ANNABEL VÁZQUEZ

Cumpliendo con el deber

A la mañana siguiente me levanté de un salto y corrí hacia la ventana. En el exterior el día era brumoso y oscuro; no era una novedad.

Me puse la ropa de deporte y fui a correr para despejarme, necesitaba ese momento para aclarar las ideas. No podía ocultar que la última conversación que mantuve con Edgar fue un tanto confusa. Me había dejado insatisfecha, por así decirlo, seguía sin entender por qué tendía a escabullirse cuando intentaba hondar en sus sentimientos. Nuevas dudas, mezcladas con desconfianza, se arremolinaron en mi mente desde ese día.

Tampoco podía quitarme de la cabeza a la mujer pelirroja. Era más importante de lo que todos intentaban hacerme creer, de eso estaba segura. Así que desvelar su identidad se había convertido en una prioridad absoluta.

Me adentré en el sendero del bosque que rodeaba la casa. Había más niebla de lo acostumbrado, el aire parecía impregnado de humo. Su contacto gélido se enroscaba en la piel expuesta del cuello y el rostro, helándome hasta los huesos. Después de unos angustiosos minutos intentando combatir el frío y seguir el recorrido del sendero, me di por vencida. La neblina era tan densa que apenas podía avanzar. Di media vuelta y regresé a la casa frustrada.

Tras una ducha caliente, abrí el armario. En esta ocasión elegí un simple vestido de color amarillo. Me lo había puesto en contadas ocasiones en la facultad, por lo general me gustaba más llevar vaqueros. Elegí meticulosamente ese atuendo porque sabía que Edgar no sería imparcial al color de ese vestido; tal vez así se mostraría más relajado y comunicativo conmigo.

Salí al pasillo, y como los días anteriores esperé a que la puerta de su dormitorio se abriera.

—Buenos días –me saludó precavido, algo frío.

—¡Buenos días! –exclamé con energía y di un pequeño saltito de entusiasmo en su dirección.

Edgar se echó hacia atrás como acto reflejo, manteniendo las distancias. No dejé que su actitud esquiva me afectara.

—¿Estás preparado para otra partida? Hace mucho que no lo hacemos y sabes que la última vez te dejé ganar, soy así de considerada, pero te advierto que hoy no pienso hacerlo.

Intenté volver a empezar, olvidar la pequeña tirantez que había entre vosotros y conseguir que volviera a abrirse conmigo, pero mi broma no obtuvo respuesta alguna; era una mala señal.

Le miré de soslayo y algo en su rostro me dijo que no era el mismo de siempre.

Le seguí hacia las escaleras, acompasando su paso lento, y esperé a que las descendiera.

—Después de ti. –Me cedió el paso.

Sonreí y descendí los peldaños saltando uno a un hasta desembocar en el comedor.

Una vez en la mesa le observé con atención. Se había puesto uno de sus carísimos trajes de firma de color gris oscuro, llevaba incluso una corbata gris con finas rayas rojas que destacaba sobre la camisa blanca, lo que me llevaba a pensar que no se encerraría a trabajar en su despacho como había hecho últimamente.

—¿Vas a salir? –aventuré con cautela.

—Hoy tengo que atender mis negocios fuera, así que dispongo de poco tiempo para desayunar.

—Está bien…

Cogí tímidamente una manzana del frutero sin dejar de observarle. Él apenas me miró mientras abría su maletín para rebuscar entre los papeles de su interior.

—¿Podemos hablar? –insistí, aún sabiendo que estaba ocupado.

—Lo siento. Hoy no es un buen día, he quedado para comer en otra ciudad y no disponemos de mucho tiempo.

—¿Vas a citarte con tus socios?

—Sí. Aunque no son socios, trabajan para mí –especificó.

Di un fugaz sorbito a mi zumo, estudiando sus movimientos mientras pasaba las páginas de un dossier enorme.

—Y dime, ¿vas a ir tú solo?

Alzó el rostro con el interrogante grabado en su ojo azul.

—¿A qué viene esa pregunta?

Me encogí de hombros con indiferencia.

—Pensaba que, tal vez, te acompañaría la mujer pelirroja… –divagué con indiferencia esperando su reacción.

Meneó la cabeza con desprecio y chasqueó la lengua.

—¿Qué te hace pensar eso? –preguntó irritado.

Achiné los ojos, evaluándolo.

—¿Por qué te molesta tanto que la mencione?

—¿Por qué siento como si estuvieras buscando cualquier pretexto para atacarme?

Le miré extrañada.

—Pues te aseguro que esa no es mi intención. Aunque esto se acabaría antes si me dijeras quién es.

Frunció los labios en una fina línea y apartó con rapidez la mirada de mí.

—¿Podemos dejar tus interrogatorios para otro momento, por favor? Estoy algo descentrado y no puedo satisfacer tu implacable curiosidad ahora.

Sentí una oleada de rabia recorrer mi cuerpo de punta a punta.

—¿Eres consciente de que tienes una aversión patológica a responder directamente a mis dudas? Siempre respondes con otra pregunta.

Emitió una especie de bufido que destilaba irritación.

El silencio se instauró en la mesa mientras desayunábamos poniendo punto y final a la conversación. Edgar apenas volvió a mirarme, se concentró en esos papeles que le tenían el seso absorbido y pasé a ser poco menos que un espectro para él.

Esa sensación era horrible. Cada vez que creía que íbamos a alguna parte demostraba que estaba equivocada, y mi frustración por los altibajos en nuestra relación estaba en un punto álgido.

En ese momento decidí coger aire y tener paciencia, pero no pensaba darme por vencida con tanta facilidad.

—¿Y crees que… –empecé con prudencia– que podría acompañarte a esa reunión?

