ANNABEL VÁZQUEZ

Call me maybe

Para mí el fin de semana era exactamente igual de monótono que el resto de días de la semana, con una leve diferencia, los desayunos con Edgar eran impredecibles, incluso a veces no se producían. Con frecuencia eran los días que escogía para cuadrar el horario de la semana y acabar de cerrar las reuniones. Dado que carecía de secretaria, se encargaba personalmente de dejarlo todo bien atado.

No entendía por qué no tenía a alguien que se encargara de organizarle esos pormenores, pero así era él, demasiado desconfiado como para dejar que otra persona meta mano en sus asuntos.

Ciertamente debía extrapolar esa faceta a todo lo demás, a esas alturas empezaba a conocer aspectos clave de su personalidad que debía clasificar cuidadosamente para estudiar más adelante.

Esa mañana de sábado me di una ducha rápida y bajé los escalones de dos en dos con mi habitual entusiasmo, al llegar al piso inferior, unos acordes musicales desviaron el rumbo de mis pensamientos.

—Deberías secarte el pelo antes de bajar, algún día de estos te constiparás.

Me giré en la dirección de María y troté vivaracha hacia ella.

—¿Qué es ese sonido?

—¿Qué sonido?

Agudizó su oído y yo arqueé las cejas.

—¿No oyes música? –pregunté girando el rostro en la dirección en la que provenía.

—¡Ah, eso! –sonrió por mi impaciencia– Edgar y Steve están en el estudio enredados con sus cosas. Les gusta tocar de vez en cuando.

—¡Qué me dices! –exclamé boquiabierta– Eso no me lo pierdo.

Me dirigí decidida hacia el pasillo.

—Pero ¿no vas a desayunar?

—¡No tengo hambre! –grité a María desde la distancia.

En cuanto llegué al estudio abrí despacio la puerta. Steve estaba al piano tocando una melodía lenta que Edgar acompañaba con la guitarra. La combinación de ambos instrumentos en una misma melodía era una pasada. Entré intentando hacer el menor ruido posible para no interrumpir.

Steve me vio enseguida, me guiñó un ojo a modo de saludo. Edgar, en cambio, estaba demasiado concentrado en los movimientos de sus dedos como para reparar si quiera en mi presencia, no parecía tan hábil con las cuerdas como el día anterior.

Cuando terminaron no lo pude evitar, y sobrecogida por la perfección de la melodía que habían elegido, me puse a aplaudir con entusiasmo.

—¡Bravo! –exclamé acercándome hacia ellos– No tenía ni idea de que tocabais tan bien.

—Nos hace falta practicar, no disponemos de mucho tiempo para esto –alegó Steve, colocando las manos sobre sus rodillas al tiempo que giraba el taburete en mi dirección.

—Eso lo dirás por mí, siempre que tocamos algo nuevo tengo la sensación de que se me enredan los dedos con las cuerdas –discrepó Edgar.

—Te lo he dicho mil veces –Steve se giró hacia él–, reproduce la melodía en tu cabeza y toca sin más, los acordes saldrán solos.

—¡No puedo hacer eso! Tengo que concentrarme en cada nota, se me traban los dedos si intento improvisar.

Steve puso los ojos en blanco.

—Edgar es tremendamente perfeccionista –me aclaró.

Se me escapó la risa; eso ya lo había deducido yo misma.

—Veo que os he cohibido, habéis dejado de tocar –observé con cierta pena.

—¡Para nada! –se apresuró en contestar Steve– Es más, ahora que estás aquí podemos hacer un juego.

—¡Genial! –espeté más animada– ¿Qué propones?

—Dinos una canción al azar, la que quieras, y nosotros la interpretaremos.

Edgar miró a su amigo con reprobación.

—¡¿Estás loco?! ¿Pretendes que saque de la nada una canción? –preguntó escandalizado ¿sin partitura?

—¡Vamos! Será divertido –continuó Steve–, Venga, Diana, sorpréndenos.

—¿Estáis seguros? No propondré una canción fácil –les advertí, frotándome las manos.

—No esperaba menos de ti –alegó Steve colocando con suavidad las manos sobre el teclado.

—Me lo temía –se quejó Edgar acariciándose la frente.

—¿Preparados? –intervine con alegría.

—Adelante.

—Pues, una de mis canciones favoritas, Call me meybe de Carly Rae.

Steve soltó una carcajada.

—¿Qué es eso? –preguntó Edgar.

