ANNABEL VÁZQUEZ

La mujer pelirroja

Llevaba una hora hablando con Marcos. Su enfermera me llamó a primera hora de la mañana para comunicarme los nuevos avances. Al parecer esa mañana estaba de muy buen humor porque había conseguido mover los dedos del pie derecho. Además había accedido a participar en las jornadas deportivas para parapléjicos que le había propuesto el doctor Moliner. Algo insólito. Por primera vez en mucho tiempo su pronóstico era favorable, aunque aún quedaba mucho por hacer.

A medida que avanzaba nuestra conversación, sus dudas, su inseguridad, su propio dolor fue resurgiendo tornándole en una persona inestable. Siempre pasaba lo mismo cuando llevábamos un buen rato hablando y pese a que me dolía, debía recordar que todavía estaba librando la batalla más importante de todas: su desintoxicación. Ya me habían advertido que no sería un camino fácil y por eso eran frecuentes los momentos de inestabilidad emocional, aún no había superado completamente su adicción y las secuelas que acarreaba tampoco se lo ponía nada fácil.

—No sé ni para qué me molesto, ¡total! soy un puto desgraciado. Creo que voy a dejarlo. El deporte y este trasto de silla no es lo mío –su frustración era palpable incluso a quilómetros de distancia.

—A ti siempre te ha gustado el deporte, además se te ha dado muy bien –observé , positiva.

—Pero esto es diferente. Estoy convencido de que se me dará de pena y paso, no voy a arriesgarme en hacer algo en lo que no voy a destacar.

—Laura Davis –dije sonriendo por mi ocurrencia.

—¿Cómo dices? –preguntó confuso.

—Laura Davis dijo: “Merece la pena dar el salto por algo que siempre has querido hacer, porque hasta que no lo intentes, nunca sabrás cuáles son tus posibilidades”.  Cuando eras pequeño y te preguntaban, siempre decías que querías ser deportista de élite, ¿te acuerdas?

Rió.

—Y tú querías ser bailarina y no eres capaz de dar un paso sin encontrar algo con lo que tropezar.

Solté una enorme carcajada.

—Pero lo mío es distinto. A mí nunca se me dio bien el baile, pero tú siempre fuiste un buen deportista. Ya va siendo hora de que lo retomes.

—¿En silla de ruedas?

—Sí, Marcos, en silla de ruedas. Hoy en día eso no es un impedimento, y lo sabes.

—No sé Diana…

—No hay obstáculo que no puedas superar, ni desafío al que no puedas enfrentarte, ni miedo al que no puedas vencer, por muy imposible que a veces parezca. Mira todo lo que has conseguido en estos meses, mira dónde estás. Estoy orgullosa de ti.

Me enjugué las lágrimas. Una de las cosas que más odiaba era estar lejos de Marcos, solo deseaba volver a tenerle cerca, escuchar su risa aniñada y ver esa mirada traviesa. Echaba tanto de menos a mi familia…

Nos despedimos con un simple “hasta luego”. No sabíamos cuándo, cómo o dónde, pero ambos teníamos la intuición de que pronto nos veríamos. Éramos hermanos y nunca habíamos pasado separados largas temporadas. Haría lo posible para que eso siguiera siendo así.

Nada más colgar llamaron a la puerta de mi habitación. María entró eufórica, sin esperar a que le diera paso.

—Ya ha llegado Edgar –anunció con alegría.

Me levanté de un salto de la cama y corrí escaleras abajo. Le vi entrar en el comedor y depositar su maletín sobre la mesa mientras se desabrochaba la corbata con una mano.

—¡Por fin has llegado!

Me sonrió.

—¿Cómo han marchado las cosas por aquí? ¿Todo en orden?

María se acercó a él y le dio un cariñoso beso en la mejilla.

—Tal y como lo dejaste –aseguró.

—Bueno, yo no estaría tan segura –discrepé mirándole con reprobación–. ¿Cómo se te ocurre ausentarme tres días y no decirme nada? A decir verdad estoy muy enfadada –me crucé de brazos haciendo énfasis en mi argumento.

Mi gesto debió hacerle gracia, porque frunció los labios reprimiendo una sonrisa.

—Ha sido un viaje de negocios, surgió de repente y no tuve oportunidad de decírtelo porque habías salido con Philip esa mañana –se excusó–. María te notificó mi ausencia, ¿no?

Abrí la boca, perpleja.

