PSIQUE W

Creo que llevo veinticuatro horas comiendo y bebiendo. He perdido la noción del tiempo y todo me da vueltas.

No recuerdo nada más que el comer como una cerda, beber como una cosaca, reírme con desconocidos y vomitar. Después vuelvo a engullir carne, pescado, pan, fruta y no sé cuantos alimentos más, bebo vino y más vino, me orino encima de la risa por algún motivo que no logro recordar ahora mismo y vuelvo a vomitar otra vez.

Así, una y otra, y otra, y otra vez más hasta perder la cuenta. Esta cena navideña de empresa es de lo más extraña, pero muy divertida.

Estoy tumbada sobre el regazo de Virginia, a lo lejos, con los ojos entrecerrados, veo como se pone el sol. Sigo escuchando gritos de alegría y fiesta. Poco a poco voy tomando conciencia de lo que pasa a mi alrededor. Abro más los ojos, agudizo y poco más el oído y el tacto, porque noto que mi cuerpo se está rozando con algo raro.

Levanto la cabeza unos centímetros. Efectivamente Virginia me sostiene entre su regazo y sus brazos, me sonríe. Miro en dirección al resto de mi cuerpo y mis extremidades, ya no llevo la túnica de lana verde y áspera, ahora visto una fina y delicada túnica de seda blanca. Pero espera, ¿qué es eso que tengo entre las piernas?

De mis ingles sale una cabeza con el pelo rubio y rizado sumamente despeinado. Es un hombre. No me lo puedo creer. ¿Qué hace ahí? ¿Cómo ha salido de ahí? El hombre rubio y desconocido me mira, me dedica una sonrisa y vuelve a meterse en mi entrepierna. ¿Dónde va? ¡Oh, no! Espera un segundo…

-¿Te gusta el cunnilingus que te está haciendo Román? –me pregunta Virginia al oído con una voz dulce y susurrante.

De mi garganta lo único que sale es un «Sí» intenso y profundo.

Cierro los ojos, perdida en un intenso mar de placer, mientras Virginia me besa en los labios y recorre mi boca con su lengua.

***

Acaba de hacerse de noche, voy caminando feliz y contenta por las inmediaciones de lo que yo creía que era el restaurante donde íbamos a cenar y al final ha resultado ser el Templo de Saturno, alrededor del cual llevamos dos días de fiesta. Esto sí que es una cena navideña de empresa y lo demás es tontería.

De pronto se me acerca una señora mayor, de unos setenta años, sonriente (tanto que apenas puede abrir los ojos) con un paquete envuelto en papel de traza en las manos.

-Hija mía, te voy a regalar esto porque eres muy joven y seguro que en algún momento lo necesitarás –me dice con amabilidad.

-Señora, no hace falta que…

-¡Pamplinas! –me interrumpe-. En esta fiesta es norma y tradición regalarse cosas.

Y diciéndome esto me entrega el paquete para marcharse sin darme opción a réplica.

Resignada, rompo el papel de estraza que envuelve el paquete. Contiene una caja de cartón atada con una fina cuerda. Desato la cuerda y abro la caja. Mi sorpresa es mayúscula cuando al abrirlo me topo con un falo de madera de veinte centímetros de largo.

Pues igual la anciana tiene razón y le encuentro algún uso.

Salgo de entre los árboles, con el falo de madera en la mano, cuando ya ha pasado la medianoche. Todo el mundo sigue de fiesta, bebiendo, comiendo, jugando, bailando y dando rienda suelta a todos sus deseos.

Mi estomago ruge de hambre. Empiezo a buscar una mesa con viandas cuando un tipo de unos treinta y cinco años se me acerca. Sin venir a cuento, me mete la mano por debajo de la túnica y me toca el culo clavándome las uñas.

-No llevas ropa interior. Ji, ji, ji, ji, ji. –se ríe-. Eso me gusta, eres una guarrilla. Ji, ji, ji, ji.

-¡Y a ti qué te importa gilipollas! –le respondo-. No me toques.

-¿Por qué? –me pregunta intentando imitar una voz infantil. Me pone enferma.

