lavamanos y una ducha. No teníamos agua caliente y un día a la semana mamá llenaba un barreño con agua escalfada en una olla en la chimenea. Mamá heredó la casa de los abuelos, sus padres y estaba situada al final de una calle pedregosa en un pueblo que, en invierno, apenas alcanzaba los cien habitantes y en verano unos pocos más. Sin embargo, tanto mi hermano como yo no nos imaginábamos viviendo en ninguna otra parte del mundo.
Para nosotros era genial conocer a todo el mundo, jugar a todas horas en la calle, y, en la escuela, la maestra era nuestra tía Carmen. Por eso, cuando mi padre nos anunció que nos trasladaríamos a vivir a una ciudad mucho más grande, de entrada, le pusimos muchos inconvenientes, supongo que, por temor a lo desconocido, aunque, por otra parte, no podíamos disimular nuestras ansias de aventura, incluso presumíamos delante de nuestros amigos.
Por fin, una calurosa mañana de finales de junio, cargamos todas nuestras cosas en una furgoneta que nos prestó el tío Antonio y viajamos hasta nuestro nuevo hogar. Al llegar a la ciudad, contemplamos boquiabiertos los altos edificios, con infinidad de ventanas y balcones, donde debían vivir centenares o, tal vez, millares de familias.
Papá aparcó la furgoneta delante de la puerta de un alto edificio color rosa, en el que se podían observar ventanas con cortinas de colores, balcones engalanados con flores y alguna jaula con pájaros que cantaban sin parar. A la izquierda del inmueble se veía una gran plaza cuadrada, rodeada de frondosos árboles con algunos bancos de madera debajo y, en el centro se distinguía un alto monumento de piedra con un hombre montado a caballo y una fuente de donde manaba agua constantemente.
La entrada era ancha y luminosa, pintada en color crema, con una puerta de cristal por donde se filtraban los dorados rayos de sol. Al fondo a la derecha, la escalera y a la izquierda, la puerta del ascensor.
Empezamos a descargar muebles, maletas y cajas, dejando todas nuestras pertenencias en la entrada. Mi hermano y yo estábamos ansiosos para montar en el ascensor, ya que
nunca habíamos visto ninguno, bueno si, en alguna película, así que empezamos a hacer viajes cargando nuestras cosas.
Nuestra vivienda estaba en la quinta planta y en el rellano se distinguían seis puertas, la nuestra estaba a la izquierda. Sentí un cosquilleo en la tripa al entrar en la que ahora sería nuestro nuevo hogar, dándome la impresión de que traicionaba la casa donde había vivido desde que nací. Era como un pequeño palacio y nuestras voces resonaban en el vacío. Asombrada observaba cada detalle, las paredes pintadas de blanco, el recibidor cuadrado con un amplio pasillo a la izquierda, en el que se percibían varias puertas y una ventana que daba a un patio de luces. Enfrente de la puerta de entrada, una puerta de cristal daba paso al comedor, grande, donde había un pequeño balcón por el que se colaba la luz del sol. Al lado, la cocina, alargada, alicatada con azulejos amarillos, con armarios de madera a un lado y una pequeña mesa también de madera al otro. Al fondo, una pequeña estancia albergaría la lavadora, la caldera y un par de hilos para tender la ropa. Una pequeña ventana con puertas correderas daba a la plaza, desde donde llegaban los ladridos de un pequeño perro pequinés. A continuación, el cuarto de baño, forrado con pequeños azulejos verdes, con una ventana al fondo, debajo de la cual había una bañera, váter, bidé y lavabo. Después, una habitación pequeña con un armario empotrado que sería la de Andrés. Al lado, el dormitorio más grande que sería para mis padres y, por último, una estancia cuadrada y muy bien iluminada, perfecta para mí. He de confesar que la primera noche pasé miedo, puesto que estaba acostumbrada a dormir en una litera en compañía de mi hermano.
