DESMOND EUTAND

 

Esta historia podría haber sucedido dentro de mucho tiempo.

En una colonia, lejos de la Tierra cayó un día un objeto del cielo. Ralph, uno de los colonos que se empeñaba en hacer arraigar cereales en esa tierra estéril hasta el núcleo tiró sus herramientas y corrió al lugar del impacto. El enorme cráter que había formado aún humeaba cuando llegó. En su interior descubrió un objeto cilíndrico, aunque estaba completamente deformado, de apenas un metro de base y dos de altura que se había calcinado casi por completo.

Sin perder la calma, como si fuese un hecho común que cayesen cosas procedentes del espacio en aquel gélido lugar volvió caminando a su casa y reclamó la ayuda de su hijo. Juntos volvieron al lugar del impacto. El chico bajó al cráter y husmeó en el objeto de metal. Temeroso, el padre hizo que saliese de aquel agujero y regresaron a la casa.

Llamaron a la policía local, que acudió al rato llevándose el objeto con un tractor hasta la plaza del ayuntamiento. En unos minutos sería de noche y la temperatura bajaría drásticamente, por lo que esperaron a la mañana siguiente para analizar el objeto con ayuda del médico, la única autoridad científica de la colonia en ese momento.

Ocho horas después estaban allí de nuevo. El descubridor del objeto, por derecho su propietario, como determinaba la ley, dio su permiso al médico para examinarlo. Éste encendió una linterna y se introdujo por debajo, como un mecánico que se dispone a trabajar en las tripas de un coche. A medida que avanzaba iba sacando cristales, pequeños trozos de metal y algo que debieron ser cables en otro momento.

Entre ellos una pequeña placa de metal llamó la atención de uno de los policías que se arremolinaban alrededor del objeto. Se agachó a cogerla, pidiendo permiso a Ralph para hacerlo. Quitó la carbonilla de la pequeña plaquita de metal e intuyó lo que estaba escrito en ella. Parecían letras del alfabeto antiguo. Cuatro letras, las tres primeras similares y la cuarta diferente. Debajo de ellas resquicios de un relieve que debió ser un dibujo. Se la enseñó a Ralph, que la cogió y pasó los dedos sobre las letras. Le miró fijamente durante unos segundos y sin mediar palabra entre ellos llamó a su hijo. Le entregó la placa y le pidió que fuese a la biblioteca a tratar de averiguar qué significaba aquella palabra, si es que lo era.

De repente el médico exclamó – ¡Aquí hay algo vivo! -.

Un leve pulso en la consola de aquel amasijo metálico había confundido al médico. No le cabía duda de que era una cápsula construida por seres humanos sabe Dios en qué rincón y momento del universo. Latía una luz roja cada pocos segundos, tan débil que apenas iluminaba. El médico escudriñó el interior de aquel aparato con la linterna.

Descubrió un ser peludo, hecho un ovillo que descansaba en un pequeño habitáculo en el interior de artefacto. Estaba congelado. Los ojos cerrados, el hocico resplandeciente, el pelo como filamentos de puro hielo. Su visión dejaba claro que llevaba en ese estado una eternidad.

El médico pidió una manta, rodeó al ser extraño, lo extrajo de la cápsula y lo depositó en el suelo, temiendo que cualquier movimiento brusco lo hiciese añicos como un cristal.

No habían visto nunca nada igual. Los únicos seres vivos de aquel lugar, además de unas pocas especies de plantas, eran los humanos, que luchaban cada día contra los elementos por hacer de ese paisaje un hogar confortable para las generaciones futuras. La gente se agolpaba para observar al extraño visitante, que no recordaban haber visto representado nunca en los libros, ni siquiera en los más antiguos.

El cuerpo recogido, la expresión de paz del rostro, las extremidades cruzadas, las orejas plegadas hacia atrás, los párpados rematados por unas largas pestañas, todo el conjunto le hacía parecer algo mitológico. Como un dios que desciende del cielo,  llamado a ser admirado por los hombres.

En esos momentos el hijo de Ralph volvió a la carrera, hasta topar con la pierna de su padre. “CCCP”, le dijo. Esas son las letras. Pero he buscado por todas partes y no encuentro nada que explique qué significan.

Aquel pequeño tumulto de gente siguió observando al animal durante un rato hasta que alguien avisó de la inminencia de la noche y empezaron a dispersarse. Ralph pidió ayuda a su hijo para meter al animal en su vehículo y llevarlo a casa, le pertenecía por derecho y no sabía muy bien qué debía hacer, pero pensó que ya encontraría un destino para él. Una vez en la casa, lo depositaron en el suelo de una de las estancias que estaba vacía, sobre una pila de mantas, al lado de una ventana y se fueron a dormir.

El hijo de Ralph despertó en mitad de la noche y se deslizó hasta la habitación en la que estaba el animal. La luz de las lunas penetraba por la ventana, haciendo resplandecer el pelo pardo, negro, gris y blanco que cubría todo su cuerpo. Podía sentir casi cómo respiraría si estuviese vivo. Se acercó hasta que sus caras casi se juntaron, observando detenidamente cada rasgo. Los agujeritos de la nariz, las orejas plegadas, la línea de la boca, de un lado a otro de la cara. Algo llamó la atención bajo la mandíbula del misterioso ser. El pelo cubría un collar del que colgaba una chapita metálica. El chico sabía que no debía hacerlo, pero tiró de ella hasta que se soltó, quebrando el collar, que prácticamente se desintegró. En la palma de su mano la observaba, pasando un dedo por encima de la inscripción. Instintivamente acarició la cabeza del animal, mientras una lágrima se formaba en sus ojos. “Laika”, susurró.

 

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