ANNABEL VÁZQUEZ

Amigos

El tiempo pasaba a una velocidad vertiginosa. Había perdido la cuenta de los días que habían transcurrido desde mi llegada. Como un preso en su celda, al principio marcaba rallitas en un cuaderno, pero pronto me rendí asumiendo mi ineludible destino.

Mis días se regían por una rigurosa monotonía que podía resumir en cuatro etapas: las primeras horas de la mañana eran de Edgar, desayunábamos, charlábamos y luego no volvíamos a vernos hasta entrada la noche, había días que ese encuentro no se producía hasta el día siguiente. Luego iba a la ciudad y quedaba con Cristian, habíamos abandonado el estudio para encontrarnos directamente en nuestro rincón secreto, aprovechando su descanso lejos del exhaustivo control que su tío ejercía sobre él. La mayoría de las tardes las pasaba frente al ordenador, escribiendo a Emma o a Marcos, interesándome por sus vidas, mucho más interesantes que la mía. Por las noches cerraba el día con María, hablábamos de muchas cosas, desde anécdotas del pasado hasta recetas de cocina. Era como una madre, tal vez por eso me reconfortaba tanto estar a su lado, era la única persona en la casa que hacía que me sintiera como si estuviera en mi propio hogar.

Mientras mi relación con Edgar estaba en punto muerto, los momentos con Cristian hacían que me sintiera viva. En poco tiempo había conseguido que tuviera plena confianza en él, empezaba a conocerle, a definir su carácter y me gustaba lo que veía, a excepción de un pequeño detalle:

 

—No sé qué ha podido pasar, te juro que tenía unas buenas cartas.

—Deberías dejar de jugar, sinceramente, no vale la pena las ganancias que puedas obtener en comparación a las pérdidas.

Suspiró, pasándose las manos por los rizos de su cabello rubio.

—Tendré que hacer horas extras para pagar la deuda –reconoció con semblante serio.

—¿A cuánto asciende esta vez?

Negó con la cabeza.

—No hablemos de eso ahora –zanjó–. Quiero saber más cosas de ti, confieso que tu historia me tiene muy intrigado.

Esbocé una frágil sonrisa.

—¿Cuánto debes, Cristian? –continué, ignorando su cambio de tema– Parece que no te das cuenta de lo peligroso que es el mundo en el que te estás metiendo.

Suspiró.

—No es para tanto, de verdad. Sé lo que hago.

Le miré escéptica.

—¿Y bien? –le presioné.

Cristian puso los ojos en blanco.

—Unas cuatrocientas cuarenta libras. Debo esperar a cobrar, este mes ya estoy en número rojos.

Le miré horrorizada.

—¡Madre mía, y estamos a mitad de mes!

—Bueno, tengo facturas que pagar y… –intentó excusarse– Nada que no pueda conseguir.

Negué apenada con la cabeza. Efectivamente no era mucho, aproximadamente unos quinientos euros. Lo que más me preocupaba era que no fuera consciente de que así se empieza, con cantidades pequeñas que cuestan cubrir al principio y luego la deuda crece y se retrasan los pagos hasta estar completamente atrapado.

—Y ahora… –dijo desviando mi atención– hablemos de ti. Estás casada con Edgar Walter, ¡joder! Es el tío más rico que hay por aquí, se dicen muchas cosas de él…

—¿Ah, sí? ¿Qué se dice? –pregunté, curiosa.

—Pues que es un ermitaño, un tipo raro. Hay gente que afirma que es una especie de vampiro.

Me eché a reír.

—Hay que ver lo que hace el aburrimiento.

—Pero, ¿nunca ha intentado beber tu sangre o algo así? Mira que igual te está reservando para una ocasión especial, como se hace con el buen vino.

Le di un codazo sin dejar de reír.

—No es un vampiro.

—¿Estás segura? ¿Cómo sabes que no duerme en un ataúd cuando se encierra en su despacho?

Puse los ojos en blanco.

—Eres idiota.

Negó con la cabeza.

—En cualquier caso, debe ser un vampiro muy estúpido.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no ha intentado morderte, a mí me cuesta y eso que no me gusta la sangre.

Su último comentario borró todo atisbo de diversión de mi rostro.

—¡Es una broma! –se disculpó riendo.

Me relajé.

—Creo que no tenemos el mismo sentido del humor.

—Solo era mi forma de decir que eres muy guapa, Diana. Deberías saber encajar los cumplidos –le saqué la lengua y él volvió a reír–. A lo que iba, entiendo perfectamente los motivos por los que se ha casado contigo, son evidentes, pero no sé cuáles son los tuyos.

—Bueno… –vacilé– te hablaré de eso en otra ocasión…

—¡No! ¡Por favor, no me dejes así! Cuéntamelo –me incitó.

—Es largo de explicar… –le advertí–, tienes que ir a trabajar.

Suspiró desganado.

—Tienes razón. Será mejor que lo dejemos para la próxima vez o tendré que escuchar otro sermón de mi tío sobre la responsabilidad.

Me eché a reír. Era incorregible.

Nos levantamos y caminamos de regreso al estudio, Cristian aprovechó a contarme un par de anécdotas de cuando era más joven por el camino y las risas volvieron a surgir. Una vez más, junto a él conseguí olvidarme de todo. Nuestra amistad crecía un poco más cada día que nos veíamos, y cuando no lo hacíamos, ambos estábamos impacientes porque se produjera el encuentro, teníamos mucho que decirnos. Cristian se había cruzado en mi camino para cubrir todas esas carencias que tenía con Edgar. Valoraba la inocente amistad que habíamos forjado en tan poco tiempo, sin necesidad de intercambiar teléfonos o direcciones de e-mail, nuestra relación se reducía a encuentros fortuitos en un hermoso vivero alejado del bullicio de la ciudad. Eso era lo que la hacía especial, diferente y original.

 

 

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