Alzó la vista de los papeles para prestarme toda su atención. Por fin lo había conseguido.

—No será una comida muy divertida, me temo.

Ladeó el rostro hacia la derecha, pensativo, luego regresó a mí.

—¿Querrías acompañarme? –preguntó dudoso.

—Eso forma parte de nuestro acuerdo, ¿no?

Se echó a reír, pillándome desprevenida por su drástico cambio de actitud.

—¿Es que te has vuelto obediente de repente?

Arrugué el entrecejo.

—No puedes evitarlo, ¿no?

Me miro sin saber a lo que me refería.

—A responder con otra pregunta –especifiqué.

Sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a sus ojos claros.

—No sé cómo tomar ese ofrecimiento, mi instinto me dice que hay gato encerrado.

—Entonces debo tomarme eso como un “no”.

Miró hacia la mesa, concentrándose en su taza vacía.

—El trabajo es sagrado para mí, Diana, no es ningún juego.

Parpadeé aturdida.

—¿Crees que estoy jugando?

Ladeó el rostro, disculpándose con la mirada.

—Está bien –aceptó–. ¿Cuánto tardas en arreglarte?

Arqueé las cejas sorprendida, en el fondo no esperaba que aceptara. Estaba convencida que su aprobación había sido gracias al vestido amarillo.

No perdí ni un segundo y salté de la silla con entusiasmo.

—Cinco minutos –dije exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja.

Edgar asintió, negando divertido con la cabeza.

—¿Qué me pongo? –pregunté llevándome un debo a los labios.

—Vamos a comer, así que el protocolo exige traje corto.

Me eché a reír; no podía creer que fuese tan maniático.

—De acuerdo, vuelvo enseguida vestida según el protocolo –afirmé irónica.

Me dirigí trotando hacia las escaleras, pero antes de subir, retrocedí cómicamente sobre mis pasos y me cuadré frente a Edgar, que me contempló rígido, tal vez porque no era capaz de prever mis reacciones. Hizo bien en no bajar la guardia, sin mediar palabra, sonreí  y le di un fuerte abrazo cargado de alegría.

—Gracias.

Su rostro perplejo y frio por mi brote de espontaneidad fue lo último que vi antes de  ir a mi habitación.

 

Me puse un elegante vestido de color hueso que formaba parte de la ropa que había en mi armario. Llegaba a la altura de las rodillas y era bastante ceñido, por lo que decidí preservar un poco mi figura cubriéndome con una torera de color verde hierba. Para salir un poco de la rutina me calcé unos zapatos de tacón del mismo color que el vestido.

No me había peinado, tampoco me había puesto maquillaje, pero a juzgar por la quietud del rostro de Edgar, pareció como si el tiempo se hubiese detenido. Me acomodé el pelo con los dedos hacia un lado, intentando darle algo de volumen, pero no hubiera hecho falta, su rostro lo decía todo; estaba complacido por mi elección, independientemente de las joyas o el peinado, la visión general le quitó el habla.

—Estás perfecta –susurró.

Sonreí y me puse a su lado. Con un movimiento veloz enhebré mi brazo al suyo para recobrar algo de estabilidad con los tacones.

—Ahora sé por qué has llenado mi armario de zapatos como estos –dije en voz baja–, así te aseguras de que no pueda dar un paso sin precisar tu apoyo.

Se echó a reír.

—No me hace ni puñetera gracia –le recriminé–. Estas cosas no están hechas para mí, seguro que me caeré y haré un ridículo espantoso.

Edgar volvió a reír, parecía de mucho mejor humor que esta mañana y me pregunté si ese repentino cambio había sido obra mía.

—Sin duda esta es la mejor forma de tenerte a mi lado, pero tranquila, no dejaré que tu cuerpo toque el suelo, te lo garantizo –prometió muy seguro de sí mismo.

¡Qué podía decir! Si algo tenía claro era que Edgar podía ser tremendamente protector, incluso parecía como si necesitase sentirse útil en ese aspecto. Así que decidí no llevarle la contraria.

 

En poco más de dos horas nos plantamos en Glasgow. Por lo poco que había visto desde nuestro vehículo parecía mucho mayor que Edimburgo.

Philip nos dejó en la puerta de un restaurante llamado Cail Bruich y se ausentó para buscar aparcamiento.

Parecía un restaurante muy caro. Los platos de los comensales que me dio tiempo a ver de camino a nuestra zona privada, denotaban clase y originalidad. Era el tipo de comida minimalista y exótica capaz de satisfacer los paladares más exigentes. No era mi caso, por supuesto, yo hubiese sido inmensamente feliz si me hubiese llevado a McDonald’s.

—Diana, te presento a Henry, su pareja Clare, Johan, Sharon y Peter –me señaló con la mirada y procedió con la presentación–. Y ella es Diana, mi mujer.

Los aludidos se aproximaron para darme la mano con cautela, parecían cohibidos por mi presencia, o tal vez era el porte imponente de Edgar, ya que desde que habíamos llegado, no dejó de escrutar con la mirada a los hombres, y nadie sabía mejor que yo, que su mirada podía ser tremendamente gélida si se lo proponía.

Llegamos a nuestra mesa y Edgar se apresuró a retirar mi silla antes de que yo lo hiciera. Reprimí la risa y me senté con elegancia, imaginando que estaba inmersa en una de esas películas de época que solía ver mi abuela.

—Señor Walter, verá, he traído los últimos informes de…

—Shhhh…. –silenció Edgar– Henry, vamos a comer primero, luego tendremos tiempo para eso.

—Sí, lo comprendo, pero es que…

—He dicho que nos pondremos a ello con el estómago lleno –respondió tajante.