Entonces, como por arte de magia, me doy cuenta de quién es. Es el antiguo jefe de Virginia, el que la despidió porque decía que el salón de belleza en el que trabajaba no le dejaba el suficiente dinero como para tener a tantas chichas contratadas. Qué casualidad que la única que fue despedida fue ella, la lesbiana.

Si me ha cabreado que me clavara las uñas en el culo, más lo ha hecho el darme cuenta de quién es. No puedo evitar, ni quiero, mirarlo con ojos asesinos. Él se da cuenta y me dice:

-¡Ey! Es saturnalia, relájate. Solo era una broma, es lo típico.

-Por supuesto que me voy a relajar pedazo de mamón –le respondo.

De la mesa que tengo más próxima alcanzo una bandeja con una enorme tarta de merengue blanco y guidas. La agarro con las dos manos y sin pensármelo dos veces se la estampo en la cara.

Con la cara llena de dulce, el tipo me mira incrédulo. Entonces yo le digo en tono burlón:

-¡Ey! Es saturnalia, relájate –de la mesa cojo otro merengue con guindas y grito a la gente que tengo a mi alrededor-. ¡Buena gente! A este homófono le gusta el merengue, démosle todo el que quiera.

Todos los allí presentes comienzan a coger merengues, frutas, verduras y todo lo que encuentran a su paso para lanzárselo al exjefe de Virginia. Él, intenta huir despavorido, pero lo hace en vano. Ahí tiene su broma el muy cabrón.

***

Un cacareo me despierta de mi siesta. A unos metros de mi oigo gritos y jaleos. Un grupo de unas diez o quince personas se reúnen alrededor de un corro. Todos tienen billetes y bolsas de monedas en las manos.

-¿Qué ocurre aquí? –le pregunto a un hombre al acercarme al ruidoso corro.

-Una pelea de gallos –me responde.

Efectivamente, miro al interior del corro y hay dos enormes gallos, uno negro y el otro blanco, peleándose salvajemente.

-¿Pero esto no es ilegal? –pregunto algo aturdida aún por los efectos de la siesta.

-Los días de la saturnalia las leyes dejan de tener vigencia –contesta de nuevo el hombre, que grita de pronto-. ¡Vamos! ¡Mátalo! –no sé a cuál de los dos gallos se lo grita-. Estas cosas son legales durante seis días. Como también lo son los juegos de azar.

-Pero si los juegos de azar ya son legales –le digo extrañada.

-No, en nuestra cultura no –me dice el hombre tajante.

***

Estoy echada sobre un par de personas que no conozco de nada. Todo me da vueltas. Veo pájaros de colores. Elefantes verdes voladores. Los árboles hablan solos. Y en mi cabeza suena una y otra vez el Bohemian Rhapsody de Queen.

-¿Cómo dices que se llama este papelito? –le digo a una mariquita parlante que sobrevuela por encima de mi cabeza.

-LSD –responde el insecto con voz grave y masculina.

-La hostia, es la hostia –mascullo sin poder parar de reír.

***

Me siento cansada, muy cansada. Me duele hasta la última célula de mi cuerpo y tengo una resaca bestial. El estomago me pide que no le proporcione más comida, el cerebro que le de descanso.

Camino sin rumbo fijo por la explanada frente al Templo de Saturno donde llevo vagando no sé si tres, cuatro o cinco días. He perdido la noción del tiempo. A mi alrededor hay personas tiradas en el suelo y otras bailando. Esto parece Woodstock.

Alguien me agarra del brazo y después me tapa los ojos.

-Adivina quién soy.

-¿Virginia?

-¡Correcto! –chilla Virginia poniéndose frente a mí con los brazos abiertos.

-No grites, por favor –le pido.

-¿Qué te pasa? ¿No irás a decirme que estas cansada?

-Un poco, sí –respondo llevándome la mano a la sien.

-¡Ay! Venga vamos, tengo otra sorpresa para ti. Román y otras dos chicas han accedido a participar en otra orgia con nosotras –me dice Virginia entusiasmada.

Yo me quedo un segundo pensando.

