ANNABEL VÁZQUEZ

La apuesta          

—Me alegro de que hayas podido venir.

Miré a Cristian y asentí profiriendo un suspiro al mismo tiempo. Despistar a Philip cada vez se hacía más complicado, tenía la sensación de que se empezaba a oler algo y que sólo era cuestión de tiempo que me pillara.

La adrenalina por estar jugando en una doble liga se desató por todo mi cuerpo y necesité unos minutos para recomponerme antes de prestar la debida atención a Cristian.

—Ayer tuve un día complicado pero hoy todo ha vuelto a la normalidad. Toma –le hice entrega del sobre con el dinero mientras me sentaba a su lado–, he podido reunir cuatrocientas libras sin levantar sospechas.

Cristian me contempló ojiplático.

—¿Cómo dices?

—Tu deuda –puntualicé–, ya no tienes que esperar a final de mes para cobrar, sáldala ya.

—Pero ¿por qué…? –no salía de su asombro, claramente no esperaba que le ayudara.

—No quiero que tengas problemas. Pero ahora en serio –le miré con mucha atención– deberías dejar de jugar. No te hace ningún bien.

Cristian apretó los labios, parecía avergonzado.

—¡Toma! –le incité mostrándole el sobre.

Remoloneó un poco antes de cogerlo, pero finalmente aceptó mi ayuda.

—Muchas gracias, Diana, juro que te lo devolveré.

—Con que no vuelvas a jugar, me conformo.

—Con esto saldaré gran parte de las deudas.

—¿Gran parte? –pregunté atónita– ¿Cuánto debes exactamente?

—No es tanto como te crees, pero no quiero hablar de eso. Además, debes saber que voy a terapia, intento empezar de cero.

Ladeé la cabeza, pensativa. No me resultaba muy convincente su argumento, pero debía darle un voto de confianza.

—No creo que pueda conseguir más, es… complicado en mi situación y…

—¡Eh! –exclamó sosteniendo una de mis manos con cariño– ¡Vamos, no te preocupes por eso! No es asunto tuyo –sonrió y se acercó hasta pegar su hombro al mío– Agradezco inmensamente que me ayudes, pero soy yo quién debe pagar por sus errores y sé que reuniré el dinero, únicamente necesito tiempo.

—¿Y tienes tiempo Cristian? –mi pregunta desató un recuerdo dañino en mi subconsciente y mis ojos estuvieron a punto de liberar las lágrimas.

—¡Claro que tengo tiempo! –dijo pasando una de sus manos por encima de mis hombros– No te preocupes, ¿De acuerdo?

Suspiré resignada, ¿qué otra cosa podía hacer? Todavía estaba sensible por todo lo que le había sucedido a mi hermano, los recuerdos eran demasiado recientes.

—Si quieres que te diga la verdad –continuó en tono sosegado–, todo este asunto me hace sentir muy incómodo. Haberte hecho partícipe de mis vicios, aceptar la ayuda que me brindas… me puede.

—No te sientas así, créeme, aunque nunca he estado en tu situación puedo ponerme en tu lugar. Por eso lo he hecho.

Cristian sonrió, y dejó de abrazarme para volver a juguetear con una de mis manos.

—Me he abierto a ti, Diana, te he contado un aspecto delicado de mi vida. Me gustaría que tú hicieras lo mismo, pese a que me has dicho algunas cosas,  sigo sin saber cómo una chica como tú ha conocido al hombre más rico y cotizado del país. El otro día me quedé con las ganas y hoy no quiero que pase lo mismo, me despiertas mucha curiosidad.

Gemí, resignándome.

—Sabía que tarde o temprano me harías esa pregunta. ¿Por qué Edgar y yo? No tiene mucho sentido…

—Veo que tú también te has dado cuenta –sonrió con socarronería–. ¿Fue amor? ¿Cómo os conocisteis?

—No creo que te interese conocer…

—¡Pues claro que me interesa! A decir verdad me interesa muchísimo.

