ANNABEL VÁZQUEZ

El rincón secreto

El proceso de revelado era más complejo de lo que imaginaba.

Cristian me explicó la importancia de mezclar bien los químicos, cómo se extrae una película y se coloca en el tanque de revelado para seguir vertiendo químicos y optimizar los resultados. Me explicó que habían máquinas que se encargaban de hacerlo, pero revelar de forma tradicional, aunque resulte más caro y se pierda más tiempo, dotaba a las fotos de un cariño y esmero adicional.

Una vez acabó de remojar el carrete, lo sacamos con mucho cuidado y eliminamos el exceso de agua antes de colgar los negativos en unas cuerdas con pinzas de madera.

Fue divertido ser testigo de cada paso y más con un maestro tan meticuloso como él, claro que no sería capaz de hacerlo yo sola, pese a que había estado atenta era demasiada información a recordar.

Miré los negativos colgados de las cuerdas, eran fotos de flores y árboles, nada del otro mundo; aun así me parecieron hermosas.

—Pues esto ya está –dijo secándose las manos con un trapo–, tardará unas dos horas en secar y luego se podrán cortar y hacer las copias en papel.

—Ha sido muy instructivo –afirmé.

—¿Qué te parece si ahora nos escaqueamos un poco del trabajo?

Sonreí, para mí no era un trabajo.

—¿En qué estás pensando?

Señaló con la cabeza hacia la ventana tapada que daba lugar al callejón del día anterior.

—¿Quieres volver al vivero?

—Al rincón secreto, más bien. ¿Qué me dices?

Miré la hora en mi reloj.

—¡Deja de preocuparte por el tiempo! Hay momentos que no se pueden contabilizar.

Suspiré.

—De acuerdo, pero no puedo entretenerme mucho –le advertí.

Como el día anterior corrimos hasta el final del callejón, saltamos el muro y seguimos corriendo hacia la arboleda. El camino fue fácil una vez sabía a dónde nos dirigíamos, y por fin, llegamos a la cima, localizamos la semicueva y nos sentamos sobre las piedras planas sin dejar de admirar el paisaje. Decenas de colores se entremezclaban en aquél rincón del mundo, cultivaban plantas ornamentales de todo tipo y su aspecto no podía ser más cuidado. Los invernaderos iluminados también nos dejaban ver su colorido interior y todo ello hacía que fuese un lugar de ensueño.

Aspiré el olor de la tierra húmeda y de los pinos que nos rodeaban, si cerraba los ojos podía trasladarme a cualquier bosque de España en invierno, era el mismo olor a naturaleza que recordaba de niña.

—¡Madre mía, mira eso! –Cristian se levantó y se puso en cuclillas frente a un frondoso seto.

—¿Qué?

Con cuidado arrancó algo que encontró entre sus ramas y vino de nuevo hacia mí.

— ¿Has visto esto?

Contemplé la flor que me mostraba sin mucho interés.

—Es solo un cardo –dije sin más.

Bufó, molesto.

—Es un cardo Escocés. Esta especie solo la hay aquí y es rarísimo que haya florecido en este tiempo.

Depositó la flor lila en mis manos con mucho cuidado para que sus espinas no me pincharan.

—Según la leyenda, las tropas de embarque normandas de origen escandinavo iban a atacar a los escoceses una noche, cuando un soldado desafortunado se paró sobre una roseta de hojas de un cardo borriquero. Su grito alertó a los defensores a tiempo, y los escoceses agradecidos adoptaron al cardo como flor nacional.

Miré la flor del cardo y esbocé una sonrisa.

—Así que la flor nacional…

Cristian empezó a reír.

—No es una broma. Así que guárdala, te traerá suerte.

Le miré escéptica.

—¿Crees que la necesito?

Se encogió de hombros.

—Todo el mundo la necesita. Yo, sin ir más lejos he apostado muy fuerte al futbol.

Arrugué el entrecejo.

—Nunca entenderé a las personas que se juegan dinero al azar.

—No es al azar –me rebatió–. Hay una estrategia en todo juego, son números, probabilidades y…

Puse los ojos en blanco.

—Y azar.

—¡Sí! También hay algo de azar, pero es tan emocionante…

La alegría con la que hablaba de sus aficiones hicieron que sintiera pena de él.

Mi hermano también solía jugar y perdía. Siempre tuve la certeza de que acabó en el mundo de las drogas por las deudas de juego que arrastraba, así que por experiencia sabía que intentar hacerle entrar en razón, era una causa perdida. Una persona nunca ve más allá de lo que quiere ver. Me gustaría hablarle de mi experiencia con las deudas, de la destrucción de una familia y todo lo que un simple juego había desencadenado. Puede que no fuese el mismo caso, pero había reconocido ciertas similitudes que me ponían los pelos de punta.

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