TANATOS12

Su pregunta fue nítida y clara. Así como su tono serio. No era ya una pregunta fantasiosa ni un juego.

La miré fijamente a los ojos mientras ella seguía metiéndose aquello sin parar. Su coño acogía aquel pollón con total entereza, y mi mirada pasmada era un “sí” claro. Un sí de que ojalá se diera ese hecho de Edu montarla, follarla, y yo mirarles y pajearme hasta no poder más.

No sé si fue mi cara, mi gesto, o que María volvió a la realidad súbitamente, pero se dio la vuelta y se colocó boca abajo y entonces comenzó a meterse aquella polla que representaba a Edu en esa nueva postura, con la cara girada hacia donde no me encontraba yo. Para poder seguir masturbándose tenía que flexionar un poco las rodillas, y yo ya solo veía de ella su espalda, su culo, sus piernas, y sus manos metiendo y sacando aquella bestialidad de consolador.

A pesar de haberme corrido hacia escasos instantes me acerqué a ella con ganas de sentirla. Me coloqué a su lado y posé una de mis manos en su culo desnudo, acariciándolo con sutileza… Era maravilloso sentir aquel tacto a la vez que escuchaba sus jadeos ahogados en las sábanas. María se retorcía del gusto y cuando acaricié con más insistencia María esbozó un “déjame” que me heló la sangre. Aparté la mano como acto reflejo… y dejé que se siguiera masturbando sin parar. Retrocedí un par de pasos y pensé que quizás el hecho de cambiar de postura, de dejar de mirarme para tocarse, no era por rubor, o al menos no solo eso, sino que quizás me necesitaba ausente para poder imaginar.

Le quise dar su tiempo. Su espacio. Y me fui a la ducha. Sin saber si aquello que estaba pasando era bueno o malo, y sobre todo preguntándome a qué obedecía semejante cambio.

Al poco rato María entró en el cuarto de baño y lavó aquel consolador con delicadeza en el lavabo. No me dijo nada. Yo a ella tampoco. Limpié el suelo de la habitación, encendimos la tele y nos quedamos dormidos. Sin hablar.

++++++++++

Al día siguiente nos esperaba un largo día de carretera y hasta media tarde no comenzamos a hablar con más o menos normalidad, aunque no de lo sucedido la noche anterior. Yo conocía a María y la sentía avergonzada o ruborizada. Era obvio que había representado que Edu se la follaba y que yo miraba, y era obvio que aquello la había puesto tremendamente cachonda. Lo que aun no sabía yo era si aquello quedaría en algo puntual.

Pasaban de las siete de la tarde y sin un motivo real posé mi mano sobre su muslo desnudo mientras conducía. Mi mano, poco a poco, fue recorriendo aquellas piernas que solo estaban cubiertas por unos shorts, recordándome a los primeros meses de novios en los que nos metíamos mano en todas partes y a todas horas. No me planteaba que pasara nada, solo eran unas simples caricias, yo miraba a la carretera, no a María, hasta que, pasados unos minutos, me dijo: “Una pena no estar en falda”. Giré un instante mi cabeza hacia ella y su cara era de estar interpretando aquellas caricias como algo más. Seguí acariciándola, pero ya con una pretensión menos inocente, hasta posar mi mano entre sus piernas y apretar con fuerza sobre los shorts vaqueros. María comenzó a abrir y a cerrar las piernas. Estaba cachonda de verdad… Acabamos parando en una estación de servicio.

Apenas había aparcado en una zona algo alejada y María casi ni deja que la bese. Llevó sus manos a mi pantalón, lo abrió, bajó mi calzoncillo… y sacó mi polla semi erecta en seguida. Tras dos o tres sacudidas llevó su boca a mi polla y comenzó a engullirla con un ansia y un hambre que yo hacía años que no le veía. Comenzó a hacerme una mamada tan brutal que yo casi no podía ni abrir los ojos para vigilar que alguien nos viera. Me pajeaba y succionaba a tal velocidad que mis pequeñas súplicas para que lo hiciera más despacio eran totalmente desobedecidas. El coche se llenó de aquel ruido de succión de su boca y del preseminal saliendo de mi polla y también de los sonidos que ella emitía, pues podía oírla jadear y suspirar, y hasta casi gemir… En apenas dos o tres minutos me estaba corriendo, sujetado a su cabeza… y descargando hacia arriba dentro de su boca… No paró de pajearme y de chupar hasta que yo había echado absolutamente todo. Hasta le tuve que pedir que parara tras haber eyaculado… pues ella seguía.

