ANNABEL VÁZQUEZ

Persecución

Estaba siendo un día perfecto, ya había encontrado un par de tiendas de moda que vendían vaqueros y sudaderas anchas. Reconozco que estuve tentada a comprar algo cómodo para el día a día, pero me frenó el hecho de que tendría que ir cargada el resto de la tarde con bolsas.

Caminé a paso ligero, quería ir a ver el museo de los escritores que había un par de calles más arriba. Automáticamente miré el reloj de la muñeca para controlar el tiempo, no quería entretenerme mucho más, pero por otra parte, no tenía ninguna prisa por volver, todo cuanto veía era tan hermoso…

Tardé un rato en darme cuenta que había una sombra a mi lado. Un coche negro aminoró la marcha para circular a mi paso sin importarle la impaciencia del resto de conductores, que hacían señas detrás de él para que aumentara la velocidad.

La ventanilla del conductor bajó lentamente y ahí descubrí la identidad de la persona que estaba siguiéndome.

«Joder…»

—¿Philip? ¿Qué coño estás haciendo aquí?

—Señora, por favor, suba al coche.

Detuve mi marcha para mirarle con incredulidad. Sus cejas pelirrojas prácticamente se juntaron en señal de súplica, pero me negaba a acatar esa orden; era mi día, el momento de hacer algo diferente, y ahora que por fin empezaba a divertirme, nada ni nadie me lo iba a estropear.

—Lo siento Philip, no me apetece, aún me queda mucho por ver.

El estridente bocinazo del claxon del vehículo de atrás, me hizo girar bruscamente la cabeza y no advertí que la ventanilla trasera del coche se había abierto en su totalidad, mostrando a otro ocupante.

—Diana, no seas terca y sube al coche.

Su voz firme y ecuánime me hizo dar un respingo. No imaginaba que él también estuviera ahí. Desde mi llegada era la segunda vez que lo veía. De repente la curiosidad por ponerle rostro de una vez por todas pudo más que mis ansias de exploración, y me cuadré decidida frente a la puerta, dispuesta a abrirla.

Edgar estaba sentado en el otro extremo, tras el asiento del copiloto situado a la izquierda.

«Jamás me acostumbraré a que los coches conduzcan en sentido contrario, es algo que siempre me desconcertará».

No bien cerré la puerta, el coche reanudó la marcha y se incorporó a la circulación en una avenida mucho más amplia. Solo cuando adquirimos una velocidad normal, me atreví a girarme y mirar por primera vez el rostro del hombre que estaba a mi lado.

Su porte era serio e intimidante, no se giró en ningún momento por lo que solo pude entretenerme en su perfil. Nada en el rostro de Edgar parecía fuera de lo normal. Su pelo lacio y peinado hacia un lado le dotaba de cierta clase, así como el traje negro que lucía, que bien podía ser el atuendo de un magnate de película. Desde esa distancia, y sin estar frente a frente, no pude poner color a sus ojos, pese a que parecían ser claros. Su nariz perfecta, recta y lisa, ni demasiado grande ni demasiado pequeña destacaba marcando una atractiva silueta masculina, al igual que sus labios carnosos y bien definidos. La barbilla cuadrada terminaba en una pronunciada honda que daba lugar a un largo y bien definido cuello. Todo, absolutamente todo en él reafirmaba su evidente atractivo, aun así, no conseguí que abandonara su actitud distante y torciera el rostros para mirarme.

—¿Por qué has venido a buscarme? ¿Es que a caso no puedo salir? –me atreví a preguntar rompiendo la quietud que había en el interior del coche.

—Nunca, jamás, salgas de casa sin Philip o algún otro de mis empleados. No consentiré que vayas sola por una ciudad que no conoces –dijo en tono relajado y mirando al frente, sin prestarme la más mínima atención.

Su comentario hizo que se me crisparan los nervios.

—No necesito a nadie para salir de casa, además, conocería esta maldita ciudad si hubieses tenido la decencia de enseñármela –le rebatí.

Edgar sonrió de medio lado y negó lentamente con la cabeza, haciéndome sentir como una niña pequeña que hablaba sin pensar.

—Tengo cosas que hacer, no puedo dejarlo todo sin más para dar un paseo cuando se te antoje.

Me crucé de brazos dolida por su actitud, seguía sin mirarme, y confieso que ese desprecio estaba empezando a desquiciarme.

—No entiendo qué es lo que quieres de mí exactamente, pero sea lo que sea no me vas a arrastrar contigo. Tengo edad suficiente para salir de casa sin escolta y vivir un poco, no pienso quedarme todo el día encerrada como tú.

