ANNABEL VÁZQUEZ

Acorralado

Tras la conversación mantenida con Cristian, no volví a ser la misma. Tenía un nudo en el estómago y necesitaba conocer las respuestas a mis nuevas dudas cuanto antes, podía ser paciente e ir paso a paso, ya había observado que tantear el terreno me ofrecía mejores resultados cuando se trataba de Edgar, pero por alguna razón, la duda que Cristian había instaurado en mi cabeza era demasiado fuerte para obviarla y esperar.

Me moría de impaciencia.

Cuando regresé a casa, busqué a Edgar. Una vez más no tuve oportunidad de reunirme con él, sus negocios eran lo primero y me había comunicado que debía ausentarse.

Había estado sola el resto del día, comiéndome las uñas debido a la ansiedad, pensando en los problemas por los que había pasado a mi corta edad y cómo mi vida se había detenido años atrás, incluso antes de que me diera cuenta. Tal vez por eso en Escocia me sentía de maravilla, todo lo que me importaba estaba donde tenía que estar, nuestras vidas en orden, al fin. Pese a todo, había algo que me impedía relajarme: la idea de que Edgar tuviera algo que ver en los turbios asuntos de mi hermano. Es curioso, pues si no hubiese hablado con Cristian, posiblemente esa idea no estaría en mi pensamiento.

 

«¡No. Es imposible! Edgar únicamente me ha ayudado… No tiene nada que ver con Marcos».

 

En cuanto el sol empezó a despuntar, me vestí con urgencia y salí rauda a su encuentro. Esperé impaciente recostada contra la pared del pasillo frente a la puerta de su dormitorio; no quería perder ni un segundo en abordarle.

—¡Buenos días! –exclamé con ímpetu al tenerlo frente a mí.

Edgar parpadeó aturdido, seguramente advirtió mi impaciencia y mi impulsividad.

—¿Hace mucho que me esperas?

Me encogí de hombros.

—Lo normal. ¿Podemos hablar? –pregunté impaciente mientras recorría el pasillo con lentitud, acompasando su paso.

—¿Ha ocurrido algo? –sus ojos me escrutaron con detenimiento.

—No, es solo que… tengo una duda, y… –bufé frustrada.

Descendí al trote los escalones, aguardé en silencio hasta llegar a la mesa del comedor, donde como cada día, nos aguardaba el desayuno. Esperé a que Edgar se sirviera el café, como solía hacer. De tanto en tanto me miraba y su ceño se fruncía, me conocía lo suficiente para saber cuando algo me preocupaba de verdad.

—Diana, ¿quieres decirme ya qué es lo que pasa?

Tragué saliva.

—He estado pensando en mi hermano y… sus asuntos –claudiqué con tiento–. En realidad llevo un tiempo dándole vueltas –maticé.

—¿Qué es lo que te preocupa?

—Marcos trabajó para una mafia los últimos meses antes de mudarme, una mafia con la que tuvo problemas. Nunca supe quiénes eran, pero le tenían vigilado y no podía dar un paso sin que ellos lo supieran.

Sus ojos confusos no perdieron detalle de cada una de las palabras que salieron de mi boca.

—Así es –confirmó, dudoso.

—¿Tú conociste a esa gente? Cuando pagaste su deuda… ¿sabes quiénes son?

—Es un tema delicado –explicó–, verás, no se trataban de unos delincuentes cualquiera, hasta donde averigüé había gente importante implicada. Pero jamás pudimos dar con los que daban las órdenes, nos bastó con llegar a uno de esos altos mandos en la cadena. Aceptó el dinero y las amenazas cesaron. En ese momento era lo único que me importaba. Acabar con todo.

—Pero… –negué dubitativa– la policía intervino, cogieron a los culpables.

—Cogieron a las personas que atacaron directamente a tu hermano y pagaron por ello –zanjó–. Todo quedó en un simple ajuste de cuentas, aunque me temo que había más bajo la superficie.

Me mordí el labio inferior frustrada, el corazón me iba a mil por hora, en lo más profundo de mi ser me aterraba que Cristian tuviera razón y Edgar estuviese involucrado de alguna forma en todo aquello.