Miré a las personas que trabajaban para él, me pareció increíble la influencia que ejercía sobre ellas, que apenas se atrevían a mirarle de soslayo.

Cuando nos sirvieron –platos de nombres impronunciables–, todos esperaron a que Edgar cogiera el cubierto e hiciera el gesto de comer para seguirle. Ser testigo del respeto con el que le trataban me daba a entender cuán grande era el miedo que conseguía infundir a los demás.

—Dime, Henry, ¿cómo están tus hijos? –Empezó Edgar, rompiendo el silencio e intentando ser amable a la vez.

—Oh, pues… –carraspeó– el mayor va a entrar en la universidad el año que viene y la pequeña está de intercambio en Japón, le apasionan las lenguas.

—Eso está bien –aprobó con un asentimiento de cabeza–. ¿Y tú, Johan? ¿Cómo te va?

Me resultó interesante ver desde la barrera lo forzado que parecía Edgar interesándose por la familia de sus empleados. Era evidente que intentaba seguir las normas protocolarias establecidas, pero era tremendamente rígido y apático, por lo que su interés no acontecía de forma natural.

Pasé largo rato escuchando como sus empleados hablaban de sus vidas, mostrando tan solo vagas pinceladas, mientras no osaban devolver ninguna de esas preguntas a Edgar. Era como si ellos no se permitieran el lujo de tratarle con la misma familiaridad.

—Y bueno, decidme –decidí intervenir–. ¿Lleváis mucho tiempo trabajando para Edgar?

Henry iba a contestar, pero Edgar se apresuró a responder por él.

—Más de diez años, si no me equivoco.

Miré a Edgar con reprobación.

—Se lo he preguntado a ellos.

Mi reprimenda hizo que sus empleados dejaran incluso de parpadear, pero lejos de enfadarse, Edgar apretó fuertemente la mandíbula para no soltar una carcajada.

—Doce años y medio, señora –respondió Johan.

—¿Cuál es vuestro papel en la empresa? –seguí preguntando.

—Pues yo soy el director general –contestó Henry–, Johan es el contable, Sharon y Peter asesores.

Asentí, complacida.

—¿A qué se dedica vuestra empresa exactamente? Edgar no me ha referido nada.

Miré a mi marido de soslayo, parecía divertido por que hubiese tomado las riendas de la conversación.

—Somos una empresa aseguradora, trabajamos para grandes comercios y a su vez para otras empresas.

—¡Vaya! ¡Qué interesante! –dije mirando el contenido verde y azul de mi plato; no me sentía lo suficientemente valiente para llevarme una porción de ese mejunje a la boca – Pues si la empresa sigue en pie después de tantos años es porque debe ir bien –me atreví a asegurar, dirigiéndome a ellos.

—Bueno, señora, hemos tenido épocas mejores. De eso precisamente quería hablar con el señor Walter.

—Faltan los postres, Henry –le recordó Edgar, muy serio.

Puse los ojos en blanco. Estaba convencida que podía conseguir incluso que esos hombres fornidos y fuertes se mearan encima por el miedo que le tenían.

Esperamos pacientes a terminar los postres, y cuando íbamos por el café, Edgar decidió que era el mejor momento para tratar asuntos laborales.

—Veamos –comenzó abriendo su maletín y extrayendo unos papeles–. Aquí tengo los presupuestos de este año y una comparativa con años anteriores.

—Sí, señor, verá…

—Hay una cosa que no me cuadra –le interrumpió–. Según estos papeles ha aumentado la cartera de clientes, pero no se han incrementado las ganancias como era de esperar.

—Eso es porque…

—No, Henry, ¿sabe qué es lo que creo? –dijo mirándole fijamente–, creo que alguien está extrayendo dinero de mi empresa.

Miré con los ojos muy abiertos a sus empleados, parecían acobardados, pero una parte de mí me decía que ellos no habían cogido dinero sin el consentimiento de Edgar, había cierta inocencia en sus ojos.

—Tiene razón en que falta dinero –procedió Johan, con tiento–, no lo vamos a negar. Pero ninguno de nosotros ha cogido nada.

—¿Entonces? –preguntó alzando las cejas con indiferencia.

—Después de obtener esas inesperadas ganancias decidimos invertir parte de ese dinero en bolsa para aumentar los beneficios –procedió Sharon–. No era la primera vez que lo hacíamos, de hecho siempre lo hemos reflejado en nuestros informes y hemos obtenido su consentimiento. Pero esta última vez, hemos tenido ciertos problemas…

—Habéis perdido el dinero –constató tajante.

Sharon agachó la cabeza.

—En vuestra memoria anual no figura esa inversión, es como si nunca hubiese existido. De manera que puedo pensar perfectamente que ese dinero se ha utilizado para cualquier otro fin.

—Podemos demostrar que eso no es así.

—¿Entonces por qué no lo habéis hecho desde el principio?

—La culpa es mía –reconoció Peter–. Creí que podríamos obtener el dinero más adelante, así que decidimos trampear un poco los presupuesto y las ganancias para ganar tiempo. Pensamos que pasaría desapercibido y podríamos recuperar el dinero antes de que…

—Me subestimasteis –resumió Edgar–. Pensabais que no estudiaría al detalle cada una de las cifras y vería vuestros errores. Mi pregunta ahora es, ¿qué hubiese pasado si no me doy cuenta del descuadre? El año que viene hubieseis eludido un porcentaje más grande y así sucesivamente, creyendo que vuestros actos no tienen repercusión alguna.

—¡Eso no es así! –exclamó Henry, ofendido–. Usted jamás ha puesto impedimento en que tomemos las decisiones que más beneficios aporten a su empresa, es más, nos ha delegado esa libertad porque confía en nosotros. El problema es que esta vez se nos fue de las manos y cometimos un error de cálculo. Eso es todo.