—No te lo volveré a repetir, Diana, no vas a salir sola –Claudicó con voz relajada pero tajante, convencido de que jamás volvería a hacer algo similar, aunque tuviera que encargarse personalmente de ello–. En primer lugar porque ahora eres mi esposa, y te guste o no, eso te convierte en vulnerable. En segundo lugar, porque quiero estar tranquilo sin tener que preocuparme en si sabrás volver o te ha pasado algo.

—Así que ahora soy tu esposa –espeté irónica–, soy la esposa de un hombre que no conozco, que ni siquiera me mira cuando habla y me presta la más mínima atención.

—En eso te equivocas, sí te presto atención –replicó.

—¡Vamos Edgar! –me quejé dando una palmada en el asiento, pero ni con esas logré que me dedicara una fugaz mirada– ¿Qué te da miedo? Tienes lo que querías, estamos juntos y no entiendo por qué. No hablas conmigo, no intentas conocerme, ni siquiera me miras… No tienes ni idea de lo frustrante que resulta esto para mí. Nos hemos conocido de una forma extraña, hemos firmado un acuerdo, ahora estamos juntos en algo que me cuesta entender. Esperaba un poco más de transparencia y ayuda por tu parte.

Mi acompañante suspiró y frunció el ceño negando tímidamente con la cabeza. Sabía que era capaz de ponerse en mi lugar y entender mi argumento, pero ni siquiera eso le hizo reaccionar. Confieso que nunca me había encontrado con un hombre tan impenetrable, un hombre que era un iceberg incapaz de alterarse lo más mínimo por algo.

—No creo que sea momento de ser más transparente, y no te equivoques, no tengo miedo de nada, simplemente considero que necesitas más tiempo para digerir los cambios. Sé que eres joven y hay muchas cosas nuevas que asumir, así que te concedo tu espacio para que te acostumbres a lo que va a ser tu vida a partir de ahora.

Le miré perpleja.

—¿Pues sabes? –me cuadré molesta– No me conoces si piensas que necesito mi tiempo para digerir las situaciones, opino que lo mejor es que venga todo de una vez y aceptarlo desde el principio, no es necesario tantos preámbulos y rodeos.

—Oh, Diana, no sabes nada –sentenció con desdén, presionando fuertemente el puente de su nariz con los dedos.

Su reiterado desprecio no hizo más que hacer bullir el fuego en mi interior, casi no fui consciente de que Philip había entrado en la propiedad de Edgar y acababa de aparcar el vehículo. Con discreción, entregó las llaves a su jefe y nos dejó solos dentro del coche para que terminásemos de hablar.

—¡Pues dime lo que tengo que saber de una jodida vez! ¡¿A qué esperas, maldita sea?!

—Diana, por favor, odio que las mujeres digan palabrotas, lo considero una bajeza.

Pestañeé aturdida.

—¿He tocado una fibra sensible, Edgar? –pregunté con maldad.

—Ni te has acercado –respondió con dureza–. Pero te lo advierto, aborrezco la vulgaridad sobre manera.

Le miré estupefacta, pero al mismo tiempo me sentía valiente, con ganas de hablar, por lo que no pensaba dejar pasar esa oportunidad.

Edgar hizo ademán de abrir la puerta del coche, pero me apresuré a interrumpir sus intenciones.

—Espera –dije sujetando su brazo, era la primera vez que le tocaba y ese efímero contacto hizo que se detuviera en seco–, ¿qué tengo que saber?

Escuché un profundo suspiro de resignación, un indicio de que iba a revelarme algo importante después de todo.

—No me dejes así –insistí–, dímelo.

Entonces, al fin, se produjo el cambio.

Edgar se giró lentamente en mi dirección y por primera vez, pude verle con total claridad, sin nada que me lo impidiera.

El aliento se me congeló en el pecho y fui incapaz de articular palabra. Por fin había descubierto el motivo de su aislamiento, el porqué de tanto misterio, de tanta prudencia…

Se me había hecho un nudo en la garganta y tragué saliva, pero en ningún momento aparté la mirada de él. Seguí escrutándole con osadía.

Edgar también me observaba sin pestañear, claramente esperaba que dijera algo o que mostrara alguna reacción, pero todavía estaba en estado de shock, así que seguí concentrándome en la profundidad de sus ojos mientras él hacía lo mismo con los míos, estudiándolos a fondo y con gran intensidad, esperando hallar en ellos las palabras que se habían quedado atascadas en mi garganta.

El hombre atractivo, serio e intimidante que creía que tenía al lado, acababa de convertirse en un monstruo ante mí. Su cara estaba dividida en dos mitades, la parte izquierda de su rostro parecía haberse fundido, materializándose en un conjunto de arrugas y grietas sonrosadas, todo estaba desfigurado, a excepción de su nariz y sus labios que parecían intactos. Me centré en ese rostro quemado, con imborrables cicatrices que seguramente había intentado reconstruir una y otra vez sin éxito, y luego miré detenidamente el iris de sus ojos claros. El azul predominaba en ellos, pero no era un azul común, sobre todo el del ojo izquierdo, donde se había instalado un velo ahumado. Tuve dudas de que pudiera ver a través de él.

