ALBERTO ROMERO

El cumpleaños de Marta
El sábado amaneció con el cielo madrileño despejado de nubes. Todavía no apretaba
mucho el calor al mediodía, pero parecía que aquel sería un buen día.
Marta abrió los ojos cuando empezó a oír la canción de «feliz, feliz en tu día»
de «Los payasos de la tele». Aquella canción de Gaby, Fofó, Miliki y Fofito era
como volver a cumplir seis años, la nostalgia de su infancia se apoderaba por completo
de ella.
Acto seguido irrumpieron sus hijos en la habitación como dos cebras en estampida,
a toda velocidad. Saltaron sobre la cama y se la comieron a besos, gritando
y saltando, poseídos por la alegría de celebrar el cumpleaños de su madre.
Marta se incorporó en la cama y desde la puerta sonreía Deyan con una bandeja
en la que le llevaban el desayuno a la cama. Era tradición familiar abrir los regalos
en la cama y desayunar los cuatro juntos. Los gemelos estaban contentísimos con
la tradición y disfrutaron con las reacciones de Marta a cada regalo, aplaudiendo
como locos.
Marta no se levantó muy católica aquella mañana. A pesar de que estaba contenta
e ilusionada por la emoción de sus hijos, ella no se sentía muy bien. Durante
la noche no pudo dormir mucho. Sentía nervios en el estómago que le impedían
pegar ojo, y algunas náuseas estuvieron a punto de levantarle en mitad de la madrugada.
Las náuseas desembocaron en vómito en cuanto se levantó por fin de la
cama. Se dio una ducha y pareció sentirse algo más aliviada.
El plan de cumpleaños para Marta era ir a comer con Deyan y los gemelos al
mediodía y una merienda familiar por la tarde.
Deyan se llevó a los niños a la clase de natación que tenían programadas todos
los sábados por la mañana. Un pequeño paréntesis en el que Marta esperaba
poder descansar y ponerse a punto para el resto del día.
Ana fue la primera en llamarle nada más terminar de desayunar. Tuvieron una
charla agradable y su hermano Antonio fue el siguiente en recibir el testigo para
felicitarle. Quedaron en verse por la tarde.
Mientras Marta se arreglaba el teléfono no paraba de sonar: algunas amigas,
sus suegros, algún ex compañero de trabajo…
Feliz por sentirse arropada por su familia en su día especial decidió aparcar
sus pensamientos y preocupaciones, y tratar de disfrutar de la jornada. La promesa
a sí misma le duró poco, porque al final los pensamientos sobre las amenazas de
Josefa o la angustia de sentirse poco útil sin trabajo regresaban sin permiso, y sin
darle tregua.
«Tienes que disfrutar del día» se repetía una y otra vez. «Todo va a ir bien» trataba
de convencerse. Aquellos ratos a solas eran los que más le costaba alejar a
los fantasmas de su mente.
El reloj marcaba la una del mediodía y su marido volvió a casa con los críos.
Mientras los gemelos se atropellaban explicándole como habían aprendido a nadar
con los brazos en forma de «mariposa», terminó de arreglarse para la comida
que iban a hacer en un restaurante cercano.
—Tenéis que portaros muy bien, es un sitio muy elegante y serio —advirtió Marta
a sus hijos mientras se terminaban de vestir.
Ambos, con la misma camisa y las manitas agarradas delante del espejo asentían
con la cabeza, asegurando a su madre que se iban a portar de maravilla. Terminaron
de peinarse y bajaron todos juntos a la calle. El gran día de Marta daba
comienzo.

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