ANNABEL VÁZQUEZ

Observada

—¡Oh, niña! –¿Por qué has tardado tanto en entrar en casa? ¡Estás congelada!

María me envolvió los hombres con una manta, frotando al mismo tiempo las manos por mis brazos para hacerme entrar en calor.

—Gracias –dije en apenas un susurro, mi rostro aún estaba tirante a causa de las lágrimas que había vertido horas antes.

—Te voy a preparar un chocolate caliente, ¿te apetece?

Hice una mueca negando con la cabeza al mismo tiempo. Solo me apetecía aislarme, dormir y a poder ser, no despertar jamás.

—¿No hay nada que pueda hacer para que te sientas mejor? —preguntó cuadrándose delante de mí y alzando mi rostro con una mano.

—En realidad… –empecé desviando la mirada– me sentiría mejor si tuviera algo mío, mi ropa, por ejemplo. Me apetece dormir con mi pijama hoy.

Alcé la mirada y me topé con los ojos tristes de María, parecía que era capaz de captar mi angustia, mi desubicación. Durante los últimos días había intentado adaptarme, todos sabían que había puesto de mi parte, pero había llegado un punto en el que solo podía recobrar las fuerzas con lo que me era familiar, y mi vieja y desgastada ropa era lo único que mínimamente podía levantarme el ánimo en un momento así.

María cerró los ojos y asintió sin decir nada. Cuando se giró para ir en busca de mis cosas, di media vuelta sobre mis talones y ascendí la escalera para esconderme en mi habitación.

No tardó en llegar con mi maleta a cuestas, parecerá una tontería, pero en ese momento me envolvió una sensación de alivio indescriptible. La abrí con decisión y rebusqué en su interior, la tela todavía estaba impregnada con el olor a suavizante que utilizaba en casa, e inevitablemente, los buenos recuerdos empezaron a arremolinarse en mi mente.

Es increíble cómo un simple aroma puede hacerte olvidar y despertar sensaciones que creías ya olvidadas.

Aquella noche me sentí más cómoda de lo que hubiera imaginado, pero en ningún momento el sueño me venció por completo, se podía decir que estaba relajada, pero no hallaba la paz necesaria para abandonarme a los brazos de Morfeo.

Transcurridas largas horas, escuché el leve chasquido del pomo de la habitación contigua al ser girado con extrema lentitud. Mi cuerpo se tornó rígido de repente y cerré rápidamente los ojos para simular que estaba dormida.

Podía advertir la presencia de Edgar cerca de mí, atravesándome la piel con su inquisitiva mirada. En un momento de declive noté como el colchón cedía bajo mi cuerpo y supe que se había sentado sobre este para estar aún más cerca de mí. En ese momento comprendí que debía estar aterrada, expectante ante su intrusión y reaccionar de algún modo, pero por otra parte, me encontraba tranquila, inalterable, algo me decía que no corría ningún peligro y por alguna razón, esta situación me resultaba vagamente familiar, era como si ésta no fuera la primera vez que Edgar traspasaba esa puerta para verme dormir, como si ya se hubiese sentado con anterioridad en ese mismo lugar de mi cama… hasta ahora confundía esas sensaciones con sueños, pero ahora no cabía ninguna duda de que se habían producido de verdad.

Edgar acarició con la yema de sus dedos mis mejillas, el contacto fue tan fugaz que apenas sentí un cosquilleo. Con dulzura me retiró el flequillo de la frente para despejar mi rostro y seguir observándome. Intenté no mostrar ninguna emoción y esperar paciente su siguiente movimiento.

Percibí como su dedo índice recorrió mi pómulo y descendió lentamente a la barbilla, donde presionó levemente antes de retirar su mano.

—Perfecta –susurró.

Entonces puso fin a su exploración y volvió a alzarse para desaparecer, dejando nuevas dudas en mi mente.

¿Por qué hacía eso? ¿Qué había de perfecto en mí? ¿Por qué me eligió a mí de entre todas las mujeres que podía tener a su alcance? Cada vez estaba más convencida de que nuestro encuentro no fue casual, y que de algún modo, él sabía de mi existencia incluso mucho antes de que en mi familia las cosas se torcieran. Tantos misterios, tantos interrogantes… No entendía por qué llegados a ese punto las cosas seguían siendo tan opacas, pero de algo estaba segura: aunque fuese lo último que hiciera, iba a descubrirlo.

 

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