Ahora entendía por qué su cabello estaba estratégicamente peinado hacia el lado izquierdo, intentaba cubrir parte de las marcas que le daban ese aspecto atemorizante, repulsivo…

—No había planeado que te enteraras así, pero me has dejado pocas opciones –ladeó el rostro para encontrarse nuevamente con mi mirada perdida, era como si quisiera encontrar una fisura que le llevara directamente a mis pensamientos–. No eres la primera persona que me mira así, –admitió– sin embargo sigue molestándome.

Cogí una enorme bocanada de aire y emití un desganado suspiro que sonó como un gemido ahogado.

—Así que eso era lo que ocultabas, ¿no? –dije con los ojos abnegados en lágrimas y la voz engolada– Me engañaste para que firmara esos papeles sin conocerte porque sabías que sería la única forma en la que una chica podría casarse con alguien como tú.

Su frente se pobló de arrugas ante mi inesperada afirmación.

—¡¿Alguien como yo?! –prosiguió enervado, con rabia en la mirada –¿Y cómo soy yo?

—¡Un monstruo! –grité, y sin querer, las lágrimas empezaron a correr rápidas por mis mejillas.

—Eres una hipócrita, ¿lo sabías? –contestó con ira– ¿En serio te crees mejor que yo? Si mal no recuerdo nadie te ha presionado para que hicieras nada, accediste de propia voluntad y por tu propio interés. Si no llega a ser por mi ayuda te recuerdo que las deudas de tu hermano habrían acabado con él, con tu padre y todo su patrimonio. Posiblemente tú serías la esclava de una organización ilegal, serías el pago a esas deudas o peor aún, también hubieras sido una víctima más. Pero podías haber hecho muchas cosas, ¿verdad?, acudir a la policía, huir del país… aunque te fue más fácil aceptar la ayuda de un extraño que iba a pagar todas esas deudas sin hacer preguntas, a poner de su parte para mejorar la vida de tu familia y haceros libres, asegurándose de que jamás os faltaría de nada. Yo propuse y tú accediste, eso no me convierte en el malo de la película.

—¡Te aprovechaste de mi necesidad, de mi vulnerabilidad e incredulidad! –grité.

—No te equivoques, Diana, nunca dije que fuera una ONG, sabías que toda esa ayuda tenía un precio.

Negué con la cabeza, sintiendo un profundo asco hacia la persona que tenía enfrente.

—Nada te da derecho a aprovecharte de los sentimientos de las personas, a jugar con sus vidas.

—Siento que lo veas así, pero te recuerdo que nada te frenó y cogiste mi dinero sin dudarlo. Un notario imparcial te explicó las condiciones y aceptaste, así que el negocio lo hemos cerrado ambos.

Edgar dio la conversación por finalizada y abrió la puerta del coche de mala gana. Me quedé sola un rato, llorando en silencio, sintiéndome como una mierda. En el fondo de mi alma sabía que él tenía razón, que todo podía haber sido diferente, que podía haber actuado desde el ámbito legal, haber denunciado a mi hermano y hacer públicos los negocios que se traía entre manos, pero él también era culpable de los delitos que había cometido y borrar ese rastro y hacer que todo volviera a la normalidad era lo que más quería en ese momento. Se podría decir que Edgar apareció en el momento justo, cargado de dinero y de gente experta para frenar la situación, para salvarme literalmente la vida en más de un sentido, así que quién se aprovechó de eso fui yo. Claro que jamás imaginé que él sería así, tan… tan… No encontraba palabras que le calificaran.

Me tapé el rostro con ambas manos para seguir llorando, me sentía la mujer más desdichada del mundo ya que había tirado toda mi vida por la borda. No me arrepentía de haberlo hecho si con ello salvaba la de los que me importaban, pero sí me apenaba verme sola, sin más opciones que seguir aceptando las normas de un millonario excéntrico, alguien que sin saber cómo supo de mi situación y me tendió una mano recubierta de espinas.

Pasaron horas hasta que decidí salir del vehículo e ir hacia la casa. El cielo se había cubierto de estrellas y solo el alumbrado proveniente de la finca ofrecía cierta claridad. Me abracé con fuerza para impedir que el aire gélido me calara hasta los huesos. Mientras avanzaba con torpeza por el camino adoquinado, me sentí observada, y tímidamente elevé el rostro para mirar hacia la ventana de la segunda planta. Podía ver su sombra observándome desde la oscuridad de la habitación, siempre vigilada… No bien me centré en él, dejó caer la cortina para apartarse de mí; esta era mi vida ahora y no tenía más remedio que empezar a aceptarla.

 

 

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