TANATOS12

Dentro de aquella montaña rusa de emociones que habían sido los últimos nueve meses, María y yo nos encontrábamos en un punto plenamente álgido de afecto y complicidad. Hasta el punto de parecerme remoto aquello de temer que ella se colgase por Edu. María era demasiado madura, demasiado mujer como para verse impresionada por él; podría atraerle más o menos, como a mí muchas mujeres, pero para que ella sintiera algo más, tal como era, tendría que sentir una estima o una admiración que no existía.

Con respecto a Edu, por supuesto no me había respondido a mi mensaje y dudaba de que quisiera seguir conquistando, por llamarlo de alguna manera, a María, y no dudaba de ello por no responderme, si no porque durante esas semanas no habían tenido ningún caso juntos, ni reuniones pequeñas en las que estuvieran los dos, según me contaba María. Y yo tenía claro que si Edu quisiera podría liar a jefes para compartir casos con ella y, con suma facilidad, convocar reuniones y verse las caras. Tampoco los jueves en las cervezas parecía mostrar Edu mayor interés en María. ¿Patricia? de lo que contaba María se desprendía que era ésta quién iba tras Edu y no al revés, por lo que no me parecía ella la causante de ese pasotismo de Edu. Me resultaba muy difícil leer a ese chico lo cual me desesperaba. Yo seguía esperando un nuevo ataque, no me podía creer que no intentara rematar la faena con María después de todo.

A medida que se acercaba el día de la boda me daba cuenta que era a la vez lo que menos me apetecía del mundo y lo que más. Por un lado una boda en la que prácticamente no conocía a nadie, a unos cien kilómetros de casa y con la tensión que me generaba ver a Edu en persona. Pero por otro la posibilidad de verlos juntos, de ver si Edu intentaría ahí un último ataque, y digo último porque me parecía el contexto perfecto; si Edu “pasaba” ese día, sería que se habría borrado completamente de nuestro juego, su conquista, o como se le quisiera llamar. Curiosamente a ese respecto yo me veía sorprendentemente tranquilo, me encontraba tenso, pero bastante bien. Yo me decía a mi mismo durante aquellos días que si tenía que pasar algo que pasase y si Edu no hacía nada no me quedaría más remedio que olvidar el tema. Pero es que tras tantos meses necesitaba un sí o un no. Llegaba con un desgaste psicológico y emocional brutal y aquello tenía que acabar, de una manera u otra.

La boda sería en una iglesia a las afueras y después el convite y la cena en un Parador. Unos dormirían en un edificio anexo al propio Parador que era como si fuera un hotel y otros nos habíamos buscado un hotel cercano. María había preferido no dormir en el Parador, según ella para no estar “con todo el mogollón” y a mí me pareció bien.

Afortunadamente el calor había remitido un poco, lo cual era de agradecer ya que obviamente iría en traje. María, por su parte, estuvo hasta casi la víspera dudando entre llevar un vestido verde de raso con algo de escote o ir con una camisa blanca de seda de manga larga y una falda rosa “abullonada” según ella, cosa que yo no entendía ni que era hasta que la vi. Con el vestido estaba más potente, con falda y camisa parecía un poco más aniñada. Al final se decidió por este último look, lo cual por un lado me decepcionó pues pensaba que con vestido atraería más a Edu por marcar más su figura, pero por otro lado era cierto que quizás sí estaba más guapa así que con el vestido.

Pero todo pegó un cambio el día de la boda. Llegamos al hotel, me duché, y mientras lo hacía comenzó a invadirme un sentimiento que empezó por pequeño hormigueo y acabó por agarrotarme completamente. El agua tibia no me aliviaba; sentía que estaba ante algo realmente grande, después de tanto tiempo le iba a ver a él, y le iba a ver a él con ella. En su ambiente, durante horas, con alcohol por medio, me parecía imposible que no intentase todo aquel día, y solo de pensarlo la cabeza se me bloqueaba, el corazón me palpitaba descontrolado y mi polla se me ponía dura.

Dudé en hacerme una paja allí mismo, pero decidí intentar calmarme, autoconvencerme de que lo que tendría que pasar que pasara. Que yo poco podía hacer. Que no estaba en mi mano. Ni si quiera en las manos de Edu, si no en las de María.

