TANATOS 12

No dudaba que aquella blusa la pudieran llevar sin sujetador chiquillas de 45 kilos o influencers para sacarse la foto, pero María con sus pedazo de tetas… aquello era, vamos… cualquiera que la viera en un pub tendría que irse al baño a hacerse una paja al instante de verla. Muchas veces pensaba que María no era realmente consciente de las tetazas que tenía, o del efecto real que eso produce en los hombres.

No era tanto que se le marcase el pezón, un poco sí, porque la tela aun siendo sedosa era relativamente gruesa, el problema era que cualquiera que se pusiese de lado y colara su mirada por su escote vería casi media teta, y media teta de María era mucha teta. Además hablábamos de una chica muy guapa de cara y con buen cuerpo, por lo tanto no era la imagen de una buscona resultona, si no la de un pibonazo medio desnuda…

Estaba un poco cansado de intentar adivinar a qué venían aquellos cambios en María. Por un lado aquellos mensajes con Edu de los que ella había dicho que habían sido una chorrada, pero yo seguía sin saber qué se habían escrito, por otro esa manera de criticar a Patricia, por otro vestir así, y por otro que follar sin hablar de Edu desembocara en polvos tan mediocres. Este último aspecto me parecía morboso y alarmante a la vez. No dejaba de ser curioso como hacía meses que fantaseaba con que Edu le pusiera el triple de cachonda que yo, y ahora que todo parecía indicar que precisamente eso estaba pasando a mi me excitaba, sí, pero también me hería en el orgullo. Pero, lo más importante de todo, no acababa de estar seguro de hasta qué punto María había decidido que todo lo que tuviera que ver con nuestro juego con Edu se había acabado del todo.

Me quedé dormido en el sofá con la firme convicción de poner las cartas sobre la mesa cuanto antes con María.

No debía de estar durmiendo muy profundamente porque desde el sofá escuché abrirse el ascensor, los tacones de María y su llave en la puerta. Miré el reloj y eran las dos y pico de la madrugada. Me sorprendió que fuera relativamente temprano. María entró y creo que se sorprendió de verme allí, en la penumbra, tirado en el sofá, pero no me dijo nada y se fue hacia la cocina a por un vaso de agua. Volvió al salón. Aun no habíamos cruzado ni palabra hasta que le dije:

-¿Qué tal la noche?
-Bien. Normal. -respondió algo seca.

Se hizo un silencio mientras María bebía a unos metros de mí. Parecía completamente sobria. En el claroscuro del salón estaba realmente potente, con el pelo menos en su sitio que al salir, algo más suelta, estaba más guapa. La blusa seguía en su sitio, pero se abría un poco a nada que moviese su torso, y yo me preguntaba cuántas veces en la noche habría tenido que cerrársela un poco con la mano para que no se le viera todo.

-¿Hoy no me preguntas por Edu? -dijo antes de dar otro trago.

Su pregunta me sorprendió. Me pareció un poco desafiante. Yo no quise ser menos:

-De Edu ya cuentas tú cuando a ti te parece…

-¿Te cuento la noche o no? -María cambió el gesto a uno más suave. Quizás no esperaba que yo me revolviese. Me incorporé un poco del sofá, dándole a entender que era todo oídos, y empezó a contarme:

-Si total te la resumo en un minuto. Estábamos tomando una copa en una terraza y le vimos al otro lado de la calle entrar en un pub. Al final acabamos la copa y entramos. Le vi de lejos. Patricia fue al baño y se paró con él. Se pusieron a hablar. Paula y yo esperamos un rato, pero seguían hablando y decidimos irnos. Amparo se fue a junto de ellos y ya.

-¿Y Edu te vio?
-No creo.
-Una pena que no te viera así.

