ANNABEL VÁZQUEZ

Despedida

Me despertó la tos seca de Edgar y entonces recordé todo lo que había pasado, las imágenes acudieron a mi mente como si estuviera viendo una película y me desperté de golpe.

Edgar se había tapado con una manta, pero continuaba sentado en la butaca, y por su rostro cansado, podía deducir que no había pegado ojo en toda la noche. Un pinchazo de culpabilidad me perforó el pecho, claro que enseguida recordé que estaba enfada con él, técnicamente le odiaba por su forma de ser, por sus continuas restricciones, por su tozudez e inflexibilidad, no quería callarme nada, y puesto que estaba descansada, quería descargar toda la artillería contra él y dejarle claro que había tomado la decisión de dejarle con o sin su permiso, y que ni se le ocurriera impedírmelo o volver a mencionar el dichoso contrato. Mi vida no era una mera transacción, no tenía precio, y él más que nadie debería saberlo.

Estaba dispuesta a hablar cuando él lo hizo primero:

—¿Cómo te encuentras? –preguntó con los ojos tristes y las ojeras marcadas.

Su consideración me pilló con la guardia baja y me ablandó un ápice. Sentí que debía andarme con cautela y pensar dos veces lo que iba a decirle.

—Bien. Gracias –su cuerpo se retorció hacia delante para desatar la tos que intentó sosegar con la mano sobre su boca–. ¿Has estado ahí todo el tiempo? –quise saber.

Se incorporó despegando la espalda del respaldo y pasó sus manos por la cara y el cabello para desperezarse antes de posar los codos sobre las rodillas.

—Sí,  he pasado la mayor parte del tiempo aquí.

—¿Por qué? –pregunté en tono de reproche.

No le dio tiempo a contestar, María se personó en la habitación y anunció la llegada de Steve.

—Buenos días –Edgar se puso en pie intentando disimular la tos que agitaba todo su cuerpo de forma involuntaria–. ¿Ha habido alguna complicación durante la noche?

—No, creo que está bien –confirmó Edgar, señalándome.

Steve se acercó a mí y me observó la herida. La desinfectó y comprobó que no había ninguna secuela del traumatismo más allá de la brecha que había cosido.

—¿Cómo te encuentras?

—Mejor de lo que cabe esperar –contesté mientras dilataba mis pupilas con la luz de una linterna.

—¿Desorientación, mareo, dolor de cabeza?

—Nada de nada.

—Estupendo. Por lo que veo, en principio ya no tengo que volver por aquí. Aunque no estaría de más que hicieras una visita al hospital para hacer una revisión más exhaustiva. Podría atenderte yo.

—Gracias por tu ayuda, Steve, pero no será necesario.

—De acuerdo, ya no insisto más –concluyó suspirando.

Se puso en pie y se cuadró delante de Edgar, observándole.

—¿Puedo hacerte un rápido reconocimiento?

—¿A mí? –preguntó Edgar, escéptico.

—Igual me aventuro, pero en tu cara veo signos de gripe, y no es de extrañar teniendo en cuenta que ayer…

—Solo estoy cansado, no le des más vueltas. Odio cuando te comportas como un médico.

—Bueno, es lo que soy, ¿no?

—No me pasa nada.

—De todas formas deberías…

—¡Steve! Por favor, no empieces –le acalló en tono grave.

—¿Es que es algo personal? ¿Por qué los dos rechazáis mi ayuda? ¿Os dais cuenta de lo frustrante que resulta? –su enfado era más que palpable.

—Te llamaré si sucede algo –terminó Edgar.

Steve suspiró otra vez.

—Podría recetarte algo un poco más fuerte, lo sabes, ¿verdad?

Su último comentario me dejó descuadrada y me giré enérgicamente para mirarle. Nuevamente tenía la sensación de que me había perdido algo importante de la conversación, parecía incluso que se dedicaban miradas en clave de algo que yo ignoraba. ¿Cuántos misterios más acompañarían a Edgar? Cuando conseguía desvelar alguno de sus secretos, uno nuevo se abría camino, pero en esta ocasión todo me daba igual, no me importaba lo más mínimo nada que tuviera que ver con él.

—¡Te he dicho que estoy bien! –exclamó Edgar empujando sutilmente a su amigo hacia el pasillo.

—Vale, Edgar, entonces me marcho –claudicó alzando las manos en señal de rendición–. ¡Qué carácter!

Sus voces se perdieron progresivamente por el camino.

Cuando Edgar regresó a la habitación, le miré con mucha atención, como si su rostro pudiera darme más información que sus palabras. Su frente estaba perlada de sudor, pese a que no hacía calor, más bien lo contrario. Sus ojos enrojecidos denotaban cansancio y esa tos que le arrancaba del pecho… signos suficientes que confirmaban el diagnóstico de Steve.

La imagen de la fuerte lluvia de ayer y el frío que calaba hasta los huesos salió a colación en mi mente. ¿Era posible que hubiese enfermado por haberme estado buscando toda la noche? Una vez más me asaltó la sensación de culpabilidad, y todo cuanto pensaba decirle desde que desperté esa misma mañana, se quedó en nada.

A medida que le veía moverse, avanzar hacia mí intentando camuflar la tos, más cuenta me daba de que no se encontraba bien, pero ni siquiera entonces se permitió el lujo de flaquear y mostrarse un poco más humano, siguió exhibiendo su arraigada armadura de hombre infranqueable.