—No, Henry, el problema es que habéis falseado las cuentas pensando que no me daría cuenta. Ese es el punto que he venido a tratar hoy. Que se haya perdido ese dinero en bolsa por una mala gestión es lo de menos.

—Eso ha sido una equivocación, sin duda –reconoció avergonzado.

—Pues ya son suficientes equivocaciones, ¿no crees? –miró a todos los comensales, uno a uno–. No acostumbro a inmiscuirme en las formas de proceder de mis empresas, por eso tengo a los mejores asesores y personas plenamente cualificadas para actuar con la libertad que su cargo les ofrece, siempre desde la confianza. Pero eso no significa que deje mis negocios desatendidos, miro concienzudamente cada detalle, cada cifra y si no he dicho nada hasta ahora es porque nada me había llamado especialmente la atención, pérdidas y ganancias estaban dentro de parámetros normales, salvo este detalle que se os olvidó mencionar.

—Lo sentimos mucho, no era nuestra intención engañarle, sólo pensamos que tendríamos tiempo de recuperar el dinero y hacer que todo cuadrara. Eso es todo.

Edgar suspiró y negó con la cabeza.

—Sólo por curiosidad –intervine después de haber presenciado todo el diálogo como si fuera una partida de tenis–, ¿de cuánto dinero en pérdidas estamos hablando?

—Para que lo entiendas –dijo Edgar mirándome–, de unos ocho cientos mil euros.

—¡Vaya! –exclamé atónita.

—No es mucho –continuó y yo me obligué a respirar, para mí era toda una fortuna–, es más la falta de confianza que han generado que otra cosa –ahora se dirigió a Henry–. Hay que tomar cartas en el asunto, no puedo permitir que se me mienta. No estoy dispuesto a consentir eso –abrió su maletín y extrajo unos papeles–, por eso me veo en la obligación de hacer limpieza de personal.

Sus empleados empalidecieron.

—¿Va a despedirnos a todos? –preguntó Sharon.

Edgar les miró con frialdad y sin mostrar ninguna emoción contestó:

—Tú y Peter sois los asesores de la empresa, posiblemente fuisteis los que invertisteis en bolsa. Johan es el contable, el principal responsable de falsificar las cuentas y Henry es el director general, estaba al corriente de todo y permitió que ocurriera –terminó con pasividad–. Si hay alguien más involucrado es el momento de decirlo.

—No, nosotros no… –Henry estaba al borde del llanto, igual que su mujer–Está bien –aceptó con pesar cogiendo el documento que le extendía Edgar.

Los demás estaban igual de afectados, después de tantos años iban a ser despedidos por una razón absurda. Seguramente fue el miedo a la reacción de Edgar lo que les llevó a adornar esas cuentas pensando que así no se percataría, puesto que tiene que atender muchas empresas. Tal vez pensaron que algo tan simple se le podía pasar y si devolvían el dinero en breve nadie se enteraría. Quise creer que querían devolverlo, pero llegaron tarde, y como Edgar me había dicho más de una vez, nunca dejaba un cabo suelto y menos en los negocios.

La verdad es que, en cierta manera, podía ponerme en el lugar de esas personas.

—Sigo sin entender por qué no me dijisteis desde el principio lo que había ocurrido con ese dinero –prosiguió Edgar– No hubiese pasado nada si me lo hubieseis contado o se viera reflejado en algún lado. Como mucho os hubieseis llevado un toque de atención.

—Pensábamos que si se enteraba de que lo habíamos perdido nos despediría, así que optamos por…

—Por mentir y esperar a que no me diera cuenta –terminó Edgar.

—No teníamos nada qué perder –concluyó Henry, manteniendo el tipo–. Al final el resultado ha sido el mismo.

—Espera un momento –dije evitando que firmara su renuncia–, esto no ha sido más que una mala manera de proceder puntual. Teniendo en cuenta que lleváis trabajando impecablemente desde hace doce años en la empresa, debe haber alguna otra solución que no sea tan dramática como el despido.

—Diana –me interrumpió Edgar con la voz templada–, esto es muy serio. Si no puedo confiar en las personas que están al frente de mis negocios, ¿qué me queda?

—Pero es una decisión muy drástica –continué–, además, tú has dicho que no es una cantidad demasiado alta.

Edgar bufó desesperado.

—¿Y cuál es la solución? ¿Qué harías tú? –me preguntó, y por primera vez, sentir que esperaba mi opinión respecto a algo me hizo sentir importante.

—Todos nos equivocamos Edgar, a veces hacemos negocios que no salen como esperábamos, nosotros entendemos mejor que nadie lo que eso significa –le recordé–. Pero también es importante darse una segunda oportunidad –enfaticé mirándole con mucha atención–, ¿no crees que ellos también la merecen? –pregunté con segundas–. Podrías penalizarles con una simple sanción y darles la oportunidad de recuperar ese dinero. Creo que ya han entendido que no se te escapa nada y que aunque cueste, deben reflejar la verdad en sus informes.

Edgar achinó los ojos, valorando mi argumento. Seguidamente miró a sus empleados.

—¿Qué opináis?

Johan fue el primero en intervenir.

—Estoy convencido de que recuperaremos el dinero. Además, nos esforzaremos al máximo para volver a merecer su confianza. Esto no se volverá a repetir.

Edgar suspiró y volvió a mirarme.

—No creáis que soy tan benevolente. No acostumbro a dar segundas oportunidades, pero es la primera vez que acudo con mi esposa a una reunión de esta índole y digamos que estoy de buen humor.