Salí de la ducha y entró María a ducharse, me fui a vestir y el calor era asfixiante, quizás por habernos metido cien kilómetros hacia el interior, a pesar de ser octubre, me iba a sobrar la chaqueta del traje, y mucho, al menos hasta que se hiciera de noche.

Decidí no vestirme todavía, tendría tiempo mientras María se arreglaba. Me tumbé en cama desnudo y escuchaba el ruido de la ducha. Estaba tenso, muerto de calor, diría que hasta mareado, y con la polla durísima desde hacía largo rato. Dudé de nuevo en hacerme una paja, pero lo que hice fue entrar en el cuarto de baño, entrar en la bañera y colocarme junto a María que no se sorprendió de verme y bromeó porque me quisiera duchar dos veces, si bien los dos sabíamos que esa no era mi intención. Los dos sabíamos qué pasaba. María sabía igual que yo de la importancia de aquel día y creo que solo había que verme la cara para descubrir mi estado.

El chorro de agua, algo más que caliente de lo esperado para mí, caía sobre nuestras cabezas, cuando mi boca fue a la suya y comencé a besarla con dulzura. Ella acogía mis besos sin prisa y yo pensaba si aquella boca sería mía y solo mía por última vez… llevé mis manos a sus pechos y los comencé a acariciar hasta que sus pezones se pusieron duros y me preguntaba si aquellas tetazas serían solo mías en aquel momento, pero por última vez. Y mi mano comenzó a acariciar su coño mientras pensaba si aquel coño se abriría para alguien más que para mí.

Su mano fue a mi polla, la agarró con fuerza, sin dejar de besarnos y comenzó a pajearla con lentitud pero marcando los tiempos de tal manera que yo sentía que podría correrme en seguida. Sobraban las palabras. Ya no hacía falta que me mirara a la cara. María sabía que yo no podía más. Que mi polla así de dura representaba siete largos meses con lo mismo en la cabeza. Mi polla le pedía que descargase aquello y ella parecía entenderlo. Mi mano comenzó a frotar su coño un poco más rápido hasta escuchar sus primeros jadeos y estuvimos así unos instantes en los que yo sentía que casi me corría y sentía también que ella estaba muy lejos de hacer lo propio. Sutilmente ella apartó mi mano que la masturbaba, como hace siempre que nota que no le he cogido bien el punto, y llevó una mano a mis huevos y la otra la usó para seguir pajeándome, mientras nuestras lenguas se fundían en el aire y bajo el agua sin parar.

María acabó el trabajo de una forma impecable, sin dejar de besarme y apretándome con fuerza la polla antes de mi orgasmo y con un poco más de delicadeza mientras me corría. Dejando de sacudírmela en el momento justo, y dejando que mi semen mezclado con el agua impregnasen su vientre. No dejamos de besarnos en ningún momento mientras me corría, como si por hacerlo aquello nos uniera más, como si por ello hubiera más unión y comprensión.

Nos seguimos besando un rato, mientras yo dejaba que el agua limpiara mi miembro y ella enjabonaba la zona que yo había impregnado, hasta que acabé por salir de la ducha. Algo más relajado, pero distando mucho de estar tranquilo.

Al rato me estaba poniendo el traje y el calor no cesaba. Miraba de reojo como se vestía ella y a cada revisión me parecía que se ponía más y más guapa. La camisa aun siendo suelta, al meterla por dentro de la falda, no podía disimular sus más que destacables tetas. Además, al ser tan blanca remarcaba más su moreno, pasando de guapa a radiante. La falda a la altura de la rodilla o un poco más abajo… con aquellas sandalias de tacón… le hacían unas piernas impresionantes, finas pero a la vez potentes y femeninas. No se maquilló mucho, no le hacía falta estando tan morena. Y su melena caía libre por su espalda dándome la impresión de que nunca había tenido el pelo tan largo.

-Qué guapo estás de traje… -me dijo.

A mí me parecía una broma que ella dijera eso de mí, cuando la que estaba espectacular era ella. Y recordé, pues tenía el tema permanentemente en la cabeza, que había dicho más de una vez que a Edu le quedaba bien el traje, estuve a punto de sacarle el tema, pero lo dejé estar. Por ahora.

