PSIQUE W

En los once meses que llevo saliendo con Virginia, nunca había estado tan nerviosa. Nos conocimos en una cita a ciegas, de esas que se organizan en los bares. Se suponía que buscábamos algo esporádico, pero ese algo ocasional dura ya casi un año. Me sorprendió mucho cuando me dijo que era maquilladora y caracterizadora en el cine, el teatro y la televisión. En ese momento, no pude evitar preguntarle si conocía a muchos famosos del mundo del espectáculo. Cuando ella me preguntó por mi trabajo le respondí llena de vergüenza: «Soy dueña de una papelería. Heredada de mis padres».

En este tiempo, he pasado por el trance de conocer a su familia y a sus amigos, pero lo de conocer a sus compañeros de trabajo, cosa que ocurrirá esta noche, es otro nivel. Más aún cuando eso va a ser en la cena navideña de la empresa en la que Virginia trabaja. Eso significa risas, alcohol y que el típico compañero baboso, machista y borracho me diga: «¿Pero tú has probado una buena polla? Es una lástima que seas lesbiana con ese culo tan precioso que tienes. Yo estaría todo el rato pimpam, pimpam contigo. Seguro que alguna vez te han dado por ahí, por el culo, pero no te habrán dado bien. No has probado una buena polla, como la mía. Yo tengo un pollón…». Solo de pensarlo me dan arcadas.

–Rosalía, ¿qué te pasa? –me dice Virginia mientras conduce por una carretera secundaria de Madrid, sacándome así de mis horribles pensamientos–. Tranquila, solo es una cena –es como si me leyera la mente. Y añade mirándome fijamente con sus penetrantes ojos marrones–. Te aseguro que mis compañeros son muy simpáticos.

–Sí, sobre todo cuando se han bebido el quinto cubata –respondo con tono mordaz.

Virginia se ríe a carcajadas y contesta:

–No seas así. Te juro que no van a hacer nada de lo que estas pensando.

–Eso espero –suspiro.

Vuelvo la mirada hacia mi ventanilla. Primero veo mi propio reflejo: una chica deportista, con una melena lisa sobre los hombros tintada de pelirroja (pero en realidad es castaña clara) y ojos color avellana. Después reparo en el reflejo de Virginia: chica alta y delgada, pelo rizado castaño recogido en una coleta y nariz respingona. Ella va sonriente al volante de su Seat León de segunda mano; yo, pensativa y preocupada por lo que me puedo encontrar esta noche.

Minutos después, llegamos a una enorme y, para mí, desconocida finca. Virginia me estuvo explicando antes de venir que ocupa diez hectáreas, pertenece a un extraño empresario italiano (el cual se dedica a la hostelería) y que tiene grandes medidas de seguridad que delimitan el área que ocupa la propiedad. De hecho, está rodeada con un enorme muro de piedra, hormigón y argamasa que a su vez está decorado con cámaras de seguridad y alambres.

–Este es el lugar donde será la cena de empresa y donde pasaremos los seis días más románticos de nuestras vidas.

–La única razón por la que he venido es por esos días que vamos a estar de escapada romántica. La verdad es que la cena de empresa no me interesa –le digo en broma.

En la puerta de piedra y hierro hay sendas garitas a cada lado de la que salen un par de guardias de seguridad tan grandes como dos armarios. Sobre la entrada, en un cartel de madera con letras de tipografía clásica, reza el nombre de la finca: Amphitheatrum Romae.

Virginia le entrega la invitación para la cena y nuestros documentos de identidad a uno de los guardias, que se los devuelve a ella dos segundos después:

–Bienvenida señorita Sánchez, pueden pasar –le indica el guardia con familiaridad.

Las puertas se abren y nosotras entramos, por fin, en la finca Amphitheatrum Romae. Por delante, un camino de cinco kilómetros que nos llevará hasta la recepción del complejo hostelero que hay dentro de la finca y que lleva el mismo nombre. Todo está rodeado de pinos, robles, hayas y otros árboles que no logro identificar. A su vez, estos están decorados con luces, guirnaldas vegetales, estrellas de papel, antorchas y bolas brillantes.

–La decoración navideña es bonita y original –comento.

