ANNABEL VÁZQUEZ

Huída

Aquello debía terminar.

No estaba dispuesta a sostener por más tiempo ese sinsentido.

Lo había intentado, Dios sabe que lo había hecho. Pero llegaba el momento de tomar cartas en el asunto y acabar con todo. No importaba cuáles fueran las consecuencias, no podía seguir viviendo una mentira, dejando de lado todo lo que realmente me importaba en la vida, entre muchas cosas, mi dignidad.

La casa dormía en un profundo silencio, las luces se habían apagado dando el día por concluido.

Recorrí la habitación con la mirada en busca de una salida y la encontré. Estaba en un segundo piso, pero si me lo proponía, podía intentar bajar por la ventana utilizando la cortina de loneta que la ocultaba. El material era lo bastante fuerte para aguantar mi peso si lograba tensar la tela encontrando un punto de agarre. Calculando los metros de tela de los que disponía, no llegaría hasta el suelo del jardín, pero ganaría la altura necesaria para saltar.

Cogí aire y acerqué la cama a la ventana intentando hacer el menor ruido posible. Me subí a ella para descolgar la cortina de las anillas mientras mi cabeza intentaba atar los cabos sueltos para emprender la huída con éxito. No me importaba el futuro, la verdad es que tampoco había pensado demasiado en eso, lo importante era salir de Escocia, luego, ya pensaría en las alternativas.

Cogí el poco dinero en efectivo del que disponía y metí algo de ropa limpia en una pequeña mochila. Descarté la idea de llevar mi teléfono por miedo a que pudiera localizarme como la otra vez; sabía que Edgar haría lo impensable por detenerme antes de coger el avión.

Una vez mi cabeza repasó el plan un par de veces, cogí aire y me encaramé a la ventana. Desde ahí parecía que la distancia era mayor de la que había calculado, pero no dejé que ese pensamiento cobarde me frenara y, desesperada por huir, até con fuerza la cortina al hierro que formaba parte del somier de la cama. Di un par de tirones secos, asegurándome que no se rompía antes de reclinarme sobre el alfeizar de la ventana.

Descendí agarrándome con fuerza a la cortina al tiempo que flexionaba las piernas sobre la fachada, como había visto hacer en decenas de películas. Claro que cuando se trataba de mí, no era algo tan sencillo… Los primeros pasos fueron relativamente fáciles, pero las cosas se complicaron a medida que descendía porque mis fuerzas empezaron a flaquear. Fue imposible llegar hasta el final, mis brazos no pudieron sostener mi peso en vertical y caí de espaldas. El dolor ascendió por mi columna produciéndome una sensación de quemazón que me obligó a permanecer unos minutos tendida en el frío suelo, ahogué un chillido de dolor e hice un esfuerzo hercúleo por intentar recomponerme.

Me puse en pie como pude, y con las piernas temblorosas, emprendí la marcha alejándome todo lo posible de la casa. No tardé en adentrarme en el corazón del bosque que la rodeaba, y ahí me pareció como si el tiempo se hubiese detenido, porque por la noche el bosque me parecía el mismo sin importar cuán lejos fuera. Empecé a temer que estuviera caminando en círculos, pero a la vez me decía que en algún momento debía encontrar la carretera, había estado caminando en paralelo a la verja de entrada todo el camino.

Tropezaba a menudo y también me caí varias veces a causa de la envolvente oscuridad, la única luz de la que disponía era la de los débiles rayos de luna que cruzaban el manto de nubes y se filtraban entre las rendijas que dejaba el dosel de árboles hasta alcanzar el suelo, pero no era suficiente para seguir avanzando con seguridad.

Al final, tropecé con algo, pero no supe dónde se me había trabado el pie. Me caí y me quedé allí tendida. Noté un dolor agudo en la cabeza seguido del húmedo calor de la sangre que resbalaba por la sien. Ya no tuve fuerzas para seguir avanzando, di mi frustrada huída por concluida. Seguidamente rodé sobre un costado de forma que pudiese respirar y me acurruqué sobre los helechos húmedos.

Reinó el silencio y la oscuridad durante mucho tiempo, seguramente había perdido el conocimiento, pero lo volví a recuperar justo en el momento en que oí que me llamaban.

Alguien gritaba mi nombre. Sonaba sordo, sofocado por la maleza mojada que me envolvía, pero no había duda de que era mi nombre. No identifiqué la voz. Pensé en responder, pero estaba aturdida y tardé mucho rato en llegar a la conclusión de que debía contestar. Para entonces habían cesado las llamadas.