Se separó de mí para tumbarse sobre el prado. Puso las manos detrás de la cabeza y cruzó las piernas haciéndome saber que no se movería de ahí sin respuestas. Ahora me planteaba la posibilidad de abrir mi corazón a un extraño, igual que él hizo conmigo. Una parte de mí quería guardar para siempre los embarazosos secretos de mi familia, pero otra tenía ganas de liberarse de una vez por todas. Sin lugar a dudas, compartir esa pesada carga me aliviaría; después de tanto tiempo, necesitaba desahogarme.

—Vivía en España, en un pequeño pueblo de las inmediaciones de Barcelona. Era una chica feliz, supongo. Tenía una familia, amigos, iba a la universidad… Hacía una vida de lo más normal.

»Pero poco duró esa aparente armonía, la raíz de nuestros problemas empezaron cuando Marcos, mi hermano mayor, se juntó con malas compañías unos años antes. Al principio cometía pequeños hurtos incitado por los amigos, cosas sin importancia, pero mi padre tenía que ir a comisaría con frecuencia a causa de sus cuitas. Sus estudios también se torcieron, nunca fue buen estudiante, pero repetir el instituto acabó con lo poco que quedaba de él. Cuando sus amigos empezaron la universidad y él se quedó atrás, las cosas empeoraron muchísimo. Dejó el futbol, incluso de ir a clase. No supimos en qué empleaba su tiempo hasta años después –cogí aire y lo exhalé lentamente intentando ordenar mi historia, lo cierto es que por aquella época pasaron tantas cosas, que no sabría decir cuál fue el detonante clave que destrozó todo mi mundo–.

»Marcos empezó a beber, a fumar marihuana y nunca se quedaba ahí, cada vez iba a más y llegaba más lejos. Pasó a las pastillas, la cocaína y la heroína. Las cosas empezaron a complicarse –desvié la mirada al suelo, no podía continuar mirándole a la cara, también a mí me avergonzaba reconocer ciertos hechos del pasado de mi familia–. Mis padres lo probaron todo. Invirtieron dinero en su curación, pero él no quería ayuda y fue imposible que iniciara algún tratamiento. A veces venía a casa muy colocado y nos robaba joyas, ropa… cualquier cosa que pudiera vender o empeñar y cuando parecía que las cosas no podían ir peor, ocurrió lo inevitable. Marcos empezó a hacer recados para la gente que le subministraba la droga en pago a sus deudas.

—¿Se convirtió en camello? –alcé la mirada y me di de bruces con el rostro expectante de Cristian, casi había olvidado que era a él a quién estaba contando toda mi historia.

—Se convirtió en muchas cosas, me temo –suspiré.

—Por favor, sigue. No pretendía interrumpirte.

Aguardé un par de segundos y retomé mi relato:

—Debido a todos los problemas de mi hermano, mi padre perdió su trabajo. Le despidieron por incumplir su horario y robar dinero de la empresa en la que trabajaba. Lo único que quería era ayudarle, sobornar a las personas que le habían convertido en su esclavo a cambio de heroína, solo quería recuperarlo a cualquier precio. Pero nada fue suficiente.

»Poco después mi madre enfermó de cáncer. Se consumió a pasos agigantados, en parte por ver que uno de sus hijos estaba destrozando su vida sin remedio y entre todos éramos incapaces de salvarlo.

»Entonces recibimos una carta de desahucio. No podíamos hacer frente al préstamo hipotecario de la casa, entre la enfermedad de mi madre y los problemas de Marcos el dinero prácticamente se evaporó. Pude seguir en la universidad gracias a la ayuda de una amiga que habló con sus padres para que me pagaran los gastos que la beca no cubría; de algún modo la universidad era lo único que ofrecía algo de normalidad a mi vida, pues en casa todo era caos, dolor… –tragué saliva– El tiempo que no empleaba estudiando, lo pasaba atendiendo a mi familia, ayudando en todo lo que podía.