—¡Y ni siquiera me envías un mensaje, una señal, nada! Piensas que con eso ya basta, ¿no?

Pese a mi evidente cabreo, la diversión no se esfumó de su rostro.

—También podrías haberme escrito tú.

Chasqueé la lengua.

—¿Esto es una competición? ¿A ver quién escribe antes a quién?

Suspiró y se acercó con paso vacilante. Cuando estuvo lo bastante cerca acarició mis brazos, intentando darme consuelo. Viniendo de él el gesto me pareció raro y automáticamente me puse tensa.

—Al menos he pensado en ti el tiempo que he estado fuera, dudo que tú te hayas acordado si quiera de que existo.

Sus palabras me dejaron en shock, pero antes de que pudiera rebatirle abrió su maletín y extrajo una caja rectangular. La abrió bajo mi atenta mirada y la acercó para mostrarme su contenido.

En ella había diez anillos, todos distintos y tan ostentosos que solo mirarlos me producía estrés.

—¿Qué es eso?

—Son diez anillos de compromiso. He elegido los que más me gustaban y esperaba que tú te decantaras por uno.

Empalidecí.

—Bromeas.

Se echó a reír.

—En absoluto.

Miré una vez más esos anillos de oro y diamantes y juro que en ese momento mi piel experimentó una reacción alérgica, ¡y todavía no me los había probado!

—Madre mía Edgar –negué con la cabeza con incredulidad–, realmente me conoces muy poco si piensas que yo llevaría alguna vez algo así en el dedo. Puede que a veces me vista con esa ropa cara que has comprado para mí, pero llevar una joya así siempre conmigo… –bufé– es una putada.

Cerró el estuche con brusquedad.

—Odio cuando te sale esa jerga poligonera. ¿No podrías mostrar ni un ápice de gratitud como haría una mujer normal?

—Bueno, Edgar, tal vez se deba a que sí soy una “poligonera” como dices tú, y no me van esas cursilerías. Tú más que nadie deberías saberlo, sabes perfectamente de dónde me sacaste.

Metió de mala gana el estuche en el maletín.

—Me había permitido el lujo de pensar que las personas pueden cambiar y acostumbrarse a lo bueno. Eres la prueba de que eso no es así. Siempre serás una arrabalera.

Sus palabras me molestaron tanto que tuve que contener el impulso de abofetearle.

—Y tú siempre serás un snob creído y petulante.

Me encaró dispuesto a decir algo al respecto, pero descartó la idea. Suspiró y se alejó de mí sin decir una sola palabra.

—¡Aaaarrgg! –grité apretando los puños.

A veces le odiaba con todas mis fuerzas. ¡Estaba harta de él, de Escocia, de todo su mundo! Tenía la sensación de que una parte de mí se había perdido por el camino.

 

Era innegable que estaba pasando por una mala racha. No me sentía a gusto con nada, así que alteré mi ritual de rutinas. En lugar de llamar a Philip para que me llevara al centro, me dirigí a la cocina en busca de chocolate. El chocolate es una buena medicina para combatir la depresión.

Rebusqué en los armarios, pero nada. No había nada dulce que pudiera llevarme a la boca. Bufé.

Estaba a punto de darme por vencida y subir a mi habitación cuando el ruido de unos tacones me alertaron. Me asomé con discreción al comedor y sin más ahí estaba: la mujer pelirroja se paseaba segura por la casa, como si fuera suya. Se cuadró frente a la puerta del sótano, giró el pomo muy despacio y desapareció.

Fruncí los labios. Estaba furiosa. ¡Literalmente echaba chispas!

Yo no podía hablar con Edgar, tan solo disponía de medía hora por las mañanas y alguna tarde puntual, pero para ella no habían horarios ni impedimentos.

Esa misteriosa mujer, de la que nadie quería hablarme, no seguía ningún patrón de visitas, a veces acudía hacia el atardecer, otras a media mañana. Podía transcurrir un mes entre visita y visita o tan solo unos cuantos días.

Esa mañana era diferente. María no se encontraba en la casa, estaba sola.  Entonces caí en la cuenta de que normalmente la casa estaba vacía a esas horas, yo estaba con Cristian y Edgar trabajando en su despacho. ¿Cuántas intrusiones de este tipo me había perdido?

Tragué saliva, nerviosa. Sentía el corazón bombeando con fuerza en mi interior, el sudor frío recorriendo mi nuca…: había decidido traspasar los límites esa mañana.