Miré a Edgar orgullosa de que me hubiese tenido en cuenta, para mí era todo un acontecimiento que dejara que me implicara en uno de sus negocios, sentía como si fuera una pequeña victoria personal.

 

En cuanto regresamos al coche, no pude evitar agarrar con fuerza la mano de Edgar.

—Me alegro de que al final hayas entrado en razón. Me daba pena que los despidieras.

—Ese es tu problema, Diana, te dejas llevar por los sentimientos y eso no es bueno en los negocios.

Me encogí de hombros.

—Y tú deberías empatizar más con la gente, te haría ser mejor persona.

Negó con la cabeza.

—En el trabajo no me permito errores, no puedo estar en cincuenta mil sitios a la vez y debo delegar responsabilidades en la gente que me rodea. Si una de esas personas me traiciona, ya no es lo mismo.

—¿Entonces por qué me has hecho caso y no los has despedido como querías hacer? –pregunté girándome en su dirección.

—Porque de algún modo era importante para ti, te habías implicado con la causa y no quería decepcionar tus expectativas. Sobra decir que para mí tú eres más importante que esas personas, incluso que la empresa en sí, y si mi esposa quiere perdonar y que se queden, pues… –se encogió de hombros y alzó las manos– No seré yo quien te niegue ese capricho.

No podía apartar mis ojos de él, a veces se producía ese milagro, el milagro en el que se desinhibía completamente y decía lo que sentía sin pensar, como en ese momento. No podía estar más agradecida e impresionada por sus palabras.

—¿Eso significa que a partir de ahora voy a poder asesorarte en tus negocios y seré escuchada?

Se echó a reír.

—No te pases. Los negocios son cosa mía, ése no es tu papel.

puse los ojos en blanco.

—Ya estamos otra vez con los papeles y los roles de cada uno, ¿no te cansas de ser siempre tan cuadriculado?

—Hazme un favor, Diana, no quiero discutir. ¿No podrías simplemente saborear el triunfo de esta tarde?

Suspiré. Edgar tenía razón, a veces quería correr demasiado rápido y no sabía disfrutar de los pequeños logros. Poco a poco estaba descongelando el grandísimo iceberg que era mi marido y en lugar de alegrarme, quería más y más. Si algo había aprendido en todo ese tiempo era que con él debía avanzar con pies de plomo.

—Además –continuó exhibiendo una sonrisilla pícara de medio lado–, he cedido porque tú lo has hecho también.

—¿A qué te refieres? –quise saber.

Su ojo azul recorrió mi cuerpo de arriba abajo y la piel de mi cuerpo se tornó de gallina.

—Has dejado esas antiestéticas camisetas anchas y te has puesto por primera vez un vestido de los que había elegido para ti. Me sentía en deuda contigo.

Sonreí y miré nuevamente al frente; así tenía que actuar si quería llevar a Edgar a mi terreno.

 

Todavía no habíamos llegado a Edimburgo, seguíamos en algún punto de Glasgow cuando Edgar hizo que Philip variara el rumbo.

—Dirígete a Miller Street, Philip, por favor.

—Perfecto –contestó el aludido, sonriente.

Miré a Edgar impresionada.

—¿Adónde vamos?

—A un sitio especial.

Sus labios se curvaron en una media sonrisa y su ojo azul me miró con dulzura.

contemplé distraída el paisaje urbano por la ventanilla, intentando adivinar el sitio al que quería llevarme, incapaz de averiguarlo.

Transcurridos unos minutos llegamos a Miller Street y Philip estacionó el coche.

Me apeé del vehículo y miré a  acompañante con atención. Él no dejaba de sonreír, por lo visto ver la duda tatuada en mi rostro le divertía. Con movimientos lentos se quitó la chaqueta y la corbata, dejándolas en el interior del coche, luego, se puso a mi lado y me cogió de la mano.

Tiró de mí con cuidado hasta situarnos frente a la puerta acristalada de un nuevo restaurante.

—¿Más comida? –pregunté sin mucho entusiasmo.

—Me he percatado de que no has probado bocado, así que he decidido traerte a Paesano, la mejor pizzería de Glasgow.

Abrí la boca por la impresión.

—¿Bromeas?

—En absoluto –susurró abriendo la puerta del local para mí.

Entramos en una enorme sala iluminada llena de comensales. Edgar se dirigió decidido hacia la barra y habló con el camarero responsable de organizar las mesas. Veinte minutos después nos sentamos a comer.

—¿Sabes la de años que hace que no como una pizza de verdad? –pregunté rememorando en el tiempo– Me refiero a una pizza que no sea congelada –puntualicé.

— ¿Y eso por qué?

Miré a mi alrededor, distraída.

—Prácticamente no he tenido tiempo para comer, y menos para deleitarme con la comida –siguió mirándome con curiosidad, esperando una aclaración–. Me he pasado los últimos años comiendo sola, de pie junto al fregadero –precisé–. Desde que mi madre enfermó en casa siempre había algo que hacer o alguien que precisaba ayuda –me encogí de hombros–. Cuando mi madre murió, mi padre perdió la cabeza y me necesitaba a tiempo completo, prácticamente no era capaz de hacer nada por él mismo.

Nada más alzar el rostro vi la tristeza en los ojos de Edgar.

—¿Nunca has tenido a alguien que dependiera de ti por completo, para vestirse, ducharse, comer…?

Negó con la cabeza sin dejar de mirarme. Parecía que le estaba incomodando con la cruda realidad de mi vida. Había pasado años siendo cuidadora, enfermera, ama de casa… Todos, incluido mi hermano, fueron perdiéndose por el camino y yo era la única responsable de tirar de ellos para mantenernos unidos. Fue agotador.