Minutos después, aparece ante nosotras una casa de una sola planta, con el tejado de madera y cuatro columnas dóricas en la entrada. Virginia detiene el coche y al segundo aparece un hombre de dentro de la casa. Nos bajamos apresuradamente y cogemos nuestros bártulos: dos maletas y dos bolsas de viaje, además del bolso de Virginia. El hombre, que resulta ser el aparcacoches, le pide las llaves a Virginia y se lleva el coche para aparcarlo.

Cargadas con nuestras cosas comenzamos a caminar. Aunque no sé muy bien hacia donde, por eso me limito a seguir a Virginia, que parece conocer el sitio. Nos cruzamos con mucha gente que va de un lado a otro, unos vestidos con ropa normal y otros con disfraces de griegos y romanos. Me pregunto si no hay nadie que nos ayude a llegar a nuestra habitación y nos lleve las maletas, pero puede que los trabajadores de la finca estén muy ajetreados esta noche.

Entre tanto, también hay quien saluda con más o menos efusividad a Virginia. Imagino que serán compañeros de trabajo. Incluso me parece ver a lo lejos a alguien que se parece a la protagonista del último éxito en taquilla del cine nacional, pero seguro que el hambre que tengo me hace ver cosas que no son.

–Señorita Sánchez, su villa ya está lista –le dice una mujer madura vestida con una túnica de lana marrón.

–Gracias Severina –responde Virginia con amabilidad.

–¿Tú qué? –pregunto extrañada a Virginia.

–Ahora lo veras –responde ella guiñándome un ojo.

Se aproxima entonces a una puerta de dos hojas hecha de madera con el numero veintitrés pintado en números romanos, saca una vieja llave de su bolso, y la abre.

Al cruzar la puerta se expande ante mis ojos un inmenso patio con maceteros blancos llenos de plantas, esculturas clásicas, un mosaico floral a mis pies y columnas jónicas alrededor. Está claro que aquí todo tiene temática clásica. Yo no puedo poner otra expresión en mi cara que no sea la de sorpresa.

–Aquí vamos a cambiarnos para la cena y a pasar estos días de escapada romántica –me dice Virginia y acto seguido me besa en los labios–. Agustino, Fernando, esta es Rosalía, mi novia –saluda a dos hombres, el primero más mayor que el segundo, que han salido de una de las puertas que hay tras las columnas.

–Un placer señorita –se dirige Agustino a mí con una leve inclinación de su cabeza.

–Lo mismo digo –respondo apabullada por el gesto de Agustino.

–¿Me permiten su equipaje? –interviene Fernando.

Boquiabierta, dejo que Agustino y Fernando se lleven mi maleta y mi bolsa junto con las cosas de Virginia.

–¿Todo el mundo te conoce? –consigo preguntarle a Virginia aún sin salir de mi asombro.

–¡Sí! Llevo mucho tiempo viniendo aquí –me responde ella con una sonrisa.

Me pregunto si habrá venido con otras chicas antes que yo.

Ya en el dormitorio, una enorme estancia con las paredes blancas, columnas iguales que las del patio de la entrada, una cama infinitamente grande, muebles antiguos (como todo lo que hay en la villa y la finca, parece sacado de la película Gladiator) y un gran ventanal, nos cambiamos de ropa. Sobre la cama hay dos túnicas de lana color verde pardo, tienen pinta de llevar más años que yo en este mundo, cada una con su correspondiente cinturón de cuero marrón, igual de viejos que las túnicas. A los pies del lecho, un par de sandalias, también marrones, uno para cada una.

Cuando la túnica roza mi piel desnuda, solo me dejo la ropa interior, percibo lo áspera e incómoda que es. Como esos jerséis de lana que tejían las abuelas con los cuales no podías evitar rascarte el cuello una y otra vez porque la lana «picaba».

–Todavía no entiendo por qué tenemos que ponernos esta ropa tan antigua –le digo a Virginia mientras miro las pintas tan raras que tengo frente al espejo.

–Rosalía, ya te lo he explicado –dice poniéndose tras de mí y pellizcándome el culo, hablándome como si fuera una niña pequeña–. Es una cena temática, a nosotras nos ha tocado ir de esclavas romanas.

No le respondo, resignada. Termino de vestirme un poco escamada. A mí todo esto me parece cada vez más raro, la verdad. Pero por otro lado, me conformo con que ninguno de los compañeros de trabajo de Virginia me de la tabarra durante la cena navideña. Es solo una noche, puedo soportar llevar esta ropa tan fea, vieja y hosca si a ella le gustan este tipo de cosas.