Abrí la puerta del sótano con cuidado y cerré detrás de mí sin hacer el menor ruido. Descendí los escalones de mármol blanco, iluminados por las luces LEDS que habían incrustadas en la pared y parecían guiar armónicamente mi descenso.

Crucé el gran salón de las colecciones de Edgar hasta llegar frente a la puerta de su despacho. Ningún sonido provenía del interior y eso consiguió confundirme, así que armándome de un inconmensurable valor, la abrí y miré rápidamente alrededor.

«¿Dónde están?»

Caminé por el despacho mirándolo todo y descubrí una puerta negra situada en un rincón poco iluminado, no me lo pensé dos veces y fui hacia ella como atraída por un imán.

Abrí lentamente, tan solo una rendija y…

Contuve la respiración.

«¿Era una broma?»

Se trataba de un dormitorio oscuro, sin ventanas, pero había la suficiente luz como para ser testigo de la rocambolesca escena que se estaba produciendo.

Edgar estaba besando a la mujer pelirroja con un afán casi febril y ella, sentada sobre la cómoda, abría sus piernas para que él se encajara entre ellas mientras la tocaba deslizando su mano por el muslo a través de la falda.

Ella echaba la cabeza hacia atrás, permitiéndole el acceso a su intimidad mientras le acariciaba la entrepierna.

Tuve arcadas y me sentí mareada. Sin darme cuenta di un traspié y golpeé la puerta sin querer. Edgar se giró repentinamente alterado por el ruido y su rostro se ensombreció de repente.

Negué con la cabeza, con miedo. Era demasiado para soportarlo, no quería verle más, ni escucharle, lo único que me consolaba era la idea de desaparecer para poder borrar esas imágenes de mi mente.

—¡Diana! –exclamó separándose de la mujer pelirroja.

—¡No! –Dije y me di la vuelta para correr en dirección opuesta.

—¡Espera! –gritó– ¡Puedo explicarlo!

—¡No quiero oírlo! –contesté y atravesé con rapidez el despacho, la sala de objetos y ascendí las escaleras del sótano en un tiempo récord.

Escuchaba los pasos de Edgar detrás de mí, pero por suerte le llevaba ventaja y seguí corriendo. No paré a pensar hacia donde me dirigía, me encontraba en mitad de la nada, pero estaba fuera de mí, por lo que corrí hasta quedarme sin fuerzas.

Salí de la casa, recorrí la finca y llegué a la carretera empedrada. Miré en ambas direcciones pero no había ningún vehículo. Decidí seguir sin cuestionarme nada más, solo quería estar lejos de esa pesadilla.

Cuando estaba a punto de desfallecer por el cansancio, el ruido de un motor me hizo ralentizar la marcha.

Empecé a hacer señas con desesperación hasta que el coche aminoró la velocidad.

—Por favor, ¿puede llevarme a la ciudad?

—Claro, ¡suba!

No lo dudé. Ocupé el asiento del copiloto confiándome al desconocido.

Durante el trayecto mi mente dibujaba una y otra vez la imagen vivida; las manos de Edgar acariciando los muslos de esa mujer, mientras ella le entregaba su cuerpo sin reservas. Por suerte el conductor reparó en mi abatimiento y optó por ser prudente y abstener cualquier comentario que pensara hacerme.

El desconocido me dejó en la zona de autobuses y allí cogí uno que me condujo cerca del lugar de encuentro con Cristian. Necesitaba contarle lo que había descubierto, conocer su punto de vista, desahogarme y, simplemente, llorar a pleno pulmón sabiendo que él me entendería.

 

—Tranquilízate, Diana, y dime qué ha pasado.

Negué con la cabeza, me costaba verbalizar lo que había presenciado esa mañana.

—Es que no lo entiendo –me enjugué las lágrimas.

Cristian se sentó a mi lado, parecía realmente preocupado por mí.

—¿Qué no entiendes? –insistió acariciándome un hombro con la mano.

—¿Te acuerdas de la mujer pelirroja de la que te hablé hace unas semanas, esa que a veces venía a casa e iba a su despacho sin avisar?

—Sí, lo recuerdo.

—Pues bien, hoy he descubierto cuál es su papel en toda esta historia. Mantiene una relación sentimental con Edgar, los he encontrado en plena faena… ya me entiendes…

Su boca se abrió por la sorpresa.

—¿Tu marido tiene una aventura? –preguntó incrédulo.