—Pues ya va siendo hora de que saborees una pizza de verdad. Jamás permitiré que vuelvas a comer de pie junto al fregadero, Diana, eso ya se acabó –sonreí tímidamente–. Así que veamos que nos puede ofrecer este restaurante –me tendió una carta que había sobre la mesa.

La ojeé de delante hacia atrás, sin saltarme nada.

 

—¿Tú qué vas a pedirte? Tienen un montón de variedades de pizza –musité por lo bajo.

—Yo no voy a comer.

Alcé la mirada, escandalizada.

—¿No?

—Te recuerdo que yo he comido –recalcó el “sí”.

—¿No vas a acompañarme? ¿Entonces por qué hemos venido? –protesté.

Edgar suspiró y se acercó lo suficiente para que pudiera oírle sin necesidad de alzar la voz.

—Particularmente, la pizza no me dice nada. Estamos aquí porque nos quedan casi dos horas de camino y no vas a hacerlo con el estómago vacío. Sólo por eso. Además, según tú, ya ni te acuerdas cuándo fue la última vez que comiste una pizza que no fuera congelada.

Me mordí el labio inferior, divertida. Me parecía tan mono cuando se comportaba como un caballero conmigo. No era lo habitual.

El camarero nos tomó nota poco después. Edgar sólo se pidió un vaso de agua y como había dicho, no tenía intención de acompañarme con la pizza.

En cuanto me sirvieron una cuatro estaciones, le di el primer bocado y mis ojos se cerraron automáticamente.

—Dios, esto está realmente bueno. Deberías probarlo.

Sonrió y negó con la cabeza.

—No, gracias –lanzó una mirada a mi plato y luego a mí–. Es increíble que te contentes con tan poco –continuó–, solo es un trozo de pan con embutido –volvió a mirar hacia mi pizza e hizo una mueca de incredulidad–. Lo que me lleva a preguntar: ¿es por eso por lo que todavía no te has comprado un anillo de compromiso tal y como te pedí? ¿Es demasiado ostentoso para ti?

Arrugué la nariz mientras masticaba una porción de pizza.

—Las joyas y yo… –chasqueé la lengua– no nos llevamos demasiado bien. Además, soy un desastre, probablemente lo perdería.

—Puedo estar más o menos de acuerdo con esa teoría–espetó alzando las cejas y yo me eché a reír– , pero es importante que te compres un anillo, ahora estás casada –puntualizó–. ¿Quieres que echemos un vistazo a las joyerías de por aquí antes de volver?

Hice una mueca; no había podido idear peor plan.

—No, más adelante –dije para distraer su interés–, ahora no me apetece.

—¿O tal vez te asusta llevar un anillo que te recuerde constantemente que estás casada conmigo?

Giré el rostro, pensativa. Me había calado bien. Independientemente de que las joyas no eran lo mío, todavía me negaba a admitir abiertamente que estaba casada con él, solo mencionarlo me entraban escalofríos.

Parpadeé varias veces. Necesitaba cambiar de tema de conversación cuanto antes porque hablar de mi compromiso me ponía de mal humor.

—Dime una cosa, Edgar, ¿cómo conociste a Steve?

—¿¿¿Steve??? –espetó con una sonrisa –¿Por qué te has acordado de él ahora?

Me encogí de hombros.

—Os he visto juntos, sois muy diferentes, no obstante os lleváis muy bien. Sentía curiosidad por saber cómo os conocisteis. No te ofendas, pero no pareces una persona accesible, y hasta donde he podido comprobar, es tu único amigo.

Edgar apretó los labios y se inclinó hacia delante, con el codo apoyado en la mesa y el puño cerrado bajo la barbilla. El movimiento fue tan rápido que me sobresaltó.

—En eso no te equivocas,  no soy una persona muy sociable –admitió dejando la mirada perdida en algún punto de la mesa–. Steve es mi mejor amigo, es el único del que me fío plenamente porque sé que jamás sería capaz de traicionarme.

—¿Y él te conoce bien? ¿Está al tanto de todos tus secretos? –indagué un poquito más.

—¡No tengo secretos! –rectificó riendo– En realidad soy un tipo bastante normal, aunque hay aspectos de mi vida que no me gusta airear, son… –hizo una mueca de disgusto– son pasado. Pienso que es importante mirar hacia delante.

Aprobé su argumento con un asentimiento de cabeza.

— Y, ¿cómo le conociste? –insistí.

Edgar resopló. Por sus reacciones podía entrever que no le hacía especial ilusión hablar de esos temas, pero a estas alturas empezaba a dudar que realmente quisiera hablar de algo personal conmigo, fuese el tema que fuese.

—Compartíamos biblioteca en la facultad –añadió poco después–. El año en el que estábamos matriculados hubieron obras y la facultad de economía compartía espacio con la de medicina. Yo solía quedarme todas las noches a estudiar y Steve iba ahí a ligar.

Me eché a reír.

—Totalmente predecible.

—Sí… –confirmó inclinando el rostro hacia un lado, pero no acompañó mis risas–. Nos caímos bien enseguida.

—¿Seguro? –pregunté escéptica.

—Bueno –hizo un gesto de evasión con las manos y arqueó las cejas–. Por algún motivo inexplicable, yo le caí bien a él –matizó.

—Eso es más increíble.

Soltó una carcajada.

Nos quedamos en silencio durante un rato, observándonos. Me resultaba curioso que pese a las preguntas que le había hecho hasta la fecha, siguiera siendo todo un misterio para mí.

—¿Y las mujeres? –intervine de repente– ¿Hay alguna mujer con la que te lleves o te hayas llevado tan bien como con Steve?

Meditó durante un breve instante.

