ANNABEL VÁZQUEZ

Remordimientos

Los monitores acababan de anunciar mi vuelo y estaba lista para embarcar. Me había presentado en el aeropuerto a la hora indicada con el equipaje de mano, María se ofreció a hacerme las maletas y enviarlas a España por servicio urgente. Reconozco que despedirme de ella hizo que se me desataran las lágrimas, tanto ella como Philip eran lo más parecido a amigos que había hecho en Escocia y me habían demostrado con creces su lealtad.

Me fui de la casa despidiéndome de todos y cada uno de los ocupantes, pensando que jamás volvería a verles, después de todo, no tenía motivos para regresar. Lo más difícil fue decir adiós a Edgar. No sabría describir mis sentimientos. Mi cabeza me decía que sólo era cuestión de tiempo que las cosas se torcieran, ¿cómo diablos se pude construir una familia junto a alguien que no conoces? Mi corazón, en cambio, estaba dolido. Sentía que había fracasado y fallado a una persona que, pese a sus defectos, había hecho innumerables cosas por mí, y esa sensación me estaba matando.

Miré el documento firmado que estaba sobre la mesilla y lo ojeé vagamente antes de salir de casa. Estaba realmente desesperada cuando accedí a cumplir con sus condiciones, sabía a lo que me atenía, y aun así, lo hice. Suspiré con fuerza y lo dejé en el mismo lugar donde Edgar lo había depositado. Podía haberlo hecho pedazos, supongo que era lo que todo el mundo esperaba que hiciera; sin embargo, un pequeño atisbo de honestidad emergió de mí en el momento en que iba a hacerlo trizas: Él debía tener la última palabra. Yo había faltado a mi palabra, y ahora estaba en pleno derecho de utilizarlo en mi contra. Decidiera lo que decidiera lo asumiría, como he hecho siempre con mis compromisos.

Es curioso, porque si ese documento lo hubiese encontrado el día que estuve curioseando en su despacho, me hubiese desecho de él sin dudarlo, pero que Edgar me lo entregara sin más, me había dejado en jaque, y desde el fondo de mi ser, sentía que le debía al menos eso: dejarle tomar la decisión que considerara oportuna.

Se escuchó desde megafonía el último aviso a mi vuelo y me dirigí al mostrador con paso vacilante. ¿Por qué me sentía tan mal? ¿Qué me ocurría?

—¿Su billete y pasaporte, por favor?

La azafata me dedicó una resplandeciente sonrisa mientras extendía su mano esperando a que le entregara mi documentación. Me mordí el labio inferior y la miré atentamente a los ojos.

—¿Ocurre algo, señorita, se encuentra bien?

Parpadeé y asentí tímidamente con la cabeza.

—Lo siento, verá…

¿Qué me sucedía? ¿Por qué no podía irme?

Tenía la sensación de que me estaba olvidando algo importante.

Estaba confusa e irreconocible por mi actitud.

Como un acto del destino, mi teléfono móvil empezó a vibrar. Tenía un mensaje de un número desconocido.

«Hola Diana, soy Steve, ¿podemos hablar un  minuto?»

¡¿Steve?!

—Si quiere coger el avión deberá entregarme la documentación, es la última pasajera por embarcar –me recordó la azafata.

Saqué el billete del bolsillo y, justo antes de entregárselo, decidí girarme y responder a Steve con un simple «sí».

La llamada no tardó en producirse, justo en el mismo instante en el que la azafata ponía una cinta que impedía el paso a cualquier viajero rezagado.

—Hola –descolgué un tanto intrigada.

—Menos mal que he dado contigo a tiempo, he hablado con Edgar. Me lo ha contado todo.

Eso me sorprendió.

—Y ¿qué es todo? –quise saber.

Suspiró.

—¡Joder! ¡Todo! Incluso he visto el contrato –emitió un leve quejido–. Sabía algo, no te voy a engañar, pero no lo había leído hasta ahora y, francamente, de haberlo leído antes le hubiera hecho desistir de la idea.

—Ya –fruncí los labios–. Es de locos.

—Sí –hizo una pausa–. Pero luego miré el asunto con objetividad y… entiendo el porqué lo hizo, aunque no lo comparto.