Asentí, cabizbaja.

—Tienes razón, no tiene ningún sentido.

Sentí como sus ojos me escrutaban de arriba a abajo y alcé el rostro.

—Eso hace que me pregunte muchas cosas, por ejemplo, ¿por qué soy yo su esposa y no ella? Es obvio que esa mujer le gusta de verdad.

—Puede que no esté enamorado de ella y que sea algo así como un pasatiempo.

Fruncí el ceño.

—¿Y está enamorado de mí a caso? –reí sarcástica de lo absurdo– ¡¿Qué está pasando?! Esto no me lo esperaba. Este incidente hace que todo cambie: mi tranquilidad en esa casa, el concepto que tenía de él… Nada volverá a ser igual.

—No te ofendas pero… –chasqueó la lengua– sabía que había algo que no encajaba. Tú eres extremadamente confiada, incapaz de ver lo retorcidas que pueden llegar a ser las personas. Posiblemente esa mujer no sea nada serio, la pregunta que tenemos que hacernos ahora es qué quiere él de ti.

—¿Qué quiere de mí?

—Eres una chica joven, guapa, a la que nunca ha tocado. ¿Por qué?

—¿Qué quieres decir? –pregunté sin entender a dónde quería llegar.

—¿Te está respetando o reservando para una ocasión especial?

Empalidecí y me levanté de golpe.

—¡No digas sandeces! Él no es así.

«¿No lo es? ¿Lo conocía lo suficiente como para afirmar eso? Sabía perfectamente lo que quería de mí: formar una familia algún día, llevarme a actos importantes, presentarme a sus conocidos como su esposa… Eso ponía en el contrato, pero ¿entonces por qué hace esto?»

—¡Ves! Ahí está otra vez, esa ingenuidad innata–espetó señalándome–. Deberías empezar a pensar como un hombre, te facilitaría mucho las cosas.

Caminé con nerviosismo de una lado a otro, pensando, analizando las palabras de Cristian. Me hacía dudar. Tenía razón y a lo mejor lo estaba enfocando todo mal, algo se me pasaba por alto.

—¿Qué crees que debería hacer ahora? –pregunté desesperada.

Cristian se interpuso en mi camino y me detuvo, obligándome a mirarle.

—¿Él sabe dónde estás?

Hice una mueca.

—Me he escapado. Nadie lo sabe –reconocí.

—Bien –me dedicó una sonrisa fugaz–. En ese caso podrías venir a mi casa.

Se me escapó una risa nerviosa.

—¡¿Estás loco!? ¿Propones que lo deje todo sin más?

Se encogió de hombros.

—Es la mejor opción que tienes.

Le miré escéptica.

—Debería pensármelo con calma, no únicamente se trata de Edgar y yo, también está mi familia, ya lo sabes.

—¿Es que te planteas si quiera volver con un hombre así?

—No me planteo nada –dije enfadada–, todo es muy precipitado y debería hablarlo con él primero.

Negó con la cabeza, incrédulo.

—No tienes tiempo, Diana. Puede que no tengas otra oportunidad para escaparte, o quizá no volvamos a vernos después de hoy, entonces desearías poder volver atrás y aceptar mi propuesta.

Por un momento su argumento me pareció sensato. Reconozco que durante un fugaz segundo barajé la posibilidad de aferrarme a esa opción que me ofrecía sin pensar en las consecuencias. Pero eso fue antes de que se instalara el miedo. Cierto es que estaba lo suficientemente desesperada como para dar un paso así, pero por encima de todo tenía miedo a equivocarme, no pensaba cometer el mismo error y meterme en la casa de un hombre al que conocía a medias, si decidía irme, lo haría al único hogar que conocía: junto a los míos.

Pensar en marcharme me produjo un sentimiento extraño,  ¿nostalgia? No estaba segura, pero el sentido común parecía advertirme de que, tal vez, había actuado precipitadamente huyendo de Edgar, sin darle la oportunidad de explicarse. Pensándolo fríamente, verle intimando con una mujer no era algo que me afectara en exceso, aunque en ese momento me pareciera que había traspasado todos los límites inimaginables de mi paciencia. Verle de esa guisa con una desconocida, me había cegado y debía concederme un tiempo para analizar detenidamente los hechos.

—Vamos, Diana, no lo pienses más. Ven conmigo –insistió con impaciencia, y ese pequeño detalle, ese atisbo de desesperación en su tono de voz, bastó para ponerme en guardia.

