ANNABEL VÁZQUEZ

Moviendo ficha       

A la mañana siguiente me despertó la tenue luz de un día nublado. Yacía con el brazo sobre los ojos, grogui y confusa. Algo, el atisbo de un sueño digno de recordar, pugnaba por abrirse paso en mi mente. Gemí y rodé sobre el costado esperando volver a dormirme.

«¿Por qué me sentía incómoda? ¿Qué había logrado perturbar mi paz?»

De pronto la respuesta relampagueó en mi mente como por arte de magia.

«¡La mujer pelirroja!»

No había podido quitarme de la cabeza el rostro irritado de María por la presencia de esa mujer, y lo nerviosa que se puso cuando intenté que me desvelara su identidad. Ya sabía que Edgar atendía compromisos en su despacho, pero siempre acudía él a recibirles antes de encerrarse entre esas cuatro paredes. Aquella mujer entró sin autorización, ni siquiera María anunció su llegada como había hecho conmigo o cualquier otra persona que hubiese querido verle sin cita previa; esa regla no se aplicaba a la pelirroja que había visto el día anterior, lo que me llevaba a pensar que era algo más que “compañera de trabajo o de negocios” como pretendía hacerme creer.

«¿Tal vez un familiar? En ese caso, ¿por qué no me presentaba? Tampoco recordaba haberla visto el día de la fiesta, y creedme, recordaría a una mujer así».

Nuevas dudas me sacudían desde dentro cada día que pasaba. Me preguntaba si habría algún momento en el que Edgar dejaría de ser un misterio para mí. A veces tenía la sensación de que podía digerir mejor las circunstancias (el estar casada con un desconocido, lejos de mi hogar, de los míos y en una ciudad extraña) gracias a mi curiosidad. Me sentía como una de esas investigadoras del CSI en busca de respuesta: atando cabos, recopilando pistas, estudiando pruebas… El misterio que había en la casa, y que envolvía al propio Edgar, era mi motivación para querer levantarme cada mañana con ganas de invertir tiempo en nuevos hallazgos. De hecho, si había podido sobrellevar tan bien los primeros día, era porque me mantenía despierta gracias a la intriga que me suscitaba. Sentía el deseo irrefrenable de desvelar todos esos misterios que ocultaba con tanto ahínco, que iba a aprovechar esa mañana para volver a abordarle en busca de respuestas. No tenía nada mejor qué hacer.

«Esta vez no se me va a escapar». –me prometí.

Me vestí con lo primero que vi en mi armario: una camisa azul y unos vaqueros negros que pertenecían a mi equipaje, y salí al pasillo esperando a que Edgar se reuniera conmigo. Esta vez pasé del ejercicio, era obvio que no se me daba demasiado bien.

Puntual como un reloj, abrió la puerta de su cuarto y se sorprendió al verme esperándole.

—¡Vaya! Hoy no se te han pegado las sábanas –mencionó arqueando una ceja.

—Que yo sepa, no se me han pegado todavía.

—Eso es verdad –reconoció–, aunque aún no ha pasado ni una semana.

Le saqué la lengua, vacilándole, y me coloqué frente a él mientras avanzaba, caminando hacia atrás para no perder tiempo.

—He estado pensando una cosa… –empecé.

—¿El qué?

—He observado que sigues estando reticente a hablar conmigo, a responder a algunas de mis preguntas.

Arrugó el entrecejo y en sus labios se curvó media sonrisa cautivadora.

—¿Tú crees?

—Siempre logras esquivarme, eres bastante astuto para desaparecer en el momento oportuno, cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.

Apretó una sonrisa y no necesité más pruebas. En su silencio estaba la confirmación de mis sospechas.

—Así que he pensado… –continué– que podría proponerte un reto.

Meneó la cabeza en señal de cansancio.

—Dudo que tengamos tiempo para eso… ¿Y quieres hacer el favor de caminar mirando al frente? Que yo sepa no tienes ojos en la nuca.

—¡Jo, qué pesado! –espeté poniéndome nuevamente a su lado y mirando al frente– ¿Ni siquiera vas a escuchar lo que tengo que proponerte?

Suspiró y empecé a regocijarme; estaba a punto de entrar en mi juego.

—Venga, te escucho, dime tu propuesta aunque dudo que me interese.

Ignoré sus últimas palabras y continué.