No, no quiero otra orgia. No quiero que Román se meta en mi entrepierna. No quiero conocer a las otras dos chicas, que seguro que son simpatiquísimas. Lo que quiero es estar con ella, con mi novia. Estos iban a ser unos días que pasar de forma romántica, intima y tranquila; no tiradas en mitad de una finca extrañísima viviendo en un continuo desfase.

-¡Me niego! –respondo escupiéndole las palabras a la cara. El rostro de Virgina es un poema-. No quiero participar en esa orgia, quiero irme de aquí. Ya estoy harta.

-Rosalía… -intenta hablarme, pero yo la interrumpo.

-Mírame, estoy hecha polvo. No aguanto ni un minuto más en este sitio infernal. Además, ¿para qué coño hemos venido? Se suponía que iba a ser una escapada romántica.

-Únicamente quería que formaras parte de mi cultura, Rosalía –se excusa.

–No te entiendo –respondo desconcertada.

–Yo no soy católica, ni protestante, ni cristiana, ni nada de eso. Soy mitoclasicista.

–¿Cómo dices? –no salgo de mi asombro.

–Creo en los dioses y diosas de la antigua mitología clásica: Júpiter, Minerva, Marte, Saturno… Lo que estamos celebrando estos días son las saturnales. Una fiesta en honor al dios Saturno, una mezcla entre la Navidad y el carnaval de nuestros días.

–¿Qué tiene que ver esto con la Navidad? –exclamo.

–Las saturnales, o saturnales, son el origen de la Navidad cristiana –me explica–. Cuando el cristianismo se proclamó religión oficial del Imperio Romano se adaptaron a la nueva religión.

–Entonces, ¿esto no es una cena de empresa?

–No, no lo es.

–Me has engañado –le digo dolida.

Virginia calla un segundo, momento que aprovecho para irme de su lado. Camino deprisa hacia los arboles, a esconderme de ella. A mis espaldas la oigo decir que solo quería compartir conmigo algo que es importante para ella, pero yo no quiero escucharla.

***

Alguien me arropa con una manta. Estoy en una cama grande, suave y caliente. La leve luz del amanecer entra por el ventanal. Es veintitrés de diciembre.

Me doy la vuelta en el lecho y me topo con una persona sentada en el filo de la cama. Es Virginia.

–¿Estás mejor? –pregunta apartándome el pelo de la cara.

–No lo sé –respondo.

Cierro los ojos y me pongo a pensar. Creo que ayer me porté como una cretina.

–Tenía miedo –interrumpe Virginia de repente mis elucubraciones.

–¿De qué?

–De que no me aceptaras si te decía la verdad sobre mí. Que me dijeras que creo en viejos cuentos de abuelos y en cosas que no existen. No es la primera vez que me pasa, ¿sabes? –me cuenta Virginia con pena en la voz.

En cierto modo la entiendo. y en cierto modo, todas las religiones tienen algo en común. Pero ella me engañó, no solo con lo de la escapada romántica o la cena de empresa, me ha ocultado un rasgo importante de su forma de vivir.

–Virginia, me importa una mierda cual sea tu religión –le digo tajante. Ella sonríe–. Pero reconoce que me has traído engañada.

–Lo sé –musita afligida.

La quiero. Entiendo que el ser diferentes nos hace tener miedo, nos impide mostrarnos tal y como somos al resto del mundo, por eso nos vemos obligados a mentir aunque nos sintamos sucios y rastreros. Yo también he tenido que mentir algunas veces sobre mí y mi forma de vivir.

–Tú tienes tu religión, yo la mía –le digo–. Tienen ciertas similitudes, podríamos compaginarlas. Y la Navidad es un tiempo para compartir y quererse mucho.

–¿Qué quieres decir?

–Que esta Nochebuena cenamos con mis padres.

–Me parece justo.

–Y el año que viene quiero volver de nuevo a las saturnales –le digo guiñándole un ojo en señal de complicidad–. Pero nada de disfrazarse de esclavas romanas, que la lana pica mucho, yo quiero ir de patricia.

Al escucharme decir esto, Virginia no puede evitar estallar en una sonora retahíla de carcajadas que inundan toda nuestra villa romana.

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