Cristian tiró levemente de mí aprovechando mi abstracción. Automáticamente me separé de él.

—No. No quiero seguir huyendo, he decidido que voy a afrontar esto. Luego decidiré qué hago.

Sus cejas se arquearon por la sorpresa.

—¿Te da igual que te engañe con otra mujer? ¿Que se folle a otras en tus narices?

Me encogí de hombros.

—No me da igual, pero también soy consciente de que no estamos enamorados, no tenemos una relación convencional como “marido y mujer” –entrecomillé con los dedos. Es natural que él sienta el impulso de satisfacer su deseo sexual en algún momento.

—¿Y vas a dejarlo correr? –continuó, extrañado.

—Solo digo que tengo que escuchar lo que tenga que decirme antes de tomar cualquier decisión.

Cristian bufó, estaba consternado por mi pasotismo y no le culpé. Entendía que pensara que estaba loca, él no podía comprender todo el trasfondo de nuestra relación, no vivía como yo el día a día con Edgar. Tampoco había visto sus distintas caras.

—Esto me parece una estupidez –concluyó ofendido.

—¿El qué? –le obligué a matizar.

—Tu actitud.

Nos miramos con mucha atención durante un rato sin decir nada. Sus ojos permanecieron llameantes, estaba mucho más afectado por mi situación de lo que cabía esperar. Entonces su mano se aferró a mi brazo con fuerza, dejándome paralizada.

—¿Qué haces? –protesté intentando liberarme.

—Nadie sabe que estás aquí, ¿no?

Fruncí el ceño.

—Cristian, ¡suéltame! –le ordené elevando el tono.

Sonrió, fue la primera vez que su sonrisa me pareció perversa.

Su otra mano retuvo mi segundo brazo y me empujó contra la enorme roca que había a mi espalda. Su cuerpo me bloqueó en cuestión de segundos y sentí su cálido aliento acariciándome el pómulo. Todo ocurrió tan deprisa que tardé un rato en asimilar lo que estaba pasando.

—Puede que él prefiera pasar el tiempo con otras –siseó entre dientes–, pero yo te prefiero a ti mil veces.

Hice un movimiento de repulsa, intentando escabullirme, pero la fuerza que empleaba en liberarme era fácilmente bloqueada por sus robustos brazos.

—Déjame, por favor. Eres mi amigo… –intenté conmoverle.

Su risa me aturdió un instante.

—Nunca hemos sido amigos, Diana, solo he querido follarte desde la primera vez que te vi en la tienda.

Le miré horrorizada.

—Me estás asustando…

Mi voz quedó amortiguada por un beso robado. Intenté apartarme, pero fue en vano. Su rodilla se interpuso entre mis piernas mientras su cuerpo me aprisionaba contra la roca, inmovilizándome por completo. Chillé, pero nadie podía oírme desde tan lejos y decidí invertir todos mis esfuerzos en intentar atacarle.

—¡Suéltame, joder!

—¡Estate quieta! –me ordenó girando mis muñecas hasta hacerme daño.

Sin poderlo evitar, empecé a sollozar mientras luchaba, él consiguió desabrocharme el botón de los vaqueros e infiltrar una mano por encima de mi ropa interior. Jamás había vivido algo similar, y ese sentimiento de indefensión bloqueó todos mis sentidos.

Entonces la cordura regresó  fugazmente a mí y aproveché su proximidad para acercar mi boca a su pómulo y morderle con todas mis fuerzas. El alarido de dolor resonó entre las montañas y pronto, empecé a degustar el sabor metálico de la sangre en mi lengua. Mantuve la mordida hasta que sus manos se retiraron de mi cuerpo para llevárselas a la cara, en ese momento, le empujé y escapé. Corrí como si me fuera la vida en ello sin saber muy bien el camino que estaba tomando. No me importaba con tal de estar alejada de él.

Justo en ese instante, como en respuesta a mi plegaria interna, encontré la sombra de tres hombres en la lejanía y corrí esperanzada hacia ellos.

A medida que me acercaba reconocí sus rostros y me sentí repentinamente a salvo.

Philip, Steve y Edgar corrieron hacia mí alterados por mi nerviosismo, que era visible desde la distancia. Edgar se adelantó a sus amigos y fue el primero en llegar a mí, sin pensármelo dos veces rodeé su cuerpo con mis brazos apretándole tan fuerte como pude.