Cerró la boca y se llevó la mano a los labios para no derramar nada. Abrió su puerta del coche y escupió hacia fuera todo lo que había soltado…

Planteé… no follar allí… pero si recompensarla por lo que había hecho y me dijo que no. Que se hacía tarde. Me lo dijo además como con algo de timidez o incomodidad.

Reanudamos la marcha y yo, a parte de estar alucinado… la sentía rara. Como que iba de la lujuria al rubor y del rubor a la lujuria a toda velocidad. Y de nuevo aquellos silencios que solo eran salvados si, poco a poco, empezábamos a hablar de cualquier otro tema que no fuera el tema latente.

Llegamos a casa bastante tarde y pasó lo que menos me esperaba. Estando los dos en el sofá mi móvil se comenzó a iluminar. Edu me estaba llamando.

Afortunadamente María no había visto mi pantalla y me apresuré a rechazar la llamada. Después me recosté de tal forma que si volvía a llamarme María no lo viera. Pensé que quizás me había llamado sin querer, pero inmediatamente después me volvió a llamar, y volví a rechazar la llamada.

Edu me escribió:

-Cógeme el teléfono Pablito.

Aun sorprendido y sin entender de qué iba le respondí:

-No puedo, estoy con María en el salón.
-Me da igual, me apetece contarte que le quiero hacer a María cuando me la folle.

Aquella frase suya me parecía totalmente fuera de lugar. Nunca había entrado tan a saco. No tenía sentido.

Le respondí que no podía hablar con él con ella en casa, lo cual era tan obvio que me empezó a parecer que Edu lo único que quería era putearme o forzar la máquina conmigo. Pero él no se daba por vencido y ya María estaba a punto de preguntarme con quién me escribía tanto cuando me escribió que me fuera al cuarto de baño y me sacara una foto de mi polla, que quería reírse.

Yo acabé por contestarle mal, diciéndole que me dejara en paz primero, y mandándole a la mierda después. La cosa se fue calentando y la discusión acabó con un amenazante “pues atente a las consecuencias” de Edu.

Era un gilipollas bipolar, pero me tenía cogido por los huevos, pues si le decía algo a María de todo lo que había montado me metería en un buen lío. Sin embargo, a pesar de no fiarme ni un pelo de él, no pensaba realmente que fuera a decirle nada a María por aquella discusión absurda e infantil.

A la mañana siguiente, en el trabajo, estaba a punto de escribirle a María sobre qué pretendía hacer ese lunes, con la clara intención de saber si iba a ir a la casa de la playa de Edu algunos de esos días de la semana, cuando, como si me leyera la mente, Edu me escribió:

-Ayer estabas muy tontito, eh. Vete al cuarto de baño del curro y hazte una paja.

Yo hasta había pensado que lo de la noche anterior quedaría en un capricho suyo, pero no. Le volví a decir que no y volvimos a discutir escribiéndonos. Hasta que me dijo:

-Bueno, ya me estoy cansando, sabes qué? María hoy no va a venir a mi casa. Mañana tampoco. Va a venir miércoles y jueves.

Yo no entendía nada. Ni siquiera le respondí. No entendía a qué jugaba.

Pero él escribió otra vez:

-Vas a perder a tu pivón de chica por gilipollas.

Me pareció tan desagradable aquella frase que cerré la conversación inmediatamente, no quería que aquella tontería se quedara en mi retina.

Al poco rato le escribí a María y me contó que iba a hacer unos recados y que iba a quedar con una conocida de fuera del despacho a tomar un café. Nada especial.

