AERYN ANDERS

El traqueteo del vagón, junto a los efectos de alguna sustancia que permanecía en sus venas, la mantenía en un duermevela constante, ni los gritos de la niña del asiento trasero ni el constante rezo susurrado de la monja sentada a su lado, lograron que su mente se despejara.

Su cuerpo se mecía al compás del vaivén de las ruedas de hierro al rozar las vías. Se mojó los labios con la lentitud que la acompañaba, necesitaba dejar atrás la sequedad que abordaba su boca y no sentir la aspereza cada vez que tragaba.

Su mente estaba repleta de flashes que se proyectaban según la lucidez del momento, que eran pocos. Aprovechó el instante de disfrutar uno de ellos para bajar la mirada, una manta gris le cubría el cuerpo desprovisto de ropa, las dudas se adueñaron de sus pensamientos de inmediato. «¿Qué hacía desnuda?», logró preguntarse antes de dejarse vencer por Morfeo.

Sintió un frío trémulo, la humedad del cemento mezclada con el agua expandida a su alrededor, se filtraba por la piel desnuda de los muslos helándole los huesos. Alzó la cabeza aún condolida al oler el desagradable aroma que le impedía una correcta respiración. Sus ojos enfocaron a la nada, la oscuridad la envolvía por completo.

Los brazos le dolían debido a la posición, la tensión de tenerlos estirados en la espalda y atados con una soga imposibilitaba que pudiese moverlos. Solo tuvo que tragar para comprobar que la misma cuerda que la mantenía maniatada, le presionaba la garganta impidiéndole un buen funcionamiento. Bajó de nuevo la cabeza para evitar ahogarse ella misma. Escuchó el descorrer del pestillo y pronto una luz mortífera inundó la estancia.

Alzó el rostro a la misma vez que abrió los ojos. Se descolocó al ver el gris sucio de un sillón. Desvió el rostro e intentó enfocar la imagen de la religiosa que miraba a cualquier parte del vagón menos a ella.

Sacudió la cabeza, lo único que deseaba era aclararla, volver a tener todos los sentidos en alerta, pero su mente no le daba tregua, seguía empeñada en mantenerla en la inopia más de lo establecido.

Con pesadez llevó la mano izquierda a la sien, los moratones que lucía, pensó que serían producto de la atadura. Con suavidad se acarició la cabeza, todavía sentía miles de aguijones clavándose en su interior.

Miró por la ventanilla y le impactó la imagen que proyectaron sus retinas en el cristal, estaba de pie con los brazos en cruz sujetados por unas esposas negras a la madera que, debido al barniz, le refrescaba la espalda, unos ojos negros como la noche se bosquejaron frente a ella junto a unos carnosos labios, la observaban con lascivia a la vez que se humedecía el belfo.

Sintió la caricia en la mejilla seguida de una bofetada que la hizo girar la cabeza. «Mírame», ordenó una sugerente voz en el interior de su cabeza. Quiso cerrar los ojos y dejar de verse en aquella tesitura, pero la mirada azabache junto a la sensualidad de la voz la mantenían rehén de sus propias necesidades.

El tren redujo velocidad y logró sacarla de su ensoñación. Le costó horrores enfocar de nuevo la vista hacia su compañera de viaje.

—Perdone, hermana, ¿qué hora es? —sintió los aguijonazos en la garganta con la primera palabra, pero se obligó a terminar la frase, debía de recomponer el lapsus de tiempo que su mente se negaba a mostrarle por voluntad propia.

La monja alargó el brazo y le señaló la pequeña pantalla que colgaba del techo al otro lado del pasillo.

Edna parpadeó un par de veces, por mucho que se esforzó por adivinar en que franja horaria vivía, sus retinas se negaban a ofrecerle tal consideración.

—Disculpe, hermana, pero es que no logro ver la pantalla, podría decírmela usted si es tan amable —suplicó sin dejar de mirarla aunque la religiosa se negaba a ofrecerle una mirada de compasión.

