ALBERTO ROMERO

La respuesta a todo
—¿Quién mató a mi padre? —dijo Ana con la voz desgarrada—. Fue ella, ¿Verdad?, la
impostora esa que me engaño durante tantos años, ¿Verdad? ¡Dígamelo!
Antonio también estaba emocionado en aquel momento, y hasta el propio
Aguirre tuvo que hacer una pausa para serenarse.
—Creemos que fue ella. A tu padre le dijeron que habías muerto junto a tu madre,
durante el parto, pero tu padre descubrió a Josefa llevándose a un bebé, que
en realidad eras tú. Es muy probable que tu madre entrase en uno de sus brotes
psicóticos y matase a tu padre para quedarse contigo.
Ana se abrazó a Antonio mientras este le ofrecía unos pañuelos y le decía en
bajo que lo sentía mucho.
—La última esperanza que me quedaba era conocer a mis padres biológicos y
ahora ya no me queda ni eso —lamentó Ana enrojecida de rabia.
—Bueno, hay una buena noticia en todo esto.
—¿De qué se trata Josu? —dijo Antonio tratando de buscar algo de esperanza
en aquella situación tan dramática.
—Tienes un hermano mayor.
—¿Cómo? —dijo Ana abriendo mucho los ojos.
—Además lo conoces y te llevas muy bien con él.
Ana y Antonio le miraron desconcertados. ¿Qué estaba diciendo el inspector?
No entendían nada.
—Explíquese, por favor —pidió Antonio desesperado.
—Tus padres tuvieron un hijo antes que tú. Tu padre biológico escribió una carta
tu hermano, antes de morir, dándole información para que te buscara. Lo hizo
en honor a su memoria, pero nunca se atrevió a decírtelo.
Ana, blanca como una pared, iba procesando todo lo que el policía le estaba
contando.
—¿Quién es mi hermano?, ¡Dígamelo, por favor! —suplicó Ana entre sollozos.
Aguirre se levantó y pidió un minuto para salir y volver con su hermano. Antonio
y Ana se quedaron sentados sin saber como reaccionar. No daban crédito a lo
que estaba sucediendo.
Josu Aguirre llamó a la puerta del vecino y Martín abrió de inmediato. Sin decir
nada le agarró de la mano, helada como un témpano de hielo, y se dirigieron a
casa de Ana y Antonio. Ambos entraron hasta la sala donde Antonio y Ana seguían
clavados en sus asientos.
—Ana, Martín es tu hermano mayor —dijo Aguirre emocionado, sin poder reprimir
tampoco un torrente de lágrimas que se precipitaron por sus mejillas.
Ana se levantó con dificultad y Martín avanzó hacia ella con los brazos extendidos.
Ambos se fundieron en un abrazo sin decir ni una palabra. Un abrazo que Martín
había soñado muchas veces y que llevaba casi cuarenta años esperando.
Ana no quería soltarlo. En el abrazo sintió una conexión especial, como si sus
cuerpos supiesen que eran hermanos, mientras repetía una y otra vez que no podía
creérselo. Lo miraba y repetía:
—¿De verdad eres mi hermano?, ¿De verdad que lo eres? —y le acariciaba la
cara como si estuviese viendo una aparición mariana.
—Sí, hermana, lo soy —dijo Martín sonriéndole— Nadie volverá a separarnos si tú
no quieres.
Antonio los miraba sin poder reaccionar. Hubiera necesitado alguien que le
pellizcase también para creerlo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —preguntó Ana a Martín.
—No tuve valor suficiente. Lo siento de verdad. Lo máximo que conseguí fue alquilar
este piso junto a vosotros. Mi esperanza cada día era que me surgiese el
arranque para dar el paso. Lo siento.
De nuevo se fundieron en un abrazo y se miraban sonriendo.
—Lo entiendo, dijo Ana. Necesito asimilarlo. Pero quiero que hablemos de muchas
cosas y seamos los hermanos que Josefa separó.

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