Llegó el martes y a media mañana llamé a María y empezamos a hablar sobre temas banales hasta que le pregunté directamente si iba a ir al apartamento de Edu esa tarde o algún día antes de que fuéramos los dos el fin de semana. Su respuesta me sorprendió, me dijo que ese día no, pero que iría al día siguiente, miércoles. Le pregunté por qué no iba esa tarde si no tenía nada que hacer y me dijo que no le apetecía, que le diría a Edu de ir el miércoles. Su forma de decirlo me pareció extraña.

Llegué a casa el martes por la noche y en el sofá comencé a acariciar a María con la clara intención de que la cosa fuera a más, pero a ella no se la veía muy por la labor. Parecía que el calentón del viaje se le había pasado un poco, siendo una María más normal, más como siempre.

Estaba lavándome los dientes cuando Edu me escribió:

-Hola Pablito. Mañana viene María a mi casa, ya lo sabrás. Va a venir con uno de sus bikinis verdes y el rojo ese que es para morirse.

Me quedé paralizado. Cada vez me daba más mal rollo lo que decía y cómo lo decía. Le iba a responder, pero me parecía tan gilipollas que conseguí resistirme.

Era inimaginable la presión que comenzaba a sentir por culpa de aquel cabrón. Por momentos le veía capaz de todo. Aquel miércoles en el trabajo no paraba de maldecir haberle elegido para toda aquella fantasía con María. Sobre lo que había dicho de los bikinis de María me parecía una tremenda fanfarronada, pero a la vez le temía.

Le escribí a María lo que no le había escrito nunca estando ella en casa de Edu. Y ella respondía muy de vez en cuando y con lo que a mí me parecían evasivas. Le pregunté si estaba Nati y me dijo que sí, y a punto estuve de pedirle que me mandara una foto…

Mi nerviosismo fue en aumento. Llegué a casa ya por la noche y escuché ruido de la ducha por lo que sabía que María estaba en el cuarto de baño. Pasé por la cocina descubrí que ella ya había cenado. Fui al dormitorio y llegué al cesto de la playa. Era obvio lo que estaba buscando; allí estaba el bikini rojo, húmedo de haberse bañado… y un bikini verde… tal cual había dicho Edu.

Me senté en la cama. Barruntando qué estaba pasando ahí. Cuando escuché el grifo de la ducha cerrarse.

Quería aclarar todo aquello, pero no podía decirle a María nada de los bikinis sin descubrirme…

Me fui al sofá y cené algo mientras escuchaba el ruido del secador de pelo. María apareció por fin y sin darme tiempo a casi nada me dijo que estaba cansadísima de tanto sol, que se iba ya a la cama.

-¿No vas a contarme nada? -le dije rápidamente.
-¿De qué?
-Pues de tú día con Edu, de qué va a ser.
-Pues… nada, un día normal.
-¿Normal?
-Sí, normal. -replicó.
-¿Y qué es normal?
-Bueno… ¿a qué viene esto? -dijo seria.

Yo me quedé sin saber bien qué decir. No sabía si sentía enfado, curiosidad, o qué demonios era aquello.

-¿Me puedo ir a dormir o tienes alguna pregunta más que hacerme? -dijo con algo de chulería.
-¿Mañana vuelves a su casa?
-Pues mira, no lo sé. ¿Vas a estar mucho?
-¿Yo? ¿Mucho de qué?
-Que si vas a quedarte mucho rato viendo la tele.
-Pues igual sí. No lo sé.
-Bueno no hagas mucho ruido cuando vengas a la cama, anda. -dijo en un tono que sonó a algo de tregua.

María desapareció por el pasillo y yo cogí el móvil. No sabía qué hacer. Hasta me sorprendía que Edu no me escribiera regocijándose en aquella especie de victoria.

Estuve como media hora viendo la televisión, y miraba de vez en cuando el móvil y me sorprendía una cosa… María estaba casi todo el rato en línea…

Dejé pasar como una media hora más hasta que me acerqué al dormitorio sigilosamente. No escuché nada.

Me desnudé, a oscuras e intentando hacer el menor ruido posible, y me acosté en la cama. Por la respiración de María parecía claro que estaba durmiendo. Abrí el cajón de la mesilla… y a tientas palmé con mi mano hasta alcanzar el consolador. Nervioso… acerqué aquella polla de plástico a mi nariz… y volvía a apestar a coño de manera brutal.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s