Una vez estuvimos más o menos instalados, mamá se metió en la cocina para preparar la comida y nos mandó a comprar el pan. Al abrir la puerta encontramos a una niña esperando a que llegara el ascensor. Era un poco mayor que yo y un poco más pequeña que Andrés. Nos miró sonriendo mientras mi hermano la contemplaba embobado y yo les espiaba tímidamente. Entonces, ella, sin dejar de sonreír preguntó:
– Sois nuevos aquí ¿no?
– Sí, hemos llegado esta mañana – contestó Andrés.
Justo en ese momento paró el ascensor, él abrió la puerta y entró la niña, luego yo y, finalmente, Andrés. Cuando se cerró la puerta, mi hermano le preguntó:
– ¿Hace mucho que vives aquí?
– Si, desde que nací. Vivo con mis abuelos, mis padres y mis hermanos – contestó
– ¿Cómo te llamas? – siguió preguntando Andrés.
– Olga ¿y vosotros? – dijo empujando la puerta que justo acababa de llegar a la planta baja.
– Yo soy Andrés y ella es mi hermana Marisa – contestó mi hermano.
– Vale, pues ya nos veremos. Hasta luego – saludó mientras salía corriendo hacía la puerta, sin darnos tiempo a que la pudiéramos seguir.
Salimos a la calle inquietos, con intención de explorar el barrio, observando todas las tiendas y locales que teníamos cerca de casa. Al lado del portal había una verdulería, enfrente un bar, luego una carnicería, la panadería, una farmacia, la pescadería, otro bar, una peluquería de señoras, una tienda de ropa y luego una barbería. Al otro lado, un
mecánico, una tienda de electrodomésticos, una librería y un estanco. Detrás de la plaza se veía el campanario de la Iglesia y, casi enfrente, la escuela.
En realidad, era como un pueblo, pero con las casas más altas, muchas más tiendas y, por supuesto, muchísima gente. En la plaza, un grupo de niños jugaban con una pelota, varias niñas al escondite, algunos ancianos estaban sentados en los bancos, a la sombra de los árboles, dos mujeres cargadas con un cesto cruzaban la calle mientras un perro marrón le ladraba a un gato negro que corría a esconderse debajo de un banco.
Después de comprar el pan, seguimos indagando por diferentes calles hasta que, cansados y hambrientos decidimos volver a casa. Nuestra madre estaba en el rellano, con la puerta de casa abierta, hablando con la vecina de enfrente, Maruja, que era la abuela de Olga. Ella se ocupaba de hacer la compra y cocinar para toda la familia. Su piso era un poco más grande que el nuestro, tenían una habitación más, el comedor era más grandes y disponían de dos cuartos de baño. Maruja y Pepe compararon esta vivienda y cuando su hija Marga se casó con Jesús se quedaron a vivir con ellos y luego nacieron Martín, Rodolfo, Alfonso y Olga.
Integrarnos en el barrio, fue relativamente fácil, sobre todo para Andrés, que enseguida se hizo amigo de los vecinos y se iba con ellos a la plaza para jugar a la pelota o al escondite. Yo, en cambio, siempre he sido muy tímida y muchas veces me quedaba sentada en un banco mirando como jugaban, incluso a veces me conformaba con asomarme al balcón para contemplar lo que pasaba en la plaza. Hasta que un día ocurrió la horrible desgracia, ese contratiempo que cambió nuestras vidas para siempre. Ocurrió después de la merienda, yo estaba asomada en la ventana mirando como los chicos jugaban al escondite, cuando de pronto un coche, a toda velocidad, perdió el control y subió a la acera, aplastando a Andrés contra una esquina, dejándole malherido y ensangrentado.
Me quedé con la boca abierta, quería gritar, pero no me salía, ni siquiera podía respirar, hasta que, asustada, reaccioné y empecé a chillar y llorar hasta que mi madre vino corriendo. Cuando se asomó solo se veía mucha gente y un coche, luego, entre sollozos y gritos le expliqué lo que había visto. Bajamos corriendo a la calle y entonces llegó una ambulancia y, aunque hicieron todo lo que pudieron, murió al entrar en el hospital.