Era obvio por lo que lo decía. Me levanté y me acerqué a ella, que no decía nada más. Tras un breve silencio le dije:

-Oye, solo para que me tengas informado, ¿lo de Edu como está?
-¿Cómo está de qué?
-Lo de tú y Edu, o lo de nosotros tres. Nunca sé cómo llamarlo.
-No está de ninguna manera. Se acabó, ya te lo había dicho. Bastante tengo con cómo me mira como si suspirara por él. A ver si se lía con Patricia, si no están liados ya, y se acaba.

Yo no entendía muy bien qué pintaba que se liara con Patricia o no para nuestro juego si desde que lo conocía había estado además con Nati, Alicia y quién sabe cuantas más. Me puse a su lado, efectivamente cerca de ella y de perfil su escote era para morirse.

-Con lo cerca que hemos estado. -le dije.
-No hemos estado cerca de nada, Pablo. Fueron unos mensajes medio en broma y lo del otro día… que de todas formas no le habría abierto la puerta ni loca.
-El otro día que le escribiste que viniera para follarte porque estabas borracha, ¿no? -tan pronto dije aquello me di cuenta de que sonaba más fuerte de lo que había sonado en mi pensamiento.
-Mira, Pablo, no me apetece discutir. El tema Edu está cerrado, siempre te digo que bastante lejos hemos llegado. Para ti es muy fácil, no le tienes que ver la cara de chulo de lunes a viernes.
-El tema Edu está cerrado por un lado, pero después en lo que afecta a Patricia no paras de hablar de él.

Se hizo de nuevo un silencio. Yo me sorprendía a mi mismo con ganas de… no tanto de discutir como de sacar cosas, y sentía que ella estaba al borde de saltar, pero me daba igual.

-Hoy podíamos follar hablando de él. -le dije posando mi mano en su cintura.
-No, de verdad, no puedo más con el tema.
-De despedida aunque sea. La última vez.
-No, en serio, no puedo más. En serio. Llevamos desde marzo con esto. Te lo pido por favor. No puedo más.
-¿Ni una última vez…? Esta noche que igual se está follando a Patricia…
-Es que me da igual lo que hagan. No, en serio. Se acabó.

María posó el vaso en la mesa y se encaminó hacia el pasillo. A mí ciertamente me jodía que las conversaciones se acabaran cuando ella quería y que el tema Edu se acabara también cuando ella quería.

Nos metimos en la cama y yo esperaba un vago acercamiento de ella, pero no se produjo. Y yo tampoco quise forzar más la máquina. Me contenía, a duras penas, pero me contenía.

Empezó la semana siguiente y pasó algo que me dejó alucinado. El lunes y el martes fue a trabajar con unas faldas que yo no le conocía, unas mini faldas que debió de haber comprado con Paula la semana anterior. Eran bastante más cortas de lo normal y con unos taconazos al límite entre lo elegante y lo improcedente. María siempre había sido muy discreta en el trabajo. Sobria. Elegante. Clásica, hasta casi rancia. Y aquello rozaba el límite hacia lo llamativo. Por arriba una camisa un día y otro día una camiseta fina… ambas prendas también nuevas. No le dije nada ni le di excesiva importancia, hasta el miércoles que se puso una falda gris cortísima, otros zapatos de tacón negros y por arriba una camisa que no era nueva, pero era aquella de color como salmón o rosa apagado, que hacía muchos meses le había pedido que desabrochara un botón pues abrochado iba como una monja, pero desabrochado era para morirse, y ella se había negado porque según decía, de hacerlo se le veía el sujetador. Se fue de casa con ese botón suelto, como si tal cosa. Algo que hacía meses era casi una locura ahora no se lo debía de parecer en absoluto.