—Supongo que hay muchas cosas que deberíamos tratar –comenzó con la mirada esquiva–, lo que ocurrió ayer… –vaciló antes de continuar– no puede volver a repetirse.

Crucé los brazos sobre el pecho y fruncí los labios, estaba conteniéndome para no montar una escena.

—Lo que ocurrió ayer no es más que…

—Déjame terminar, por favor –me interrumpió. Cogí aire y lo exhalé sonoramente intentando relajarme–. He estado pensando… lo cierto es que últimamente has hecho muchas cosas que no me han gustado –sus ojos duros se posaron en los míos haciéndome estremecer–. Desde que llegaste has estado poniéndome a prueba. Confieso que ha habido momentos divertidos en los que intentabas echarme un pulso, pero lo que sucedió ayer, lo que hiciste… sobrepasa todos los límites razonables.

—Me encerraste, Edgar, ¿sabes lo que se siente al sentirse preso? –mi voz destiló toda la ira que ese pensamiento me produjo.

—Lo sé –confesó, confundiéndome.

—Ya no soy una niña –espeté sintiéndome fuerte con mis argumentos–. No puedes castigarme cada vez que haga algo que no te gusta, además, te recuerdo que ese contrato que firmamos no te hace dueño de mi vida y…

—¡Soy consciente, maldita sea! –gritó golpeando la pared con el puño cerrado. Su repentino brote de ira me heló la sangre– Pero tú debías respetar mis pocas reglas y no inmiscuirte en mis asuntos, ¡no creo que ceñirte a cuatro directrices sea adueñarme de tu vida!

—¿Cuatro directrices? ¡Si no has hecho más que imponer tu voluntad, incluso antes de conocerme! Además, te recuerdo que tampoco descubrí nada relevante en tu despacho, si es eso lo que te preocupa. No creo que ver esos videos de cuando eras niño fuese entrometerme deliberadamente en tus asuntos, al menos no me entrometí tanto como tú en los míos y…

—No tiene importancia eso ahora –me interrumpió sosegando su temperamento–. Solo quería decirte que tú ganas.

—¡¿Cómo?! –le miré con el interrogante grabado en mi mirada desigual.

—Somos como el agua y el aceite –constató–. Para mí eso no suponía un problema, estaba dispuesto a todo, incluso a aguantar tu altanería porque sentía que había cosas de ti que realmente valían la pena, así que lo demás no eran más que menudencias que esperaba que con los años se corrigieran. Pero ayer, por primera vez, sentí que realmente estuve a punto de perderte y no podría soportar que tu estupidez te hiriera de algún modo, menos por mi culpa –su voz sonó apenada y conforme hablaba, sentía como mi corazón latía con más fuerza–. Así que tú ganas –repitió, y en un gesto decisivo extrajo un sobre del bolsillo de su chaqueta que depositó sobre mi cama.

—¿Qué es eso?

—Ahí tienes un billete de avión para regresar a España, no hace falta que te escapes en mitad de la noche, tu vuelo sale mañana a primera hora –mi cara debió parecer un poema, porque Edgar hizo una pausa frunciendo el ceño por mi expresión.

—¿Cuánto tiempo estaré fuera?

Suspiró.

—Indefinidamente.

—¿En serio? –quise asegurarme.

Asintió.

No me lo podía creer. ¿Iba a dejar que me marchara sin más?

—¿Qué hay del contrato? –me aventuré a preguntar.

—Puedes estar tranquila, no emprenderé ninguna acción.

Le miré extrañada.

—Pero seguimos casados… –confirmé desafiante.

Edgar cerró los ojos un instante y volvió a pasar las manos por su cabello revuelto, cuando los abrió de nuevo, me miró con cautela.

—Tardaré un tiempo en tramitar el divorcio, pero será lo próximo que haga –prometió.

Su voz sonó seca, sin ninguna emoción.

Se encaminó hacia la puerta y yo sentí que tenía que decirle algo. No podía creer que me hubiese liberado de nuestro acuerdo con tanta facilidad, eso decía mucho de él, tal vez no era tan egoísta como creía, puede que me precipitara en juzgarle, fuera como fuere debía estar feliz, por fin había conseguido lo que tanto anhelaba; sin embargo, no me sentía diferente, la noticia no consiguió más que confundirme.

—Gracias –me apresuré a responder antes de que desapareciera.

Se giró levemente y asintió.

—Por cierto, se me olvidaba –dijo sin acabar de girarse–, tienes la única copia que conservo del contrato sobre la mesilla. Haz con él lo que quieras.

Miré hacia la mesilla y ahí estaba, una discreta carpeta de cartón contenía la llave de mi libertad. Giré el rostro hacia la puerta pero él ya se había ido. Nuevas dudas no tardaron en llenar de nuevo mi cabeza.

¿Realmente significa eso que podía irme sin más? ¿Y mi familia? Supongo que Edgar dejaría de costear la rehabilitación de Marcos y sufragar las deudas que acumulaba la casa… Tendría que buscarme un trabajo para hacer frente a todo, ¿sería suficiente con mi aportación económica?

Me mordí el labio inferior. Sí, definitivamente debería estar feliz, pero más allá del propio interés por mi bienestar y el de mi familia, sentía que no estaba actuando bien, y que Edgar, por muy mal que hubiera hecho las cosas, no se merecía mi odio.

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