Cuando un doctor nos dio la mala noticia, nos quedamos abrazadas temblando y llorando hasta que llegó papá, luego nos hicieron pasar a una habitación en la que había una camilla en el centro y Andrés estaba encima, cubierto por una sábana y cuando lo descubrieron parecía que dormía plácidamente. Mamá se echó encima de él, llorando y gritando desconsoladamente, yo abracé a mamá y papá a las dos y así estuvimos por última vez todos juntos.
Después del entierro, en casa reinaba un silencio sepulcral, las persianas siempre estaban bajadas, quedando todo en la penumbra y lo único que se escuchaba eran los sollozos de mamá, la cual siempre iba vestida con un camisón porque decía que no tenía ganas de salir a la calle y no se ocupaba de nada. Me obligó a vestirme de negro y solo me dejaba salir de casa acompañada por alguna vecina. Cuando hablaba lo hacía en susurros como si temiese que Andrés se despertase de un profundo sueño. Papá se marchaba a trabajar muy temprano y volvía cuando ya era de noche
Maruja se hizo cargo de la situación, por lo que obligaba a mamá a comer parte de lo que cocinaba para su familia y me hacía pasar el día en su casa, por lo que, enseguida, me sentí como una más de la familia, la hermana pequeña a la que debían cuidar. Olga se ocupaba de mí, me peinaba, me dejaba sus muñecas y me enseñaba canciones. A mí me encantaba ayudar a Maruja en la cocina, mientras se escuchaban las divertidas peleas entre hermanos y Pepe, sentado en un sillón del comedor, leía el periódico dejando que el sol le acariciara suavemente, entretanto, en una jaula de la terraza, dos canarios amarillos no paraban de cantar.
A finales del verano, Marisol, la dueña de la tienda de ropa, le ofreció a mamá un trabajo como modista, para arreglar la ropa que compraban las clientas y aunque al principio no quería aceptar, papá le pidió que hiciera un esfuerzo porque necesitábamos el dinero. Así pues, cada día tenía la obligación de vestirse, aunque fuese de riguroso negro, salir de casa y ayudar en la tienda. Por la tarde se quedaba cosiendo en casa la ropa que tenía que arreglar. Con el tiempo, algunas vecinas le pedían que les cosiera vestidos y todo eso la animó a seguir adelante con su vida.
A mediados de setiembre se acabaron las vacaciones de verano, muy nerviosa me preparé para ir a la nueva escuela, Olga, que conocía perfectamente mi extremada timidez, me acompañó hasta mi clase y me presentó a la maestra, Paquita, una señora mayor, que disponía de una gran dosis de paciencia. A la hora del recreo, Olga me esperaba para compartir su tiempo y sus galletas de chocolate.
Gracias a ella, me adapté a ese nuevo entorno, venciendo poco a poco mi vergüenza. Más adelante, nos juntamos cinco chiquillas de diferentes edades y formamos el grupo de “las inseparables”. Olga era la mayor, alta, pelirroja, con infinidad de pequeñas pecas en la nariz que resaltaban sobre su piel blanca, también era la más atrevida. Luego estaba Maite, pequeña de estatura, con el pelo castaño y los ojos color miel, era la más lista. A continuación, Juani, rubia, gordita y divertida. Después iba yo, Marisa, muy morena, ojos redondos y negros, muy delgada, demasiado tímida. Y, por último, la pequeña en edad, Rosa, pelo castaño, ojos grises, siempre nerviosa.
Todas vivíamos en el barrio, por lo que, al salir de clase nos quedábamos jugando en la plaza, mientras merendábamos hasta que nuestras madres nos llamaban para ir a casa. Nos gustaba jugar al escondite o saltar a la cuerda, aunque en la adolescencia, nos confesamos nuestros secretos más íntimos y compartimos sueños blancos, suspiros azules, anhelos rosas y pasiones coloradas, hasta que llegó el momento de separarnos.