Cogí aire y continué:

»Después de que mi madre falleciera, Marcos vino a casa para pedir ayuda. Resulta que la gente para la que trabajaba le había hecho un importante encargo y él perdió la mercancía, o se la robaron. Nunca sabré qué fue lo que pasó en realidad, lo único que sé es que pasó a deber mucho dinero a esa gente. Demasiado. Resulta que no eran unos delincuentes sin más, se trataba de una mafia organizada y tenían a mi hermano acorralado entre la espada y la pared.

»Mi padre se desquició por completo. Todos los problemas se le cayeron encima y su cerebro dejó de regir. Me encontré muy sola cuando todo se desmoronaba a mi alrededor , no sabía qué hacer ni adónde ir.

»Entonces, un día, llamaron al timbre. Abrí la puerta y me encontré a mi hermano… –mis ojos se llenaron de lágrimas y la voz se me atascó en la garganta, estaba a punto de desbordarme, recordar todo aquello seguía siendo muy doloroso, pero debía hacerlo, debía contarlo de una vez por todas– Le habían dado una paliza. Su cara estaba desfigurada por completo, la nariz hundida y todas y cada una de sus extremidades rotas. Solo verle desmadejado en el suelo, en esa postura tan antinatural me heló la sangre. ¿Cómo podía retorcerse tanto una espalda? No entendía de anatomía, pero aquello… –cerré los ojos intentando borrar esa imagen de mi mente– lo que había a mis pies era de todo menos una persona completa.

»Llamé a la ambulancia enseguida, pese a todo Marcos seguía vivo, pero poco después me confirmaron que las secuelas serían irreversibles. Así que lo peor estaba por venir…

Inspiré profundamente intentando serenarme.

»Lo que resultó más traumático para mí fue encontrar la nota que Marcos llevaba clavada en la espalda con una chincheta. Ponía que no pararían hasta que les devolviéramos hasta el último céntimo que les debía, que tenían recursos suficientes para robarnos todo lo que nos quedaba y hacérnoslas pagar. Decía que nos vigilaban y que cualquier movimiento en falso lo pagaríamos con creces. No podía hacer nada, ni siquiera llamar a la policía; tenía mucho miedo. La carta hablaba de un ultimátum, de dinero, consecuencias… ¿Qué podía hacer?

Aguardé en silencio con la mirada velada, necesitaba tiempo para recomponerme antes de continuar.

»Así que, en menos de un año me había quedado sin madre, mi hermano estaba al borde de la muerte, mi padre había enloquecido, no teníamos nada y encima iban a quitarnos nuestro hogar –tragué saliva–. Entonces, cuando ya había perdido toda esperanza, unos señores con traje se presentaron en mi casa. Parecían detectives privados o algo así, gente seria. Ellos me comunicaron la propuesta que cambiaría para siempre mi vida. Enumeraron todos los problemas que mi familia y yo teníamos, parecían estar muy informados acerca de mi situación y me dijeron que solucionarían todo a cambio de comprometerme en matrimonio con un millonario escocés. No sabía nada más, y precipitándome a un camino de no retorno, acepté; no tenía otra salida.

»Después de aquello uno de esos hombres aguardó delante de mi casa día y noche durante dos semanas, posiblemente estaba protegiéndome por si alguno de los conocidos de mi hermano querían hacerme una visita. Otro de los hombres recopiló información en la habitación de Marcos y desapareció. Supe días después que había ido a saldar sus deudas. Otro frenó el embargo de mi vivienda y al poco tiempo llegó una carta notificando que se había pagado el préstamo hipotecario en su totalidad y mi padre y yo figurábamos como únicos propietarios. El último de los hombres acudió semanas después con un contrato y un notario. Era el acuerdo que debía firmar si accedía a casarme con Edgar. En él se exponía detalladamente una serie de cláusulas y condiciones, pero lo más importante de todo, es que me había librado de todas las deudas y las preocupaciones que tenía.