—No –respondió, seguro–. Aunque estoy intentándolo –me miró con tanta intensidad que pude sentir como la sangre de todo mi cuerpo se helaba bajo la piel.

Permanecí sentada en silencio, confusa, llena de nuevos interrogantes, con las manos cruzadas sobre el vientre y recostada lánguidamente contra el respaldo de la silla. Él seguía con la mano bajo el rostro, tan inmóvil como una estatua de sal.

No sabía qué respuesta ofrecer a sus últimas palabras, ¿era una forma retorcida de intentar coquetear conmigo? Y si era así, ¿por qué lo hacía? Ambos sabíamos que su argumento no se sostenía por ningún lado, porque de ser verdad esa afirmación, me habría aceptado en su círculo privado y hubiera sido mucho más claro conmigo desde el principio. No era el caso. Todavía seguía sacándole las palabras con sacacorchos.

—¿Nunca ha habido una mujer que te interesara de verdad? –insistí, negándome a abandonar el tema– ¿Una a quien le entregaras tu corazón sin reservas?

Tras mi pregunta alzó la vista y sus ojos buscaron los míos rebosando sus propios interrogantes.

—No voy a engañarte, Diana, han habido muchas mujeres en mi vida, pero sin implicación emocional.

—¿Y eso por qué? –quise saber.

—Como sabes, los sentimientos y los negocios…

—¡Madre mía, Edgar!

—¿Qué?

—Debes ser el único hombre sobre la faz de la tierra que contemple una relación amorosa como un negocio. Me parece muy triste, la verdad –negué asqueada por su respuesta.

Se encogió de hombros, pero no pareció molesto por mi sinceridad.

—¿Qué hay de ti? –intervino sacándome del trance– Nunca me cuentas nada tuyo, de tus ex novios o…

—Oh, pues… –empecé sin muchas ganas– eso se resume en una frase: nunca he tenido novios.

Frunció el ceño.

—¿Ninguno?

Vacilé.

—Bueno, ya sabes que cuando empezaron los problemas en casa todo se paralizó un poco, digamos que siempre tenía la mente ocupada con cosas más importantes que los chicos. En realidad no tuve tiempo de conocer a nadie especial antes de venir aquí.

—Ah –pareció ligeramente contrariado. Se quedó serio, frío y luego me miró con mucha atención.

—Tengo que preguntártelo, Diana, ¿has estado con algún hombre?

Me puse roja de repente. Sabía perfectamente lo que quería decir con eso, pero tuve la tentación de puntualizar la pregunta.

—¿Cuando dices estar te refieres a mantener relaciones sexuales?

—Sí –contestó sin dudar.

Sentí vergüenza por la conversación que habíamos iniciado.

—Pues… –me mordí el labio inferior y escapé de su inquisitiva mirada azul– No. –respondí en apenas un susurro.

Mi confesión fue como si le hubiesen lanzado un cubo de agua helada encima, de hecho empecé a dudar que siguiera respirando tras la impresión.

—¡No hace falta que te lo tomes así! – espeté molesta por su actitud– No es algo tan terrible, a mí no me preocupa lo más mínimo.

Parpadeó intentando recobrar la cordura.

—Supongo que es lógico –dijo poniéndose en mi lugar–, es solo que ahora entiendo algunas cosas… –se acarició la frente con nerviosismo–, di por sentado que en los tiempos en los que estamos y siendo como eres… –me señaló de arriba abajo.

Le miré con incredulidad. No sabía lo que quería decir con sus gestos, en cualquier caso lo interpreté como una ofensa.

—Bueno, Edgar, no todas las chicas de mi siglo se abren de piernas a la menor oportunidad –respondí a la defensiva.

—¡No seas vulgar! –me riñó– No estoy diciendo eso, es sólo que… –suspiró– déjalo –finalizó mirando mi plato prácticamente vacío– ¿Has acabado ya? ¿Quieres postre?

Negué con la cabeza sin dejar de mirarle, justo ahora me pareció tener en frente a un fantasma sin alma. Su humor había vuelto a mutar y era incapaz de disimular la profunda decepción que sentía.

—¿Tanto te ha molestado mi confesión? –continué, irritada – Al menos he sido sincera.

Arqueó su ceja sorprendido.

—¿A qué ha venido eso? Ha sonado a reproche. Yo también he sido sincero contigo.

Me crucé de brazos sobre la mesa y le miré desafiante.

«Se acabó. ¡A por todas!»

—Por supuesto –respondí irónica.

Su ceño se frunció.

—¿Crees que no lo he sido? ¿Qué te hace pensar que miento?

Le contesté mirándole por encima del hombro.

—¿Hace falta que vuelva a mencionar a la mujer pelirroja que a veces viene a verte? –su mandíbula se descolgó repentinamente– Sé que es importante para ti, no lo niegues, a lo mejor no es más que una novia del pasado –me la jugué–, alguien con quien todavía mantienes una amistad o simplemente hay confianza. Lo que no entiendo es por qué todos evitáis hablarme de ella, como si fuera a enfadarme. No soy tonta, Edgar –le recordé algo molesta–, sé que antes de que yo estuviera tenías una vida, es normal. Lo que entiendo es por qué no me lo cuentas.

—Pero ¡¿Qué cojones…?! –bramó alterado con los ojos desorbitados.

—¿Vas a negarlo? –me atreví a preguntar.

Pestañeó aturdido, sin cerrar la boca.

—¡Claro que lo niego! –dio un sonora palmada sobre su rodilla– No puedes estar más equivocada.

—Entonces, ¿quién es? ¿Por qué viene a verte a escondidas? ¿Por qué entra sin avisar? No son negocios, Edgar, y no entiendo por qué no me cuentas la verdad.

Se levantó de la silla de un salto.

