ALBERTO ROMERO

Una charla reveladora
—¿Cómo es esto de que me estaba esperando? —dijo Aguirre sorprendido por la
contestación de Martín.
—Sabía que tarde o temprano usted aparecería —contestó Martín con aparente
tranquilidad.
—¿Sabe usted quien soy y por qué vengo?
—Sí, señor —dijo mientras le ofrecía asiento en el sofá de la sala—. Hablo mucho
con Antonio, y me ha ido contando que usted está investigando la desaparición de
Josefa.
—Así es. Estoy investigando la desaparición de Josefa. Por eso he venido a hablar
con usted.
—¿Ya ha descubierto que soy hermano de Ana verdad?
—Quería saber si usted lo sabía, pero ya veo que sí.
—Me mudé aquí hace unos años con la esperanza de decírselo y hablar con
ella, pero nunca he tenido cojones de hacerlo —dijo Martín bajando la cabeza avergonzado.
—¿Y cómo supo usted quién era Ana?
—Mi padre murió asesinado cuando ella nació, pero dejó una carta escrita con
toda la verdad, guardada en una caja fuerte de un banco con orden de que yo la
abriese cuando cumpliese dieciocho años.
—¿Su padre sabía que Ana había sido dada en adopción? Tenía entendido que
le dijeron que había muerto al nacer.
—En la carta explicaba que la versión oficial fue que había muerto al nacer, junto
a su mujer, pero que él vio salir a una monja del paritorio con un bebé llorando.
Cuando se acercó preguntando si era su hija le dijo que no, que era otro bebé. Siguió
a la monja y vio como esta se la entregaba a unos señores, y como estos se
marchaban muy rápido del hospital. Luego le dijeron que su mujer y su hija habían
muerto en el parto. Le dejaron ver a su mujer, pero nunca vio a la niña. Los médicos
decían que era por protocolo, pero él nunca lo creyó.
—Supongo que usted era muy pequeño para recordar aquello.
—Yo tenía cuatro años, no recuerdo nada. Al tiempo me dijeron que mi padre
había muerto en un accidente laboral y acabé en un orfanato.
—¿No tenía más familiares que pudiesen adoptarle a usted?
—Los he buscado durante años, pero nunca he encontrado a nadie. Me adoptó
una familia de Barcelona buenísima y hasta que no cumplí dieciocho años no descubrí
la verdad.
—Pero, ¿Usted sabía que era adoptado?
—Sí, siempre lo supe. Mis padres adoptivos me dijeron que mis padres habían
muerto y por eso ellos me habían adoptado.
—Y cuando leyó la carta decidió venir a Madrid.
—Sí, busqué trabajo aquí y traté de acercarme a Ana, aunque ya le digo que no
me atreví a decirle nada.
—¿Su padre sabía donde estaba Ana?
—Mi padre estuvo buscando durante meses a la bebé que él creía que era su
hija. No explicaba como, pero descubrió a Josefa y se enfrentó a ella.
—Y entonces apareció muerto.
—Yo pensaba que mi padre había muerto por un accidente laboral, pero cuando
leí la carta el dejó escrito que Josefa le había amenazado de muerte, y que temía
por su vida. Se despedía en la carta pidiéndome que buscase a mi hermana y
que le contase la verdad.
—Es probable que Josefa cumpliese su amenaza.
—Veo que usted ya conoce como se las gasta esa mujer —dijo Martín con tristeza.
—Veo que usted también —contestó Aguirre mientras ambos se entendían de
maravilla.
—He visto cosas en estos meses bastante raras.
—Cuénteme qué cosas —dijo Aguirre queriendo saber más.
—No se si me atrevo.
—¿Por?
—Creo que estoy metido en un lío, señor —dijo Martín mientras bajaba de nuevo
la mirada como avergonzado.

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