Por primera vez en mi relato me atreví a alzar la mirada y encontrarme frente a frente con sus ojos atónitos.

»Marcos se recuperaba lentamente en uno de los hospitales privados más caros de la ciudad, mi padre tenía un hogar que era suyo y una cuidadora las veinticuatro horas del día, todo estaba en orden y al fin podía respirar tranquila. Lo único que debía hacer para pasar página para siempre y librarme de las preocupaciones era firmar. ¿Sabes?, volvería a hacerlo sin dudarlo. Nadie sabe mejor que yo el infierno en el que vivía.

Nos quedamos en silencio unos largos minutos hasta que Cristian decidió intervenir:

—Ha sido la historia más increíble que alguien me ha contado jamás, te lo aseguro. Ahora no tengo dudas de que eres muy valiente. Has antepuesto tu felicidad por salvar a tu familia.

Hice una mueca.

—Bueno, para ser exactos, y ya que estoy siendo completamente sincera, no soy infeliz.

Me miró aún más intrigado.

—¿Te trata bien?

Me encogí de hombros.

—No puedo decir lo contrario.

—A esto se le llama síndrome de Estocolmo, lo sabes, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

—No es eso, Edgar es un hombre bueno –sonreí con picardía–. Está bien, puede que sea un poco raro, estirado, frío… pero no me ha hecho ningún daño.

—¡Prácticamente te ha obligado a que te cases con él! ¿No lo ves? No lo conocías de nada y solo accedió a ayudarte por su propio interés.

—Técnicamente yo también accedí a casarme con él por propio interés. Así que supongo que somos igual de culpables.

—¡No! Tú lo hiciste por necesidad, cualquiera en tu situación habría hecho lo mismo. Lo que me recuerda… –sacó el sobre que le había dado del bolsillo de su pantalón– No lo quiero. Agradezco que quieras ayudarme, pero francamente, no es justo para ti que…

—¡No lo hagas! –intervine deteniendo sus manos– ¡Quédatelo! Ese dinero es tuyo.

—¿Te has vuelto loca? Puede que hasta ahora ese tal Edgar no te haya tocado, pero alguien así… ¿qué hará si se entera de que coges dinero sin su permiso?

—Cristian, no hará nada. Tengo su permiso para utilizar su dinero en lo que yo quiera.

—Pero…

—Shhh… –empujé sus manos hacia atrás– cógelo, confía en mí, no me pasará nada.

—Si ese hombre te hace algo por mi culpa, yo…

Sonreí con cariño.

—No me hará daño, creo que de algún modo me aprecia lo suficiente como para no hacérmelo.

Frunció las cejas, confuso.

—Eso es lo que no entiendo, ¿qué más espera de ti además de que seas su esposa? ¿Eres algo más, Diana? ¿Eres su esclava sexual o algo así?

—¡Cristian! –le interrumpí tapándome la boca con la mano –Él no es así, no quiere eso de mí.

—¿Entonces? Si es un hombre normal, ¿por qué no se casa con una chica conociéndola en situaciones normales?, ¿por qué así?

—Bueno, eso estoy indagando en estos momentos. Edgar es muy reservado y le cuesta mucho abrirse, es como una de esas cajitas que solo se abren ejerciendo sobre ellas los movimientos adecuados.

—De todas formas, esto es muy raro. Y ya que estamos, también me parece rara tu actitud, es como si intentaras justificarle, le defiendes en todo. ¿Es porque te sientes agradecida por lo que ha hecho o porque te gusta? ¿O tal vez es un portento sexualmente hablando?

Se me escapó la risa.

—¡Por Dios, Cristian, qué básico eres! No todo se reduce al sexo, él nunca ha intentado nada de eso.

—¡No! ¡Ahora me dirás que se ha casado contigo por solidaridad y no busca nada más! Eres guapa, Diana,  y estabas desesperada, supongo que eso fue lo que le hizo ir a por ti. Pero que no quiera follarte… eso sí que no me lo creo.