—¡Vamos, Diana! Pon la voz.

Me mordí el labio inferior, repleta de júbilo y empecé a cantar.

 

I threw a wish in the well / Tiré una moneda al pozo

Don’t ask me, I’ll never tell / No me preguntes, nunca te lo diré

I looked to you as it fell / Te miré mientras caía

and now you’re in my way / Y ahora estás en mi camino

 

La cara de Edgar era todo un poema y mientras cantaba, no podía dejar de reír. La cosa mejoró cuando llegamos al estribillo rápido de la canción:

 

Hey, I just met you and this is crazy / Ey acabo de conocerte y es una locura

But here’s my number, so call me, maybe / pero este es mi número, llámame si quieres

It’s hard to look right al you baby / es difícil mirarte directamente, nene

But here’s my number, so call me, maybe / Pero este es mi número, llámame si quieres

 

Steve seguía a la perfección la melodía, parecía incluso que conocía la canción que había elegido y, animado, empezó a acompañarme con la letra. Sin embargo Edgar se hacía un lío con los dedos. Era incapaz de seguirnos el ritmo.

Cuando la canción llegó a su fin, Steve tocó las últimas notas con energía y giró el taburete en nuestra dirección. Edgar apartó la guitarra con frustración.

—¿No se te ha podido ocurrir una canción más rápida? –se quejó irritado.

Steve y yo soltamos una fuerte risotada.

—Me encanta esa canción –reconoció su amigo–, pero no la había tocado nunca con el piano.

—¿La conoces? –preguntó Edgar, extrañado.

—¡Todo el mundo la conoce!

Steve se llevó la mano al bolsillo y sacó su teléfono móvil, la buscó en Google y la puso para que Edgar la escuchara.

Steve y yo nos miramos y, al instante, empezamos a cantar acompañando a la cantante a vivo pulmón; era increíble lo bien que nos sincronizábamos.

—¡Madre mía! ¿Cómo queríais que la reconociera? ¡Cantas muy mal!

Steve se quedó paralizado, al igual que yo, que había recibido el ataque como si de una granada se tratase.

—¡Pero qué coño…! –Steve miró a su amigo sin salir del trance.

Segundos después, empecé a reír de forma descontrolada por su abrupta sinceridad.

—¿Qué ocurre? –intervino Edgar sin entender nuestras reacciones.

—¡Por Dios, Edgar!, ¿te han dicho alguna vez que tienes menos profundidad que un charco? –le reprendió Steve, lo que incrementó aún más mis carcajadas.

—¿Qué pasa? Solo he dicho la verdad –espetó ofendido–, cantar no es precisamente una de las cualidades de Diana.

Ahora mi risa se desbocó sin control y tenía que llevarme las manos a los ojos para apresar las lágrimas que estaban a punto de caer.

—¡No puedes hablar así a tu mujer, maldita sea! –le reprendió Steve, esbozando una sonrisa divertida– Tendrías que haber dicho algo como… –me miró con la cabeza ladeada, haciendo serios esfuerzos por mantener una actitud seria–: Diana, cariño, por suerte, tus estridentes gallos se ven ensombrecidos por la fuerza de tu mirada desigual.

Ahora los tres rompimos a reír a mandíbula batiente.

—Es demasiado –intervine intentando recobrar el aliento tras las carcajadas.

—Filtro, Edgar, te he dicho muchas veces que antes de hablar pongas el filtro.

Volvimos a reír. Steve era la pequeña chispilla que iluminaba la casa, cada vez que venía, de una forma u otra hacía que Edgar pareciera más humano, además de conseguir sacarme una sonrisa.

—Siento haber sido tan brusco –se disculpó Edgar una vez dejamos de reír.

—Bueno, no has dicho nada que no sepa, canto como el culo –reconocí.

—Todos tenemos algo, Edgar dice lo primero que se le pasa por la cabeza y yo soy incapaz de sentar la cabeza. Supongo que nadie es perfecto.

 

El resto de la mañana la pasamos juntos. Fue una gozada escuchar algunas de las canciones que tenían ensayadas y luego, cuando se cansaron de improvisar estrofas, nos fuimos a comer.

Ese día constaté que junto a Steve, estar con Edgar se hacía más fácil, el ambiente estaba relajado y sentía que mis opiniones eran respaldadas por alguien. Casi podía sentir una punzada de tristeza cuando se marchaba y volvíamos a ser dos desconocidos que no sabían de qué hablar.

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