ANNABEL VÁZQUEZ

Depresión

Apenas podía distinguir un día de otro. Las persianas bajadas hacían que la oscuridad más absoluta reinara en la habitación. María entraba, encendía la luz e intentaba hacerme reaccionar de algún modo, pero hiciera lo que hiciera me sentía inerte, sin vida. Contaba el paso de los días por el tiempo que transcurría entre comida y comida, lo cierto es que era la única información que necesitaba, todo lo demás carecía de importancia.

Estaba dispuesta a proseguir con mi dolor toda la semana. A lo mejor mi apatía conseguiría que ese monstruo sin compasión decidiera liberarme de mi condena, dejándome marchar de una vez por todas.

Sin embargo nada aconteció como esperaba. Aquella mañana Edgar se plantó y entró en mi cuarto como un huracán. Me quedé sin aliento en los pulmones no bien se aproximó a mí, lanzando improperios de todo tipo y sacándome de la cama a la fuerza.

—¡Se acabó! –bramó alterado retirando la colcha que me cubría y cogiéndome como si no pesara más que una pluma, para a continuación, cargarme a la espalda sin ningún tipo de miramiento.

Intenté reprenderle, pero los insultos y las palabrotas que hasta la fecha siempre le habían alterado, parecían no tener el efecto deseado en esa ocasión, e ignorando mi resistencia, bajó las escaleras conmigo a cuestas y me sentó de mala gana sobre la silla del comedor.

Tardé un tiempo en adaptar mis ojos a la luz de la mañana. La mesa estaba repleta de dulces, churros, pastas, pasteles, frutas… era un desayuno digno de un rey.

— Come –me ordenó con el rostro serio.

Para mi sorpresa Edgar había vuelto a cubrir sus cicatrices con la misma máscara que le vi en la fiesta, pero en esta ocasión, no lucía uno de sus caros trajes. Vestía informal, con vaqueros y un jersey negro de cuello vuelto que se ajustaba a su cuerpo realzando su cuidada musculatura. Ese detalle me llevó a rememorar nuestros primeros encuentros. Por lo que había observado, Edgar solía quitarse la máscara cuando estaba en casa y no esperaba visitas, únicamente se cubría cuando se rodeaba de otras personas. Al vestir informal me di cuenta de que no esperaba a nadie, ¿entonces por qué se ocultaba cuando conmigo ya había vencido esa barrera? Su conducta me hizo ver que no quería asustarme, estaba dispuesto a mostrarse inflexible conmigo por mi voluntaria reclusión, pero decidió ocultar su rostro para no parecer todavía más intimidante.

—Esta situación ha llegado a su fin –anunció con convicción, apoyando el dedo índice sobre la mesa–. Desde hoy vas a ocupar tu tiempo con cosas, así que dime lo que quieres hacer.

Desvié la mirada y sellé fuertemente mis labios, mostrándole todo mi desprecio.

—¿Te gusta la música?, ¿te gustaría aprender a tocar un instrumento? Montar, ¿quieres que te asigne uno de mis caballos? El deporte, la pesca, el cine… ¡Dime algo, maldita sea! Algo debe haber que quieras hacer.

Alcé el rostro para encontrarme con él de nuevo, no tenía ni idea de las necesidades de una mujer, ¿la pesca? ¿En serio?, pero por otra parte estaba preocupado y confieso que eso logró confundirme.

María entró en el salón apretando los labios, sin duda alertada por los gritos de Edgar.

—¡Habla de una vez! –gritó dando un golpe seco sobre la mesa. Su inquebrantable paciencia empezaba resquebrajarse y aproveché esa brecha, ese indicio de desesperación para hurgar un poco más en su herida y llevarle al límite.

—¿Qué quieres que haga? Haré lo que tú quieras, he entendido cuál es mi papel en esta casa.

Conocía poco de él, para ser exactos era prácticamente un extraño, pero sí sabía que mi sumisión le exaltarían incluso más que mi chulería.

—Edgar… –María puso una mano en su hombro para advertirle– Es solo una niña.

Edgar suspiró y desvió la mirada, cargándose de paciencia.

—Esto no está bien, ¿quieres cabrearme? –preguntó manoteando– ¿Esa es tu táctica ahora? No entiendo tu actitud, francamente, me decepciona que no seas capaz de ver el conjunto de las cosas. Quiero una mujer que esté a mi lado, que me acompañe, que sea mi esposa, no quiero un muñeco carente de vida.

—Pues resulta que yo me siento así ahora mismo.

Era consciente que mi actitud infantil no ayudaba demasiado, pero no podía evitar comportarme así con él, era mi manera de revelarme y demostrarle que se había equivocado conmigo; una chica como yo no estaba hecha para llevar una relación con un hombre como él. En este caso la diferencia de edad, entre otras muchas cosas, sí era un obstáculo insalvable.

Se levantó de un salto llevando la silla hacia atrás con un fuerte estrépito y caminó por el comedor como si fuera un león enjaulado.

—¡De acuerdo! –espetó en tono osco– Si esa es tu decisión, si esta será tu forma de proceder de ahora en adelante, tú misma. Pero en esta casa se respetarán unos horarios –empezó a enumerar con los dedos como si fuera mi padre en un momento de máximo cabreo–, no puedes dormir veinticuatro horas al día, ni descuidar tu imagen. No pienso consentir que te abandones, ¿me oyes? Tú tienes tus tácticas de persuasión pero yo también tengo las mías, todavía no has conocido mi peor cara.

Mis ojos se abrieron todavía más mostrando sorpresa.

—¿Ah, no?

Sonreí entre dientes por lo que acababa de decir.

Mi pequeña broma pareció divertirle un ápice porque su porte serio enseguida se relajó y volvió a sentarse.