Mis mejillas se tiñeron de rojo en cuestión de segundos.

—No hables así, por favor…

Negó y cerró los ojos. Curiosamente lo que más le impresionó de mi relato fue la propuesta de Edgar y nuestra extraña relación, es como si todo lo demás careciera de importancia.

—Lo siento –se disculpó con sinceridad–. Es que  me cuesta imaginar por lo que estás pasando, pero hay algo… un pequeño detalle en tu historia que me perturba.

—¿Qué? –quise saber.

—¿Cómo sabía tu marido por lo que estabas pasando? ¿Por qué tú? A ver, tú misma has dicho que no os conocíais de nada, jamás habíais oído hablar el uno del otro y sin embargo el apareció, como el hada madrina, y te libró de todos tus problemas a golpe de talonario. ¿No has pensado que, tal vez, conoció tu historia porque es uno de los miembros más altos de esa mafia en la que andaba metido tu hermano? Supo lo que iban a hacer sus secuaces e intervino porque te vio y le gustaste, ¡quién sabe! Estos millonarios son todos unos perturbados.

—¡Para nada! –grité afectada, empezaban a alterarme sus duras palabras–, Si eso fuese así, ¿por qué iba a tomarse tantas molestias? ¡Podría simplemente haberme hecho suya en pago a la deuda! El resultado hubiera sido el mismo sin tomarse tantas molestias.

—No si con eso hace que le odies. Piénsalo, para ti parece ser el bueno de esta jodida historia, pero a mí me hace desconfiar su don de la oportunidad.

Me mordí fuertemente el labio inferior, me dolía que Cristian hubiese sido capaz de plantar la semilla de la duda en mi cabeza. Una parte de mí no quería creer que pudiera tener un mínimo de razón en su argumento, pero lo cierto es que no conocía lo suficiente a Edgar como para dar la cara por él. Su hermetismo tampoco era de ayuda para salir en su defensa, y precisamente por eso, saber por qué un millonario de la otra punta del mundo había venido a salvarme, era el principal misterio a descubrir. No podía dejarlo pasar porque Cristian ya me había hecho cuestionármelo.

—En fin, creo que debería irme –miré distraída el reloj del móvil–, hoy se me ha hecho tarde.

Me puse en pie y Cristian se levantó conmigo.

—No quiero que te tomes a mal nada de lo que te he dicho, ¿de acuerdo? –dijo acariciando mis brazos– He hablado de más porque me importas y… –se encogió de hombros–  Me duele no poder hacer nada para ayudarte, es más, en tu situación encima eres tú quién me ayuda a mí…

—No te preocupes, ya hablaremos, es tarde –sonreí sin ganas y me di la vuelta.

—¿Nos vemos mañana a la misma hora?

Asentí con rapidez girándome nuevamente en su dirección.

—Si puedo vendré, hasta entonces no te metas en líos, y aléjate de las tragaperras.

Soltó una carcajada.

—Descuida. Por cierto –dio grandes zancadas hasta alcanzarme, se llevó la mano a la cartera y la abrió delante de mí para extraer un pequeño papelito de color rosa.

—¿Qué es? –pregunté.

—No te enfades. ¿Vale? Es para ti.

Miré atentamente el papel y fruncí el ceño.

—Es del hipódromo –confirmé.

—Sí, fue la última, lo juro.

Suspiré y leí el papelillo con más atención, ponía: DIANA.

—Quiero que lo tengas y cada vez que lo mires recuerdes que alguien apostó por ti.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Eres importante, Diana. Puede que ahora estés metida en un lío, pero si decides salir, enfrentarte a él y ser libre, recuerda que yo apuesto por ti. Eres más fuerte de lo que crees.

Asentí una sola vez con convencimiento antes de darle la espalda. Corrí para regresar al estudio lo antes posible y subirme al coche que me esperaba fuera, aparcado frente a la tienda de revelado.

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