ANI SCHULZ

Martín había sido abandonado por sus padres en los suburbios de Londres. Vivió mucho tiempo en la calle por lo que aprendió a defenderse, pudo apropiarse del lenguaje callejero como única alternativa de supervivencia. Allí conoció a Manccini, un narco italiano muy famoso que residía en esa ciudad inglesa, pues era la sede de su negocio. Éste lo rescató, crió y enseñó el oficio, la comercialización y distribución de la droga, cómo atraer a más consumidores y a multiplicar las ganancias. Hasta que llegó el día en que Martín debió hacerse cargo del cártel, una oportunidad única para demostrar todo lo que había aprendido, ya que su mentor volvió a su ciudad de origen porque la madre se encontraba con su salud comprometida.

Manccini tenía un hijo biológico, Jean Pierre, quien cegado por los celos y el rechazo de su padre, se empeñó en sacar del medio a Martín. Para ello, infiltró a uno de sus hombres de confianza en la organización, así lo mantuvo informado sobre los planes que éstos llevaron a cabo.

El cártel que comandaba Martín, poseía los laboratorios mas tecnológicos del mundo para la elaboración de las drogas sintéticas, por eso  los narcos  sudamericanos enviaban la materia base, es decir la cocaína para que éstos la transformen y envíen nuevamente. Con motivo de aprovechar la creciente demanda de éste tipo de estupefacientes que había en Sudamérica, Martín propuso a los narcos duplicar los cargamentos que remitían a ese destino con regularidad desde el puerto de Londres. De éste modo aumentaría por millones las ganancias de su negocio. Por tal motivo y ante la buena predisposición de sus clientes, ordenó la compra de cinco barcos nuevos donde la carga iría camuflada entre conteiners de pescado, todo supervisado personalmente por él. Manccini estaba feliz por los planes de su sucesor, así que lo apoyó incondicionalmente.

Avisado por su informante, Jean Pierre quiso emplear esta oportunidad así que mandó a sus hombres a colocar explosivos en esos barcos. De éste modo no solo acabaría con Martín, sino también con gran parte del negocio de su padre, pues si ésa carga no era enviada en tiempo y forma, los narcos sudamericanos iniciarían una guerra contra el cártel londinense.

Martín no tenía mayores inconvenientes en la ejecución de su operatoria, ya que todas las voluntades de los trabajadores del puerto estaban compradas y a su favor. Era el gran jefe, conocía la historia de todas y cada una de las personas que trabajaban para él.

Cuando cayó la tarde, estuvo todo listo para la salida de los barcos.  Jean Pierre, que observaba todo a la distancia, esperó a que Martín subiera a uno de ellos para dar la orden  a su equipo de comenzar a detonar los explosivos.

—¡Ahora! —gritó desde su handy.

Uno de sus hombres pulsó el detonador pero nada sucedió. Volvió a pulsarlo, sin suerte nuevamente. Desesperado y con mucha ira, Jean Pierre dijo:

—¡Qué está pasando que no hay ninguna explosión!

—¡No funciona el pulsador, señor! —respondió uno de sus hombres.

—¡Maldita sea! —se lamentó.

En ese momento sonó su celular y éste contestó irritado.

—¡Diga!

—¡Mi querido Jean Pierre!, ¿qué forma de contestar es esa? Cualquiera pensaría que estás de mal humor —dijo en tono de burla su interlocutor— ¿Creías que no iba a enterarme de tu plan? Has subestimado el hecho de que tengo ojos y oídos por todos lados.

—¡Maldito infeliz, me las vas a pagar Martín! ¡Yo debí estar al frente de los negocios de mi padre, no vos! —exclamó sumamente irritado el hijo de Manccini y cortó la comunicación.

En ese momento salió de uno de los barcos la persona que éste había infiltrado en la organización de su enemigo, casi moribundo a raíz de los golpes que le habían efectuado, caminó diez metros y se desvaneció en el piso. Cegado por la ira, Jean Pierre ordenó recoger a su hombre y abrir fuego inmediatamente. Se generó una balacera tremenda, donde tuvo que intervenir la policía de Londres. Una bala lo hirió de gravedad, cayendo al suelo aún consciente. De lejos, oyó unos pasos que se acercaban cada vez más. Luego una voz le dijo:

—¡Tu padre siempre dijo que fuiste su mayor decepción!

Jean Pierre levantó la vista y lo vió a Martín parado a su lado, apuntándole con una pistola.

—¡Eres un maldito bastardo! —exclama con un hilo de voz.

En ese momento Martín disparó su arma terminando con la vida de aquél.

La policía que recibía una generosa mensualidad de parte de la organización de Manccini, se retira llevándose presos a los hombres sobrevivientes que respondían a Jean Pierre.

Al enterarse de lo acontecido en Londres, el jefe decidió viajar desde Italia para conocer más detalles de lo ocurrido. Sintió pena por el deceso de su hijo pero entendió que con su plan lo estaba boicoteando a él también.

—¡Disculpe señor pero corrió peligro el cártel, no tuve otra alternativa! —se disculpó Martín.

—Te entiendo, no hace falta que digas nada. Una vez más me demostraste tu lealtad eso para mí es muy importante —dijo Manccini con tristeza.

Decide volver y llevarse el cuerpo de su hijo para sepultarlo en tierra italiana.

Después de unos días, Martín ordenó llevar a cabo la operación pospuesta por la muerte de Jean Pierre, ya que los narcos sudamericanos reclamaron su cargamento. Cuando los cinco barcos estuvieron listos, da el mandato y zarpan hacia su destino.

Contento con el resultado de la operatoria, Martín se dirigió al auto para ir a su mansión, cuando alguien le gritó:

—¡Ey Martín!

Éste impactado se dió vuelta y vió una persona encapuchada con un arma en la mano apuntándolo.

—¿Quién sos? —le preguntó.

El desconocido sin mediar más palabras, se acercó lentamente sin dejar de apuntarlo. Cuando estuvo cerca se quitó la capucha y Martín sorprendido exclamó:

—¡Señor Manccini, es usted!

Y éste con la mirada fija en su víctima le disparó un tiro certero en la cabeza.

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