GAMBITO DANÉS

La desesperación es una de las fuerzas más poderosas que existen. Capaz de convertir a gente insignificante en héroes o villanos. De hacerles hacer cosas extraordinarias. También es muy peligrosa, algo de lo que se aprovechan todo tipo de sanguijuelas sociales. No hay nada más peligroso que una persona que no tiene nada que perder.

1

Lo primero que me sorprendió fue el lugar. Un chalé ubicado en El Viso, uno de los sitios más exclusivos de Madrid. Una vez allí una simpática recepcionista nos informó:

—Pasen por favor, el doctor Calleja les está esperando.

«No está mal para un curandero chamán homeopático», pensé recorriendo los elegantes pasillos. Agarrando a mi madre por el brazo nos adentramos en la consulta. Muy tradicional, con diplomas por todas partes y dos sillas frente al escritorio del doctor. Solo entrar se levantó de su butaca con una sonrisa y nos saludó estrechándonos la mano de manera afectuosa.

—Sentaos por favor —dijo señalando los asientos.

—Buenos días doctor Calleja —cogí la iniciativa—. Mire, le seré sincero, estamos aquí por desesperación. Mi madre lleva mucho tiempo sufriendo y nadie nos ha dado una solución al problema.

—Entiendo, sí. ¿Cómo han conocido la consulta?

—Mi amiga Mariajo me la ha recomendado —contestó ahora mi madre.

Era una buena amiga del trabajo. Ellas se conocieron en la guardería dónde trabajó mi madre hasta que hace casi un mes tuvo que cogerse la baja indefinida. Aquejada de una extraña soriasis desde que era niña, aseguraba que el doctor la había curado completamente.

—Ah, muy bien. Una chica encantadora, que alegría. Por favor, ¿os podéis presentar y decir la edad?

Nos tuteó desde el primer momento, supongo que era algo muy estudiado. Tenía cerca de cincuenta años bien llevados, con un peinado desenfadado y la cara afeitada a excepción de unas finas y cuidadas patillas y una incipiente perilla. Ambas canosas, grises en contraste con su pelo negro.

—Yo me llamo Victoria y tengo treinta y seis años.

—Mi nombre es Daniel y tengo dieciséis.

—Muy bien, un placer. Yo soy Luís Calleja, y tengo cuarenta y nueve años. ¿A qué os dedicáis?

—He trabajado siempre como educadora en guarderías hasta que me tuve que coger la baja —siguió mi madre.

—Yo soy estudiante de bachillerato.

—Perfecto, ya nos conocemos un poco mejor —dijo con una amplia sonrisa—. ¿Qué es lo que te ocurre exactamente, Victoria?

—Desde muy jovencita siento dolores musculares y cansancio, mucho cansancio. He pasado por manos de muchos médicos, en busca de cansancio crónico o fibromialgia pero, o directamente no creen que sea algo que exista, o simplemente no tienen ningún remedio que me funcione. Salvo atiborrarme a pastillas.

El doctor volvió a sonreír, esta vez de manera algo cínica.

—Bueno, la verdad es que no me sorprende nada lo que me contáis. Es lo que tiene la medicina tradicional. Se ha basado siempre en lo físico, obviando que todas las dolencias, absolutamente todas, tienen una pauta psicológica.

—¿Si cuando salga de aquí me atropella un autobús es por una pauta psicológica, doctor? —no pude evitar preguntar sacando a mi yo más escéptico.

—Por supuesto, será porque no has estado atento al cruzar. Y no has estado atento al cruzar por estar preocupado por tu madre, o quizás es el conductor del autobús el que está preocupado y ha cruzado en rojo, o el mecánico que revisa los frenos el que no hizo bien su trabajo porque tiene un hijo enfermo que no le deja dormir. Si uno no está bien es un peligro para su salud y la de los demás, y de eso solo se ocupan los psicólogos basándose en lo aprendido hace siglos, sin apenas actualización.

«Joder, que tío tan rápido».

—Mira, aquí no hacemos ni milagros ni brujería. Esto simplemente es un método, implementado por un médico real y colegiado, que soy yo. Nunca os diré que no vayáis al médico tradicional, esto sería un crimen. Pero id solo para temas puntuales y, sobre todo, investigad después las causas de lo que os ha pasado. Las causas físicas y ambientales pero también las psicológicas. Yo no curo el cáncer, y el cáncer existe. Si tienes un tumor, no te queda otra que envenenar tu cuerpo con químicos. Lo que intentamos aquí es que ese tumor no aparezca.