—No quiero continuar con esta conversación, me parece que has perdido el juicio por completo.

—Pero sigues sin revelarme su identidad –aventuré con suspicacia–, ¿he dado en el clavo? ¿Es una ex?

Edgar puso dinero de más sobre la mesa para pagar la cuenta sin necesidad de que nos la trajeran.

—Ahora contéstame tú a una pregunta –dijo parándose en mitad de camino hacia la salida–, ¿por qué siempre tienes la enorme habilidad de joderlo todo?

Tras su pregunta lanzada al aire, caminó delante de mí dejándome atrás.

—Esa habilidad no es nada comparada a la que tienes tú de hablar sin decir nada –musité en voz muy baja.

 

Caminamos por la acera en dirección al lugar donde Steve había estacionado en absoluto silencio. Ninguno de los dos tuvo el mínimo interés por redimirse de sus palabras y habíamos alzado un muro, todavía más sólido y alto a nuestro alrededor para dar a entender al otro que estábamos molestos. Lo cierto es que por mi parte ya estaba todo dicho, acababa de darme por vencida; jamás lograría hurgar en la raíz de sus misterios porque se había escondido tras una impenetrable coraza. Cuanto más ponía de mi parte para averiguar aquello que me ocultaba, más me frustraba al ver que todas y cada una de las tácticas que empleaba para dicho fin, no funcionaban.

Mi cara reflejaba cabreo, Edgar me miraba de soslayo asegurándose que iba detrás de él cuando decidió ralentizar su paso y acompasar el mío. Pero siguió mostrándose tenso, irritado por algo que no alcanzaba a comprender, después de todo, tampoco le había preguntado nada del otro mundo.

Para acortar camino decidimos cruzar el parque a paso ligero, el recorrido se me estaba haciendo eterno. Edgar giraba el rostro en mi dirección y parecía como si quisiera decir algo, pero mi expresión le hacía replantearse las cosas, hasta que por fin se atrevió a decir aquello que le rondaba por la cabeza:

—¿Crees que habrá un día en el que podamos pasar un rato distendido sin acabar con la paciencia del otro?

Le miré desafiante.

—Visto lo visto, creo que no –dije convencida.

Su mirada se volvió penetrante e hizo un gesto con la boca, como si quisiera rebatir mi argumento. Antes de que lo hiciera sentí un impacto húmedo en la cabeza y me paré en seco. Edgar también se detuvo.

Abrí los ojos como platos mientras él me miraba el pelo.

—¡No! –Negué.

Torció los labios.

—Sí.

Horrorizada, le miré, histérica.

—Por favor, dime que un pájaro no acaba de cagarse en mi cabeza.

Edgar soltó una carcajada.

—¡Joder! –Lo vi muerto de risa y, de no haber sido por la hedionda plasta que tenía encima, me habría alegrado. Pero ¡no era divertido! Me toqué el pelo con cautela, temiendo localizar el desastre– No tiene gracia.– Le golpeé el brazo, y lloró de risa–. ¿Escoges este momento para reírte como un niño? ¡Tengo una caca de pájaro en la cabeza!

—Para. –Intentaba recuperar el aliento, secándose las lágrimas. Se acercó a mí un paso–. Sigue diciendo eso y no podré parar de reír.

—No tiene gracia –repetí arrugando la nariz–. Es asqueroso.

Sonrió, mirando el desastre.

—Es que estabas muy seria y, de pronto…

—Una caca de pájaro –terminé por él. Rió y levanté una mano, amenazándolo–. No te rías–. No puedo ir por ahí con una… –callé para no causarle más hilaridad diciendo de nuevo “caca de pájaro”.

De repente la situación me hizo gracia.

Edgar se estaba riendo como un crío de mi cómica desgracia. ¿Quién lo hubiera dicho?

Cuando me vio reprimir una sonrisa me miró con ternura.

—No te preocupes, ahora mismo lo soluciono –dijo alejándose por un sendero y deteniéndose frente a un banco ocupado por unos jóvenes. Les dijo algo y sacó la cartera. Vi que les daba dinero y ellos a cambio le entregaban sus botellas de agua.

Me conmovió.

—¿Cuánto te ha costado? –Miré las botellas.

—Dinero –respondió sin entrar en detalles–. Ahora baja la cabeza –ordenó.

Lo hice, sonriendo mientras me echaba agua en la cabeza para eliminar la plasta. Fue inevitable dar un respingo al sentir el agua helada recorrer el cuero cabelludo.

—Sé que estás disfrutando –confirmé sin necesidad de mirar su apretada sonrisa.

—No sabes cuánto –sonrió y me escurrió el pelo con los dedos.

—Pues podrías disimular un poco, es un tema serio –le recordé.

Cuando terminó de enjuagarme el pelo, extrajo un pañuelo de su bolsillo y me lo secó cuidadosamente.

Le miré con ojos risueños, de repente ya no recordaba el motivo de mi cabreo.

—Gracias.

—De nada.

Sin poder evitarlo, volvió a reír.

—¿Y ahora qué? –pregunté.

Se encogió de hombros.

—Nada. Es que no todos los días alguien se caga literalmente en mi mujer.

Que se refiriera a mí como su mujer era algo que seguía costándome asimilar, era como si todavía no me lo creyera. Pero ser testigo de la ternura con la que me había tratado bloqueaba la incomodidad de ese apelativo. Nos miramos a los ojos y la calidez me invadió mientras nos sonreíamos.

Fue como si…, como si todos mis miedos,  mis inseguridades y mis frustraciones se desvanecieran en una oleada de esperanza.

Entonces rectifiqué un pensamiento anterior: entre Edgar y yo aún no estaba todo perdido.

 

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