Juntó los brazos sobre la mesa sin dejar de mirarme y profirió un largo suspiro.

—Come algo, por favor –prácticamente suplicó.

Me guardé la sonrisa triunfal para mí y cogí una porción de pastel de arándanos dando por terminada la discusión.

Por fin empezaba a conocerle. Sin duda era un hombre frío, sin sentimientos y terriblemente calculador, pero sí tenía algo de corazón después de todo, pese a su inflexibilidad y sus normas, no quería ningún mal para mí. Es curioso como todos los detalles que empezaba a conocer de su persona, me hacían luchar con más fuerza, utilizando sus pequeñas debilidades contra él. Era mi particular venganza a la situación que me había impuesto.

Partí un trozo de pastel con el tenedor, retándolo sin palabras, y me lo llevé a la boca con lentitud. Mientras masticaba en silencio bajo su insistente mirada, quise pedirle algo, a sabiendas que no sería capaz de negarse en un momento como ese.

—Me gustaría ir a la ciudad a… –partí otro trozo de pastel con el tenedor– a revelar mis fotos.

Intuí un imperceptible suspiro de alivio y se relajó en la silla.

—La fotografía –sonrió de medio lado–, claro, no hay problema. Philip te llevará donde quieras.

Asentí y me llevé a la boca otra porción de pastel.

Esa fue toda nuestra conversación. Edgar se dio por satisfecho y se llevó la mano hacia la cartera que estaba en el bolsillo trasero de su pantalón. La abrió delante de mí.

—Esta es tu tarjeta, cómprate lo que quieras, puedes aprovechar tu escapada para mirar el anillo de compromiso que mereces. Pero hazme un favor, si puede ser, deja a un lado esas sudaderas de hombre que tanto te gustan.

Hice un gran esfuerzo por no reír. Cuando pensaba que había empezado a cambiar, ocurría algo que me demostraba que seguía siendo el mismo de siempre.

—No son sudaderas de hombre, se llama moda juvenil, algo de lo que, obviamente, tú careces.

Apretó una sonrisa y apoyó el codo sobre la mesa, dejando descansar su cabeza sobre la palma.

—Se llama atentado al cuerpo femenino –respondió con tranquilidad, inmensamente más relajado.

—Es curioso que siendo como eres, quieres que vaya con vestidos llamativos por ahí… ¿no tienes celos de que otros hombres me miren?

—Lo bello debe admirarse, ¿así que por qué iba a molestarme que otros hombres supieran apreciarte como lo hago yo?

Me revolví en la silla. Oírle hablar así me incomodaba, no estaba acostumbrada a que me adularan.

—Eso dice mucho de ti –observé transcurridos unos minutos–, eres una persona coherente.

—Una cosa es que los demás te admiren, no puedo culparles por eso, es natural. Lo que no consiento bajo ningún concepto es que intenten hacerse o dañar lo que es mío.

Sacudí la cabeza, incómoda; ya salió a relucir su orgullo y ese sentimiento de propiedad innato.

—¿Soy tuya? –pregunté sin dar real importancia a sus palabras.

—Eso dicen los papeles. Eres mi esposa –recalcó el mi en su argumento.

—¿Entonces tú también eres mío?

Se hizo un breve silencio.

—Más o menos –mencionó de pasada–. Ahora come, no pienso moverme de aquí hasta que no vea que tu plato se queda vacío.

—Y yo no pienso comer si no seguimos hablando, lo cierto es que está resultando ser muy revelador.

Edgar suspiró, empezaba a cansarse de tanta charla, no hacía falta ser adivina para saber que quería salir huyendo y no sabía cómo hacerlo.

—¿Qué más quieres saber? –prosiguió cansado.

—¿Qué te pasó? –dije señalando su rostro con mi tenedor.

—Un accidente.

—¿Qué tipo de accidente?

—Uno del que sobreviví por los pelos.

—¿Hace mucho de eso?

—Era más joven que tú cuando ocurrió.

—¿Me lo explicas?

—Diana, no estás comiendo –me recordó molesto–. Y te recuerdo que no tengo todo el día para estar aquí sentado, tengo cosas que hacer.

—¿Sabes, Edgar? –dije cogiendo una manzana del frutero– A mí también me gustaría implantar una norma en esta casa.

—Tú no pones normas, y mucho menos me impones normas a mí.

Su tranquilidad detonaba un desinterés absoluto por acatar cualquier cosa que yo propusiera, pero eso no me achantó lo más mínimo.

—A partir de ahora llevaré una vida saludable y desayunaré todas las mañanas como es debido, únicamente si…

—¿Si…? –suspiró resignándose.

—Si desayunamos juntos todos los días. Sin excepción. Y conversamos un poco, ya sabes, tú me conoces a mí y yo te conozco a ti; quid pro quo, como se suele decir.

—Eso no es compatible con nuestros horarios, además, me parece una completa pérdida de tiempo.

—¿A qué hora te levantas? –pregunté omitiendo su desagrado.

—A las siete.

—¿Las siete de la mañana? –quise asegurarme.

Él asintió y empecé a arrepentirme de la propuesta que había improvisado.

—De acuerdo –sentencié con un firme asentimiento de cabeza–. Me levantaré a las siete para desayunar contigo.

Arqueó una ceja, sorprendido.

—¿Qué, no me ves capaz? –dije ofendida.

Su sonrisa se expandió y negando divertido con la cabeza, añadió:

—A ver cuánto aguantas.

Su desconfianza me hizo jurarme que pasara lo que pasara no faltaría a mi promesa y madrugaría cada día para sonsacarle información, no me conocía si pensaba que iba a rendirme con facilidad a los pocos días.

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