Verla salir de casa así, además más maquillada de lo que solía hacerlo, con el pelo más arreglado y planchado de lo habitual en ella… con parte del encaje del sujetador viéndosele sin mucha dificultad… subida a aquellos taconazos… empecé a pensar seriamente si aquello era una competencia con Patricia o si era para llamar la atención de Edu. O las dos cosas. Me daba un morbo tremendo pensar que María se vestía así para él… Me vi tan empalmado por aquello que tuve que hacerme una paja antes de ir a trabajar. Sentía de verdad que mi novia se vestía así de ligera, por decirlo de una manera suave, para llamar la atención del cabrón de Edu. No sabía hasta qué punto ella quería reclamar su atención, pero estaba claro que algo había.

El jueves volvió a ponerse una falda corta y una camiseta oscura sedosa con cuello de pico que le marcaba la silueta de las tetas de forma espectacular… Volví a dejar que se marchara minutos antes que yo para yo hacerme una tremenda paja pensando en la imagen tremendamente sexual que tendría que estar proyectando en el despacho, en las erecciones que provocaría allí, y, sobre todo, pensando, imaginando, creyendo, que todo aquel despliegue de ropa nueva y provocativa tenía el fin de llamar la atención de Edu.

En cuanto a nuestra vida sexual no lo hacíamos desde el jueves pasado. Yo me desahogaba con aquellas pajas mañaneras, cosa que María obviamente no hacía, además por las noches cenábamos y nos acostábamos en cama juntos, por lo que yo no acababa de entender que María no se insinuase para follar ninguna de aquellas noches.

Aquella misma tarde sentí la imperiosa necesidad de hablar de Edu con María. Si no podía ser follando que fuera como ella quería, es decir, a través del cotilleo con Patricia. Estaba en el trabajo y sabía que estarían ya de cervezas y le escribí preguntando por Edu y Patricia, sabiendo que así sí me hablaría de él. Efectivamente me retransmitió en directo que se habían sentado juntos, que los tenía en diagonal y que por momentos mantenían conversaciones paralelas, y también me escribió que empezaba a pensar que quizás ya estuvieran liados. Intenté llevarla un poco a mi terreno y le escribí: “¿No te pone que igual ya se la esté follando?”. Su respuesta fue tajante: “En absoluto”.

Aquella noche de jueves María tampoco propuso hacerlo, así que yo, seguramente por orgullo, me dejé quedar dormido sin acercarme a ella. Sería absurdo, pero a mí mismo me decía que yo me desahogaba a gusto con las pajas de las mañanas viendo el espectáculo de cómo iba vestida al trabajo para llamar la atención de Edu, y que por tanto la más perjudicada de que allí no se follara era ella.

Llegó la mañana del viernes y la vestimenta de María aun dio un salto de calidad si cabe. Estaba desayunando con ella y no daba crédito a lo que veía. Vale que era viernes y en su despacho ese día se vestía de forma más informal, pero María nunca había hecho caso a aquella especie de norma y siempre había ido igual de sobria.

Aquella falda, a parte de nueva y bastante corta, no era precisamente de traje o de vestir, si no que era de cuero. Combinada con taconazos y con una camisa roja oscura, casi granate, de gasa, muy fina… le daba una imagen brutal. No sabía cuanta ropa se había comprado aquellos días. Se fue otra vez, dejándome alucinado, regalándome la estampa de su culo enfundado en aquel cuero y de un sujetador negro que se trasparentaba ligeramente bajo la fina y seguramente carísima camisa. Había estado deseando que se fuera cuanto antes para sentarme en el sofá y hacerme una paja realmente tremenda, sin duda la mejor de la semana… sobre todo por aquella falda de cuero tan corta… ¡Dios! ¡Cómo me ponía que se vistiera así para él! Y mientras me pajeaba no tenía la más mínima duda de que efectivamente aquel cambio era por él. Que la competencia con Patricia estaba ahí, pero no se vestía así para ser la más cañón del despacho sin más. Que si Edu no existiera habría dejado que Patricia ganara la guerra de la abogada más llamativa del despacho, por utilizar un eufemismo.

