MANGER

Decían de él que era un hombre solitario. Pero se equivocaban. Lo tomaron por loco porque se le oía hablar en voz alta consigo mismo; se preguntaba y se contestaba, se reñía y se ensalzaba, discutía a menudo con su otro yo por ir al cine o al teatro, caminar o ir al gimnasio, reír o llorar, pero siempre llegaba a un acuerdo satisfactorio que colmaba con suficiencia el carácter de ambos.

Sí, es cierto, era un tipo ambivalente. Pero con el tiempo (y mucha comprensión por ambas partes) logró convertirse en un experto estratega de la diplomacia y aprendió a pactar sus decisiones, ya fueran serias o nimias, un tipo feliz al que nunca le faltó su propia compañía, su afecto mutuo e innumerables y enriquecedores temas de conversación.

Cuando falleció en aquel destartalado sanatorio de enfermos frenopáticos, ya cumplidos los cien años, aún se cuenta por sus enfermeros que antes de morir tuvo unos largos minutos de ardorosa discusión, hasta que por fin logró convencerse para que el otro yo no le acompañara en aquel viaje sin retorno.

Fue su único y lamentable error.

Desde entonces, algunos han visto a un solitario fantasma rondar su tumba cada noche rogándole que le dé conversación y, ante el inmutable silencio de los muertos, mirar con nostalgia las estrellas e implorar al cielo su vuelta llorando lastimeramente su dolorosa ausencia y contar uno a uno los segundos que le restan para que suceda por fin el imposible milagro de su resurrección…

Y volver a ser dos en uno.

Para siempre.

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