—Podríamos apostarnos preguntas importantes a una partida de ajedrez. Quien gane podrá preguntar o pedir al otro lo que quiera y éste no podrá negarse a responder.

Su carcajada me descuadró.

—Diana –dijo mientras tomaba asiento frente a la mesa–, eres muy valiente haciendo esa propuesta, teniendo en cuenta que puedo matarte en tan solo tres movimientos.

Le contemplé ojiplática.

—¿Nadie te ha dicho nunca que eres presuntuoso? No me subestimes, Edgar…

Alzó las manos a modo de disculpa y luego cogió su café.

—Está bien, juguemos.

Sonreí eufórica por la emoción.

—Pero pase lo que pase no se podrá interrumpir la partida. Jugaremos hasta terminarla.

Miró la hora en su reloj de muñeca.

—Pues no perdamos tiempo.

Corrí emocionada hasta encontrar a María y pedirle que nos preparara un tablero de ajedrez. Esto prometía.

Tras el desayuno, iniciamos la partida. Sentados sobre la alfombra, frente a frente.

Me mordí el labio inferior. Estaba emocionada con el juego.

Diez minutos más tarde no estaba tan contenta.

—No tengo todo el día, o mueves o tendremos que dejarla a medias…

—¡Espera! Es que… –suspiré apenada– Estoy jodida.

Edgar suspiró con brusquedad.

—Tu vocabulario me exaspera.

—A mí me exasperan otras cosas, Edgar –contesté desafiante.

—Venga, céntrate. ¿Mueves? –insistió.

Suspiré y dejé al descubierto la última torre que me quedaba. Edgar no dudó en comérsela con su caballo. No había nada qué hacer, era rematadamente bueno en esto y yo no parecía más que una principiante.

—Creo que estoy desentrenada –sonreí forzada–, se me daba muy bien en el instituto –alegué inútilmente provocándole una nueva carcajada.

Moví la siguiente ficha, el alfil, y amenacé a su rey, pero sabía que con su próximo movimiento lo pondría a salvo y yo volvería a ser vulnerable.

No sé si fue por mi expresión de desilusión, o por la derrota que transmitían mis ojos tristes, pero Edgar hizo una pequeña pausa y dijo:

—Ha sido un buen movimiento –me alabó fingidamente–, así que puedes hacer una de esas preguntas que te rondan por la cabeza.

Mi expresión cambió automáticamente.

—¡¿De verdad?!

Curvó los labios a modo de sonrisa y asintió. Me gustaba su lado juguetón, del que apenas me dejaba ver un fogonazo.

Me preparé. Cribé todas mis preguntas para elegir la más importante. Lo que más quería conocer en ese momento era la identidad de la mujer pelirroja que había conseguido quitarme el sueño, pero sabía que si atacaba de frente se esfumaría rápido obteniendo como mucho una banal respuesta de cortesía. Mi padre solía bromear diciendo que mi hermano era como un impetuoso rinoceronte y yo como una astuta serpiente. Marcos acostumbraba a atacar de frente, en cuanto se sentía acorralado embestía como un rinoceronte sin importarle el tamaño o la fuerza de su oponente. Sin embargo yo era más cauta y escurridiza, antes de devorar a mi presa, la rodeaba lentamente, haciéndola sentir a salvo para pillarla desprevenida y asestar mi ataque mortal. Esa comparativa siempre me hizo gracia, pero algo de razón había en sus palabras. No me sentía preparada para preguntar acerca de esa mujer en ese preciso momento, y menos cuando Edgar se estaba retirando lentamente el escudo, así que empezar con algún tipo de pregunta absurda, como el día anterior, me daría tiempo para abordar el tema que realmente quería tratar.

—¿Cuál es tu canción favorita?– pregunté contenta. Su respuesta también me parecería interesante después de todo, la música siempre era un buen punto de partida.

—¿Cuál es la tuya? –intervino mirándome fijamente.

—He preguntado primero. Además, es de mala educación responder con otra pregunta.

Recorrió el techo con la mirada, pensando. Entonces sus ojos volvieron a mí y una apretada sonrisa se dibujó en su rostro.

—Somos de épocas distintas, posiblemente no la conozcas –alegó, evitando contestarme.

—Eso da igual, gracias a Dios existe Google. ¿Cómo se llama?

—Pues… –divagó, se resistía a decírmelo y lo cierto es que cuanto más tiempo pasaba, más intriga me generaba.

—¡Vamos! –insistí– ¿Es una de esas canciones de origen Escocés y de nombre impronunciable como el Porridge?