Asentí con la cabeza, avergonzado, dispuesto a seguir escuchándole.

—Tu dolencia, Victoria, es algo cada vez más común en estos tiempos. Una vida rápida, estresante, tecnológica y, en cierta manera, inhumana. Existe, por supuesto, una predisposición genética, y el que hayas sido madre tan joven, a los veinte según me contáis, suele ser un factor desencadenante. La cura total no es fácil, pero existe. Y la mejoría es rápida si uno está dispuesto a dejarse guiar.

Mi madre ya lo miraba concentrada y esperanzada mientras yo intentaba reprimir mi incredulidad.

—No puedo hacer más que recomendaros uniros a mi grupo. Nos reunimos una vez a la semana y hacemos terapia. Sería importante que asistierais siempre los dos y, claro está, reforzaríamos todo con consultas individualizadas como las de hoy.

«Como no, si vamos dos es el doble de dinero». Me pareció otro de tantos embaucadores pero para cuando quise pronunciarme mi madre ya estaba asintiendo casi con lágrimas en los ojos. Me di cuenta de lo venenosa que podía ser su voz, modulada y calibrada al milímetro para penetrar la piel. Lo único interesante de aquella visita era la pequeña esperanza que representaba aquel hombre para mi madre, aunque viviendo de una pequeña ayuda estatal y la escasa pensión de mi padre todo me parecía una pequeña locura.

—Confiemos en Mariajo —dije yo estrechándole de nuevo la mano antes de despedirme—. ¿Se paga en recepción?

—No, por favor. Esta consulta es gratis y también la primera sesión de grupo, no quiero que paguéis nada en lo que no tengáis confianza aún.

2

Tres días después ya estaba yo asqueado acompañando a mi madre a la primera reunión del misterioso grupo. Nos habían citado en el parque del Retiro, y me sorprendió siendo ya noviembre y haciendo un frío más que considerable. Lo encontramos fácil, un descampado con unas quince personas arremolinadas alrededor del doctor Calleja, que sonrió al vernos llegar. Todos nos miraron con curiosidad, especialmente Mariajo, la amiga de mi madre, que parecía realmente feliz por nuestra presencia. Nadie dijo nada a la espera de que empezara el terapeuta:

—Buenas tardes. Amigos, como ya os había avisado, Victoria y Daniel son dos nuevos miembros del grupo. Ella está pasando una mala temporada, de todos depende que esta quede atrás lo antes posible. Démosles la bienvenida como solo nosotros sabemos.

Se acercaron todos a nosotros como una manada de zombis que, en vez de buscar alimentarse de cerebros, repartiesen achuchones. Nos abrazaron uno por uno, afectuosamente, balanceando los cuerpos, pasando sus manos por la espalda de manera casi infantil. Me llamó la atención que en el grupo solo hubiera dos hombres más además de mí. Los integrantes con edades comprendidas entre los veinti muchos y los cuarenta y pocos.

—Fantástico —expresó el doctor—. Ahora, lo primero, zapatos fuera. Pies completamente descalzos.

Los veteranos obedecieron rápidamente mientras mi madre y yo nos mirábamos con asombro.

—Confiad en mí —insistió él—. El frío es nuestro amigo, lejos de resfriaros vais a estimular los nervios y el sistema inmune. Cuando terminemos sentiréis que nunca habíais estado tan relajados.

Finalmente obedecimos, pensándomelo yo un poco, sobre todo a la hora de deshacerme de los calcetines.

—Por favor grupo, que algunos de vosotros explique vuestra experiencia aquí para que Victoria y Daniel os puedan conocer un poco mejor.

—Yo me llamo Enrique —dijo uno de los dos varones, de unos cuarenta años —. Vine aquí por una alergia que no me dejaba vivir. Siempre moqueando y con problemas respiratorios. Actualmente puedo decir que hace dos años que he vencido a mi enfermedad.

—Yo soy Eli, vine por una hipersensibilidad a la tecnología. Me decidí a conocer al doctor Calleja después de estar casi un año encerrada en mi casa, sin ver ni hablar casi a mi familia. Hoy en día sería hasta capaz de tener un teléfono móvil, aunque he decidido no usarlo.

—Yo me llamo María José —se adelantó a hablar ahora una exultante Mariajo— y vine desesperada por una soriasis agresiva que convertía mi cuerpo entero casi en una lesión en las épocas más difíciles. Hace mucho tiempo que no he sufrido ningún brote y estoy convencida de que seguiré así.