No es que le hiciese demasiada gracia hablar con una hija de la calle que encima tenía la poca decencia de subirse al tren repleto de menores, mujeres decentes y hombres con miradas libidinosas, desnuda, pero su deber, al ser una sierva de Dios, era ayudar a los necesitados.

—Las ocho y media de la tarde —respondió sin llegar a observarla.

Un flash obligó a Edna a cerrar los ojos, recordaba vagamente haberse subido al tren a primera hora de la mañana y el trayecto solo duraba tres horas, no podía ser tan tarde y que aún estuviesen de camino a Valencia.

«¿Valencia?», se preguntó desconcertada. «La presentación», ese era el motivo de estar en el tren, tenía la presentación de la nueva novela de su mejor amiga. Se alarmó al comprobar que iba tarde, que por mucho que quisiera no llegaría a tiempo.

—¿Ha habido algún imprevisto para que llevemos once horas de trayecto? —tomó una bocanada de aire para proseguir—. Valencia solo está a tres horas de Murcia.

Era la primera vez que su compañera de viaje desviaba la vista hacia ella. A Edna le sorprendió, y alarmó a partes iguales, la incredulidad que sus iris proyectaban.

—Señorita, en una hora llegaremos a Madrid.

—¿Madrid? —alcanzó a cuestionar.

La religiosa asintió una vez con la cabeza.

—¿Qué día es?

—Domingo. ¿Se encuentra usted bien? —deseó saber la hermana, comenzaba a preocuparle el estado en el que se hallaba.

Le había extrañado, a la vez que escandalizado, que accediera al vagón desnuda, pero eso no fue lo que en realidad llamó su atención, verla repleta de mugre y sangre por doquier logró que se santiguara en más de una ocasión.

No tardó en llamar la atención de una azafata y solicitar que trajese una manta o cualquier prenda para tapar la desnudez de la chica que parecía perdida, aunque sus movimientos se asemejaban más a estar bajo los efectos de algún potente estupefaciente. Antes de ladear el cuerpo y mirar por la ventana opuesta a la suya, se aseguró de que ella respiraba, incluso le arrebató con delicadeza el billete de las manos para entregárselo al revisor de turno para que no la despertara.

Edna volvió a caer en el duermevela que la mantenía al margen de la realidad, no tuvo tiempo de contradecir a la monja, su mente se apagó de repente sumiéndola en una vorágine de imágenes que no lograba encajar. Todo lo que la rodeaba parecía una mala organización de un puzle al que le faltaban piezas para poder acabarlo, y estaba segura de que eran las que lo recomponían.

Esforzó hasta el límite sus recuerdos, solo alcanzó a rememorar el momento justo que llegó a la estación de tren de Murcia, su hermana había sido la encargada de llevarla para evitarle el gasto del taxi. Otra fugaz imagen le mostró estar sentada en el banco a la espera de que llegase el tren y partir para Valencia a pasar el fin de semana con Sara, tenía muchas ganas de verla, de estar de nuevo con ella.

Otro momento efímero le mostró alguna que otra diapositiva de ella subida en el tren con el móvil en las manos, hablaba con… su mente volvió a bloquearse, no recordaba quién era la persona que lograba arrancarle más de una sonrisa, pero estaba segura de que no se trataba de su amiga, aquella atontada iluminación de su rostro solo la mostraba por un hombre, un hombre que realmente le gustaba.

La turbación se apoderó de sus somnolientos pensamientos haciéndola cuestionarse los hechos. ¿Quién era aquel extraño con el que había hablado de camino a Valencia? ¿Sería el dueño de los ojos azabaches que la excitaba y asustaba a partes iguales? ¿Y por qué se encontraba dirección a Madrid sin ninguna de sus pertenencias?

Abrió los ojos al escuchar el chirriar de unas ruedas necesitadas de un poco de aceite, las pobres se lamentaban con cada giro que alguien las obligaba a hacer. Parpadeó con insistencia hasta que logró ver a la joven azafata que la miraba con pena.