—¿Por qué habiendo llegado hasta ahí no desarticulaste toda la red? –me aventuré a preguntar, intentando que mis palabras no sonaran a reproche.

Me miró extrañado por mi pregunta y de pronto, sus ojos relampaguearon con súbita fiereza.

—¿Realmente crees que hubiese servido de algo? Ya te dije que había gente influyente dentro, gente que ni tan siquiera había oído hablar de tu hermano ni le importaba lo más mínimo porque él era el eslabón más bajo de la cadena. De haber seguido indagando, posiblemente hubieran hecho efectiva su amenaza y ni tú ni tu familia seguiríais con vida, quién sabe. Es de sabios saber cuándo retirarse, no podemos ganar todas las batallas.

—No, Edgar, es de cobardes –repliqué–. Esa gente utilizará a otros chicos incautos como mi hermano para realizar sus fines.

—¿Me estás regañando por algo? –preguntó con tono de rebeldía.

Me obligué a respirar hondo y negar con la cabeza sus certeras conjeturas.

—No –me afané en contestar–, es solo que tengo miedo de que quieran más dinero y vuelvan a amenazar a mi familia.

—Eso no pasará –respondió tajante.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo sé. Nunca dejo cabos sueltos, Diana. Deberías saberlo.

—¿Estás seguro?

Suspiró.

—Te lo diré una vez más. Si lo que te preocupa es que tu hermano vuelva a estar en peligro, no tienes porqué. Él ha empezado una nueva vida lejos de todo eso, créeme, esa gente tiene interés por dejar todo este asunto atrás, no les interesa que siga tirando del hilo, y además, ya hemos hecho frente a la deuda, así que no buscan nada más.

Le miré escéptica.

—¿Por qué todas esas preguntas? –intervino suspicaz– ¿Qué es lo que realmente pretendes descubrir con esta conversación?

—¿Cómo sabes que hay algo más que me preocupa?

—No soy tonto, y creo poder decir que te conozco un poco. Siempre das rodeos a las cuestiones que realmente te perturban y en cuanto encuentras la ocasión ¡zas! sueltas la gran pregunta de repente. Empiezo a comprender cómo funciona tu mente y por eso sé que este tema te preocupa, como es natural, pero hay algo más que no te atreves a preguntarme. ¿Qué es? Sé directa, tengo mucha curiosidad.

—Bueno, es que… hay cosas que se me escapan –reconocí–. He estado obviándolas hasta ahora, pero ya no puedo más.

—¿Qué cosas? –preguntó impaciente.

—¿Cómo supiste de mí y por lo que estaba pasando? Todo se llevó en secreto. Además, vives en otro país, no tiene sentido que vinieras a solucionar mi vida sin conocerme de nada. Supongo que eso es algo que siempre me ha chocado. Nada más.

Nos quedamos en silencio unos angustiosos segundos que parecieron horas. Nos retábamos con la mirada, los dos deseábamos ver en los ojos del otro las respuestas a nuestras preguntas.

—Un momento –intervino Edgar llevándose una mano a la cabeza–, ¿piensas de algún modo retorcido que yo he estado detrás de todo lo que te ha pasado?

Abrí los ojos de golpe, me resultaba increíble que fuera tan evidente mi duda.

—¿Además de tu trabajo tienes algún otro negocio del que no se pueda hablar? –fui al grano, jugándomelo todo de una vez.

Se quedó boquiabierto.

—Dios mío… –susurró, herido.

—Eso no es una respuesta –le recordé.

—Que te lo cuestiones siquiera me ofende. ¡¿Crees que alguien como yo llevaría un negocio así?!

—Bueno –di un rodeo–, ¿y cómo explicas que acudieras al rescate en el momento justo? ¿Qué te importaba a ti todo lo que estaba pasando en mi casa? Es más, ¿Cómo lo supiste?

—Eres tan desagradecida… –se levantó indignado– No me puedo creer que tenga que defenderme de tus acusaciones, que pienses que…

Se golpeó la frente para intentar salir del trance. Cuando volvió en sí me miró con rencor y decidió, por fin, hablar con propiedad.

—Supe de ti por tu hermano –reconoció sin más–. Meses antes de que le dieran la paliza intentó vender por internet unas monedas del siglo XVII de oro y plata. De hecho te hablé de esas monedas, ¿lo recuerdas?

