ROCÍO PRIETO VALDIVIA

Hace veinte años lo conocí. En un abrir y cerrar de puertas a mi soledad. Me había atrapado, y mi juventud ya no estaba. Me encontraba vestida con un saco y pantalón, parecía una oficinista; mi maquillaje ocultaba un par de surcos hechos, no por sus manos si no por esa levedad del tiempo trascurrido. Él supo hacerme sentir un orgasmo, mientras mi piel era recorrida por sus expertas manos; nunca lo olvidé ni por un minuto.

Esa tarde de mayo en mi red social apareció su nombre, titubeé en abrir esa página. Lo hice y sin darme cuenta había pasado horas leyendo cada una de sus publicaciones. No había duda era él, lo reconocí en esa fotografía que su única hija le había puesto en su muro.

Mi amor dormido empezó germinar tan alto como las enredaderas de pepino que él sostenía entre sus manos. Los días siguientes sin dar cuenta le di Me gusta a un poema que había compartido, y pasaron los días

Hasta que una tarde de junio, entre mis mensajes encontré uno que me hizo soltar un grito de alegría. Los días siguientes fueron de mucho entusiasmo. Fue hasta una tarde de agosto, cuándo después de salir de mi clase tomé el toro por los cuernos; y ahí estaba frente a mí, vestido con ese pantalón Levis, la sudadera de gorro, unos tenis Nike, y la sonrisa de antaño.

Sentí que volvía a esos años, cuando mi vestimenta incluía terciopelo negro, en mis pies unas zapatillas de moda, mi largo cabello semi sujetado con ese broche, que el viento hacia volar un poco, cada hebra larga que no había sujetado

No dijo palabra alguna, me tomó en sus brazos y besó mi frente. Los minutos siguientes fueron de silencio, con sus manos descubría mi rostro, sollozando le reclamé por qué se había ausentado durante dos décadas. Me llenó de besos los labios, para hacerme callar, supongo, pues a ningún hombre le gustan los reclamos, y menos a un alma libre que ha viajado por constantes universos.

Mi poeta se había casado. Adoptó tres chiquillos que lo habían hecho abuelo. Su mujer usaba lentes, tenía el cabello teñido de borgoña, su mirada era dura, con la ira a todo lo que da, y mis ilusiones se hacían añicos. Lo había encontrado para perderlo en ese mismo instante en que de su cartera sacó las fotografías. Y pronunció las palabras “Me volví a casar”.

Instantes en los que mis pensamientos se hacían remolinos; y en medio de todo ese desastre, me pregunté dónde estaba yo inmersa. Veía cómo cada letra de esa carta de despedida me envolvía, y las pesadas lozas caían una a una hasta formar la barrera que prometí nunca traspasar, tras el divorcio de mis padres que fue tan doloroso.

Me vi como una chiquilla de siete años, indefensa, solitaria, envuelta en un capullo de mariposa. De su cartera cayó mi fotografía, la había conservado durante más de 21 años, estaba envejecida, media borrosa, con algunas inscripciones en la parte trasera; yo le había escrito “Jamás me olvides”. La traía consigo.

Me hizo sentir segura de todas sus palabras. Y a la vez, llena de tristeza por la carta que yo había hecho mil pedazos. Él me había escrito aquella carta con fragmentos del ‘Nocturno a Rosario’, combinado con ‘La despedida’, del poeta Miguel Ángel Buesa, y las supo disfrazar tan bien; los poemas tomados de esos libros que por años pensé que habían sido escritos para mí únicamente.

Lo que jamás pude encontrar fue el poema de “La tarde gris”; él en un arranqué de celos lo había escrito para su chiquilla traviesa, que jamás pudo apartar de su mente y a la cuál buscaba cada domingo en el mercado popular. Esa noche dormí entre sus brazos logré romper cada pesada loza con la cuál había construido el muro.

Parecía que el tiempo no había pasado. Mi traje sastre yacía en el suelo de esa pequeña habitación; mis cabellos gozaban su libertad. Sus Levis deslavados junto a mi traje, la sudadera que se había quitado, nos sirvió de almohada. En el intento de quitarse los Nike, uno quedó en la mesa de noche, el otro junto a mis zapatillas rojas. Era un cuadro clásico sacado de alguna revista de moda.

La habitación con paredes pintadas de amarillo. El techo de grandes barrotes. En una de las paredes, pude observar mi carta enmarcada junto con aquella margarita que le diera, el día que se había despedido de mí. Hicimos el amor, mientras paso a paso de nuevo me volvía a recitar el poema de Manuel Acuña. Suspicaz, al terminar de recitarlo, pronunció el nombre de su autor. Sonreí complacida de que está vez fuera sincero.

Mi hombre poeta me hace tan feliz cada miércoles por la tarde; hacemos el amor y el me recita a Manuel Acuña.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s