ALBERTO ROMERO

La historia de María Salomé y Diego
De vuelta en Madrid, Josu Aguirre se sentía satisfecho por lo conseguido en Barakaldo.
Aquella monja se lo había puesto difícil, pero a él le gustaban los retos. La
satisfacción se mezclaba con el desasosiego del parecido razonable entre Antonio
y el padre biológico de Ana. Sería una maldita casualidad de la vida, o no, pero tenía
que investigarlo.
Desde la tranquilidad de su habitación del hostal se conectó a la base de datos
de la policía, en busca de información sobre los padres de Ana. Primero quería
encontrar toda la información posible de ambos, luego hablaría con Ana y le explicaría
lo que había conseguido. Tenía que ir paso a paso.
Al introducir el nombre de la madre, María Salomé Sánchez Castro, nada apareció
en la base de datos. No había ningún delito por el cual pudiese estar fichada.
Pasó a Google con las mismas intenciones, pero el resultado fue nulo. Parecía que
la madre biológica de Ana no se lo iba a poner fácil.
Buscó en sus apuntes la fecha de nacimiento de Ana y contactó con un amigo
poderoso que le podría dar información sobre el hospital donde nació, y la información
que tuviesen allí sobre su madre.
En menos de dos minutos Josu Aguirre supo que Ana nació en el Hospital Gregorio
Marañón de Madrid. También descubrió, con disgusto, que su madre biológica
había fallecido durante el parto, por lo que su investigación por parte materna
llegaba a un punto sin salida.
Se preparó un café instantáneo mientras pensaba en el desagradable momento
en que le comunicase a Ana que su madre, la de verdad, no estaba viva. Conti2
nuó con los datos del padre biológico. Aquel señor de parecido razonable a Antonio
le miraba desde la pequeña foto con ojos curiosos. «Ojalá te encuentre», pensó
Josu mientras tecleaba su nombre completo en la base de datos de la policía.
Su cabeza repetía una y otra vez ¿No será el padre de Antonio? Pero enseguida se
auto convencía de que era imposible. No coincidían los apellidos. Además, Antonio
tenía su propio padre, que también se le parecía. Y familiares más mayores,
como abuelos, eran imposibles por edad. Tampoco podía ser hermano de su padre,
su tío, porque Miguel no tenía hermanos. ¿Y si era un hermano robado, como
sucedía con Ana?
Antes de continuar llamó a Miguel y le consultó sobre su familia. Miguel, muy
educado y disponible siempre, le dio toda la información sobre su familia, incluso
le facilitó el teléfono de su madre, la abuela de Antonio y Marta, que aún vivía. Habló
con ella, una señora muy mayor que ya rondaba los cien años, pero muy lúcida,
que le explicó que en aquella época ella dio a luz a su único hijo en su casa, y
que por más que lo había intentado, nunca tuvo más hijos.
Dejó de darle vueltas a aquella macabra casualidad y continuó investigando.
La base de datos de la policía tardó un poco en dar resultados, pero arrojó información
que dejó a Aguirre clavado en la silla donde estaba sentado.
Según los datos que aparecían en la pantalla del ordenador, el señor Diego
Salas Rodríguez había aparecido degollado en su propia casa a los siete meses del
nacimiento de Ana. La investigación indicaba que había sido asesinado en extrañas
circunstancias, pero que nunca se encontró a ningún sospechoso que encajase
en aquel asesinato. El caso se cerró sin resolver y nunca más se supo nada de
aquello.
Del matrimonio entre María Salomé y Diego habían nacido dos hijos, un niño,
y una niña, que había fallecido en el parto, junto a su madre.
La niña ya sabemos quien era…

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