—¿Lo entiendes? –mi mandíbula se descolgó por el asombro– Mira, Steve: el contrato, la boda.. todo ha estado mal desde el principio, nada ha acontecido de forma natural. Yo he intentado tener paciencia, conocerle, no juzgarle a la ligera, en definitiva, he intentado adaptarme y cumplir mi compromiso. Pero cada vez que me acercaba un poco a él y empezaba a relajarme, ocurría algo que hacía que el muro volviese a alzarse a su alrededor. Esto no puede funcionar de ninguna manera, además, Edgar nunca me gustó y…

—Está bien, Diana –intervino interrumpiendo mi diálogo–, tienes razón. Solo quería que lo supieras.

Parpadeé aturdida.

—¿Y para eso me llamas, o hay algo más?

Emitió un torturado suspiro antes de continuar.

—Quería saber, si no es mucho pedir, si hay la más mínima posibilidad de que reconsideres quedarte, al menos unos días.

—¿¿¿Cómo dices??? Te aprecio, Steve, pero debes haber perdido la cabeza–la incredulidad llenó mi voz cuando lo evoqué.

—Diana… –gimió frustrado–, no me gusta nada interceder por nadie y siempre respetaré cualquier decisión que tomes, pero entiéndeme, soy amigo de Edgar desde hace años y sé que si se queda solo ahora, justo en este momento, jamás volverá a levantar cabeza y no puedo permitirlo.

—¿Y qué tengo que ver yo en eso? ¿Qué puedo hacer? Sabes que a mí me ignora.

—No te ignora –discrepó–. De hecho, nunca le había visto de tan buen humor como últimamente.

Me quedé en silencio unos minutos. ¡¿Estaba hablando en serio?! Me obligué a tomar aire y continuar:

—Da igual lo que digas, yo sé la realidad, he convivido con él y jamás en toda mi vida me he topado con un nombre tan frío, insensible y poco comunicativo. No hay nada por su parte que haga que reconsidere lo más mínimo regresar, porque no merece la pena tanto esfuerzo.

—Imagino, Edgar es el hombre de hierro, rara vez muestra una emoción, es meticuloso, organizado, distante… Cualquier calificativo se le queda corto.  Profesionalmente ser así le ha ayudado a llegar alto en su carrera, pues nada le intimida, es más, nunca le he visto tener miedo a algo, excepto a… –hizo una breve pausa antes de continuar– a perderte.

Me quedé en shock tras sus últimas palabras.

—Supongo que ya te habrá contado que para él no soy más que un objeto, como uno de sus cuadros, y que puede ponerme tras una vitrina de cristal y mostrarme a los demás como si fuera su última y valiosa adquisición cuando le plazca. Visto así es normal que tenga miedo a perderme, pero ese miedo se le pasará en cuanto encuentre otra cosa que ocupe mi lugar –respondí con displicencia.

—No es como crees. Sé que no hay justificación alguna por las cosas que te habrá dicho o por cómo te ha hecho sentir ese cabezota, pero él no es como lo pintas, sólo es una manera de protegerse.

—¿Protegerse de qué? ¡No tiene sentido!

—Protegerse de lo que le hace vulnerable –respondió con ímpetu.

Negué con la cabeza, enervada.

—¿Y ahora me dirás que soy yo la que le hace vulnerable?

—Los sentimientos que está despertando desde que apareciste en su vida son los que le hacen vulnerable, Diana, ¿no lo ves?¿Cómo no puedes ver que en el fondo no es más que un niño cagado de miedo?

Encajé fuertemente la mandíbula. Ahora estaba furiosa, furiosa con Steve por haberme llamado y hacer que mi corazón se enterneciera. Si realmente había algo de razón en sus palabras y no era una treta para hacerme volver, no quería irme con remordimientos. No soportaba ser la causa de la desdicha de una persona, por mucho que esa persona en cuestión se lo mereciera.

—Diana, –continuó devolviéndome la atención– lo único que te pido es que le des una segunda oportunidad.

Cerré los ojos, reconsiderándolo.

—Ahora respóndeme tú a una pregunta, ¿por qué le defiendes tanto? ¿Por qué haces esto?

—En primer lugar aprecio a Edgar y sé qué es lo que necesita. En segundo lugar me he tomado la libertad de creer que tal vez había una posibilidad porque te has dejado aquí el acuerdo que firmaste, no te lo has llevado ni lo has destruido –no supe qué contestar a eso–. Piénsalo, regresa y sigue como hasta ahora, no cambies para nada tu manera de hacer las cosas, insiste y haz que se abra contigo como no lo ha hecho con nadie. Edgar lleva una carga sobre sus hombros desde hace mucho tiempo y ya va siendo hora de que se desprenda de ella. Intuyo que está cerca de hacerlo, solo debes tener un poco más de paciencia.