La primera en marcharse fue Olga, también era la primera de su familia que iba a estudiar a la Universidad, puesto que sus tres hermanos trabajaban desde los catorce años. A finales de verano le hicimos una fiesta de despedida en la azotea de nuestro edificio, con una mesa de camping donde pusimos tortilla con patatas, ensalada, patatas fritas, aceitunas y croquetas que había cocinado su abuela. Mi padre nos colgó una ristra de bombillas de colores y una pancarta que decía: “VUELVE PRONTO OLGA. TE QUEREMOS”. Maite instaló una radio que le había dejado su primo y escuchamos música mientras tarareábamos algunas de las canciones de moda. Antes de despedirnos le hicimos prometer que vendría a menudo para ponernos al corriente de ese mundo tan excitante que era estudiar en la Universidad.
Y así fue al principio, que venía casi cada fin de semana, sin embargo, después de las vacaciones de Navidad nos confesó que estaba enamorada de Víctor, un compañero que estudiaba Derecho igual que ella. Víctor era alto, rubio, con el pelo un poco largo, una mirada azul cristalina y según Olga era el más guapo, el más inteligente y también el más travieso.
Cuando empezó a salir con Víctor cada vez venía menos. Luego en una de sus visitas admitió que a veces no iban a clase porque les invitaban a fiestas privadas donde tonteaban con los porros y el alcohol.
Sentí envidia de esa vida tan emocionante y atrevida, sin embargo, Maite, la más sensata del grupo, azorada por algunas confesiones eróticas que eran consecuencia del efecto de las drogas y el alcohol, le hizo prometer que dejaría las fiestas y se centraría en los estudios, puesto que sus padres y hermanos estaban haciendo un gran esfuerzo para que ella pudiese llegar a ser Abogada.
Avergonzada por su comportamiento, nos prometió que dejaría las fiestas, las drogas y el alcohol, sin embargo, Víctor se negaba a admitir su adicción. Luchamos todas juntas y conseguimos que Olga hablara con los hermanos de Víctor para que su familia le internara en un Centro de Desintoxicación.
Fue una época dura para Olga, ya que, por un lado, tanto sus padres como sus hermanos como las amigas le aconsejábamos que se apartara de él, sin embargo, la familia de Víctor le pedía que siguiera a su lado apoyándole, porque de lo contrario le sería imposible salir de la agobiante espiral de las drogas. Ella decidió seguir a su lado y ayudarle a superar esta dura etapa y nosotras la respaldamos.
Finalmente, tanto Víctor como ella, superaron esa mala etapa, se centraron en sus estudios y se graduaron, Después de las vacaciones de verano el tío de Víctor le ofreció trabajo en su despacho como abogado laboralista y más adelante, una fresca tarde de otoño, bajo un manto de estrellas, sentados en un banco cerca de la playa, le pidió que se casaran y le regaló un impresionante anillo de brillantes.
La ayudamos a preparar la boda, comprar el vestido y cuando todo estuvo a punto, una cálida tarde de primavera, se casaron en una ermita. Olga llegó a lomos de un precioso caballo blanco, mientras Víctor, nervioso y sonriente, la esperaba delante del altar, adornado con aromáticas rosas blancas.
Cuando volvieron de la luna de miel en París, Olga nos sorprendió con la maravillosa noticia de que estaba embarazada, como decía ella, íbamos a ser “tías”. Era la primera del grupo en casarse y la primera que iba a ser madre, las demás ni siquiera teníamos novio y suspirábamos por conocer alguien como Víctor para enamorarnos y poder vivir una historia de amor como la de nuestra amiga.
Nació Leonor, una niña sana y preciosa con el mismo pelo rubio y los ojos cristalinos de su padre. Todo parecía perfecto hasta que un día avisaron a Olga desde el Hospital donde habían ingresado a Víctor, el cual había perdido el conocimiento en la oficina.

Un comentario sobre “Despedida de soltera (1)

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