ALBERTO ROMERO

Peligro inminente
—De momento va a seguir callado como hasta ahora. No quiero que hable con Antonio
y Ana de esta reunión que hemos tenido. Quiero organizar toda la información
para encontrar a Josefa y enfocar como contamos a Ana que es usted su hermano.
—De acuerdo, seré una tumba. No me atrevería a decirle nada a Ana a la cara.
Me da mucho respeto.
—Una última cuestión.
—Dígame.
—¿Fue usted el que mandó la nota amenazando a Antonio con matarlo si yo no
desaparecía?
—Sí, tenía miedo de que me descubriese. Entré en pánico. Lo hice sin pensar.
—Ahí se pasó usted cuatro pueblos.
—Lo hice sin pensar —insistió Martín echándose a llorar de nuevo.
—Tranquilícese, por favor. ¿Usted sabe que Ana está embarazada?
—Sí, me lo dijo Antonio una noche de insomnio en la que estuvimos charlando
en el patio.
—De acuerdo. Haga lo que le digo, por favor. Manténgase callado y quietecito.
La película que ha montado usted es de premio Goya, pero ya ha terminado, ¿De
acuerdo? —dijo Aguirre muy serio mientras le agarraba por los brazos.
—Sí, de acuerdo. Haré lo que usted diga —contestó Martín sumiso como un perrito
faldero.
Aguirre se marchó del piso con rapidez, tratando de no ser descubierto por
nadie del piso de enfrente sobre su visita al vecino.
Lo que había descubierto hoy despejaba muchas dudas, pero aún había unas
cuantas por descubrir, y el paradero de Josefa era la más importante que seguía
pendiente. Los paseos le sentaban bien para organizar su mente cuando había
tanta información que procesar, así que se fue caminando hasta que se perdió por
las calles de Madrid, mientras buscaba un parque donde tomar algo de aire fresco.
Ya sabía quienes eran los padres biológicos de Ana, quien era su hermano, y
qué papel había jugado en aquella historia. Ahora sabía también donde había estado
Josefa durante su desaparición repentina, tras agredir la primera vez a Antonio.
Josefa le había contado todo a la madre superiora de Barakaldo, y por eso no
quería tenerla en el convento. «Maldita monja mentirosa», pensó Aguirre para sí
mismo.
Cada vez quedaba más claro que Josefa, debido a su trastorno, había asesinado
al padre de Ana, para quitarse de encima los problemas que le hubiese traído
por la adopción fraudulenta que había realizado. La monja que apareció muerta
en Barakaldo también era una víctima de Josefa. Aguirre iba anotando sus pensamientos
en la libreta a toda velocidad. Estaba seguro de que aquella monja sabía
mucho y quizás Josefa la eliminó para que no se fuera de la lengua. La madre superiora
dio a entender que todas las monjas de ese convento valían más por lo
que callaban que por lo que hablaban.
El último fleco que quedaba en toda esta trama era Antonio. Su parecido más
que razonable con el padre de Ana dejaba en evidencia el cambio de actitud de
Josefa desde el accidente de su hija. La inestabilidad potenciaba su desequilibrio
mental. Su patología, investigada días antes por Aguirre en profundidad, hacía
confundir a Antonio con el padre biológico de Ana. Por eso le gritó a Antonio que
sabía lo que pretendía, y que no dejaría que le quitase a su hija.
Josefa pensaba que Antonio era el padre de Ana, que había vuelto a robarle a
su hija. Por eso le amenazó y trató de eliminarlo de nuevo. Estaba completamente
loca.
Antonio corría grave peligro. Tenía que moverse con rapidez para evitar que
fuese la tercera víctima de Josefa. Debía alertar a toda la familia y ponerles protección.
Josefa era un peligro inminente.

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