Mi cuerpo temblaba sobre los pies congelados mientras escuchaba aquellas historias que bien podría pensar que estaban preparadas si no fuera porque conocíamos a una de las protagonistas. Decidí tener fe un rato más.

—Ahora notáis la naturaleza bajo vuestros dedos, el césped húmedo. Lo desagradable empieza a ser tolerable y vuestro cuerpo se activa. Los que soléis venir a estas sesiones ya sabéis que es lo siguiente, abrazaos todos unos a otros. ¡Con fuerza! Abrazad y restregad los cuerpos activándolos.

Todos obedecieron, no tuvimos ni tiempo de pensar que ya teníamos a alguien achuchándonos de nuevo. Una mujer de unos treinta años, atractiva y desabrigada, me apretujaba con fuerza contra sus voluminosos pechos. Le siguió Enrique y después otra que probablemente era la mayor del grupo y con pinta de vegetariana. Para cuando empezaba a animarme a devolver los arrumacos se plantó delante de mí Mariajo, enseñando sus blancos y alineados dientes en la sonrisa más amplia que había visto y abrazándome de manera teatral. Llevaba ya demasiados restregones en una edad suficientemente conflictiva como para que mi cuerpo no reaccionase, siendo incapaz de reprimir una potente e inesperada erección. Agradecí haber elegido aquellos vaqueros a la hora de vestirme que me ayudarían a camuflarla. Mariajo me cambió por mi madre y yo clavé involuntariamente el bulto de mi pantalón contra una chica delgada de ojos verdes. Me pregunté si Enrique y el otro tipo estarían excitados. Dudé sobre si ellos también restregaban su empinado manubrio contra las formas de mi madre.

—Muy bien, creo que con esto ya hemos entrado en calor. Por favor, poneros todos en fila, con las manos del de detrás en los hombros del de delante, y contad algo de lo que en su día os avergonzasteis, es un ejercicio común, excepto los dos nuevos lo conocéis muy bien.

Obedecieron todos casi como si estuvieran en el servicio militar. Un tanto desconcertados mi madre y yo optamos por ponernos los últimos de la fila, siendo yo el último con mis manos sobre sus hombros. La gente fue hablando y pasando el testigo como si fuera una fila de fichas de dominó vencida.

“Mi novia me pilló masturbándome en el baño”, “me declaré a mi jefe y este me rechazó”, “robé en una pastelería y el dueño se dio cuenta”.

Se sucedían las historias y yo cada vez estaba más nervioso, incapaz de que se me ocurriera nada. Fue el turno de mi madre y su confesión me dejó estupefacto: “Un médico me examinó y se recreó en mis pechos”.

Jamás había oído aquella historia, y mucho menos me imaginaba que fuera capaz de confesarla de manera tan natural. Casi pude sentir el pudor y la rabia de mi progenitora al notar aquellas manos sobre ella. Casi en shock, dejando un minuto de un silencio incómodo en el ambiente, confesé: “La profesora de literatura me confiscó una revista pornográfica”.

Sin tiempo a demasiado análisis, intervino de nuevo el doctor Calleja y, felicitándonos, nos invitó a volver a abrazarnos. Esta vez en una versión rápida. Mi miembro ya parecía una anaconda intentándose enrollar por mi cintura. Timador o genio, lo que si sabía el terapeuta era cómo hacer que te olvidaras del frío. Se sucedieron un par de ejercicios más de carácter físico, respiraciones y estiramientos, y sin darme cuenta observé que había pasado una hora. Luis Calleja dio por finalizada la sesión, nos agradeció a todos nuestra asistencia y antes de irnos nos dijo:

—Victoria, Daniel, espero que hayáis estado a gusto en el grupo. Para la próxima sesión tenéis deberes. Deberéis ducharos con agua fría todos los días. Cuánto más fría, mejor. Confiad en mí y lo comentamos la semana que viene.

3

Sin tener muy clara la razón decidí hacerle caso. Las primeras veces fueron las duchas más cortas de mi vida. Apenas un simulacro. Lo increíble del tema es que me sentía bien, relajado y con energía. Más sorprendente aún era ver a mi madre, haciendo las tareas del hogar no solo sin quejarse, sino de manera alegre. Quizás no era una cosa de brujería, pero lo parecía. La semana pasó lenta, tenía verdadera curiosidad por saber qué nos deparaba la segunda sesión grupal. La primera que, lejos de ser gratis, nos iba a costar ochenta euros por cabeza. Nos citaron a todos en su chalé del Viso, reuniéndonos en una amplia sala con tatami que recordaba a cualquier lugar de entrenamiento de karate. El ambiente era caluroso, casi demasiado, y lo agradecí después de haber pasado tanto frío la última semana. No tuvo que decirlo, cuando llegó el último nos descalzamos y nos abrazamos durante, por lo menos, cinco largos minutos.