—¿Quiere un poco de agua? —ofreció con una eterna sonrisa en la cara.

—Sí, estoy sedienta. —Logró articular.

Alargó el brazo, pero no llegó a alcanzar el vaso que la chica le ofrecía, este cayó con peso muerto sobre el regazo de su compañera. La miró solicitando perdón, un perdón que no llegó.

La azafata se apiadó de ella, se hizo con el agua, le acercó el plástico a los labios para incitarla a tomar sorbos pequeños, la enfermera que viajaba en el vagón contiguo les había advertido a todos los trabajadores que no le diesen nada sólido, a lo mucho un poco de líquido.

Edna engulló el vaso en un suspiro, notó cómo el agua le dañaba la garganta a su paso, pero a la vez aliviaba la sensación de lija en la que se había convertido su lengua y garganta.

—Más —rogó.

La mujer quiso apiadarse de Edna y darle más, pero las instrucciones habían sido claras, un vaso pequeño cada hora, no sabían bajo qué efecto estaba sometida y no debían arriesgar en empeorar su salud.

—No se preocupe, en el hospital le darán más.

Quiso cuestionar aquella afirmación, pero su aletargada mente no lo permitió.

Esperó sentada mientras los demás pasajeros bajaban del tren, por mucho que quisiese alejarse de todo aquello y recuperar la normalidad, su cuerpo se negaba a obedecer las instrucciones de su cerebro.

Sintió unas manos sujetándola con suavidad por los brazos, su instinto fue pegar la espalda al asiento. Su confusa mente la premió con otra imagen para nada la real que vivía en ese momento.

En la fantasía el hombre de ojos oscuros le presionaba los bíceps con insistencia, tanto que el dolor era insoportable. Notó cómo algo la rasgaba desde el mismo centro de su cuerpo, asciendo el dolor por la espina dorsal hasta ubicarse en la cabeza. «Te gusta que te lo haga duro. Disfrutas cuando te provoco tanto dolor», en esa ocasión la voz no emanaba sensualidad, era rudeza lo que emitía.

—Señora —escuchó lejano—. Señora tiene que acompañarnos, la llevaremos al hospital y allí podrá recuperarse.

—¿Qué me ha pasado?

El enfermero, encargado de ayudarla a bajar, la miró con compasión, no era la primera vez que la veía, su rostro llevaba una semana mostrándose en todos los noticieros del país, tanto su amiga como su familia habían denunciado su desaparición siete días atrás. Habían sido los trabajadores de Renfe los que habían dado el aviso de su paradero, había subido mugrienta, ensangrentada, desorientada y desnuda al tren en la estación de Alcira, y en Atocha estaban apostados a la espera de su llegada.

Su mente le rechazaba rellenar los recovecos que seguían con bastantes lagunas cuando volvió a despertar, notaba que su cuerpo no pesaba tanto como horas atrás, pero aun así por mucho que lo intentó Edna no fue capaz de recordar lo ocurrido.

Prestó atención al escuchar lejana una voz conocida, los lagrimales se humedecieron al oír la angustiada voz de Sara.

—Doctor, ¿no insinuará que mi amiga se marchó por voluntad propia?

—No insinúo nada, señora. Lo único que pretendo es que comprenda que no hay síntoma alguno de que su amiga fuese obligada y tampoco se ha hallado semen, lo que descarta que haya sido violada. Por otra parte, el examen toxicológico releva una gran cantidad de cocaína consumida.

—Lo que me faltaba por escuchar —se quejó Sara—, mi amiga no es ninguna drogadicta.

Edna dejó de prestar atención, solo su mente le revelaría lo sucedido, pero hasta que no encajara todas las piezas del rompecabezas no hallaría la verdadera respuesta. Cerró los ojos y una sonrisa cálida la recibió con alegría, los abrió sobresaltada al reconocerlo.

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s