Me llevé una mano a la boca. Por supuesto que me acordaba.

— Quarters –susurré.

Asintió y continuó.

—Soy coleccionista –matizó– . A veces he encontrado cosas por internet, gente que simplemente quiere desprenderse de algo valioso. Lo que me llamó la atención fue que tu hermano intentaba vender una reliquia a un precio irrisorio, además era precisamente la moneda que faltaba en mi colección. Indagué un poco para cerciorarme de que esas monedas no eran falsas.

»Internet es un mundo que deja poco espacio a la intimidad, una cosa me llevó a la otra y di con vuestras redes sociales por casualidad. Habían colgadas fotos de familia y demás, cosas inocentes. No me resultó difícil ir más allá y encontrar información confidencial sobre vosotros, como vuestro inminente embargo, los problemas financieros… –suspiró y apartó avergonzado la mirada de mí– No me siento especialmente orgulloso de los métodos que empleé para descubrir vuestros asuntos.

Empalidecí. ¿Había sabido de mí por internet?

—Descubrí el resto cuando la curiosidad me hizo enviar a un hombre de confianza a España y él fue quién me comunicó la difícil situación por la que atravesabais y el lío en el que estaba envuelto tu hermano.

Le miré extrañada.

—¿Te dedicas a espiar a la gente, Edgar? ¿Eso es lo que haces en tu tiempo libre?

Apretó la mandíbula. Por su semblante deduje que empezaba a enfadarse.

—No, Diana, no es algo que acostumbre a hacer –respondió condescendiente–, si eso es lo que te preocupa.

—Entonces, ¿después de indagar en nuestras vidas, nos ayudaste simplemente por solidaridad, porque te había conmovido la historia?

Rió sardónicamente.

—No, no fue eso lo que me impulsó a ayudaros. Fuiste tú.

—¿¿¿Yo???

—Antes de indagar en vuestras vidas, como dices tú, había visto mil fotos tuyas. Supongo que nunca te has molestado en bloquear tus perfiles en las redes sociales, así que después de saber de ti quería conocerte a toda costa, quería… –se encogió de hombros, como si no hubiese podido evitarlo– quería tener un pretexto para acercarme a ti. Claro que jamás imaginé todo lo que había a tu alrededor…

Mis ojos le escrutaron con desconfianza.

—¡¿Qué?! –espetó con indignación– ¡No puedes culparme por querer salvarte!

No pude cerrar la boca, estaba alucinada.

—Te encaprichaste de mí, entonces –concreté.

Suspiró.

—No te estaba buscando, Diana, apareciste sin más en mi pantalla y en cuanto te vi supe que…–apretó fuertemente los labios dejando su discurso a medias– No tengo asuntos turbios si eso era lo que querías saber.

—Cuando me viste supiste qué… –repetí para que volviera al tema, había cambiado drásticamente por algún motivo y no pensaba dejárselo pasar como en otras ocasiones.

—Pues eso… –hizo un gesto con la mano.

—¿Qué? –repetí elevando el tono.

—Que tenías que ser mía. Las monedas quedaron en segundo lugar, no sé si tu hermano aún las conserva o las malvendió por otros medios, de repente tú te convertiste en el centro de mi deseo.

—Y lo haces otra vez –intervine, molesta–, tiendes a compararme con un objeto, ponerme a la altura de esas estúpidas monedas.

—Perdóname, no es eso lo que pretendía decir –me pareció intuir una leve sonrisa en sus labios.

Arrugué la nariz.

—¿Entonces se podría decir que te seduje a partir de unas fotografías que encontraste en mis redes sociales? –pregunté, negándome a admitir que esa fuera la única realidad.

—Así es –confirmó de buen humor.

—Puede que no lo parezca, pero me hace sentir relativamente mejor conocer la verdad. Aunque sea tan… –hice un gesto que denotaba perplejidad– absurda.

—Soy muchas cosas, Diana, casi todo lo que dicen por ahí es cierto, pero de una cosa puedes estar cien por cien segura: no soy un mentiroso. Valoro la verdad por encima de todo, y sí, lo reconozco, hablo poco, pero cuando lo hago no es para decir mentiras. Te conocí de una forma inesperada, esa es la única verdad. Que estuvieras de deudas hasta el cuello fue lo que me allanó el camino para llegar hasta ti.