El doctor, que vestía siempre de impecable traje, comenzó a desnudarse mientras hablaba:

—Gracias a todos por asistir. El mundo está dominado por tabús y estúpidas normas sociales.

Los únicos sorprendidos parecíamos ser mi madre y yo, que nos mirábamos y a su vez observábamos a una Mariajo que parecía divertirse con la escena, con sus ojos clavados en el suelo para evitar reírse.

—Normas creadas tan solo para alimentar nuestros pudores y miedos —siguió él—. Para avergonzarnos de cosas tan naturales como el disfrutar de una revista pornográfica.

Ahora era yo quién miraba fijamente el suelo.

—Nos crean complejos y obsesiones, acrecentando toda clase de dolencias que provienen de un cuerpo que no entiende de conductas.

Una vez el doctor se quedó en calzoncillos, alzó las manos ordenando:

—Ahora vosotros.

Todos siguieron sus pasos excepto mi madre y yo, que seguíamos mirándonos desconcertados.

—Victoria, Daniel, por favor… —insistió él.

Lentamente nos desnudamos, quedándonos solo en ropa interior como el resto de participantes de la sesión, terapeuta incluido.

—Abracémonos —dijo Luís Calleja uniéndose también él esta vez.

Decidí abrazar a mi madre la primera, absolutamente abochornado con lo que podía pasar en unos minutos. Seguí con el otro hombre, un tal Juan, que pareció ansioso por librarse de mí y arrimarse también a mi madre. Cuando llevaba la mitad del grupo mi bóxer ya no era capaz de disimular una notable erección. Cuánto más me concentraba más duro notaba que se ponía mi falo. Me sentí terriblemente mal restregando mi bulto contra Mariajo, que, a sus treinta y tres años y en ropa interior, me pareció que era una mujer de bandera. Sin embargo el único que parecía estar acomplejado era yo, ya que ni la amiga de mi madre mostró el más mínimo signo de incomodidad, estrechándome con fuerza entre sus brazos. Cuando terminamos me sentí protagonista del más guarro videoclip de reguetón, tapándome mis partes con las manos y rezando para que mi madre no estuviera observándome.

—Daniel, María José, por favor adelantaros un poco —dijo ahora el terapeuta volviendo a situarse frente a todos nosotros.

Obedecí dando un par de pasos, asustado y en mi postura que recordaba a la de un monaguillo.

—Daniel, no hay nada de qué avergonzarse.

Yo me hice el despistado, poniendo cara de incredulidad.

—Por favor, abrazaros delante de vuestros compañeros.

De reojo miré a Mariajo. Rubia, con el pelo corto y rasgos delicados. Guapa. Con una figura esbelta, de pechos pequeños y glúteos firmes. Ella se acercó a mí y yo no me sentí capaz de separar las manos de mi entrepierna. Comenzó a abrazarme como si de una farola se tratase. Intenté buscar la complicidad de mi madre pero ella parecía una espectadora más.

—Devuélvele el cariño a tu compañera cómo es debido, Daniel —me ordenó Calleja.

Finalmente le correspondí, rodeándola yo también con los brazos. Ahora mi erección se restregaba contra su vientre firme.

—¡Así! ¡Eso es! Sois familia solo por pertenecer a este mundo.

Seguimos con aquello, podía sentir como mi pulso se aceleraba ante tanto contacto.

—¡Tiraos por el suelo y seguid abrazándoos!

Mariajo obedeció al instante, haciéndome perder el equilibrio y cayendo encima de ella. Ahora mi miembro entraba en contacto directo contra su sexo, separados solo por la ropa interior. Por un momento deseé arrancarle la escara ropa y follármela frente a todos, pero conseguí reprimir mis impulsos. Ella seguía, rodeándome ahora con brazos  y piernas.

—¡Eso es muchachos! ¡Eso es! Qué gran sesión nos estáis regalando. Gracias, es suficiente.