Una vez terminamos de disfrazarnos, salimos de la villa donde nos hospedamos y nos encaminamos por un sendero (que imita a una calzada romana) hacia el restaurante donde tendrá lugar la cena. Todo está rodeado de árboles decorados de la misma manera que los que hay al entrar a la finca, salteado con alguna villa más grande que la nuestra.

Conforme vamos acercándonos, observo a lo lejos a un centenar de personas (con las mismas pintas que llevamos nosotras, o sea, como si fuéramos extras de Espartaco o Ben-Hur) a las puertas de un edificio cuya forma no termino de distinguir pero que, intuyo, será el restaurante.

–¿Toda esa gente trabaja en tu empresa? –le digo a Virginia sorprendida.

Ella se limita a sonreírme. En mi empresa, es decir, mi papelería, solo trabajo yo.

Al fin llegamos al restaurante, un pequeño edificio que imita a un templo romano con sus columnas jónicas y fustes lisos y una escalinata en la entrada. Entonces me doy cuenta de un detalle: somos muchas personas y el espacio que pretendemos ocupar es demasiado ínfimo.

–Espera –le digo a Virginia con preocupación–, ¿vamos a caber todos ahí?

Alguien me chista pidiendo silencio. Yo me siento como una niña pequeña cuando la maestra le regaña en clase por hablar. Virginia me mira un segundo y vuelve a centrarse en lo que ocurre a las puertas del restaurante.

En las escaleras del edificio hay una estatua, de un hombre maduro pero musculoso, de dos metros de alto hecha de madera. Tiene una hoz en una de sus manos, va vestido con una especie de túnica rara que le cubre la cabeza y tiene un paño de lana a los pies. Frente a la escultura han colocado una mesa llena de comida (¿es que vamos a comer en la calle, con el frío?) y un diván de terciopelo granate.

Un segundo después aparece un hombre con toga y la cabeza descubierta. Entonces alza los brazos al cielo y se dirige a los presentes en un idioma que yo no comprendo. Creo que es latín, pero no estoy segura.

–¿Qué dice? No le entiendo –le susurro a Virginia.

–Está haciendo un sacrificio al dios Saturno –responde ella en el mismo tono.

–¿Un qué a quién? –exclamo de pronto intentando no hacer mucho ruido ni aspavientos.

Alguien chista de nuevo. Virginia sonríe al ver la expresión de estupefacción de mi cara. Esto es de locos. Menuda cena navideña más rara han organizado los de esta empresa.

–¿Todo esto es una broma? –insisto.

–Más o menos Rosalía, más o menos –alguien vuelve a chistar a nuestras espaldas–. Tranquilízate y disfruta –me susurra Virginia al oído.

Guardamos silencio mientras el hombre raro de la toga sigue a lo suyo con el «sacrificio al dios Saturno». Entre tanto, como me aburro y no me entero de nada, me dedico a observar lo que hay a mi alrededor. La gente va vestida como si acabaran de salir del siglo I, unos con ropas más lujosas que otros. También hay más mesas llenas de viandas, antorchas, velas y adornos florales. No es una decoración típicamente navideña, acorde con las fechas que se aproximan, pero es original y bonita.

De pronto, no sé cómo, ni de qué manera todo el mundo empieza a gritar: «¡Io Saturnalia! ¡Io Saturnalia!». La estatua ya no está de pie sobre la escalinata, ahora está tumbada en el diván.

Descolocada y asustada busco a Virginia con la mirada, que está detrás de mí. La miro con cara de no comprender nada de lo que está pasando, mientras que mi estomago expresa el hambre descomunal que tengo.

–Disfruta de las saturnales, cariño.

Me dice Virginia entre carcajadas mientras un grupo de personas se la lleva a bailar y comer. Cuando me quiero dar cuenta, mi novia ha desaparecido de mi vista. No entiendo nada de lo que está pasando.

Antes de que me dé tiempo a reaccionar, un desconocido me agarra del brazo y me da un vaso de vino. Lo que me temía, me va a soltar el cuento de que soy lesbiana porque no he probado una buena polla como la suya. Y encima quiere emborracharme.

Intento excusarme diciéndole que soy lesbiana, pero él me responde:

–Es saturnalia, todo está al revés.

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