ANNABEL VÁZQUEZ

Recuerdos de infancia

Solo un día después de haber pasado la mañana riendo, jugando y viendo películas, me devolvía a la realidad de golpe. Me sentía muy cercana a él y al día siguiente volvía a la casilla de salida. No culpaba a Edgar. Él era así y no podía hacer nada para remediarlo, tampoco era consciente de que había cambiado mentalmente todas las reglas. Había pasado por diferentes etapas desde mi llegada, al principio mi principal objetivo era desquiciarle, hacer que se cansara y se deshiciera de mí, luego solo quise conocer todo aquello que sabía que me ocultaba y ahora únicamente me conformaba con no estar sola, hacer cosas con él. Me sentía frustrada, de todos modos, por mi falta de progresos; necesitaba encontrar otra vía de acceso a él, pero de momento no había encontrado ninguna.

Aquella mañana Edgar se había ausentado por negocios dejando únicamente una mísera nota en la mesa del comedor, junto a otra de María que ponía que había bajado al pueblo para hacer la compra. Dado que yo no tenía planeado salir se había ido con Philip, por lo que tenía la casa para mí sola.

De todas las cosas que podía hacer, por mi mente pasó la única que me estaba prohibida.

«Hazlo ahora, nadie se enterará. No tendrás otra oportunidad como esta, aprovéchala».

Sabía que si quería hacer lo que me proponía debía ser rápida, no tenía certeza de la hora a la que regresarían y por nada del mundo quería que se enteraran.

Con el corazón a mil resonando en el interior de mi cabeza, me cuadré frente a la puerta del despacho de Edgar y giré lentamente el pomo plateado.

Los primeros días de mi llegada observaba como Edgar cerraba con llave, incluso María, siguiendo sus órdenes, lo hacía también. Pero con el tiempo se habían relajado, dando por sentado que había aprendido la lección y no bajaría sin su permiso, más teniendo en cuenta lo que encontré la última vez que lo hice…

Por otro lado, traicionar deliberadamente la confianza que habían depositado en mí no me hacía sentir orgullosa, pero me consolaba el pensar que  nadie se enteraría de mi fechoría si era lo suficientemente cuidadosa, así que me había mentalizado para serlo.

Cogí aire y cerré la puerta sin hacer ruido. Descendí las escaleras con rapidez. Las luces se activaron automáticamente alumbrando el camino hacia la gran sala.

Las vitrinas exponían reliquias de un valor incalculable, objetos de otras épocas, tapices y cuadros de autores irreconocibles para mí, pero muy valorados entre los entendidos, sospecho.

No quise entretenerme con los detalles ya que disponía de poco tiempo y tenía un lugar más importante en el que curiosear: su despacho.

Me dirigí rauda hacia su mesa. Todo estaba muy ordenado y limpio, parecía que nadie había hecho uso de ella en años, pero yo sabía que eso no era así, Edgar prácticamente vivía en su despacho.

Abrí un cajón y ojeé los papeles, en su mayoría facturas que no entendía, entonces reparé en la segunda puerta situada a mi derecha. Sabía que ahí había un dormitorio y, por alguna razón, me dio miedo entrar.

«Ahora es distinto, sabes de ante mano que estará vacío» –pensé para mí, intentando tranquilizarme.

Me dirigí hacia la puerta y la abrí. Era un dormitorio muy amplio y moderno. Los muebles, la cama y las paredes eran blancas. Caminé examinando el lugar con mucha atención. Tenía incluso un baño integrado dentro de la misma habitación y tan solo separado por biombos de madera, también blancos. En la pared central frente a la cama había un televisor de dimensiones considerables, lo que me llamó poderosamente la atención. Me situé frente a él y me arrodillé en el suelo para abrir el armario del mueble que había debajo.

Lo que encontré fue revelador. Además de un sofisticado DVD había un reproductor de VHS muy antiguo. De hecho era la segunda vez que veía uno de esos aparatos, la primera fue en casa de mis padres, en el desván. Recuerdo que mi padre veía en él películas antiguas grabadas en una especie de cintas muy aparatosas.

Me mordí con fuerza el labio inferior y empecé a abrir los cajones, uno a uno. Tuve que repetirme mentalmente que debía tener cuidado y no revolver  demasiado sus cosas; si no conseguía ser muy meticulosa, Edgar se daría cuenta.

No paré de curiosear hasta encontrar una de esas cintas antiguas, como las que guardaba mi padre en el desván. En este caso las cintas no tenían nombre, tan solo un número. Cogí la primera y la inserté por la ranura del VHS. Recordé que antes de verla mi padre solía rebobinar. Así lo hice, presioné el botón que emitió un ruido de carraca, cuando consideré que era suficiente, accioné el botón de play.

El sonido de unas risas y el plano desenfocado de un jardín fue lo primero que vi en cuanto la cinta empezó a reproducirse. Luego la imagen se hizo más nítida hasta obtener el primer plano de un niño de unos ocho años balanceándose en un columpio mientras cantaba una canción en inglés. Me concentré en ese niño, en sus impactantes ojos azul turquesa y su resplandeciente sonrisa. Parecía feliz, despreocupado. Su pelo volaba a merced del viento y sus carcajadas iban subiendo de volumen a medida que la cámara se acercaba. La persona que grababa era una mujer que acompañaba sus risas. Luego el plano se movió más rápido hasta quedar inmóvil enfocando directamente al niño de cabellos oscuros que estaba sobre el columpio. ¿Era Edgar? Algo me decía que sí, eran sus rasgos, su misma fisonomía casi treinta años más joven. Entonces la mujer que grababa apareció en escena y se situó a su lado. Era muy guapa, morena y con unos penetrantes ojos negros. Me quedé sin habla cuando los dos empezaron a despedirse en español, moviendo sus manos de forma acompasada frente a la cámara. De repente la mujer se congeló en el plano, parecía como si hubiera visto un fantasma. El niño, en cambio, siguió agitando sus manos despidiéndose como si nada. Ella se levantó de un salto y corrió acercándose a la cámara. Lo último que vi fue su escote antes de que la apagara.