Aquel viernes llovía a mares y yo recordaba en el trabajo cuando Edu la había recogido en el despacho y se la había llevado en su coche a la explanada del centro comercial, al lado de nuestra casa, aquella especie de aparcamiento que era en esencia un picadero y un nido para mirones. María me escribió que se iba de compras con Paula otra vez y a mi me pareció tan surrealista que comprara más ropa como morboso… tanto que por mi cabeza empezó a sobre volar la idea de pedirle aquella misma noche que me enseñara lo que había comprado. Sin decirle que sabía, o al menos presuponía claramente, para quién la estaba comprando.

La fui a buscar en coche. Vi como se despedía de Paula. Metió unas bolsas en el maletero y se subió. Estaba algo mojada por la lluvia y la camisa granate se le pegaba al cuerpo, para colmo encajó el cinturón de seguridad entre sus tetas como Edu me había contado que había hecho aquella vez. De golpe todo me tele transportó al día en que Edu la había llevado al picadero. Mis pajas me aliviaban, pero no podían contrarrestar llevar más de una semana sin follar, unido a todo el numerito de la ropa de María. De golpe me vi cogiendo la calle de subida de al lado de casa, y, mientras María me preguntaba qué hacía, cómo era que no íbamos al garaje, yo aparcaba en donde Edu la había llevado.

Ni yo sabía muy bien qué pretendía con aquello. Aparqué y no había ningún coche cerca. María me volvió a preguntar por qué no íbamos para casa, pero obviamente ya se lo olía. Apagué el motor y le pregunté si se acordaba de aquellas veces en las que Edu la llevaba ahí, pero no pareció gustarle la pregunta:

-¿Cómo que aquellas veces? Fue solo una vez.
-¿Solo una vez?
-Sí, solo una vez.

Se hizo un silencio que ella rompió:

-En serio, Pablo, vámonos a casa.

Era cierto que era ciertamente surrealista estar aparcados a cincuenta metros de la calle de nuestra casa. Ni sabía qué hacía allí. Solo le preguntaba lo primero que me venía a la cabeza:

-¿Y qué va a pasar en la boda?
-¿En la boda? ¿Porque esté Edu? Pues no va a pasar nada.
-¿Va Nati?
-No está con Nati ya, pero no va a pasar nada ni quiero pasarme la boda incómoda porque me pidas cosas para que le diga… o baile con él y demás. Que ya te veo venir. Vamos para casa, anda.

Cada cosa que le decía era callejón sin salida.

Arranqué el motor justo en el momento en que un pequeño coche azul aparcaba cerca.

-¿Y tantas compras? -pregunté
-¿Tantas compras de qué?
-No será para que Edu te vea potente o hacerle la competencia a Patricia. -solté sin pensar.
-Madre mía Pablo, estas fatal, todos los septiembres compro ropa de temporada, menudas películas te montas… de verdad.
-Ahora me dirás que esa falda, esos taconazos o la ropa con la que saliste el sábado son normales.

María se quedó callada un instante hasta que dijo:

-No sé, Pablo. Estás imposible. De verdad te lo digo.

Hacía un calor de mil demonios en el coche. Tanto que se empañaban los cristales. Bajé las ventanillas y vi que en el coche de al lado había una pareja joven. Pero estaban con comida basura, comiendo en el coche como si tal cosa. Al menos por ahora.

María me sacó de mi obnubilación diciendo:

-Mira, Pablo, o arrancas el coche o me voy andando, pero no sé qué hacemos aquí.

-Pues a ver si follan los de ese coche o viene algún mirón. -Yo no sabía ni lo que decía. Solo sabía que no quería ir a casa.
-¿Para qué? -preguntó.
-Seria morboso.
-Todo seria morboso. Menos follar normal todo es morboso.
-A lo que tú le llamas follar normal llevamos como ocho o nueve días sin hacerlo.
-Estuve con la regla desde el domingo hasta ayer. Tan obcecado estás con tus películas que ni de eso te enteras. Vamos para casa, en serio, por favor te lo pido, Pablo.
-¿Vamos para casa y qué?

