ANNABEL VÁZQUEZ

Brave heart

Después del incidente todo había vuelto a su cauce. Regresamos a la rutina e hicimos como si nada hubiese pasado.

Jamás volvió a salir el tema, tanto Cristian como Clare estaban fuera de nuestras vidas para siempre, así que corrimos un tupido velo y seguimos hacia delante.

Tampoco mencioné nada de lo ocurrido a Emma, y mucho menos a Marcos; no quería que se preocuparan por algo que ya estaba solucionado.

Todo regresó progresivamente a la normalidad, excepto yo. ¡Para qué negarlo! Aún me acordaba de Cristian y, en cierto modo, le echaba de menos. No a él en concreto, sino a lo que nuestros encuentros significaban para mí: un pequeño aliciente que me permitía salir de la monotonía del día a día y regresar a casa con más fuerza.

Volver a ocupar el tiempo libre me costó, pero al fin lo conseguí gracias a mi reciente afición por la repostería. María se convirtió en mi mentora y, entre pasteles y rosquillas conseguimos abrirnos más. Era una mujer entrañable, vital, sensata y con desparpajo. Resultaba imposible no encariñarse de ella.

 

—¡Pero niña, debes amasar con arte! ¡Así! –estampó la masa contra el mármol con rabia y hundió los nudillos en ella para, a continuación, estirarla con energía arriba y abajo– ¡Que no te dé miedo!

—¡Pero está pegajosa! –le enseñé los dedos pegoteados e hice una mueca de asco.

—Eso se soluciona así –cogió el paquete de harina y me puso una generosa cantidad en las manos–, prueba ahora.

Apreté los dientes mientras volvía a tocar la enorme bola amarilla que yacía sobre el mármol, parecía como si fuera a engullirme en cualquier momento.

—Da repelús –me dio un escalofrío.

María estalló en carcajadas, y desbancándome de mi sitio, se puso frente a la masa. Procedió a aplastarla con un rodillo bajo mi atenta mirada.

—Estas chicas de hoy en día… –chasqueó la lengua.

—¡Oye! –me quejé en broma– puede que esto no sea lo mío, tal vez si en lugar de pasteles, cocináramos unos espaguetis…

Dejó de pelearse con la masa para mirarme con escepticismo. No pude evitar soltar una carcajada.

—¿Qué está pasando aquí?

Las dos nos giramos al escuchar la voz de Edgar.

—Estamos haciendo unas galletas, ¿te apetece participar?

—No, gracias. No quiero ensuciarme.

Su comentario me dio ganas de tirarle un poco de harina en el traje, pero me abstuve. En su lugar me lavé las manos y cogí la jarra con el café para llevarlo a la mesa.

—¿Vamos? –le dije al pasar por su lado.

—Sentaos que yo os llevo el resto –María empujó sutilmente a Edgar hacia el comedor.

—¿Hoy tampoco quieres acompañarnos?

—No –negó sonriente–, yo disfruto sabiendo que estáis solos, hablando de vuestras cosas.

La miré con afabilidad.

Caminé con la jarra y las tazas de café y las deposité en la mesa. Edgar venía detrás de mí.

—¿Qué planes tienes hoy? –empezó, abriendo el periódico que estaba sobre la mesa.

Me encogí de hombros.

—¿Has visto el día que hace?

Le indiqué con un movimiento de cabeza que mirara por la ventana.

—Oh, sí –alzó la vista un instante–. Lleva lloviendo toda la semana –certificó.

Le devolví la mirada. Estaba distraído ojeando los titulares, me fijé en su máscara ocultándole la mitad del rostro y deseé que volviera a quitársela.

Luego reparé en su traje azul oscuro. Era uno de esos días que se reuniría con alguien y eso quería decir que no saldría de su despacho en horas. Por dentro gemí al saber que estaría sola, tenía la sensación de que si seguía así me moriría de aburrimiento.

Miré nuevamente por la ventana. Caían chuzos de punta y los densos nubarrones anunciaban que no tenían intención de irse, parecía que querían formar parte del paisaje eternamente. Entones, de repente, tuve una idea.

Edgar leía con atención el periódico, ni siquiera se dio cuenta de que llevaba un rato observándole, así que decidí que eso iba a acabar. Me levanté de un salto y con ello conseguí que alzara la mirada.

Sonreí.

—¿Qué ocurre?

Me mordí el labio inferior, traviesa, y le arrebaté de un brusco estirón el periódico de las manos.

—Ven conmigo.

Sin titubear sostuve firmemente su mano y tiré de él. Cuando se levantó lo guié con rapidez hacia el vestíbulo.