¿Es que no había tenido ya suficiente paciencia? Había consentido muchas cosas, pasado por alto detalles hirientes, malas constataciones y desplantes. No estaba segura de poder aguantar mucho más poniendo buena cara, tomándomelo con humor como había hecho hasta la fecha. Creo que todas las personas tienen un límite  y el mío estaba a punto de rebasarse.

Me tomé unos minutos para ordenar la situación antes de volver a hablar:

—Y luego, ¿qué? Regreso, me convierto en su amiga, volvemos a nuestras charlas y hago que se sienta mejor, ¿qué pasa conmigo?

—Llegarás más lejos que cualquier otra persona en toda su vida. ¿No es suficiente motivación? –su tono se había relajado un poco, llegando incluso a sonar risueño– Te lo expondré de otro modo.  En muchos aspectos él ha cambiado tu vida y la de tu familia, ahora necesita que le devuelvas el favor, aunque no es lo suficientemente valiente como para reconocer que necesita ayuda. Y si alguien en este mundo puede proporcionársela, eres tú.

—¿Por qué tengo la sensación de que sabes muchas cosas de él que no quieres contarme?

Rió con timidez.

—Sé poco de su pasado, sospecho que sólo conozco a fondo uno de los aspectos más delicados de su vida y porque no ha tenido más remedio que contármelo. Para todo lo demás Edgar es impenetrable, un completo misterio, incluso para mí –suspiró con resignación–. Mira, yo no estoy autorizado para decírtelo, pero si sigues adelante y él no lo hace, te contaré todo lo que sé –emití un leve gemido– ¿trato hecho?

Mi cabeza le dio vueltas un rato. ¿Podían más mis dudas y mis ganas de saber que la necesidad de salir de esa pesadilla para siempre? Edgar no era un mal hombre, hasta la fecha siempre me había respetado, exceptuando el día que decidió encerrarme, algo que tardaré en olvidar. Supongo que era más de lo que cabía esperar dadas las circunstancias, así que podía darle un poco más de tiempo e intentar hacer añicos su fortaleza; para qué negarlo, la parte más irracional de mí lo estaba deseando.

—Está bien –accedí al fin–. Acepto. Regresaré a casa y pondré de mi parte para desenterrar sus problemas reprimidos e intentar ayudarle, pero una vez lo consiga me iré, y no habrá fuerza humana que me haga volver a reconsiderarlo. Creo que le debo eso al menos, y ya que tú piensas que soy la persona adecuada…

—Por supuesto, Diana, sólo puedes ser tú.

Suspiré.

—Pues vamos allá –exhalé un suspiro.

Colgué el teléfono y lo guardé en el bolso. Había sido una conversación interesante, pero no pude evitar pensar que, tal vez, ya estaba planteándome la posibilidad de volver antes de que Steve decidiera interceder por su amigo.

 

Había oscurecido y, para variar, volvía a lloviznar, a veces dudaba de que en Escocia saliera el sol alguna vez.

Para no molestar, cogí un taxi que me condujo hacia la finca de Edgar.

Una vez más dejaba atrás la larga carretera para adentrarme en el jardín frondoso y verde que me conducía hacia la entrada principal. No había avisado a nadie de mi regreso, así que en cuanto María abrió la puerta, me abrazó con fuerza y liberó unas lágrimas nerviosas. La tranquilicé y correspondí a su entusiasmo, en parte yo también me alegraba de volver a verla tan pronto; el cariño que le había cogido era indudable.

No quise que María avisara de mi llegada a Edgar. Me informó de que estaba en su cuarto descansando. Subí las escaleras y llamé tímidamente a su puerta.

Una voz ronca respondió al otro lado, abrí con lentitud y atravesé el umbral.

Las persianas estaban bajadas y había poca luz, pero podía apreciar que era una habitación enorme, mucho más que la mía.

La tos seca de Edgar me obligó a enfocar la mirada. Estaba recostado en la cama y todavía no me había visto porque cubría sus ojos con el brazo. Me acerqué sin hacer el menor ruido, estaba segura de que creía que era María.

En cuanto estuve a escaso medio metro de él, llevé mis manos a su brazo y lo retiré cuidadosamente de sus ojos.

—¡Diana! –exclamó sorprendido mientras intentaba incorporarse.

—Shhhh… –le tranquilicé– No te muevas.

Interrumpí su maniobra y me senté en la cama a su lado.

—¿Ha ocurrido algo con los billetes? ¿Qué ha pasado? –intervino con voz perezosa.