Otro silencio. Esta vez realmente largo. María me miró, le aguanté la mirada. Su mirada parecía decir un “estás como una cabra”, pero no se la veía enfadada del todo. Acabó por soltar su cinturón y se acercó sutilmente a mí, en claro son de paz. Me besó en la mejilla y yo acaricié su cara. Mis labios fueron a los suyos y noté la humedad de su boca haciendo que prácticamente toda la tensión de la conversación se liberara.

-Vamos a casa a follar. -le susurré enredando mis dedos en su melena. -Pero vamos a hablar de Edu mientras te follo. -le dije mordiendo un poco sus labios.
-Mmm… Pablo… no…
-La última vez.
-No…
-Vamos… la última.
-Júramelo… -susurró.
-La última vez… pero sacándolo todo.
-¿Sacándolo todo?
-Sí… igual te digo cosas que no te van a gustar…
-¿Mientras lo hacemos? -preguntó.
-Sí.
-Vámonos, venga. -dijo como si no temiera en absoluto nada de lo que yo le pudiera decir.

Si de verdad iba a ser la última vez que íbamos a follar hablando de Edu estaba decidido a llevar a María al límite. Totalmente al límite.

Llegamos a casa y en seguida supe que aquellas pajas eran anestesia insuficiente para todo lo que estaba viviendo. Aquella falda y aquellos taconazos para Edu… aquellos más que posibles celos de María con Patricia en una guerra por él… era demasiado para mí. Apenas la dejé dejar las bolsas en la entrada y a los dos minutos y sin preliminares, sin desnudarnos… ya estaba dentro de ella, embistiéndola contra el sofá. Ella con las rodillas apoyadas recibiendo mis embestidas, con golpes secos y encendidos desde atrás. Con su falda en su cintura, sus bragas bajadas hasta los muslos y mis pantalones en los tobillos ella recibía toda mi lujuria con entereza y por ahora sin apenas gemir. Eso sí, estaba bastante más abierta y mi polla había entrado con más facilidad que otras veces a pesar de los nulos preliminares. Aquel no iba a ser un polvo más.

En mis enrabietadas acometidas había mucho de lujuria, pero también bastante de resquemor porque allí se hablase de Edu solo cuando ella lo permitía, y también mucho de orgullo herido porque se vistiera para él, cosa que nunca había hecho para mí. Tampoco ayudaba a mi enfado que ella no gimiera.

No tardé en inclinarme y susurrarle al oído:

-Me gusta mucho tu falda y toda tu ropa nueva. Seguro que te miran mucho en el despacho.

María no se inmutó. No volteó la cara. Simplemente se colocó el pelo detrás de la oreja. Como si tal cosa. Recibiendo mis palabras y mi polla con total dignidad. Como si nada le afectara.

-Seguro que Edu no pierde detalle de tus nuevos conjuntitos de guarra…

Yo me sorprendía diciendo aquellas frases tan burdas, pero ella seguía sin responder. Sin gemir. Su cuerpo iba y venía al ritmo de mis embestidas y se agarraba al respaldo del sofá y jadeaba levemente, como mucho, como si su manera de contraatacar a mis envites físicos y agravios de palabra fuera no gimiendo.

Yo, a pesar de que no gimiera, sentía su coño perfectamente lubricado y caliente. Sentía sus muslos y sus nalgas ardientes y sudorosas al acariciarlas… e insistí susurrándole al oído:

-Pero para pinta de guarra Patricia. Sabes que a guarra no le vas a ganar, ¿no?