—¿Qué ha pasado? –preguntó cogiendo aliento tras la carrera, pero sin soltarme, sus brazos se aferraron tan fuertemente a mi cuerpo como los míos al suyo.

—Es Cristian, ha intentado… él ha… –no me salían las palabras.

—Vamos nosotros –dijo Steve mirando a Philip.

Con paso ligero se fueron en busca de mi agresor.

—Menos mal que os he encontrado, creía que… –me asaltó nuevamente el llanto– he pasado mucho miedo.

—Vale, cálmate –con tiento despegó mis brazos de su cuerpo creando cierta distancia entre nosotros para así poder mirarme a la cara.

Lejos de reprocharle su desafortunada aventura con la mujer pelirroja, me concentré únicamente en la seguridad que me ofrecía. Ese sentimiento reparador era más fuerte que todos los demás.

—¿Estás herida? –preguntó preocupado.

Negué con la cabeza. Él me miró de arriba abajo y reparó en el botón desabrochado de mis pantalones. Me afané en recomponerme.

—¿Te ha tocado? –preguntó muy tranquilo, sabiendo que tenía la situación controlada.

Volví a negar.

—No le ha dado tiempo –reconocí sin atreverme a alzar el rostro por la vergüenza que me producía.

Cerró sus ojos y exhaló un suspiro de alivio, de repente, volvíamos a estar unidos por un fuerte abrazo, pero esta vez provino de él.

Escuché unas voces a mi espalda y me giré. Steve y Philip llevaban a Cristian de los brazos, parecía estar esposado.

—Aquí está –empezó Steve empujando a Cristian hacia nosotros.

Edgar me separó de su lado colocándose delante de mí, sosteniendo al mismo tiempo mi mano con determinación.

—¿Quién eres? –preguntó a Cristian.

Él agachó la cabeza y luego la alzó para mirarme con ojos de disculpa.

—Perdóname, Diana, se me ha ido la cabeza.

—Te he hecho una pregunta –le recordó Edgar.

—Soy… –negó arrepentido con la cabeza– era –matizó– amigo de Diana.

—¿Desde cuándo?

—Nos conocimos al poco de venir aquí –intervine–. Trabaja en la tienda de fotografía donde llevo a revelar mis carretes.

Edgar posó los ojos en Philip.

—¿Tú sabías esto? –preguntó furioso.

—Déjalo ya, ¿quieres? –intenté apaciguarle.

—No, Diana, no lo dejo. Quiero saber por qué mi hombre de confianza, al que le confío el bienestar de mi mujer y le pago todos los meses una elevada suma, no me ha mencionado nada de este tipo.

—Verá, señor, yo…

—Edgar, deberíamos llamar a la policía –propuso Steve, intentando devolver las aguas a su cauce.

—Lo haremos, pero primero quiero saber qué me he estado perdiendo todo este tiempo.

Una punzada de pánico se me clavó en lo más profundo del alma, tenía miedo de que mis escarceos perjudicaran a Philip, no estaba dispuesta a consentir que él corriera con la culpa de mis actos.

—No te has perdido tanto como yo –constaté con recelo–, así que podemos dejar esta partida en tablas.

Edgar me fulminó con la mirada, pero en ningún momento me soltó de la mano, que parecía soldada a la suya.

—Está bien –aceptó achinando los ojos–, pero te lo advierto, Diana, como averigüe que Philip ha tenido algo que ver en todo esto, aunque sea de forma indirecta, puede ir despidiéndose de vivir cómodamente el resto de sus días.

Su amenaza provocó que Philip agachara la cabeza, arrepentido. Steve, en cambio, estaba mucho más relajado, casi risueño.

—Pues voy a llamar a la policía, y mientras esperamos a que venga, ¿por qué no arregláis vuestros problemas conyugales en un lugar más discreto? –propuso Steve dedicándonos una sonrisilla vacilona.

Edgar le dedicó una cara de advertencia, pero Steve parecía inmune a sus reacciones y en respuesta se limitó a exhibir su perfecta sonrisa.

Steve me caía bien, entre otras cosas, porque era la única persona capaz de templar los malos humos de Edgar.

Caminamos unos cuantos metros por la montaña hasta encontrar un pequeño claro invadido de verde. Solo entonces, Edgar soltó mi mano y se giró para encararme.

—Empezaré yo –se adelantó cogiendo una profunda bocanada de aire.