Mi boca fue incapaz de cerrarse. ¿Esa mujer era su madre? Lo que acababa de ver me decía que Edgar había tenido una infancia normal y feliz, como cualquier otro niño. Volví al cajón y extraje otra cinta, esta vez la que llevaba escrito el número cinco.

La inserté y me senté en el suelo, sin perder detalle de la pantalla. En esta ocasión el niño estaba sentado en una mesa de picnic y parecía algo mayor que en la anterior. La cámara se acercó desde atrás y el plano fue reduciéndose hasta acabar sobre el dibujo que estaba haciendo. Era un paisaje hecho a carboncillo.

La voz de la mujer que filmaba le hacía preguntas acerca de su dibujo y él respondía. A diferencia de la primera filmación, en esta no habían risas, todo había adquirido un matiz más siniestro. En uno de los planos la cámara captó la cara de Edgar, ahora sí no me cabía ninguna duda de que era él. Sus facciones eran más parecidas a la actualidad. Por segunda vez, sus ojos azules, profundos y enormes captaron mi atención, pero había otro detalle, casi imperceptible, que no me había pasado desapercibido. El labio inferior de Edgar estaba partido, se distinguía claramente la sombra de una brecha en proceso de cicatrización. ¿Un accidente de juego? ¿Futbol tal vez?

—¿¿¿Qué estás haciendo???

Me giré enérgicamente y se me congeló el aliento.

—Edgar… –tragué saliva, intimidada.

Avanzó con rapidez, y de mala gana desenchufó los cables de la televisión de un brusco estirón.

—¿Por qué no eres capaz de hacerme caso? ¡Joder! ¿Por qué has tenido que bajar aquí?

Me levanté y retrocedí atemorizada. Jamás le había visto tan fuera de sí.

—¡Dime! –me increpó y a medida que se acercaba a mí, fue dando patadas y golpes a los objetos que tenía a su alcance– ¿Por qué no has podido respetar una única condición? ¿No te basta con tener toda la casa para ti?

—Edgar, cálmate –le imploré con voz trémula.

—¡No me pidas que me calme! ¡No pienso consentir que rebusques entre mis cosas de este modo! ¡¿Me oyes?!

Se acercó lo suficiente y me agarró del brazo con brusquedad. Me quedé bloqueada, sin saber cómo reaccionar y no pude más que seguirle mientras me zarandeaba de malos modos escaleras arriba.

—¡Suéltame! –le ordené intentando liberarme.

—Solo te pedí una cosa y no has sido capaz de cumplirla, me has decepcionado, Diana.

—¡No me hables de ese modo! –protesté– ¡No soy una niña, soy tu mujer!

Intenté inútilmente encontrar una fisura en su hermético corazón, algo que le hiciera reaccionar y recuperar los papeles, pues ya los había perdido.

—Ahora eres mi mujer, ¿no? Solo cuando te interesa.

Siguió guiándome por el comedor, las escaleras de la planta baja y el pasillo hasta llegar a mi dormitorio.

—Jamás en toda mi vida alguien se había atrevido a cometer semejante agravio.

Soltó mi brazo una vez abrió la puerta de mi cuarto.

—¡Ni se te ocurra hablarme así! ¿Quién te crees que eres?

Se tocó la cabeza con frustración.

—Lo has revuelto todo, ¿no? has puesto patas arriba todas mis cosas intentando buscar algo sucio o desagradable, ¿me equivoco?

—¡Por supuesto que sí! –rebatí con ímpetu– No he hecho nada malo Edgar, solo quería conocerte más, eso es todo.

Volvió a pasar las manos por su cabello, mostrando nerviosismo.

—Y dime, ¿lo que has visto te gusta? ¿Es lo que esperabas?

—¡¿Que estás diciendo?! –negué con la cabeza– No he visto nada que…

—¡Calla! –grito enervado– No digas nada –me empujó hacia dentro de la habitación– Debo pensar qué hago contigo porque este tipo de acciones no pienso consentirlas.

Cerró la puerta de un portazo, dejándome dentro con el corazón en un puño y al borde del llanto. Edgar Walter era un animal. Jamás hubiera imaginado que un hecho tan inofensivo como encontrarme en su despacho mirando sus cosas pudiera desencadenar semejante enfado fuera de tono.

Entonces escuché claramente como la puerta era cerrada con llave y el pánico más absoluto se instaló en mi rostro.

Corrí a abrirla pero ya era tarde.

Las lágrimas de rabia invadieron mis mejillas y proferí improperios contra Edgar y contra esa casa que no era más que una cárcel para mí.

Aporreé la pared, la puerta y el armario con fuerza, al borde de la locura. Fue lo único que pude hacer para desfogar toda la tensión que había acumulado, no solo esa tarde, sino todo el tiempo que había permanecido viviendo una farsa de matrimonio junto a ese hombre sin alma.

La soledad no fue mi mejor aliada en ese momento de desesperación y mi mente empezó a llenarse de pensamientos oscuros y precipitados intentando buscar una salida. Edgar no iba a consentir que “me metiera en su vida”, pero yo tampoco consentía que un hombre volviera a hablarme de ese modo y que me encerrara en una habitación. Todo tenía un límite y él acababa de rebasar el mío; jamás podría perdonar lo que me había hecho.

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