ANNABEL VÁZQUEZ

Recargando pilas 

No todos los días eran iguales. A veces habían intervalos de tiempo en los que Edgar y yo apenas coincidíamos. Temporadas en las que sus ausencias se hacían más reiteradas. Estaba viviendo uno de esos episodios. El aburrimiento volvía a hacer de las suyas y ni siquiera mis escapadas a la ciudad conseguían distraerme lo suficiente de la situación que vivía en casa.

—Te noto rara –constató Cristian–, estás más ausente de lo habitual.

—¿Qué? ¡no! –parpadeé para centrarme– Estoy cansada, eso es todo.

—Es algo más –me acarició sutilmente el muslo y yo lo aparté rápidamente de su alcance.

—¿Qué haces? –pregunté escandalizada.

—¡Nada! ¡Por Dios, no me mires así! –sonrió alzando las manos al mismo tiempo– Siempre estás en guardia, solo intentaba consolarte.

Me levanté y recoloqué mi ropa. Él lo hizo poco después.

—No me digas que te vas a ir tan pronto.

—No debería haber venido, hoy no me encuentro demasiado bien –me excusé.

—Un momento, ¿ha sido porque te he tocado?

—¡No! –me afané en contestar– Pero, ¿a qué ha venido eso?

—Solo ha sido un movimiento involuntario, no le des importancia.

Me armé de paciencia. Lo único que me apetecía era regresar a casa. Sentía que los últimos encuentros con Cristian estaban cargados de tensión. Tras contarle los últimos descubrimientos acerca de Edgar había notado un pequeño cambio en su actitud. O puede que hasta ese preciso instante no me diera cuenta de aspectos de su personalidad que me incomodaban. No importaba, fuera lo que fuese lo que me hacía estar a la defensiva, empezaba a aburrirme casi con tanta rapidez como la sincera amistad que creía que nos había unido los primeros días de mi llegada.

—¡Eh! ¡Vamos! No quiero verte así.

Me detuvo con delicadeza, haciendo que le mirara a los ojos.

—Hace unos días que me encuentro desganada, apática. No sé qué me pasa –confesé.

—Es natural, con lo que estás pasando no es para menos.

Asentí.

—Estoy invirtiendo todo mi esfuerzo en descubrir todos los misterios que esconde Edgar, pero cada pequeño logro queda empañado, como si solo hubiese dado con la punta del iceberg. Hay mucho más que no puedo ver, estoy segura, pero ahora mismo estoy estancada. Sin saber qué hacer.

—Estás frustrada –concretó.

—Así es.

Sonrió con afabilidad.

—No puedo quitarme la sensación de que después de todos estos meses sigo conviviendo con un auténtico extraño –reconocí.

—No sé mucho de estas cosas, pero cuando pone tanto empeño en mantenerte alejada de aspectos de su vida es porque oculta algo.

—Eso mismo pienso yo –le miré, de repente más interesada– ¿Qué puedo hacer?

Cristian meditó durante un rato.

—Dices que pasa mucho tiempo en su despacho y que ahí guarda todo lo que le importa.

Asentí.

—Pues ahí lo tienes –extendió sus manos reproduciendo el gesto de “voilà”–. La llave a sus misterios está en esa habitación.

—Pero ¡no puedo entrar como si tal cosa! –exclamé escandalizada– Si se entera de que me he saltado las reglas y he husmeado entre sus cosas…

—Espera a que esté dormido o a que salga de casa y hazlo. Además, estás en todo tu derecho. –Su ceño se frunció un instante– ¿O es que le tienes miedo? ¿Temes que pueda hacerte algo?

—¡No! –contesté tajante– No es de esa clase de hombres.

—¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez le has puesto a prueba?

—Le he sacado de quicio en innumerables ocasiones y nunca se ha mostrado violento, es un poco gruñón, pero nada más.

Cristian me estudió con mucho interés.

—Tal vez no deberías arriesgarte, no sé… podría ayudarte, ser tu cómplice y meterme a hurtadillas en su despacho mientras tú lo entretienes o…

Se me escapó una sonora carcajada. Al parecer Cristian había conseguido lo impensable aquella mañana: hacerme cambiar de humor.

—Has visto demasiadas películas de espías, ¡no es un ogro! Y si me lo propongo puedo ser muy sigilosa. Como un gato.

—Como un gato –repitió con ironía–, no sé yo… ¿estás segura que el sigilo es una de tus habilidades? No te ofendas, pero te he visto caminar, tropezar una buena decena de veces y bajar la montaña a trompicones sorteando las piedras con poca destreza.

Abrí la boca por el asombro y le propiné un codazo del que se quejó.

—Eso es porque no me has visto ponerme en plan ninja, pero créeme, puedo ser sigilosa.

Alzó las manos en forma de disculpa, reprimiendo una sonrisa.

Sin darnos cuenta volvimos a bromear. Logré aparcar mi negativismo y relajarme olvidando todos los problemas.

Aquella mañana había servido para resituarme en el camino, recargar pilas y no darme por vencida en mis propósitos.

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