Ella seguía en silencio… Yo, volcado sobre ella le desabrochaba la camisa… le acariciaba el sujetador y se lo bajaba de dos tirones… liberando sus tetazas para amasarlas con una mano y con fuerza, mientras con la otra la agarraba del cuello y le decía:

-Además Patricia tiene más tetas que tú. Aún. Y más culo. Su culo es el doble que el tuyo. Es el doble de mujer que tú…

Mientras le decía eso, la mano que agarraba su cuello fue a sus nalgas para azotarlas. Le insistí en que su culo era muy pequeño para Edu, que buscaba uno más grande. Aceleré el ritmo de las embestidas. Se escuchaba mi pelvis chocar con su culo por la pedazo de follada. Pero ella seguía sin gemir ni responder.

-Seguro que ya se la está follando. Al final ha preferido follarse a ella que a ti.

Ahí si María respondió. Con una entereza que me jodió. Como si no se la estuvieran follando, ni apretando las tetas ni azotando el culo. Simplemente dijo en tono serio y como si nada:

-Pues así todos contentos.

Le agarré del pelo y tirando un poco para que levantara la cabeza le dije:

-Después de todo la ha elegido a ella. Y te jode. Te vistes para él y pasa de ti… Seguro que ni te mira.

Su respuesta no se hizo esperar. Mostrando por fin, al menos, algo de enfado:

-Cállate y córrete ya, joder…
-¿Ya?
-Sí… Acaba ya, cabrón.
-No, no. Me corro en un minuto, no te preocupes, pero en tu boca.
-Olvídate. Córrete dentro y córrete ya. -dijo tremendamente seria.

Aceleré el ritmo y le tiré más del pelo. Yo no me reconocía pero ella ni se quejaba, ni gritaba ni gemía. Y cuanto menos sonidos emitía más cachondo me ponía y más me enfurecía. Sus tetas iban y venían a cada embestida, el sonido de nuestros cuerpos era atronador, pero ella no es que no jadease es que hasta mantenía la boca completamente cerrada y los ojos abiertos. Aceleré aun más con la clara intención de correrme, pero no le iba a dar el gusto de obedecer y correrme dentro. Me salí justo antes de sentir mi orgasmo y apenas me dio tiempo a decirle: “Me voy a correr en tu falda de puta que llevas…” y comencé a pajearme hasta eyacular abundantemente, con los ojos cerrados… sentía como bastantes chorros me abandonaban y aterrizaban sobre su falda de cuero y más lejos. Uno tras otro fueron brotando aquellos disparos espesos y calientes y ella ni se inmutaba. Ni se giraba. Ni decía nada. Eché por lo menos seis o siete chorros y cuando acabé de eyacular abrí los ojos y posé mi polla sobre su falda, allí donde había más semen, que ya corría hacia abajo sobre sus nalgas. Al abrir los ojos vi que la había manchado también en la parte baja de la espalda, sobre la camisa, y además bastante.

Me aparté. Echándome hacia atrás e inmediatamente después María se giró y se puso de pie. Comprobó donde la había manchado y no le gustó:

-Me has manchado la camisa y es de seda, imbécil, y no sale. Eres un gilipollas.

Su cara fue de un enfado tremendo. Quizás hasta odio. Nunca en años de relación me había mirado así. Se quitó la camisa y se llevó la mano al culo pues el semen se le escurría hacia abajo y con la camisa en la mano y su mano atrás se fue hacia el cuarto de baño.

Aquella noche ni quise ir al dormitorio. Me tiré en el sofá y dormí allí. Mientras me quedaba dormido pensaba que aquel polvo había sido raro, bizarro, rozando lo desagradable… no me había reconocido en absoluto, pero también era cierto que la manera de llevar las cosas de María vistiéndose así para Edu, impidiéndome fantasear con él y decidiendo cuando se hablaba de él y cuando no, me parecía de un egoísmo enervante. Asumía la culpa por aquel polvo agresivo y grotesco, pero no me confesaba culpable de todo lo que nos estaba pasando.

En todo el fin de semana no llegamos a hacer las paces. Y lo peor era que María estaba de cumpleaños el martes y yo no quería llegar a esa noche así. Pero durante el fin de semana tampoco ella me puso las cosas fáciles, con respuestas secas y actitud distante.

