DESMOND EUTAND

La lluvia empezaba a arreciar, de modo que puse en marcha el limpiaparabrisas. Mientras conducía la observaba por el retrovisor. Podía verla en el asiento trasero sacando el hocico por una rendija de la ventanilla, olfateando profundamente. Estaba tranquila, disfrutando del viaje. Habría jurado que ella sabía que era el último, sin embargo afrontaba su destino con dignidad y serenidad. Igual que había vivido.

Era una collie majestuosa. Nunca en sus 12 años de vida perdió la elegancia. Tampoco la belleza. Tenía el pelo largo y suave, el hocico afilado, que apenas encaneció a medida que se iba haciendo mayor. Perdió algo el oído, pero su vista y sobre todo su olfato permanecieron siempre agudísimos. Cuando se sentaba, con la cabeza erguida y las patas perfectamente alineadas parecía una de aquellas divas del cine de los años 40. Tal vez por eso la llamamos Bacall. Justo en ese momento estaba sentada de aquel modo en el asiento trasero del coche. Como una estrella. Disfrutando de las gotas de lluvia que golpeaban su cara y que le hacían mirar con los ojos entreabiertos y abrir la boca para saborear la mezcolanza de olores que le llegaba.

Entonces los recuerdos empezaron a agolparse en mi cabeza: el día en que llegó a casa siendo una cachorrita, olisqueando cada rincón y los lloros en su primera noche, muerta de miedo; las carreras por el monte; los encuentros con otros perros en los que, como buena diva, era el centro de atención, rodeada siempre de pretendientes a los que miraba con altivez; las tardes de domingo acurrucados en el sofá; su compañía silenciosa en tiempos difíciles…

Tuve que parar el coche a un lado de la carretera para enjugar las lágrimas, que no me dejaban ver. Todos esos recuerdos se oscurecían. Quedaban eclipsados por la noticia recibida días atrás: el tumor era incurable. Había que tomar una decisión. El sacrificio. Esa palabra se me clavaba en el estómago como un alfiler. Sacrificarla significaba no volver a verla nunca más. Truncar nuestras vidas. Ese corto viaje en coche eran nuestros últimos momentos juntos. Después ella entraría a una habitación, miraría atrás justo antes de que se cerrase la puerta y todo se terminaría.

Me arrepentí de no haber recogido sus cosas. Al regresar a casa me encontraría con su comedero, aún con algunos restos del último banquete que traté de regalarle. Sus juguetes ordenados a un lado de la jarapa donde se echaba a descansar últimamente. Su olor impregnándolo todo. Me aterrorizaba que esa sensación en la garganta y ese agujero en el estómago que me acompañaban desde que recibí la noticia fuesen a más con la ausencia de Bacall. ¿Qué iba a ser de mí el día siguiente, cuando sonase el despertador? ¿Qué iba a ser de mí sin ella?

Seguíamos allí parados. La verdad es que no tenía fuerzas para seguir conduciendo. La lluvia golpeaba con fuerza en el techo del coche. El ruido era ensordecedor. Yo no tenía valor para mirar atrás. Me tapé la cara con las manos y empecé a llorar desconsoladamente. Entonces Bacall dio un paso adelante y me puso su hocico en el hombro. Giré la cabeza y vi sus ojos. Sus preciosos ojos negros.

– Bacall: lo siento. Lo siento mucho – le dije con voz entrecortada.

– Si está bien. Todo está bien – me respondió.

https://generadoresdeamor.wordpress.com

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s