—¿A dónde me llevas? –preguntó, contrariado.

La risa me salió sola mientras abría la puerta de entrada.

Edgar pareció intuir mis intenciones y se paró en seco, sin traspasar el umbral. Yo, en cambio, salí al exterior, sin que me importara la lluvia, el frío o que no llevaba el calzado adecuado.

—¿Qué haces?

Me reí como una loca bajo la lluvia. El agua helada recorría mi cuerpo haciéndome cosquillas, parpadeé para verle mejor y extendí los brazos al tiempo que orientaba el rostro al cielo.

—¡Esto es increíble! –me pasé las manos por el pelo –¡Tienes que probarlo! –le incité– ¡Es liberador!

—¡Vuelve aquí ahora mismo! ¿Estás mal de la cabeza?

Volví a reír.

—¡Nunca me han hecho un diagnóstico oficial! –le respondí– ¡Si quiere que entre en casa, venga a buscarme señor Walter! –le reté.

—No pienso salir, Diana, haz el favor de dejar de comportarte como una niña y entrar de una maldita vez.

—Tú deberías comportarte como un niño de vez en cuando, rejuvenecerías al instante.

Di una vuelta y luego otra más rápida, a la tercera perdí el equilibrio y me caí de culo. Volví a reír mientras contemplaba mis manos llenas de barro.

—¡Esto no es normal! –le oí murmurar en la distancia.

Entonces, como por arte de magia, cruzó el umbral y caminó a paso ligero bajo la lluvia hasta situarse delante de mí. Me ofreció su mano.

—¡Levanta!

Alcé el rostro y ahí estaba: su cara de cabreo, su porte serio e intimidante, su adherida caballerosidad… pero lo más alucinante era que estaba mojándose, mojándose por mí. En ese momento se le olvidaron sus compromisos y solo estaba yo. Sonreí al instante y agarré su mano con firmeza, pero en lugar de utilizarla de apoyo para subir, tiré con fuerza para hacerle caer a mi lado.

No pudo aguantar el equilibrio debido al barro y cayó junto a mí.

Gruñía, despotricaba y utilizaba improperios de todo tipo, pero eso no me hizo parar de reír. Me tumbé en el suelo, mirándole.

—Hagamos un ángel de barro –propuse.

—¡¿Qué dices?!

—¡Por favor, ¿quieres hacer algo espontáneo por una vez en la vida?! Ya está hecho –le recordé–. Estás empapado, no hay vuelta atrás, así que deja de quejarte.

Cogí nuevamente su mano y conseguí hacerle ceder. Se tumbó con agarrotamiento  a mi lado y dejamos que la lluvia nos cayera directamente en la cara sin decir nada. Abrí mis brazos y piernas al máximo y las paseé sobre el barro.

—¡Vamos!

Edgar cerró los ojos y, con movimientos rígidos, empezó a imitarme. No podía dejar de reír porque parecíamos un par de idiotas y pronto, esa risa se contagió. Los dos reímos al unísono de lo absurdo. Cuando nos pusimos en pie, observamos el par de ángeles que habían quedado grabados en el barro y cómo poco a poco iban desdibujándose a causa de la incesante lluvia.

Corrimos a resguardarnos en el interior de la casa sin dejar de reír.

—Ha sido una pasada–reconocí– Nunca he hecho algo similar.

—Yo tampoco.

No me sorprendía.

María Vino corriendo con un par de toallas limpias.

—¡Madre mía, ¿qué habéis hecho?! –se echó a reír no bien Edgar se retiró la americana acartonada.

—Sin comentarios –dijo depositándola en el suelo–. ¿Qué voy a hacer ahora? Tengo una reunión en menos de diez minutos y no dispongo de tiempo para darme una ducha.

—Podrías anularla –dije sin más.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no? –preguntó María– Hace siglos que no te tomas un respiro, te vendrá bien.

Me giré hacia María y sin que Edgar nos mirara le susurré “gracias”. Ella me guiñó un ojo cómplice.

—Porque no es mi estilo María, por eso.

—Pues, ¿sabes? tengo un plan de lo más genial. Podríamos ponernos el pijama y ver una película de las que tienes en tu colección. Hace un día perfecto para eso.

Edgar se echó a reír.

—Pero ¿qué os pasa a las dos? Es día laborable.

—¡Oh, Edgar! Para ti todos los días lo son –María le metió un segundo gol– Mira, yo me ocupo de limpiar este estropicio –dijo mirando el suelo mojado–, vosotros id a cambiaros.

—Nos vemos de aquí diez minutos con el pijama puesto –apunté encaminándome por el vestíbulo.