La lluvia me despertó poco después. No creía que me hubiese dormido de verdad. Simplemente, me había sumido en un sopor que me impedía pensar; todo dejó de importarme, incluso llegué a la fatídica conclusión de que prefería morir entre la maleza del bosque a volver a esa jaula de piedra con Edgar.

La llovizna me molestaba un poco. Estaba helada. Dejé de abrazarme las piernas para cubrirme el rostro con los brazos.

Fue entonces cuando oí de nuevo la llamada. Esta vez parecía acercarse a mi posición.

La lluvia incrementó y sentía cómo el agua se deslizaba por mi mejilla, despegué un brazo de la cara y entonces vi la luz.

Al principio sólo fue  un tenue resplandor reflejado a lo lejos en los arbustos, pero se volvió más y más brillante hasta abarcar un espacio amplio. La luminosidad impactó sobre el arbusto más cercano y me permitió atisbar que provenía de una linterna, pero no vi nada más, porque el destello fue tan intenso que me deslumbró.

—Diana.

La voz grave denotaba preocupación y miedo, pero a la vez seguridad; aquella persona me conocía.

Gruñí y alcé los ojos hacia el rostro sombrío que se hallaba sobre mí a una altura que se me antojó imposible. Era vagamente consciente de que el extraño me parecía tan alto porque mi cabeza aún estaba en el suelo.

—Gracias a Dios –dijo la voz profiriendo un suspiro de alivio.

Con un movimiento veloz el rostro descendió hasta estar a escasos centímetros de mí, entonces, le reconocí.

Uno de sus brazos se deslizó entre el suelo y mi nuca mientras que el otro intentaba filtrarse por la parte posterior de mis rodillas.

Puse los brazos en tensión apartando el torso de Edgar todo lo que pude de mí. Intenté chillar o decirle que parara, que me dejara en paz, pero las palabras no salieron, tan solo involuntarios gruñidos que remarcaban mi inconformidad.

De nada sirvió mi resistencia, me tomó en brazos con un movimiento rápido y ágil.

Pendía de sus brazos desmadejada, sin vida, mientras él trotaba velozmente a través del bosque húmedo, sin importarle la incesante cortina de lluvia que se cernía sobre nosotros.

La luz se hizo más intensa conforme nos acercábamos a la casa que tanto esfuerzo me había costado dejar atrás.

—No… –protesté, pero nuevamente fui ignorada.

—Llamad a Steve inmediatamente –dijo Edgar entrando en el vestíbulo como un huracán.

—Pero ¿está bien? ¿Le ha ocurrido algo? Dios mío, pobre niña, ¡está helada!

Reconocí la voz de María y distinguí sus caricias mientras intentaba quitarme la chaqueta húmeda y desvestirme por el camino.

Finalmente llegamos a mi habitación y Edgar me tendió con cuidado sobre la cama. Sus manos me retiraron el pelo de la cara y orientó mi rostro para evaluar los daños. Arrugué el entrecejo al percibir tanta luz sobre mi cabeza.

—Tiene una brecha–suspiró, irritado–. Cámbiala, Steve vendrá enseguida.

—María… –susurré abriendo los ojos poco a poco mientras se adaptaban a la intensidad de la luz.

—Shhhh… no digas nada, pronto vendrá el doctor y…

—Pero es que yo no quiero estar aquí –le interrumpí–, tengo que irme, no puedo seguir…

—Así no puedes ir a ningún sitio, ¿no lo ves? Tiene que verte un médico.

Suspiré y dejé que acabara de desnudarme, la ropa caía a plomo contra el suelo emitiendo un ruido similar al de una palmada, no podía creer que hubiera podido estar tanto tiempo bajo la lluvia sin inmutarme.

 

Steve no tardó en venir. Alcé el rostro para verle, esta vez no me pareció tan risueño como de costumbre.

Me examinó mostrando mucho respeto mientras me hacía desinteresadas preguntas aisladas para descartar posibles secuelas.

El peor momento fue cuando extrajo de su maletín una aguja y una pequeña ampolla de cristal.

—Voy a poner un poco de anestesia local porque tengo que darte un par de puntos, lo más importante es que no te muevas.

—¿Tan grande es la herida? –pregunté escandalizada.

—No es muy grande –me tranquilizó–, pero sí profunda, así que tenemos que coser.

—¿Le quedará cicatriz? –preguntó Edgar a su espalda.