El lunes fue a trabajar con ropa más discreta, fuera por lo que yo le había dicho o no. Y el martes volvió a llevar una falda gris nueva y bastante corta y una camisa que sí que no era nueva. Y llegó el martes y lo que parecía iba a ser un problema, que era su cumpleaños, acabó por echarme un cable o echárnoslo a los dos, pues la cena fue genial, de principio a fin. Le di los regalos que además tenían algunos de ellos bastante componente sentimental… por lo que nos acabamos fundiendo en un abrazo y un beso y diciéndonos que éramos imbéciles y que buscábamos problemas donde no los había. Fue una reconciliación extraña, como si no hubiera de qué reconciliarse a pesar de todo. Como si los hechos siguieran ahí pero el enfoque fuera diferente.

Esa noche estábamos follando, en misionero, y María, entre sonrisa y sonrisa, me dijo: “vamos, habla de Edu, que lo estás deseando”. “¿Y tú?”, le pregunté. Y ella sonrió añadiendo a su gesto un: “pero sin burradas ni Patricia…”. Aquello produjo que el polvo aumentara en intensidad, deseo, morbo, lujuria… y acabáramos exhaustos y diciéndonos lo mucho que nos queríamos.

Durante las siguientes dos semanas María combinó ropa normal con ropa atrevida en el trabajo, de forma que yo dejé de estar cien por cien seguro de que se vistiera para él. Por otro lado nuestros polvos a veces eran sin hablar de Edu y a veces hablando de él, no llegaba a llamarme cornudo pero volvía a aquello de que Edu sí sabría follarla, que su polla si la calmaría, no como la mía, que estaba bueno aunque fuera un chulo y demás, y además surgía con bastante naturalidad, como si estuviéramos perfeccionado cuando tocaba meterle imaginariamente en nuestra cama y cuando no procedía. Todo parecía normalizarse tanto lo de su ropa como lo de nuestra vida sexual. A parte de esos dos elementos, María seguía con su cotilleo sobre Patricia y Edu; seguía sospechando que ya estaban liados pero decía no poder saberlo a ciencia cierta y, al parecer, Patricia no iría a la boda, pues aun era una recién llegada en el despacho. Y seguía saliendo con las chicas algunas noches, a veces más recatada, a veces más atrevida, aunque nunca llegando al extremo de aquella noche que había salido sin sujetador.

Uno de los temas que quedaban por resolver era qué se habían escrito aquella noche de la especie de sexo por mensajes. Aprovechando que estábamos de buenas le volví a preguntar, pero pidiéndole frases exactas y me dijo que no lo recordaba tal cual, pero sí que la cosa había empezado porque Edu le había dicho que una vez haciéndolo con Nati había pensado en ella. Que María se había sorprendido y que le había preguntado qué cosas se había imaginado o qué estaba haciendo con Nati más concretamente y Edu le contaba… pero que ella en ningún momento había realmente interactuado diciendo cosas propias si no que se había limitado a preguntarle a él. Esa confesión me decepcionó un poco, a la vez que me encajó completamente con cómo era María, la cual le costaba horrores escribirse guarradas conmigo a pesar de nuestra confianza.

A parte de esto fue muy destacable como había aumentado muchísimo nuestro amor, por decirlo de alguna manera; que siempre había estado ahí, pero ahora era más notorio, como si estuviera más liberado; nos decíamos que nos queríamos con más frecuencia, dormíamos abrazados, nos contábamos las cosas del trabajo con una comprensión e implicación especial, follábamos hablando de Edu sin vergüenza… como llegando a un nivel de confianza aun superior a lo que estábamos acostumbrados.

Y así se fue acercando el día de la boda. Día que yo no sabía si Edu tenía grabado en su calendario a fuego o ya pasaba total y absolutamente de mí, de María, y de toda nuestra historia.

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