Me encogí de hombros.

—Nada. He decidido volver.

—¿Por qué? –preguntó extrañado.

—Eso es lo de menos ahora, simplemente he cambiado de opinión, y menos mal, es obvio que estás enfermo.

—¡No digas tonterías! No me pasa absolutamente nada, sólo es cansancio.

Suspiré agotada, ¿y no se cansaba de mentir?

La puerta de su habitación se abrió y entró María con un bol de agua y un paño húmedo.

—Es para la fiebre –aclaró.

—Encima tienes fiebre –le reprobé.

—¡Por favor! –espetó alterado– déjame en paz, ¿quieres?

En otra ocasión, que me tratara con ese desprecio y me apartara de su lado me hubiese puesto furiosa, pero en esa no.

Me levanté de la cama y me dirigí hacia María.

—Muchas gracias, ya me ocupo yo –dije sosteniendo los utensilios que había traído.

—¿Qué crees que estás haciendo? –protestó poniéndose en tensión.

—Voy a cuidar de ti –contesté rotunda.

Dejé el bol sobre la mesita de noche y volví a sentarme a su lado.

—¡No digas tonterías! ¡No necesito que nadie cuide de mí!

—Pues yo creo que sí.

—Te he dicho que te vayas, ya es suficiente.

Arrugué el entrecejo.

—¿Por qué lo pones tan difícil?

—¡No lo pongo difícil! ¡Eres tú, maldita sea! Te he dicho que estoy bien, sólo necesito descansar, y tú, no me dejas.

—Vamos a ver –espeté cruzándome de brazos–, ¿ya tienes los papeles del divorcio?

Me miró extrañado.

—Como ves, no he podido ponerme con eso todavía.

—De modo que seguimos casados –aventuré.

—Supongo.

—Pues entonces debo cuidar de ti, eso es lo que hacen las esposas y los maridos cuando uno de los cónyuges está enfermo, ¿no?

Bufó e intentó apartarme nuevamente de su lado.

—Déjalo ya, Diana, no estoy de humor para tus juegos.

—Ni yo tampoco. Así que deja de ser tan tozudo, ¡por Dios, eres imposible!

Metí de mala gana el paño en el bol con agua tibia y lo escurrí.

—Pero…

—Pero nada –zanjé–, quédate quieto.

Coloqué cuidadosamente el paño sobre su frente y fui dando pequeños toquecitos suaves por la sien.

Al principio Edgar se mostró reacio, luego, empezó a relajarse y cerró los ojos dejándome hacer.

—No deberías estar aquí, y mucho menos hacer esto.

—¿Por qué? –quise saber.

—Soy yo quién debe cuidarte y protegerte en todo caso, y no al revés.

Era increíblemente machista, ¡y sin proponérselo!, vaya joya me había tocado…

—Pues ¿quieres que te diga una cosa? –pregunté retóricamente– Yo creo que lo has enfocado todo al revés. En esta habitación sólo hay una persona que necesita protección y cuidados, y no soy yo.

Rió sin ganas y una mueca de dolor se abrió paso en su rostro cansado.

—Bien, y según tú, ¿De qué necesito que me protejas?

—¿Es que no es evidente? –pregunté fingiendo asombro por su incertidumbre.

—No.

—De ti mismo. Eres tu peor enemigo, Edgar, me sorprende que aún no te hayas dado cuenta.

Abrió sus ojos para mirarme, su gélida mirada azul y blanca me erizó el vello de los brazos.

—Ahora tranquilízate, ¿quieres?

Volví a mojar el paño en agua y seguí pasándoselo por la frente, entonces tuve ganas de hacer algo más, sentí el impulso irrefrenable de comportarme como mi madre cuando era pequeña y me acerqué lentamente a él. Con cuidado, posé los labios sobre su frente húmeda para calibrar el calor que desprendía.

—Mi madre siempre decía que se puede percibir el calor que irradia el cuerpo humano con los labios, es el mejor termómetro que hay –susurré sobre su frente, notando su piel cálida bajo la caricia de mis labios. Al terminar, concluí la maniobra con un ínfimo beso, apenas perceptible.

Al retirarme comprobé que sus ojos seguían abiertos, pero a diferencia de antes no me parecieron fríos, sino todo lo contrario. En ese momento me pregunté si alguna vez alguien le había tratado con cariño, si habían besado su frente como yo acababa de hacer, si habían puesto paños húmedos sobre su cuerpo para bajarle la fiebre… Sin apartarme demasiado, acaricié la cicatriz de su rostro con la mano, palpé esas profundas grietas sin miedo, únicamente concentrándome en su reacción.