Soltó una carcajada y negó divertido con la cabeza.

—En realidad es una canción española. Le encantaba a mi madre y… a mí.

De pronto el tema se puso realmente interesante.

—Estoy impaciente –confesé.

—Se llama “bajo la luz de la luna” de Los Rebeldes. ¿La conoces?

Hice una mueca.

—No me suena ese grupo.

Estalló en carcajadas.

—¡Normal! No habías nacido. Era un grupo de finales de los setenta. Rock and roll español, bueno, rockabilly para ser exactos. Además, te interesará saber que el grupo era de Barcelona.

—¿Ah, si? Vaya… –arrugué la nariz– ¿rockabilly, Edgar? ¿En serio? No lo hubiese dicho en la vida.

—¿Y eso por qué? –prosiguió divertido.

—No te pega en absoluto. Yo creía que lo tuyo sería algo como las cuatro estaciones de Vivaldi o algo así.

Volvió a reír.

—Dios, Diana, a veces eres tan ridícula… –espetó sin dejar de menear la cabeza –ven, te la mostraré –finalizó poniéndose en pie.

Le miré repentinamente más emocionada y di un salto eufórico para seguirle allá donde quisiera llevarme. Conocer esta nueva faceta de él resultaba más interesante de lo que pensaba.

Seguí a Edgar escaleras arriba, cruzamos el largo pasillo y entramos en una habitación con las paredes revestidas de madera. Ya la había visto antes, pero no había despertado mi curiosidad. Entonces Edgar abrió un armario de madera enorme que iba de punta a punta de la habitación. Las puertas fueron plegándose una encima de la otra mientras descubría una especie de escenario repleto de instrumentos y un antiguo tocadiscos que tenía pinta de ser muy caro.

Le miré boquiabierta;  esa casa no podía dejar de sorprenderme.

—Vaya… –musité sin apenas aliento– ¿tocas todos estos instrumentos?

—No, únicamente la guitarra. Aunque tengo el propósito de aprender algún día.

—Es increíble –dije sorprendida– , tienes unos hobbies tan inverosímiles…

Se echó a reír y descendió sutilmente la mirada al suelo antes de dirigirse al escenario. Cogió la guitarra acústica negra y blanca que reposaba sobre un pie de acero y me ofreció asiento en uno de los taburetes que había frente a él. Seguidamente se sentó a mi lado y colocó la guitarra sobre sus piernas con delicadeza. Un pie reposaba sobre la varilla del taburete mientras que el otro tocaba el suelo.

—Pues la canción que me gusta es más o menos así…

Carraspeó para aclarar la voz y colocó los dedos sobre las cuerdas. Seguidamente cogió aire y empezó a tocar los primeros acordes. La letra vino poco después.

Bajo la luz de la luna,

me diste tu amor

y tan solo una palabra,

una mirada bastó.

Y yooooo sé que nunca olvidaréeee

que bajo la luz de la luna yo te amé…

 

     Fue imposible contener la risa por la letra de esa canción. Aunque la melodía lenta y pegadiza a la vez pronto hicieron que dejara de prestar atención a la letra para centrarme en todo lo demás. En lo bien que cantaba Edgar, por ejemplo, o lo bien que tocaba la guitarra, sin duda cualidades que no le hubiese atribuido de no ser por esa desinteresada pregunta que le lancé en el terreno de juego.

Dejó de mirarme y descendió el rostro para fijarlo en sus dedos, que con lentitud, hacían sonar las notas de una canción desconocida.

Bajo la luz de la luna

hicimos el amor

tu cuerpo entre mis brazos,

se abrió como una flor

y yoooo sé que nunca olvidaréeee

que bajo la luz de la luna

yo te amé.

Su voz empezó a hipnotizarme, el sentimiento que inspiraba era la prueba de que Edgar no era el ser frío e insensible que me había mostrado ser tiempo atrás. Es más, cada vez me parecía más absurda esa teoría.

yooo no pensaba,

no pude imaginar

que todo lo que empieza

tiene un finaaal.

Bajo la luz de la luna

me dijiste adiós,

con lágrimas en la cara

me rompiste el corazón,

y yoooo sé que nunca olvidaréeee

que bajo la luz de la luna

yo te amé…

Tragué saliva. Quería saber si uno de los motivos por los que le gustaba esa canción era porque algo de realidad había en esa letra. Tal vez una novia del pasado. ¿Edgar se habría enamorado alguna vez? ¿Un hombre como él era capaz de amar a alguien más que a sí mismo? Hasta ahora había sido para mí un ser arrogante y egoísta, pero había momentos, pequeños e ínfimos en los que dejaba relucir una personalidad completamente diferente.

