ALBERTO ROMERO

La otra carpeta
Aguirre trató de sacar toda la información que pudo de la madre superiora sobre
Josefa. Esta vez la monja no pareció guardarse nada y confirmó que la primera visita
al convento nunca se produjo.
—¿Dónde estuvo Josefa en la anterior ocasión?
—No lo sé. Mentí para no tenerla de enemiga. Ella estaba delante y consideré
que era mejor para el convento.
—¿Usted sabe igual que yo que Josefa mató a Sor Concepción?
—Lo sospecho, pero no estoy segura.
—¿Pero usted cree capaz de hacerlo a Josefa?
—Sí, de eso estoy segura.
—¿Y por qué cree que vino a Barakaldo?
—A mi me dijo que necesitaba que la cobijase unos días, porque había hecho
algo malo en Madrid, y necesitaba ayuda. Le dije que no podía estar más de tres o
cuatro días, y me dijo que le bastaba.
—¿Qué hizo en Madrid malo?
—No quise profundizar mucho, pero había amenazado de muerte a alguien
que, según ella, llevaba años persiguiéndola.
—Debería haber llamado a usted a la policía.
—Lo sé, pero hay demasiados secretos en este convento que sería mejor no revolver.
—Se refiere a otros expedientes de adopción como este, ¿Verdad?
—Sí —dijo la monja en voz muy baja.
—Me gustaría que usted complete esta carpeta.
—¿A qué se refiere?
—Faltan los nombres de los padres biológicos de Ana Díaz.
—Yo no los sé, señor inspector.
—Un médico que aparece en este expediente me confirmó que ustedes guardaban
ficha de todos ellos, aparte de la carpeta de adopción.
—Hum —fue todo lo que dijo la monja como respuesta al argumento de Aguirre.
—Insisto en que lo podemos hacer a las buenas o a las malas. Usted decide.
—De acuerdo, deme un momento, voy a ir a buscarlos al archivo.
Le acompañaré si a usted no le importa. Me gustaría conocer ese archivo, por
si hay que volver a consultarlo en el futuro.
La madre superiora refunfuñó para sus adentros, pero accedió de mala gana a
que la acompañase.
Cuando entraron en el despacho donde se encontraba el archivo Josu Aguirre
tuvo que contenerse para disimular su asombro ante el gran tamaño que tenía.
La monja estuvo un buen rato buscando entre cajones metálicos hasta que salió
una carpeta igual a la que poseía el inspector, pero más fina.
«Familiares de Sangre de Ana Díaz Bengoetxea» rezaba la portada con letra
muy pequeña. La monja extendió la carpeta al inspector Aguirre y este la abrió
para observar lo que albergaba en su interior. Dos folios iguales eran todo el contenido.
En uno aparecía una pequeña foto de carnet de una mujer con el pelo castaño.
Bajo la foto aparecía un nombre: María Salomé Sánchez Castro. En un párrafo
posterior aparecían datos de su domicilio, sus padres, su edad y las circunstancias
de la adopción.
En el otro folio otro perfil igual, pero con la foto de un hombre. Diego Salas
Rodríguez, padre biológico. Datos del domicilio, su edad, su trabajo y otro párrafo
igual que el de María Salomé Sánchez Castro. Las circunstancias de la adopción
eran iguales en ambos perfiles.
Cuando Josu Aguirre vio la foto del hombre, del padre de Ana, sintió un fogonazo
de vértigo. La sangre se le heló en las venas y le pareció que el corazón se le
paraba en el pecho sin remedio. Diego Salas Rodríguez parecía Antonio, el marido
de Ana. Tuvo que acercarse para asegurarse de que no era él. Los rasgos eran casi
iguales, parecía su hermano, su clon. Pero era imposible por edad, por los años pasados…
Un escalofrío recorrió el cuerpo entero de Josu Aguirre.

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