—Diana, yo no…

—¡No te escucho! –grité corriendo hacia las escaleras.

—No voy a anularlo todo porque…

—¡He dicho que no te escucho! –dije todavía más alto, corriendo escaleras arriba.

Mientras me metía en la ducha a toda prisa tenía la duda de si Edgar me acompañaría o no en mi alocada propuesta. Era un hombre inflexible que no solía salir de la rutina. Sabía que si conseguía hacerle ceder una vez, tendría en mi mano la llave que me daría paso al interior de su alma. Quedarían pocas barreras que romper y solo debía ser paciente para acabar de descubrir los misterios que me intrigaban de él. Una vez desvelados, nuestra relación sería mucho más fácil, pues él sería igual de transparente para mí como yo lo soy para él.

Pasados diez minutos de reloj bajé al comedor y me desilusioné al no verle esperándome. Me había puesto mi pijama rosa de rayas, algo infantil, la verdad, pero muy cómodo. Me mordí las uñas. Estaba nerviosa porque había depositado esperanzas en ese encuentro y no tenía garantías de que fuese a producirse.

Me detuve frente al pie de la escalera, sintiéndome estúpida. Antes de dar media vuelta y ascender el primer peldaño para recluirme en mi habitación, Edgar carraspeó desde las alturas.

Descendió con paso ágil las escaleras hasta llegar frente a mí. Se había puesto un simple pantalón de chándal sin camiseta. Cuando lo tuve más cerca me fijé en que iba descalzo.

«Dios mío» –fue lo único que pensé.

Edgar era jodidamente perfecto.

—Has venido –constaté con timidez.

Extendió sus manos.

—No utilizo pijamas para dormir.

Su comentario hizo que mis mejillas se tiñeran de un rojo intenso.

Cuando me acordé de volver a respirar tras el sofocón de ver su cuerpo medio desnudo, me dirigí con prisa hacia el mueble donde guardaba su colección de DVD’s. Seleccioné rápidamente unos cuantos y corrí de nuevo hacia él.

—Bueno, ¿cuál te apetece ver? –extendí un abanico de posibilidades frente a él, dejando el que me interesaba unos centímetros más alto que el resto.

—A ver…

—Puedes elegir el que quieras –dije–, no te sientas coaccionado.

Los desvié de su vista cuando estaba a punto de coger uno que no era el que había seleccionado.

Rió.

—¿Qué haces?

—Venga, adelante, veremos la película que tú quieras –volví a mostrarle las carátulas con mi preferencia aún más visible.

—Supongo que no tengo elección –retiró con éxito la película de Brave heart del montón.

—¡Justo la misma que yo habría elegido! –Exageré mi felicidad– ¡A esto se le llama compenetración!

Entre risas enhebré mi brazo al suyo y nos encaminamos hacia el sofá.

—¿Por qué esta película? –quiso saber.

—Bueno, está ambientada en Escocia, además, es lo suficientemente larga como para mantenernos gran parte del día ocupados.

Negó divertido con la cabeza.

Nos sentamos uno al lado del otro, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Por encima de todo intentaba no mirar sus perfectas abdominales, aunque de tanto en tanto le dedicaba una mirada de soslayo. ¿Podía ver como su cuerpo me intimidaba de una forma extraña? ¿Que se me aceleraba el pulso al tenerle cerca?

Desvié la vista de su vientre plano a su rostro semicubierto por la máscara y me di cuenta de que mi escrutinio no le había pasado inadvertido.

«¡Joder!»

Me puse roja como un tomate, para variar, y devolví la vista al frente; esta prometía ser una mañana muy larga.

 

Apenas hablamos, casi no nos dirigimos la palabra y mis habituales preguntas indagatorias pasaron a un segundo plano, por primera vez estaba disfrutando de algo con Edgar, no quería estropearlo. Únicamente me concentré en la perfección del momento, en la quietud que nos envolvía y me sentí a gusto. Su presencia serena me relajaba, sin embargo, cada  vez que notaba que se movía, volvía a mí esa especie de tensión sexual que cargaba el ambiente de electricidad.

Estaba convencida de que mis reacciones eran producto de las hormonas, no podía ser de otro modo, cuando por fin había solucionado gran parte de mis problemas y todo lo que me importaba estaba en calma, empezaba a concentrarme en otras sensaciones… Mi absoluta inexperiencia con el sexo opuesto también jugaba en mi contra y mis irrefrenables reacciones me delataban.

Conté mentalmente hasta diez, desviando mi atención hacia la película, aunque intuía que lo que acababa de suceder, no iba a quedarse ahí y se repetiría en otras ocasiones.

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