Tras ponerme la corbata y, debido a que la habitación no era muy grande, quedamos frente a frente y no me quedó más remedio que besarla. Los efectos tranquilizadores de la paja habían casi desaparecido por completo… Ella intentó que el beso fuera corto, pero yo la retuve para que fuera no solo largo, si no algo obsceno, no se apartó y llevé su mano a mi entrepierna, sobre el pantalón de traje, e hice que hiciera un movimiento arriba y abajo sobre mi miembro que ya palpitaba allí abajo. María acabó por apartarse un poco y sonreír. Mis manos fueron a su culo, sobre su falda y la miré a los ojos. La quería con locura, pero ella debió entender otra cosa en mi mirada pues me preguntó: “¿Qué quieres que haga?”, sin que su mano hubiera dejado de estar en contacto con mi entrepierna.

Ni que decir tiene que la idea de María, así vestida, y minutos antes de vernos con Edu, arrodillada y sacando mi polla del pantalón… y metiéndosela en la boca, sería algo brutal para mí, pero me parecía que ya estaba abusando bastante de su comprensión.

-Quiero que… nada. Que acabes de arreglarte o me meto así vestido en la ducha del calor que tengo… -le dije antes de besarla.

Llamamos a un taxi que nos llevaría a la iglesia. Mi tensión no es que aumentase por momentos, si no que ya no podía subir más. Llegaba a cabrearme conmigo mismo por no ser capaz de dominar mis nervios. Lo curioso es que una vez llegamos todo fue tan rápido que no tuve tiempo a empeorar las cosas.

Vi a Edu de golpe y no me dio tiempo a reaccionar ni a ponerme más nervioso. Estaba con un grupo de gente, supuse del despacho y me dio la mano como si fuera un extraño. Se dio dos besos con María con total sequedad. Ni un “estás muy guapa” ni ningún comentario jocoso para romper el hielo que se suele hacer. Seguía muy moreno, para variar, y al haberlo visto con traje por trabajar así no me resultó diferente a cuando lo había visto otras veces. Era yo el que me sentía más raro y fuera de sitio. María en seguida saludó más efusivamente a Paula y demás amigas y yo me pegaba a ella como podía, en una situación bastante incómoda. Llegaron los novios y María no parecía tener demasiado trato con su compañero que se casaba, y ya no digamos con la novia, pero conocía unas quince o veinte personas por lo que se la veía bastante a gusto y relajada.

No volví a tener a Edu a la vista hasta después de la iglesia, cuando ya nos habían llevado en bus al jardín del Parador donde habían puesto el convite. Él seguía con sus compañeros y María con sus amigas, yo intentaba meterme en la conversación de las chicas a duras penas y sin demasiadas ganas ni gracia.

Fue casualidad que intentando coger un trozo de jamón con un palillo acabé por cogerlo con la mano, porque resultaba tedioso, y escuché entonces una voz bastante ronca que dijo: “Mejor así” y me sonrió de forma cómplice a la vez que seria. Aquello fue la excusa para que yo pudiera hablar con alguien que no fuera una amiga de María y pudiera salirme un poco de aquel bucle. El hombre resultó trabajar también en el despacho, pero al parecer no era abogado si no que les tenía a punto los ordenadores y demás cosas de informática. Se llamaba Víctor y tenía unos 45 años y físicamente bastante peculiar, alto, delgado, con gafas sin montura y rectangulares, bastante anticuadas, y el pelo castaño en una coleta a la vez que tenía unas notables entradas. También llevaba el traje con bastante menos estilo y empaque que los del despacho, pero no por ello carecía de cierto carisma; tenía un curioso magnetismo, y una voz rasgada como de haber vivido mucho. Para mí sorpresa me vi preguntándole cosas algo indiscretas, raro en mí, y en unos diez minutos le preguntaba sobre su vida, cosa que no suelo hacer. Tras decirme que había mucha soltera en la boda, pero que a él ligar así nunca se le había dado bien, le pregunté si había venido solo y me contó que estaba divorciado y que tenía un hijo que tenía ya veinte años. Mientras yo le daba vueltas a qué se había referido con aquello de “ligar así”, se propuso una foto de grupo con los del despacho y yo le pregunté por qué no iba y me dijo serio: “no, no, no quiero estropear la foto”.

Me quedé observando como se iban colocando para la foto y el fotógrafo ordenando a la gente de aquí para allá acabó por colocar a María al lado de Edu.

-No ves como nadie me echa en falta -dijo Víctor.

Yo me quedé callado y él prosiguió:

-Bueno, y ¿cómo los ves? Va a ser esta noche, ¿no?

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