—La mujer que has visto en mi despacho se llama Clare. Hace unos cuantos años que nos conocemos –comentó, inexpresivo.

—¿Y bien? –Me impacienté.

—Nunca he tenido pareja, he estado con varias mujeres pero nunca ha habido algo serio, así que cuando quiero disfrutar sexualmente de una mujer llamo a Clare –reconoció a bocajarro.

Su comentario no pudo producirme más animadversión.

—¿Me estás diciendo que te acuestas con putas? –violenta, desvié la mirada– ¡Por Dios!

—No la llames así, es una mujer de compañía, nada más.

Parpadeé aturdida.

—¿Has reconocido que te acuestas con prostitutas y pretendes que apruebe algo así? ¿Cómo si no tuviera la más mínima importancia?

—¿La tiene? –preguntó confuso.

—Yo diría que sí –espeté irónica.

Parecía extrañado.

—Pues no veo por qué debe importar. El sexo es una necesidad a satisfacer, punto.

No podía salir de mi asombro. Lo peor de todo era la frivolidad con la que abordaba el tema.

—Me tomas el pelo, ¿verdad?

Negó con la cabeza, confuso.

—Diana, puede que tú puedas prescindir del sexo, pero no es mi caso.

—¿Y ya está? ¿Esa es tu justificación?

—¿Y qué esperabas? Tú y yo no nos acostamos, no mantenemos relaciones de ningún tipo y quieres que eso siga así, ¿me equivoco?

—¡¿Cómo?! –exclamé con incrédula– No sé cómo lo haces, pero cada vez que abres la maldita boca la fastidias más. ¡No tienes nada de tacto, maldita sea! Careces de empatía por completo.

—Perdóname por ser sincero, pero tú, “la empática”, ¿te has preguntado cómo se siente el hombre que se ha casado contigo y te desea desde el primer momento? ¿Piensas alguna vez en lo frustrante que resulta tener que recurrir a otras mujeres cuando en casa tienes todo lo que quieres? No, ¿verdad? Resulta más fácil tacharme de repugnante y hacerte la víctima.

Bufé con rabia.

—¡Oh, Edgar, eres… –me mordí la lengua para no verbalizar lo que realmente pensaba– eres… imposible!

Me crucé de brazos, indignada.

Él cogió aire y suspiró. Yo rehuí su mirada, avergonzada. Tenía la cara roja como un tomate y era incapaz de decir una sola palabra.

—Perdóname –se disculpó a regañadientes–, si te ha molestado lo siento –le miré y vi el arrepentimiento en sus ojos, suspiré dispuesta a darle otra oportunidad y dejar correr el tema; pese a que me asqueaba todo el asunto, podía entender sus motivos–. Tendré más cuidado la próxima vez –concluyó dejándome en shock.

Abrí los ojos al máximo y un impulso inesperado emergió haciendo que le propinara un empujón.

—No cambias, ¿verdad? –grité enervada– ¡Eres desquiciante! –me llevé las manos a la cabeza.

Di media vuelta y caminé en dirección hacia los otros, vi que la policía acababa de llegar y Steve le narraba lo ocurrido.

Edgar acompasó mi paso ligero y se interpuso en mi camino.

—¿Por qué te alteras tanto?

«¿Es que necesitaba preguntarlo?»

—Porque eres tremendamente injusto, ¿no crees? Si mal no recuerdo yo no puedo intimar con nadie mientras estemos casados, pero tú no te riges por la misma ley.

—¡Por Dios, Diana! El sexo no es un problema para mí, por lo visto para ti sí y lo respeto, ¿qué más quieres?

Le carbonicé con la mirada y di gracias a Dios por no tener un cuchillo a mano, en ese estado de exaltación hubiese sido capaz de cometer una locura.

—Es igual –zanjé desganada–. Déjalo, no tengo nada más que hablar contigo, tienes la misma sensibilidad que una patata cocida.

Edgar escondió la risa, e intuyendo que quería escaquearme, volvió a frustrar mis intenciones.

—Tú ganas –dijo, y con ello logró que ralentizara el paso.

—¿El qué?

—No me apetece disgustarte, así que prometo dejar de ver a Clare.

Su afirmación me produjo escepticismo.

—¿Eso significa que te verás con otras mujeres?

Suspiró con resignación.

—Con ninguna. No sé cuánto tiempo podré estar así, pero… –se encogió de hombros– lo intentaré.