Entonces la respuesta a mi muda pregunta apareció de repente: No. Definitivamente Edgar nunca había experimentado lo que era el amor, el cariño, el sentirse protegido y mimado por alguien. Posiblemente toda su vida había sido él el fuerte y jamás se había permitido bajar la guardia. Puede que ese fuera mi papel en todo ese sinsentido; ser la única capaz de romper su coraza ofreciéndole mimos y amor, es decir, dándole aquello que siempre le han negado. También supe que ese trabajo no sería fácil, que debería luchar y romper todos los estereotipos que se había formado durante años y obligarle a sentir cosas diferentes. Por primera vez, saber lo que tenía que hacer me llenó de esperanza; no todo estaba perdido.

Finalmente Edgar cerró los ojos, derrotado por el cansancio. Había luchado para mantenerse despierto, pero al final se había rendido.

Durante la noche no osé apartar mi mirada de él, le contemplé mientras dormía, estudié las muecas que se dibujaban en su rostro, la frecuencia con la que arrugaba el entrecejo en sueños y como salían débiles quejidos de sus labios. Pasé la noche controlándole la fiebre. Además de los fármacos, seguía refrescando su frente con paños húmedos, alzaba su cabeza con almohadas y apretaba su mano para susurrarle que estuviese tranquilo, que yo estaba ahí y no iba a desaparecer.

La noche se hacía larga, empezaba a estar cansada, pero no me permití flaquear.

Hubo un momento en el que escuché un leve castañeo de dientes. Toqué su cuerpo y me pareció helado, no se me ocurrió otra cosa más que meterme en la cama con él y abrazarle muy fuerte. En ese momento Edgar no era dueño de sí mismo, tiritaba y se estremecía sin cesar. Permanecí acurrucándolo contra mi pecho al tiempo que movía las manos por su espalda para hacerle entrar en calor. A veces la lucidez regresaba a él de forma inesperada y me ordenaba de malos modos que me fuera, que no me quería ahí, pero yo sabía que me necesitaba y aguanté estoicamente todos sus rechazos hasta que al fin se rindió, envolvió mi cuerpo con sus fuertes brazos y me apretó contra él.

 

A la mañana siguiente Steve llegó puntual. Lo primero que vio al entrar en la habitación fue a mí recostada sobre la cama de Edgar, vigilándole de cerca mientras dormía.

Él depositó su maletín en el suelo sin hacer ruido y me sonrió. Vi la gratitud más infinita en su rostro sin necesidad de que me lo dijera.

—¿Cómo está? –Me susurró acercándose a nosotros.

—Ha tenido brotes de fiebre durante toda la noche, el paracetamol parecía no hacerle efecto.

Steve frunció los labios y suspiró colocándose a escasos centímetros de Edgar.

Éste pareció intuir su presencia y abrió los ojos de golpe.

—¡Steve! –exclamó adaptando sus ojos a la luz.

—¿Preparado para un rápido reconocimiento?

—Oh, no te molestes, no…

—¡Edgar! –Steve exhibió una tibante sonrisa–  No empieces.

Examinó los ojos del enfermo y luego orientó su cabeza con las manos. Permanecía muy callado mientras le movía, entonces reparó en mi presencia y se dirigió exclusivamente a mí.

—¿Por qué no vas a descansar un poco y me dejas con este enorme cabezota? –dijo con humor.

—Lo cierto es que necesito una ducha… –alegué mirándome de arriba abajo.

—Aprovecha, ahora estoy yo aquí.

Me guiñó un ojo y no lo pensé más, me encaminé hacia mi cuarto para darme un baño y cambiarme de ropa.

Tardé menos de una hora en estar lista y regresar a la habitación de Edgar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando ahí no vi a nadie.

—¿María? –la llamé bajando las escaleras con rapidez.

Al llegar a la cocina, la encontré preparando la comida.

—¿Dónde está Edgar?

—Se ha ido con Steve al hospital.

La miré perpleja.

—¿Cómo dices? ¿Qué le ocurre?

María sonrió y negó con la cabeza.

—Nada serio, solo ha insistido en hacerle unas pruebas. Pero me han dicho encarecidamente que te diga que no te preocupes, que no iban a ausentarse mucho.

Suspiré con resignación. Ya nada podía hacer. Decidí aceptar las excusas de María y regresar a mi cuarto; era hora de llamar a Marcos.

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