Casi a regañadientes me levanté, ayudándola después a ella a incorporarse. Su sonrisa seguía inalterable, igual que mi erección. Volví a colocarme al lado de mi madre, incapaz de mirarla. A ello le siguieron varios ejercicios posturales, ejercicios en los que, confieso, mis ojos se desviaron varias veces para observar los mejores cuerpos de las integrantes más atractivas contorsionándose. La sesión terminó rápido, nuevamente con los minutos avanzando a gran velocidad. Nos volvimos a vestir y el Dr. Calleja, después de agradecernos como siempre la asistencia, nos citó para la siguiente semana haciendo nuevamente hincapié en las duchas de aguas fría. Francamente, si las reuniones seguían a este nivel, una ducha de agua fría era justamente lo que necesitaba.

4

En casa nunca hablábamos de la terapia. Tampoco le comentamos nada a mi padre, que, aunque ellos se separaron teniendo yo pocos meses, la relación con él era bastante fluida. Lo veía poco pero nunca había sido un padre ausente. Yo me sentía algo incómodo algunas veces, especialmente después del magreo público a la ex compañera de trabajo de mi madre, sin embargo ella parecía estar cada día mejor. Aquel lunes no había terapia de grupo pero el Dr. nos citó a su consulta para empezar con el refuerzo personalizado. Sentados de nuevo en aquella silla frente a su escritorio me sentí muy convencional.

—Buenos días Victoria y Daniel, lo primero de todo, ¿cómo os sentís?

—Pues la verdad es que mucho mejor, doctor. Duermo bien y me siento más descansada. Siempre hay algo de dolor, especialmente a última hora del día, y no tengo la energía de una adolescente, pero sí estoy mejor.

—Me alegra mucho oír eso, es asombroso tus avances en tan solo un par de semanas. ¿Y tú, Daniel?

No podía mentir, aquello era lo más interesante que me pasaba en años.

—Pues la verdad es que bien. Me siento con energía y me hace feliz ver que mi madre sufre menos.

—Claro que sí. De eso se trata. Por eso era primordial que vinierais juntos, es importante que conozcas la terapia y que tu madre se sienta apoyada por ti. Soy consciente de que es poco convencional, por eso insisto en que haya transparencia total para evitar malentendidos. ¿Seguís mi recomendación de ducharos con agua fría?

Los dos asentimos con la cabeza.

—Puede parecer una estupidez, pero hace mucho que se conocen los efectos positivos del agua fría para la circulación y el sistema nervioso. Solo se necesita un poco de fuerza de voluntad, y veréis que seguís sanos y sin resfriados.

—Así lo haremos, Dr.

—De acuerdo, muy bien. Para seguir con la terapia necesito saber más cosas de los dos, es un pequeño cuestionario. Por favor, no os sintáis incómodos con las preguntas, todo tiene un porqué. Contestad con sinceridad y de la manera más breve posible.

—De acuerdo —aceptó mi madre mientras yo aún le daba vueltas al asunto.

—¿Os consideráis personas sexualmente muy activas?

—Últimamente poco, el cansancio me ha quitado hasta las ganas —respondió mi madre sin pensarlo.

—Bien, un poco más breve Victoria, gracias.

Me miró esperando mi respuesta.

—Normal.

—¿Cuándo es la última vez que habéis tenido relaciones sexuales con otra persona?

—Hará unos tres años —dijo mi madre.

Su respuesta me hizo reflexionar. Era obvio que mi madre no mantenía el celibato desde mi concepción, pero nunca le había conocido ninguna pareja, era absolutamente discreta.

—Hará unos tres meses —contesté yo.

La última vez y casi la primera, mi única relación adulta había durado solo cinco semanas.

—¿Os consideráis heterosexuales?

—Sí —afirmamos los dos.

—¿Con qué frecuencia os masturbáis?

El cuestionario empezaba a ponerse de lo más incómodo, pero mi madre no parecía en absoluto alterada.

—Poco, cada varios meses.

—Unas cuatro veces a la semana —mentí yo por no decir cada día y a veces más de una vez.

De reojo observaba a mi madre, que o se sentía cómoda o disimulaba para no avergonzarme.

—Muy bien, creo que con esto es suficiente. Os voy a poner deberes de cara al jueves que es nuestra próxima reunión. Os tenéis que duchar con agua fría pero…¿Tenéis dos baños?

—Sí, pero uno es un aseo. No tiene ducha.

—Bien, no importa. Después de la ducha os tenéis que secar el uno al otro, solo secaros, no ducharos juntos. Sed breves y turnaros, al que le toque primero no tendrá más remedio que esperar al otro. Secaros a conciencia, solo os podrá secar el otro. Eso es todo por hoy —concluyó mostrándonos su tan frecuente sonrisa.

Aquello me pareció demencial, tanto como que diez minutos de consulta nos costara ciento sesenta euros en total.

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