Me giré un poco para localizarle y le descubrí de pie, recostado en la esquina más alejada de la habitación. Steve le dedicó una mirada de reprobación.

—Muy leve –reconoció dándole la espalda–,al estar tan cerca del nacimiento del pelo no se apreciará.

No sabría decir por qué, pero la pregunta que le había lanzado Edgar me incomodó. Ya sabía de su obsesión por la perfección y por lo que consideraba bello, me pregunté si al estar magullada por fin me liberaría del acuerdo.

Steve esperó a que la anestesia hiciera efecto y me cosió meticulosamente la herida.

—Es importante que se desinfecte cada día. A parte de eso… –se giró hacia atrás para mirar a Edgar– debería ir al hospital, podríamos realizar un escáner para descartar…

—¡Ni hablar! –le interrumpí– ¡No pienso ir a ningún hospital, me encuentro perfectamente!

—Aun así hay contusiones que…

—He dicho que no –repetí tajante.

Steve miró a Edgar, esperando a que interviniera. Nuestras miradas se encontraron una milésima de segundo, tiempo suficiente para que descartara cualquier orden que pensara darme, sabía que sólo por provenir de él la rechazaría.

—No quiere ir –intervino poniendo los ojos en blanco–, ¿qué otras alternativas hay?

Steve me miró durante un rato, luego volvió a girarse en la dirección de Edgar.

—Sois los dos igual de tercos –bufó frustrado–. No debería estar sola, al menos esta noche. Deberíamos asegurarnos de que no pierde el conocimiento.

—¡Por el amor de Dios! –exclamé girando el rostro– ¡He dicho que estoy bien!

—De acuerdo –zanjó Edgar dirigiéndose hacia su amigo–, te llamaré si hay algún cambio.

—Bien. De todas formas vendré mañana –dijo mientras terminaba de recoger sus cosas–. ¿Puedo saber cómo te has hecho esto? –preguntó de pasada.

—Me caí –alegué, molesta.

—Eso ya lo he deducido, lo que entiendo es qué hacías fuera de casa a esas horas tú sola.

Bufé. La verdad es que me parecía una niñería absurda haber emprendido la huída de ese modo, pero ¿qué otras opciones tenía? A veces la desesperación juega en nuestra contra.

—Me apetecía irme de casa –contesté con prudencia.

Steve suspiró y negó con la cabeza.

—Sabía que algo así no tardaría en pasar –miró a Edgar con expresión triste.

—Steve, te aprecio mucho, ya lo sabes, pero no te extralimites –intervino Edgar, que continuaba cerca de la puerta con los brazos cruzados.

—Mira, ya hablaremos en otro momento. Mañana vendré a verte, ¿de acuerdo? –me miró buscando mi asentimiento, así lo hice.

En cuanto cerró su maletín miró fijamente a Edgar por última vez y ambos se ausentaron de la habitación dejándome sola.

No pasó mucho tiempo, tal vez media hora cuando Edgar volvió a entrar. Se había cambiado de ropa, llevaba un pantalón de deporte y una camiseta blanca de manga corta, en su mano sostenía un libro.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! –pregunté ojiplática al intuir sus intenciones.

Edgar ignoró mi desconcierto y arrastró una butaca hasta colocarla al lado de mi cama.

—¿Vas a quedarte? –insistí.

—Ya has oído a Steve –confirmó abriendo el libro con total indiferencia. Miré de reojo el título pensando que se trataba de una novela, pero lejos de eso, era un libro de economía; no podíamos ser más distintos.

Le miré durante un rato, esperando a que dijera algo. Le conocía lo suficiente para saber que lo que había hecho tendría sus represalias. Sin embargo de sus labios no salió ni una palabra, ni siquiera para reñirme por lo que había hecho. Tampoco parecía tener curiosidad por conocer los motivos que me habían impulsarlo a hacerlo, confieso que eso me confundió. ¿Es que creía que me daría por vencida, que no trataría de huir de él de otra forma?

La noche avanzaba y cada vez me encontraba más cansada, estaba a punto de dormirme, pero cuando empezaba a hacerlo volvía a abrir los ojos y le observaba allí, quieto, impasible, leyendo su libro o bien masajeándose la sien. De tanto en tanto escuchaba sus movimientos y cómo tosía discretamente. Por todo eso me costaba relajarme. Poco duró mi resistencia, el cansancio pudo más y al final me dormí, cerré los ojos y me dejé ir pensando que lo que tuviera que hablar con él, lo haría al día siguiente.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s