Parpadeé, abrumada por su sinceridad.

—¿Qué hubiese pasado si me hubieses visto pero no necesitara tu ayuda? ¿Si nada de lo acontecido en los últimos años en mi familia hubiese ocurrido?

Bufó y se encogió de hombros, no sabía qué respuesta ofrecerme.

—Hubiese buscado otra vía para llegar a ti. Todos tenemos un punto flaco, una debilidad, un precio, y ten por seguro que descubriría el tuyo.

Negué lentamente con la cabeza; no salía de mi asombro.

—¿Es que es así como haces las cosas? ¿Acorralando a la gente hasta que no tenga más opción que coger tu mano? ¿No te has planteado simplemente que podrías venir a verme, regalarme unas flores e invitarme a cenar como la gente normal?

Se le escapó la risa.

—No me habrías hecho el menor caso si no puedo ofrecerte algo que necesites.

Descolgué la mandíbula.

—¿Y qué te parece únicamente tu compañía? Mostrarte ante mí tal y como eres, con naturalidad.

—No habría funcionado –concluyó seguro.

—¿Cómo puedes decir eso? Dios mío, para ser un hombre tan inteligente eres extremadamente pesimista respecto a tus posibilidades.

—No es pesimismo, es coherencia. Sé muy bien lo que soy y lo que no soy. Tengo dinero, soy comprensivo, intento que la gente que está a mi alrededor se sienta segura, a salvo… en contra punto no soy precisamente guapo, tampoco tengo don de gentes, relacionarme se me da de pena, lo tengo asumido. Por todo eso sé que no te habrías fijado en mí.

—¿Y piensas que al ofrecerme dinero para resolver mis problemas sí?

Ladeó la cabeza.

—Ha funcionado, ¿no crees?

No sabía si reír de su comentario o abofetearle.

—Y de esa forma has ganado, ¿no? Seguro que piensas que no hace falta nada más para que me fije en ti, basta con extender un cheque.

Reprimió la risa, pero a mí no me parecía divertida la conversación.

—Ahora no necesito que te fijes en mí, ya te tengo. Tampoco tengo que extender ningún cheque, directamente te he entregado una tarjeta.

Intentó hacerse el gracioso, pero no era el momento. Le observé largo rato sin perder detalle de su autosuficiencia, pero lo que más me molestó era que no tenía ni puñetera idea de cómo dirigirse a una mujer, ¡qué digo! ¡A toda la humanidad! Era tan insensible que a veces tenía que auto convencerme de que estaba delante de un ser humano y no de una máquina sin corazón.

—Desde luego, para ti sí ha sido fácil. Seguro que sientes como si me hubieses comprado.

Me dedicó una sonrisa cariñosa, inocente, y tuve la tentación de perdonarle su total falta de empatía, pero ese efímero sentimiento duró apenas un segundo. Enseguida recordé quién era y lo que había hecho.

—Sé que es justo lo que parece, pero no te he comprado. Simplemente hemos llegado a un acuerdo mutuo, tú necesitabas mi dinero y yo una esposa. No le des más vueltas –con diversión en la mirada se acercó a mí y revolvió mi cabello con energía, tal vez para borrar la tristeza que se había instalado en mi rostro–. Y ahora –prosiguió colocándose la chaqueta– mis negocios me reclaman –claudicó poniéndose en pie–, por tu culpa se me ha hecho tarde hoy.

—Antes de que te vayas, una última cosa más.

—¿Qué?

Titubeé, pero finalmente decidí desmentir una de sus afirmaciones.

—No eres feo.

Frunció el ceño y me sonrió extrañado.

—¿Me has visto bien? –dijo señalando la parte cubierta de su rostro– Soy un monstruo, ¿recuerdas?

Abrí la boca para rebatirle, pero en el tiempo que tardé en hacerlo ya se había ido.

Tenía razón, le había llamado monstruo, pero ahora le veía con otros ojos. Era un hombre difícil, inmensamente complicado, terco, bruto, con un peculiar sentido del humor, controlador, prepotente… pero tenía algo. No lo podía negar. Había algo en su personalidad que me atraía.

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