Yo no pensaba, no pude imaginar

que todo lo que empieza, tiene un finaaal.

Bajo la luz de la luna

me dijiste adiós

con lágrimas en la cara,

me rompiste el corazón

y yoooo sé que nunca olvidaréee

que bajo la luz de la luna

yo te amé…

Pronto todos los sentimientos que evocaba la canción empezaron a hacer mella y noté que me picaba la nariz. Mi cuerpo permanecía congelado, sin perder detalle de él, pero mis ojos me traicionaron liberando un par de lágrimas prófugas que no pude retener. Había conseguido conmoverme, constatando que el concepto que tenía de él cambiaba día a día.

—Sé que cantar no es mi fuerte –alegó reparando en la quietud de mi rostro–, pero tampoco es para ponerse así –dijo en tono burlón.

Sonreí y me enjugué rápidamente los ojos.

—Ha sido increíble –reconocí.

—Esta es la versión según Edgar, la original es mejor. Más… –hizo un gesto con la mano– movida.

Se levantó y fue hacia el tocadiscos.

—Esta es la original.

Reconocí el ritmo y los coros mientras el cantante principal, con voz rasgada, entonaba la misma letra que Edgar minutos antes. Su rostro se iluminó de repente y me tendió una mano para bailar. Negué con timidez; no sabía bailar eso, él tenía razón cuando dijo que era de un época distinta.

Pero él no se rindió. Me cogió de un brazo y tiró de mí con suavidad. Le seguí con cierta rigidez. Me movió hacia delante y se detuvo para que diera una vuelta frente a él. Su mano acompañó mi cintura mientras dábamos vueltas ni demasiado rápido ni demasiado lentas, al ritmo de la música.

Sonreía mientras me dejaba guiar por él; además de cantar sabía bailar. Su rostro relajado y sus ojos afables me contemplaron embelesados mientras nos movíamos juntos. Podría haberse congelado el tiempo en ese instante y no lo habría notado, estaba exclusivamente centrada en él. Por primera vez me permití el lujo de pensar que junto a Edgar no sería tan infeliz como creía.

Al terminar la canción ambos nos quedamos callados, digiriendo lo que acababa de suceder, pero ni siquiera en ese momento bajé la guardia y, transcurridos unos minutos, fui la primera en romper el silencio:

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

—¡Claro! –contestó desprevenido mientras cerraba las puertas plegables que escondían su colección de instrumentos.

—¿Podrías decirme quién es la mujer pelirroja que entró ayer en tu despacho?

Permanecí muy atenta a las facciones de su rostro, pues ellas me revelarían más que su respuesta. Así fue. Sus ojos se abrieron en exceso en busca de los míos, e incluso tuve la sensación de que el aliento se le congeló en el pecho.

—¿La mujer pelirroja?

—Sí, ayer vi que una mujer descendió a la zona prohibida –dije con humor moviendo los dedos–, y para mi estupor lo hizo sin previo aviso, así que debe ser alguien importante. ¿Quién es?

Desvió la mirada, confuso.

—Te equivocas. No es nadie importante. Vino por negocios –alegó, serio.

—Eso mismo dijo María –apunté–. Pero tú no fuiste a recibirla, bajó a verte sin más, confieso que eso me chocó. Por lo que he podido comprobar hasta ahora, esa no es tu manera de proceder.

—Eso es porque sabía que vendría –nos miramos durante un rato, retándonos. Fui consciente de que me ocultaba algo–. Lo que me recuerda… –continuó mirando el reloj; siempre tenía esa manía– tengo que trabajar.

—Pero no hemos acabado la partida en el salón… –quise inútilmente detenerle.

—Mira el tablero, mi próximo movimiento será un jaque mate, tienes al rey rodeado.

No pude cerrar la boca. Estaba perpleja. A menudo descubría cosas curiosas de él, pequeñas pinceladas que despertaban aún más mi curiosidad. Me sentía como una de esas tenaces investigadoras americanas que trazaban perfiles de sus sospechosos, y es que cada día descubría una pequeña faceta de Edgar que me dejaba atónita.

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s