Ser testigo de la seriedad que había mostrado de repente casi consiguió que rompiera a reír. Me mordí el labio inferior y asentí con la cabeza, aprobando su elección.

—Ahora te toca a ti –me recordó señalando a Cristian con la cabeza.

—Nos conocimos en la tienda de revelado y enseguida conectamos. A los dos nos movía el mundo de la fotografía y resultaba interesante compartir ese hobbie con alguien –miré a Cristian de soslayo, señalaba en mi dirección mientras hablaba con el policía que tomaba declaración–. Él me mostró este lugar. Engañaba a Philip para que me dejara algo de espacio y venía aquí con Cristian para charlar.

—¿De qué hablabais?

—De ti, de nosotros, mi familia… Él también me explicaba sus problemas y nos ayudábamos mutuamente.

—¿Le hablaste de tu hermano?

Asentí y eso pareció sorprenderle mucho.

—Has dicho que os ayudabais mutuamente… –dijo a la ligera, como si no importara mi respuesta, pero sus ojos escrutaban mi reacción.

—Yo le ayudaba a salir de sus vicios y él, simplemente, me escuchaba, me comprendía y me ofrecía su opinión sincera de las cosas. No necesitaba nada más.

Steve empezó a hacer señas para que me acercara a ellos, pero Edgar ignoró las señales y siguió mirándome como si en ese paraje no hubiera nadie más.

—¿Estás enamorada de él? –preguntó con expresión torturada.

—Nunca lo he estado –reconocí con rapidez–. Lo único que me atraía era tener a alguien con quien hablar sin tapujos, confiaba en él y… –giré el rostro para observarle desde la distancia– Jamás imaginé que tuviera esas intenciones, que fuese capaz de… –tragué saliva– Soy una tonta, debí haberlo intuido, haber hecho caso a las señales, pero estaba tan concentrada en ese pequeño momento de distracción y sinceridad que me ofrecía, que obvié todo lo demás.

Edgar cogió con cuidado un mechón de mi cabello que estaba a merced del viento y lo colocó con ternura detrás de la oreja. Parecía aliviado, tranquilo tras mi aclaración.

—No eres tonta, solo joven –corrigió, y esta vez sí que me dedicó una débil sonrisa de medio lado.

Juntos emprendimos la marcha hacia el grupo que nos esperaba, debía contar a la policía mi versión de los hechos y poner la denuncia. Todavía no podía creer que las cosas acabaran de esa manera con quien creía mi amigo. Jamás volvería a saber de él, ni a contar los minutos que faltaban para verle, mi pequeña vía de escape acababa de esfumarse.

Antes de llegar hacia el grupo, otro pequeño asunto no aclarado hizo que ralentizara el paso.

—Tengo que hacerte una pregunta –aventuré esperando a que me siguiera.

—La última –contestó guiñándome el ojo.

—¿Cómo sabías dónde estaba?

Edgar me dio la vuelta sin decir nada y cogió el teléfono móvil que tenía en el bolsillo trasero de mi pantalón. Había olvidado por completo que estaba ahí.

—Bromeas…

—Tienes el localizador activado –dijo encogiéndose de hombros.

Abrí la boca por el asombro.

—Hay que joderse, ¡vivo con un miembro de la CIA!

Se echó a reír.

—Y yo con una malhablada de cuidado.

—Es lo que tiene la clase baja.

Volvió a reír.

—No creo que eso esté reñido con la buena educación.

Oculté la sonrisa y negué con la cabeza.

—¿Y luego llamaste a Steve para que te ayudara a buscarme? –pregunté arrugando el entrecejo.

—Steve me trae suerte, es algo así como mi talismán.

Me eché a reír.

—¿Puedes hacernos un favor y dejar de tratarnos a todos como objetos, señor Walter? –sugerí con humor.

Edgar hizo ademán de replicar mi argumento pero no tuvo tiempo. Habíamos llegado y debíamos centrarnos nuevamente en el presente y el problema que teníamos entre manos.

 

Esa misma noche, una vez acabó todo, hice un repaso mental a lo ocurrido y me di cuenta de que solo había una cosa que pesaba más que las otras: Edgar me había salvado de los lobos. Apareció en el momento oportuno, como un rayo de esperanza y me salvó de vivir la experiencia más amarga de mi vida. Me reconfortó ver que se preocupaba por mí, y entonces, comprendí que siempre podría contar con él. Pasase lo que pasase intentaría ayudarme.

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